En la Solemnidad de la Transfiguración de Nuestro Señor, el 6 de agosto de 1970, el padre Rutilio Grande concluyó su homilía, en la catedral de San Salvador, urgiendo a los obispos y a los gobernantes del país, a “que vieran con los  ojos de Cristo… y solo entonces, Cristo, el Salvador Transfigurado, sería realmente el Patrón del país, pues todos los bautizados serían transformados en su nombre,  por haber sido fieles al mandato del Padre, como se había proclamado en el evangelio: ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle y sed fieles a su mensaje’”.

Fiel a su convicción, Grande en persona fue un doble de Cristo ante la gente, por su vida ejemplar y su ministerio. “En sus homilías descubrimos un Rutilio plenamente identificado con Jesús. Él vio con los ojos de Cristo, juzgó la realidad a la luz de la Palabra, de la Tradición y del Magisterio, y actuaba como Cristo hubiera hecho, esto es, con misericordia, anunciando  La Buena Noticia, y denunciando el pecado. Un  ver, juzgar y actuar que le llevó a sufrir incomprensiones, intolerancia,  acusaciones, ridículo, y la persecución de los espías, entre otras cosas. Este fue un sufrimiento del cual  siempre fue consciente…”,  afirmó el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, en una Carta Pastoral que escribió con ocasión del 41º aniversario del  martirio de Grande, el 12 de marzo de 2018. Grande no solo llevó el yugo que Cristo colocó sobre sus hombros, sino que ayudó a quitar y aligerar las cruces que llevaban las gentes a las que él servía.

Rutilio Grande fue “un místico de ojos abiertos”. “Los ojos son órganos de gracia”, explica J. B. Metz, creador de la frase. La palabra “místico” derivada de la palabra griega que significa “cerrar”, está generalmente asociada con místicos que cierran los ojos en meditación, a fin de estar más concentrados interiormente. “Jesús no enseñó un misticismo ascendente de ojos cerrados, sino más bien un misticismo de Dios con una prontitud aumentada para percibir, un misticismo de ojos abiertos, que ve más, y no menos. Es un misticismo que hace visible todo el sufrimiento invisible e inconveniente, y, –convenga o no-, presta atención a ese sufrimiento y asume responsabilidad ante el mismo, a causa de un Dios que es un amigo de los seres humanos”. Grande, con ojos plenamente abiertos “ve todas las cosas nuevas en Cristo”.

Primeros años de su vida

Rutlio Grande nació el 5 de julio de 1928, el más pequeño  de 7 hijos, en una familia pobre de trabajadores del campo, en El Paisanal, El Salvador. Cursó sus primeros estudios en el Seminario Menor, en la capital San Salvador. Entró en la Compañía de Jesús en Caracas a los 17 años de edad. Tras los estudios de Juniorado en Quito, Ecuador, fue destinado a enseñar historia durante tres años en el Seminario Menor, en el Salvador. Después él se trasladó a España, para estudiar Filosofía y Teología en Oña (Burgos).

Durante toda su formación como jesuita, Grande fue un estudiante sin especial distinción. Estuvo plagado de escrúpulos, con baja autoestima y dudas sobre su vocación. Afortunadamente, pudo superar todas estas adversidades y fue ordenado sacerdote en Oña el año 1959. Volvió a España en 1962 para el Tercer Año de Probación que terminó en Córdoba en 1963. Seguidamente se trasladó a Bélgica donde estudió en el Instituto Lumen Vitae, en Bruselas.

A mediados de los años 1960, tuvo lugar un fermento especial en la Iglesia, causado por el Vaticano II (1962-1965). Gaudium et spes (Gozo y Esperanza), Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno, creó  un gran interés en el alma de Grande, invadiendo toda su personalidad y redefiniendo su vocación. Hasta este momento, él se había atenido fielmente a la formidable noción del sacerdocio como llamada de Dios a la perfección y a la exigencia de ejercer el papel de un modelo de virtudes. El documento conciliar presentaba el sacerdocio como una vocación de servicio, modelo de amor y compasión, a partir del sacrificio propio, a fin de sacar a la luz lo mejor que habita en los otros. Grande vio desde entonces muy claro que su papel como sacerdote era el de ser un siervo-líder, simplemente como ‘Tilo’, sin títulos de Don o Padre.

