J. I. González FausEmpiezo con una anécdota que le oí contar a Ernesto. Cuando entró en la Trapa dijo que Thomas Merton (maestro de novicios) le había explicado: “Mira, la vida contemplativa es un semiéxtasis y veinte años de desierto”. Yo quisiera juntar hoy esas dos características tanto en lo cristiano como en lo social. Hay aquí una importante dualidad muy cristiana. La realidad siempre tiene esas dos dimensiones, y eso tiene su traducción laica también: diría que Ernesto fue un hombre, a la vez, poeta y revolucionario. Lo cual es un poco raro.

Hay un texto de él que encontré citado por el teólogo alemán J. B. Metz, con ocasión de un homenaje que le hicieron a Ernesto en Alemania por el año 80. Es de una poesía que se titula “Epístola a Monseñor Casaldáliga”. Juntar poesía y revolución no es exclusivo de Ernesto. Puede estar ahí su aportación a la Teología de la Liberación, sobre todo en la primera fase de esta. Cuando lo leí me acordé de un canto del argentino Horacio Guaraní que dice: “Si se calla el cantor muere la vida”. Porque la vida es poesía”. “Si se calla el cantor los obreros no tienen quien grite reclamando su salario”… En ese sentido, Ernesto Cardenal escribe a Pedro Casaldáliga:

“Hace poco me preguntaba un periodista por qué escribo poesía.
Por la misma razón que Amós, Nahum, Ageo, Jeremías, los profetas de Israel.
No es tiempo ahora de crítica literaria.
Y para qué metáforas, si la esclavitud no es metáfora. Ni es metáfora el escuadrón de la muerte.
Ahora el pueblo llora en el Pau de Arena,
pero todo gallo que canta en la noche del Brasil ahora es subversivo. Canta “revoluçao”.
Monseñor, somos subversivos. Cifra secreta en una tarjeta secreta, en un archivo quién sabe dónde. Seguidores del proletario mal vestido y visionario, agitador profesional,
ejecutado por conspirar contra el sistema.
Usted sabe que la cruz era un castigo destinado a los subversivos y a los reos políticos.
No era una alhaja de rubíes para el pecho de un obispo”.

Así explica Cardenal por qué es a la vez poeta y revolucionario. Y yo dividiré lo que quiero decir entre (1) lo que hubo de semiéxtasis y (2) lo que hubo de “noche oscura” (en expresión de San Juan de la Cruz), o lo que hubo de desierto.

1- Traigo unos pocos textos del libro El Evangelio en Solentiname que todos los nicaragüenses conocerán. Recoge los comentarios en las eucaristías y en conversaciones con la gente de allí. Para los hispanos que no lo sepan, Solentiname es un archipiélago en el enorme lago al sudeste de Nicaragua, en la frontera con Costa Rica. Es casi tan grande como El Salvador. Yo estuve en los inicios de mi profesorado en teología en un barrio de Sabadell (Torre Romeu), en una comunidad cristiana de base, y allí empezamos a descubrir y a leer, a finales de los 70, El Evangelio en Solentiname.

A propósito de “Mi yugo es suave…”. Uno de los que intervinieron (Julio) dice: “El yugo que me ofrecen es un nuevo sistema social basado en el amor. Su carga es vivir juntos en una comunidad de amor”. Eso es fácil de llevar aunque sea una carga.

A mitad del comentario sobre el Padrenuestro, Jorge Canales dice: “Decimos que perdonamos a los que nos deben. Eso puede ser cualquier ofensa, pero también pueden ser las deudas de dinero. No digo que no reclamemos una deuda a quien tiene con qué pagar, pero al que no, debemos perdonarlo. Para muchos ricos es más difícil perdonar una ofensa que una deuda”. Y Rosita comenta: «¿Cuándo un rico va a perdonar una deuda?”. Por eso, concluye Cosme: “Un rico no puede rezar esta oración si no está dispuesto a perdonar las deudas y no solo las ofensas”.

Esto tiene una actualidad total. Muchos de los desahuciados en Barcelona son gente que se quedó sin trabajo y que no ha podido pagar el piso.

Otro pasaje complicado es el de presentar la otra mejilla. Ernesto comenta: “Un silencio prolongado. Nadie habla”. Y al final, Ernesto se atreve a preguntar a uno: “¿Qué decís vos, Laureano? ¿No tienes ganas de hablar?”. Y el pobre Laureano sonríe y dice: “No. No tengo ganas de hablar. Esa babosada es muy oscura. Arrecho es eso”. Entonces interviene Olivia: “Eso es una cosa muy difícil. Pero lo tenemos que hacer pues el evangelio nos exige que lo hagamos. Las palabras están muy claras”. Pregunta Ernesto si creen que eso se practica mucho en Solentiname. Unos contestan que sí y otros que no. Y Andrea, esposa de Óscar dice: “¡Qué va! Al mal contestamos con mal, cuando nos insultan, insultamos”. La pasta humana es la misma en todas partes.

