Hace unas semanas, a algunos compañeros jesuitas de aquí, en Nápoles, se les ocurrió que podríamos pensar un pequeño ciclo de conferencias sobre el tema del conflicto. Yo propuse abordar mi parte a partir de relatos, que es lo que me ayuda a reflexionar. Mi punto de partida era una intuición que puede ser compartida o no, pero que para mí tenía sentido: la raíz del conflicto sería la ambigüedad del fenómeno de la diversidad; o mejor: nuestra ambigüedad a la hora de afrontar la diversidad.

En realidad, con la Biblia en la mano, el ser humano masculino (de la mujer, quizá por haber sido siempre la diversa en las culturas fuertemente patriarcales, no podemos decir lo mismo) suele ser poco ambiguo con la diversidad: la lleva mal de forma, diríamos, casi natural. Cojamos Babel, por ejemplo.

Cuando uno se pone a leer un poco, aprende que donde en castellano leemos “El mundo entero hablaba la misma lengua con las mismas palabras”, el original hebreo dice que en el mundo había “un solo labio”. La expresión, tomada literalmente, es de difícil traducción y comprensión para nosotros. Sin embargo, como imagen, es de una claridad apabullante: existía un imperio absoluto que se dedicaba a arrasar con los demás pueblos y culturas. Ahí solo mandaba uno, solo había “un labio”. La cosa, pues, no iría, principalmente, de lenguas, sino del intento humano de constituir un poder omnímodo que choca con el mandato de Dios: “creced, multiplicaos, llenad la tierra”. Parece que a los reyes asirios esto no les hacía gracia, y algunos se dedicaron justo a lo contrario: concentrar el poder, sobre todo a partir del sistema tributario. Querían construir una torre tan alta que llegara al cielo y evitara la dispersión de la población por el mundo. Por decirlo a la Freud, ya que no somos tan distintos a veces de los reyes asirios: frente a la diversidad, nuestra desconfianza y nuestra ansiedad nos llevan a una pulsión de homogeneización y asimilación. En medio de esa tensión vivimos. La acogida y la confianza frente a la diversidad no son, con la Biblia en la mano (y la Biblia suele ser poco ingenua en este sentido), lo natural masculino. Para situarse confiadamente y con los brazos abiertos ante lo diferente hace falta que Dios intervenga: es don. Lo mismo podríamos decir de la fraternidad, a partir del episodio de Caín y Abel. Como enseñaba Ricoeur, si la historia de los primeros hermanos acabó en homicidio, la fraternidad no puede ser algo natural, sino un empeño ético.

La historia de Babel termina con la torre por los suelos y en la diversidad de lenguas, interpretada muchas veces como castigo divino frente a la soberbia humana. Es, sin duda, una posible interpretación. Pero, aunque tomáramos la historia en su literalidad, la conclusión sería la misma: Dios ha querido la diversidad. De hecho, de alguna manera, la habría impuesto, de forma que los intentos autoritarios de, digamos, hiperconcentración –cultural, identitaria, política, económica…– están destinados a fracasar. Es, a todas luces, una buena noticia, ya en el Antiguo Testamento.

Dios tendría buena opinión de la diferencia: es una conclusión del relato de Babel. Pero, ¿es que no quiere ningún tipo de unidad para la humanidad? ¿Cualquier forma de aquella resultaría amenazante y prometeica? Sin duda, no. Creo que Pentecostés –“los oímos hablar cada uno en su lengua nativa”– y la oración sacerdotal de Jesús en el Evangelio de Juan –“que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea tú me enviaste”– son escenas que iluminan y, en cierta forma, siguen poniendo piezas del puzle que se disgregó en Babel. Pero no añadamos argumentos. Dejemos, como en Las mil y una noches, el final del relato para mañana.

[La Torre de Babel, de Pieter Breugel – Wikimedia Commons]

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Jesuita en formación. Estudia la Licencia en Teología Fundamental en la Pontificia Facoltà Teologica dell´Italia Meridionale de Nápoles. Colabora con la asociación Figli in famiglia en el barrio de San Giovanni a Teduccio.
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