Planteamientos radicales

Grande volvió a El Salvador en 1965, cargado de fervor religioso y dinamismo. Fue nombrado director de proyectos de acción social en el Seminario de San Salvador. Su primera obligación, como él previó, era la de cambiar el enfoque del seminario de objetivos puramente académicos hacia un sistema integral de oración-estudio y concientización social. En los años de la década de 1960, Grande organizó programas de “inmersión” para los seminaristas por todo el país, durante sus vacaciones a lo largo del año, haciéndoles experimentar las duras realidades presentes en los niveles más bajos de la población. Sin embargo, sus métodos para la formación y evangelización, le acarrearon controversias con las autoridades del seminario y una pérdida de confianza por parte de los obispos. Grande dejó el seminario en 1972, y fue nombrado Párroco de Aguilares, en El Salvador.

En el campo de misión, Grande se hizo defensor de los pobres y luchador en pro de la justicia social. Su pedagogía era sencilla y franca. Formó líderes, hombres y mujeres comprometidos, que eran reconocidos por sus comunidades y por la Iglesia, y los nombró Delegados de la Palabra. Estableció “Comunidades Cristianas de Base” que cubrían un conjunto de 12 poblados. Los Delegados enseñaban a los campesinos de las comunidades de base a leer la Biblia, y, tomando inspiración de los textos sagrados, a suscitar interrogantes sobre los males sociales que los ahogaban, y a defender sus derechos humanos. “El Evangelio tiene que desarrollar pequeños pies”, exhortaba Grande, “si queremos que Cristo no se quede en las nubes”.

Profeta sin temor

Grande era un orador increíble, que escribía y predicaba valientes homilías. Firme campeón de los pobres y los oprimidos, él hacía uso del púlpito para denunciar las acciones del Gobierno, de los escuadrones de la muerte, y de su país, y la violencia causada por el comienzo de la guerra civil y la ocupación militar de las iglesias. Su retórica desafiaba a los ricos terratenientes e incluso a los dirigentes eclesiales. Estaba a favor de propuestas de reforma agraria, inclusión litúrgica de los seglares, programas de alfabetización, y los derechos de los obreros.

En su famoso “Sermón de Apopa”, un mes antes de su martirio, Grande destacó el empuje universal del mensaje cristiano: “Dios nos dio un mundo material para todos, sin límites… Así, el mundo es una mesa común,  con manteles lo suficientemente amplios para todos -como esta Eucaristía-, con una silla junto a la mesa para cada uno, y con suficiente comida para todos. Y con Cristo en medio”.

Cada vez más, Grande fue ofreciendo el modelo de una iglesia vibrante en El Salvador, comprometida con despertar en los pobres una conciencia de su dignidad y derechos propios de los hijos de Dios. La gente comenzó a tomar en serio el dicho del consejero:  “¡Felices sois vosotros pobres: es la voluntad de Dios que vosotros dejéis de ser pobres”, Ellos fueron  cambiando su mentalidad y tomaron una firme posición contra sus opresores.  Grande adquirió una fama de sacerdote “radical” y enemigo del sistema. Los terratenientes de la localidad vieron la organización de los campesinos como una amenaza a su poder. Sin poderlo evitar, Grande entró en conflicto directo con los ricos y los poderosos ciudadanos. Era vulnerable y él lo sabía.

Martirio

El día 12 de marzo de 1977, Grande, acompañado de Manuel Solórzano, de 72 años, y de Nelson Lemus, de 16, partieron de Aguilares hacia El Paisanal. En Los Mangos, su vehículo fue rociado de balas desde una furgoneta, y también desde gente armada a los lados del camino, donde estaban preparados para su planificado asesinato. Grande y sus dos acompañantes fueron instantáneamente asesinados.

La muerte de Grande influyó profundamente en su compañero de estudios y amigo desde los días del Seminario, el arzobispo salvadoreño Oscar Romero, que se convertiría en “una voz de los que no tienen voz”. La posición de Romero contra la violencia y la pobreza, con el tiempo le llevó a su propio martirio en 1980, y a la canonización en 2018. En el funeral de Grande, Romero dijo: “La liberación predicada por el padre Grande estaba inspirada por la fe. La liberación que termina en la felicidad de Dios, la liberación que comienza con el arrepentimiento de los pecados, la liberación fundamentada en Cristo, el único poder que salva”.

[Imagen extraída de CPAL]

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Ha sido profesor y rector del St. Xavier’s College de Ahmendabad, director de la Escuela de Idiomas y del Centro de Recursos Humanos de dicha universidad y presidente de la Asociación de Alumnos. Además de sus clases de Literatura Inglesa, es un fecundo escritor y conferenciante. Da charlas sobre espiritualidad ignaciana, dirige seminarios y tandas de ejercicios. Ha organizado talleres de oración en diversas ciudades y centros de la India y en Massachussets (Estados Unidos).
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1 COMENTARIO

  1. El anhelo común de todas las religiones
    escrito por
    Xavier Melloni Ribas –
    25 Mayo 2022 126

    La oración es el acto o actividad por excelencia y más explícita de los humanos para vincularse con lo trascendente.

