Muchas veces cuando se quiere hablar de “jóvenes y espiritualidad” se tiende a generalizar. Des de mi punto de vista, me resulta muy difícil englobar la etiqueta “jóvenes” y “espiritualidad” de forma justa y coherente teniendo en cuenta la versatilidad de los dos conceptos y la diversidad de contextos en nuestra sociedad. Por eso, he querido tomar como punto de reflexión las propuestas para el 2022 que ha escrito el prior de la comunidad ecuménica de Taizé con el título “Llegar a ser artesanos de unidad”. Este texto parte de una manera concreta de vivir y ver la fe. Esta experiencia es, desde hace muchos años, una opción acompañada y compartida por miles de jóvenes en todo el mundo. Son reflexiones y pensamientos muy iluminadores y constructivos que parten de la voluntad de escucha a los jóvenes, diálogo con la realidad, apertura y oración.

“Hacer crecer la unidad, crear lazos: este es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo”. Así empieza la reflexión del hermano Alois, prior de la comunidad de Taizé. Esta afirmación me recuerda la propia etimología de la palabra “religión” que en latín quiere decir “re-ligar”. Como crear estos vínculos, por un lado, entre las personas y su dimensión espiritual y profunda y, de la otra, como establecer conexiones con el resto de la sociedad, con la naturaleza y con el mundo. Esta tendría que ser una de las misiones esenciales de la religión, de cualquier religión, sobre todo si se quiere ser cercana a aquellos que no la acaban de entender o se sienten apartados. La Iglesia se tendría que presentar ante el mundo y de los jóvenes como un “lugar de amistad para todo el mundo” y al final esto pasa por poner atención en el Evangelio y “elegir una vida de fraternidad, para promover la dignidad de cada ser humano y para cuidar de la creación”. Estas palabras ponen luz a aquello más nuclear: entender la religión, la Iglesia y la dimensión espiritual no como un ente alejado, de poder o de dominio, sino, al contrario, como espacio para vivir en el amor y con la capacidad de crear más justicia y más fraternidad entre todas las personas. Todo el que no vaya en esta dirección (y que desgraciadamente podemos encontrar algunos ejemplos) siempre generará reticencias, totalmente justificadas.

“Todos nosotros podemos contribuir a un futuro de paz y de unidad en la familia humana. Esto comienza por las relaciones que construimos entre unos y otros. Cuidémonos mutuamente, en nuestras familias, entre los parientes y amigos, sobre todo en tiempos de prueba. (…) ¿Podríamos ir más hacia los demás, incluso hacia aquellos a los que, espontáneamente no nos acercaríamos?” Son mensajes como este, que llaman al cuidado, al amor y a la aceptación de los otros los que acercan la fe y la Iglesia al mundo. Estoy segura de que una buena parte de los jóvenes de hoy en día están de acuerdo con todo lo propuesto anteriormente. Hay un punto de partida muy importante: la no discriminación, la aceptación y la voluntad de diálogo. Esta capacidad de mostrar unos valores y un estilo de vida, en este caso cristiano, que no va dirigido solo a unos cuantos, sino abierto a todo el mundo, es ya de entrada uno de los mejores signos del espíritu.

Atención con lo que podemos leer a continuación: “tomemos la resolución de no colocar nunca una etiqueta sobre nadie, así como de no transmitir jamás prejuicios. Nadie debería ser reducido a sus acciones u opiniones. Y un desacuerdo, incluso si es radical, puede expresarse sin agresividad, aunque deba admitirse que, a veces, en ciertas situaciones de injusticia, debe expresarse la indignación”. Si fuera este el lema que los jóvenes sintieran y vieran trasladado al día a día de la Iglesia, seguro que algo cambiaría. El autor del texto acaba añadiendo: “hay reflejos identitarios que agravan las brechas en nuestras sociedades, esto es verdad también en las comunidades cristianas. En vez de definirnos en oposición a otros, ¿no podríamos desarrollar una identidad y un sentido de pertenencia que no excluya una apertura a los demás?” Nada más puedo añadir después de esta lúcida reflexión. Encuentro que es precisamente esto lo que nos interpela del Evangelio. Jesús propone un cambio de mirada: dejar de ver la realidad desde el prisma del prejuicio, la etiqueta y la opresión y empezar a vivir según la dinámica del amor y la acogida. Justamente, a finales del año pasado, vimos cómo empezaba un proceso sinodal dentro de la iglesia católica. Con voluntad de andar juntos, de establecer diálogo y adaptar el lenguaje para hacerlo accesible a todo el mundo. Tenemos ahora una gran oportunidad como Iglesia de hacernos presentes e inteligibles a la gente joven; de romper esquemas, derrocar prejuicios y poder demostrar que otro Iglesia, otra religión y otra forma de entender la espiritualidad es posible. “Practicar la fraternidad comienza en nuestra puerta. Superemos las segregaciones, creemos amistad. Y veremos que nuestros corazones se abren, se ensanchan, se hacen más humanos. ¿Somos conscientes de hasta qué punto nuestra manera personal de vivir puede tener un impacto incluso en el otro extremo del mundo?”.

Para terminar, hay que destacar que ya no hay marcha atrás entre el compromiso cristiano y el medioambiental. Este es, hoy en día, uno de los retos más significativos junto con la justicia social en el cual muchos jóvenes están comprometidos. “Todos podríamos preguntarnos: ¿qué pasos concretos puedo dar yo, por humildes que sean, en el futuro próximo para empezar un conversión ecológica o para profundizar en ella?” Muchos jóvenes están llegando a la conclusión de que no viven aislados los unos de los otros, que todo lo que afecta a su alrededor también repercute en ellos y que, por lo tanto, no se pueden quedar al margen. ¿Cómo podemos, pues, ser ejemplo de esta actitud dentro de la Iglesia? “El Evangelio nos llama a superar las divisiones y a dar testimonio de que una unidad es posible dentro de una gran diversidad. (…) El Evangelio nos empuja a cultivar el arte de crear la unidad. Todos nosotros podemos ser artesanos de unidad forjando lazos de escucha y amistad allí donde nos encontremos”.

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Aquí podéis leer el texto entero de la Propuesta de Taizé 2022 «Llegar a ser artesanos de unidad».

[Artículo publicado originalmente en catalán en Catalunya Religió/Imagen de ooceey en Pixabay]

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Licenciada en Filosofía (UB) y Graduada en Ciencias de la Religión (ISCREB). Profesora de instituto en los últimos años y actualmente trabajando como técnica de pastoral de la Fundació Pere Tarrés. Participa en el grupo de lectura de Cristianisme i Justícia entre otras actividades y formaciones del centro. Formó parte del grupo de preparación del Encuentro Europeo de Taizé en Madrid y vivió durante un año como voluntaria en esta comunidad ecuménica en Francia. Hoy en día, colabora como voluntaria en la Fundació Arrels y acompaña como consiliaria a los "esplais" de la zona 3 de Barcelona.
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