El texto del juicio final de Mateo, 25: “Tuve hambre y me dieron de comer…”. William dice: “Los que están a la derecha son la izquierda para nosotros. Los que están a su izquierda… son la derecha”. Me ha hecho gracia encontrar esa advertencia porque siempre que predico sobre Mateo 25, comienzo diciendo en broma lo mismo: “Los que están a la derecha son los que están a la izquierda de ustedes y los que están a la izquierda son los que están a vuestra derecha.

Comenta Alejandro: “Hay el peligro que las cosas que enumera Cristo se entiendan mal: la simple caridad tradicional. Y no creo que ese sea el sentido”. Interviene Felipe: “Cuando Cristo habló del juicio no habló de religión, rezos, ritos, solo de necesidades sociales”. Sigue otro: “No hay que equivocarse con esto. Hay gente religiosa que se hace pasar por buena porque dan ayudas, limosnas, zapatos usados, como yo. No es eso lo que Cristo exige en este evangelio sino un cambio total del sistema social”. Y vuelve William: “Cristo habla de visitar a los enfermos. Es lo único que se podía hacer en aquella época. Ahora hablaría de policlínicas, servicio médico gratuito, condicione higiénicas, medicina preventiva, etc.”. La última, la señora Olivia: “¿Y el estar preso? El solo dice ‘estuve preso’. Estar preso es muy triste. El estar siendo torturado en la cárcel como torturan ahora a esos cristos, es mucho peor”.

La última reflexión que traigo la he elegido porque estamos cerca de Navidad. Aquí quien habla es más bien Ernesto que introduce el dialogo después de leer el capítulo 2 de Lucas (el nacimiento de Jesús) y Ernesto introduce: “Estamos a medianoche en la iglesia de Solentiname celebrando la misa de Navidad y el día anterior ha sido destruida Managua (por el terremoto famoso). Yo les digo que allí estaba acumulada la riqueza del país al lado de la miseria mayor del país. Y que, ciertamente, la Navidad que allí se preparaban a celebrar no era la de Cristo sino la del dinero. El dolor que esta noche está teniendo Managua y que también tiene todo el país, está más de acuerdo con la escena dolorosa que nos relata el evangelio de María, sin casa, teniendo que dar a luz entre animales al hijo de Dios”. Hay que recoger esto porque ahora están tratando que las navidades vuelvan a ser las de antes, consumo, etc. Y la pregunta que nos deja aquí Ernesto, y que ojalá quedara para siempre, es: ¿celebramos el nacimiento de Cristo o el del dios dinero?

Ernesto reconoce que fue muy feliz en Solentiname. Eso podría ser parte del “éxtasis” del que hablé antes.

Algo de este éxtasis se pude hallar también en su poesía, aunque de ella voy a hablar después al tratar del desierto y de la noche oscura. Y me ceñiré al libro de título significativo: Telescopio en la noche oscura. Ernesto es un poeta irregular: a veces magnífico, a veces descuidado. Con San Juan de la Cruz coincide en el fondo: la noche que, a pesar de todo, acaba siendo más amable que la alborada. Pero Juan de la Cruz cuidaba mucho sus estrofas, las sílabas, la rima. Ernesto en eso es muy libre. Sus poemas en ese libro son cortitos, como chispazos que se encienden e iluminan mucho. Pero aparte de eso, nuestro hombre es bastante irónico y tiene algunos comentarios en sus poesías que son divertidos y a los que voy a aludir ahora, sin leerlos. Hay una poesía que dice que todo nos habla de Dios: “El mar habla de Dios, las rosas hablan de Dios, la mujer habla de Dios”… ¿Y la muchacha en bikini en la playa? También habla de Dios: “nos dice que ella no es Dios”, lo que es una manera de hablar de Dios.

Hay otro poema, con una intuición muy típica de Cardenal (creo recordar que en el Canto cósmico sale bastante). Todo (no solo en los hombres, en la sociedad, en el mundo…) todo es a la vez masculino y femenino. Y Ernesto aprovecha para decir que entonces “el célibe está casado también”, porque si todo es masculino y femenino… Tiene a veces estos chispazos humoristas. Y aprovecho ahora, hablando de su humor, para explicar la anécdota de lo que ocurrió cuando el papa fue a Nicaragua y aquella imagen famosa que dieron todas las televisiones de Juan Pablo II amenazándole con el dedo. Me lo contó su hermano Fernando, pidiendo que no lo explicara, pero muertos los dos creo que ya se puede contar.