    En latín, castellano y catalán proviene de oror, «pronunciar con los labios», por tanto, evoca algo ligado al habla. Si bien inicialmente remite al campo de la palabra y del oído (donde están implicadas la música y la poesía), también se reza con todo el cuerpo y con todo el ser.

    Se trata de un acto integral. Cuanto más lo sea, más fuerza tiene. Se vale de todos los sentidos: el oído, la imagen, el olor (flores, incienso), el tacto (el descalzarse, el contacto con el suelo) e incluso con la cata, como en el caso del sacramento de la eucaristía u otros rituales en los que se ingiere algo.

    Desde el punto de vista postural, implica todo el cuerpo, puesto que la oración está acompañada de gestos de alabanza, de petición, de clamor, etc. La postración está presente en todas las tradiciones, donde se expresa la entrega total a Dios o al Absoluto. Cada tradición tiene una postura específicamente suya: los judíos rezan de pie, los cristianos sentados o de rodillas, los orientales en la postura de loto, los musulmanes en la diversidad de movimientos de la salah, etc. En las tradiciones orientales tienen relevancia la posición de las manos (mudres), las cuales son de gran variedad y cada una de ellas tiene una significación muy precisa.

    A través de la oración, el ser humano expresa la totalidad de las situaciones que vive, sus emociones y estados de ánimo, sus intenciones más altas, tanto las de luz (alabanza, gratitud, confianza, intimidad, perdón, etc.) .) como las de oscuridad (clamor, angustia, queja, incluso amargura y desespero).

    En la oración se expresa la polaridad básica del ser humano con Dios: la angustia o el clamor de la ausencia así como el gozo y el recogimiento de la Presencia del TU Infinito.

    Expresa Rumi, místico sufí del s. XI:

    Mi corazón es como un pergamino
    Que se extiende sin fines hacia la Eternidad,
    En lo que hay escrito desde el principio hasta el final:
    «¡No me dejes!».

    Rumi (Divan-I- Shams, 23493)

    Es el acto más íntimo del creyente y de la comunidad: entre el Yo y el Tú, entre el Nosotros y tú, y también la oración por los ausentes, por los “Ellos”.

    Las modalidades de la oración son interminables: puede ser individual, familiar o comunitaria, puede hacerse en un sitio privado o en un templo; en un recinto cerrado o a cielo abierto; puede ser imprevisto o estar pautada por unos tiempos establecidos; puede ser espontánea o puede ser recitada con fórmulas preestablecidas; quizás ser simple, íntima y quieta o pública, ritualizada y llena de sonidos. Todo es posible porque la oración es el latido del creyente y el corazón late en todo momento.

    Cuando un ser humano ora, toda la persona se transforma. Sea de la tradición que sea, cuando vemos a alguien rezar o a una comunidad en oración, nos conmueve y nos pone directamente en relación con lo Sagrado.

    En la oración de cada tradición está condensada la esencia de cada religión. En ella es invocado el nombre con el que Dios es nombrado. Es el acto más íntimo de la propia creencia. Hay que realizar un largo camino antes de compartir con otro creyente este acto más íntimo.

    Al mismo tiempo, es el acto más abierto y universal, porque la auténtica oración despoja cualquier pretensión de apropiarse de Dios.

    En el documento pontificio “Diálogo y Anuncio” de 1996 del Secretariado por el Diálogo interreligioso, se habla de cuatro niveles de practicar este diálogo:

    En la vida cotidiana
    En la aspiración y participación en acciones conjuntas por la paz y la justicia
    En el diálogo teológico entre expertos
    En la oración compartida al Dios-más-allá-de-todo

    Según esta secuencia, compartir la oración con creyentes de otras religiones es la cima más excelsa y sublime.

    El encuentro de Asís de 1986 convocado por Juan Pablo II en la primera Jornada Mundial de Oración marca un hito a la vez que un límite. A menudo se pone como un ejemplo de que es posible la oración conjunta entre las religiones, pero, de hecho, en Asís no se rezó en común, sino que cada confesión religiosa oró en un espacio diferente y al final se encontraron para leer una declaración conjunta por la paz.

    En todas las tradiciones están presentes varios grados de la oración:

    La oración vocal, constituida con fórmulas pre-establecidas o con la repetición de un nombre de Dios.
    La oración mental que supone la elaboración de contenidos de la fe de cada religión a partir de sus textos.
    La oración silenciosa o contemplativa que trasciende la creencia particular y se abre al Dios-más-allá-y-más-desde-todo.

    Por último, cabe decir que la maduración de las oraciones de todas las tradiciones es ir pasando de la oración de petición a la más absoluta ofrenda.

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