El aeropuerto de Managua es pequeñísimo y había un señor encargado de protocolo, que era más papista que el papa, y también “más sandinista que Sandino”. Tras largas negociaciones con el cardenal Casaroli que quería ese viaje mientras Wojtila se negaba porque había curas en el gobierno, se llegó al acuerdo de que el papa saludaría solo a los obispos y no al gobierno. Pero por lo diminuto del aeropuerto, todos estaban a muy poca distancia. El encargado de protocolo agarró al papa al bajar del avión y lo encaró hacia donde estaba el gobierno. Ernesto vio venir al papa y pensó: “Qué hago ahora? De chico me enseñaban que al papa hay que hincarle la rodilla. Pues le hincaré la rodilla”. No sé si Juan Pablo se vio ante un aprieto semejante y pensó que tenía que dar un ejemplo de que no admitía curas en un gobierno… Pero aquí lo que nos interesa es Ernesto.

2.- La verdadera poesía sobre el desierto está (como dije) en Telescopio en la noche oscura, donde hay tantas cosas que pueden evocar a Juan de la Cruz, porque es una noche oscura con presencia a pesar de la ausencia.

Se nota mucho el ansia de infinito. “¿Qué gano con que la luna sea bella si estoy sin vos? No quiero ni siquiera verla sobre el lago. Para otros será ella. Los rumores misteriosos de la noche, si son sin vos…”. Es decir: la belleza o le lleva a Dios o se le queda corta. Un poco como cuando san Agustín cuenta en las Confesiones que las cosas bellas le decían: “busca más allá de nosotras”.

En otro sentido, precisamente, la noche le sirve para estar seguro de que lo suyo no es un montaje que le lleve a una proyección, y escribe: “La mejor garantía de que es cierto y no invención mía es que no me des goces, Amado misterioso que no gozo. Nada quiero sino estar contigo”. Esto es muy serio. Quiere el amor y no el goce del amor. Y en ese mismo sentido, esta otra: “Mejor unido a ti, a quien no siento, a quien de veras del todo nada siento, que cualquier otro amor que sintiera de veras”. Esto realmente es muy serio. Está dicho en poesía pero es realmente místico.

Dios es infinito. Y Ernesto lo comenta así, hablando a Dios: “Yo nací para un amor extremista. Tal vez por eso nos comprendemos. ¡Más extremista sos vos! Y yo te conozco poco todavía”.

Aparece otra cosa en esta poesía que está en los salmos y que nosotros la tenemos muy olvidada en nuestra oración. Es la queja a Dios. En un pequeño versito dice: “Si oyeran lo que te digo a veces se escandalizarían. ¡Que qué blasfemias! Pero vos entendés mis razones y, además, bromeo. Y son cosas que se dicen los que están en la cama”. Hoy hemos perdido esa oración de queja a Dios tan presente en los salmos: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pero es una protesta que no niega la confianza (como los que están en la cama…).

Hay otra donde dice: “Todo ser es transparente, pero la transparencia no es otra cosa sino un no ser para que pase la luz”. La propia nada nuestra nos puede servir para transparentar a Dios. Yo suelo hablar de ser cauces de la misericordia. El cauce no cuenta absolutamente nada. Lo que importa es que la misericordia pase. Eso dice Ernesto. Somos transparencia de Dios. La transparencia es un no ser. La nada se convierte, no solo en un contacto con Dios, sino en una manera de difundir a Dios.

Esta pudo ser la manera en que vivió Ernesto su desierto y no solo en el campo espiritual o teológico. En el campo social, fue el primero que, después de haberse jugado la excomunión por estar en un gobierno, cuando ese gobierno sandinista se desvió, le plantó cara en seguida. Y Ortega le bloqueó las cuentas…

Por eso termino deseando que no vuelva a pasar hoy en Solentiname lo mismo que pasó entonces, porque Somoza destruyó la comunidad de Solentiname.

Éxtasis y desierto; poesía y revolución. Ojalá nos ayude a todos.

***

[Este texto recoge parte de la intervención del autor en la mesa «L’envangeli segons Ernesto Cardenal», dentro del ciclo “Diàlegs literaris” organizado por el Espai Avinyó, en la que también intervinieron Tania Pleitez y Arlen Centeno].

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J. I. González Faus
Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
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