Ahora que se acerca la efeméride del movimiento social que se produjo el 15 de mayo del 2011, más popularmente conocido como 15M, he pensado que sería interesante enlazar la memoria de esa fecha con algunos de los posicionamientos públicos expresados durante estos años por el papa Francisco. Hay dos elementos, uno temporal y el otro geográfico, que pueden ayudar a conectarlos. El primero, temporal, es el hecho de que el papa es nombrado en 2013, por tanto, con los ecos recientes de una serie de movilizaciones que se produjeron en diversos lugares sobre todo durante los años 2010-2011: la primavera árabe en el Magreb, Occupy Wall Street (en Estados Unidos), o el 15M en España entre otros. La crisis financiera de 2008 trajo una larga resaca y provocó protestas con un marcado carácter revolucionario y anticapitalista. Y el otro elemento, geográfico, el hecho que Bergoglio al ser nombrado papa se definió como venido del «fin del mundo», del Sur y por tanto con una experiencia muy viva sobre los efectos que determinadas políticas y culturas económicas neoliberales habían tenido sobre países como el suyo. Estos dos elementos confluyeron en un momento donde las movilizaciones abrieron un horizonte de esperanza y de cambio que después no llegaron a materializarse o que incluso generaron una reacción autoritaria y neoconservadora muy importante.

Hablar de un papa que apuesta por una perspectiva política desde abajo, puede llegar a parecer una paradoja. El papa en su dimensión política representa el verticalismo extremo. No en vano, hoy por hoy, el Estado Vaticano sigue siendo una (la única) «monarquía absoluta, electiva y teocrática”, y el papa está en el vértice de esta estructura de poder en calidad de jefe de Estado. Añade además a esta condición, la de cabeza de una Iglesia también vertical y jerárquica.  Esto no ha cambiado con Francisco y no se espera, de momento, que cambie. No obstante, y a pesar ello, en la manera de expresarse y en su mensaje sí que el papa ha adoptado siempre una perspectiva que aspira a romper con su posición de poder para convertirse en un líder social y religioso, en parte carismático, que busca conectar con los movimientos que se producen en la base del sistema o incluso fuera del sistema.

Su pontificado está plagado de momentos en que esto se ha evidenciado: gestos, discursos, encíclicas… Quizás haya dos momentos, muy al principio de su pontificado, donde lo formuló de una manera más clara. El discurso en Roma el 28 octubre del 2014, y el que realizó en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) el 9 de julio del 2015, durante el II encuentro mundial de los movimientos populares.

En Roma se habían reunido movimientos sociales alrededor de tres temas que el papa hizo suyos -tierra, techo y trabajo- y a los cuales añadió de su propia mano una reflexión sobre la paz y la ecología. No entraré en el detalle de sus reflexiones, pero si en el fondo de su visión que le hace exclamar en un momento determinado del discurso:

“Los movimientos populares expresan la necesidad de revitalizar nuestras democracias, tantas veces secuestradas por innumerables factores. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal. La perspectiva de un mundo de paz y justicia duraderas nos reclama superar el asistencialismo paternalista, nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con este torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”.

Este fragmento, enlaza con multitud de mensajes y pancartas que se pudieron ver en plazas y calles durante el mes de mayo del 2011. En contraste con la visión de la democracia representativa, formal y liberal-burguesa, la visión y el mensaje político de Francisco conecta inesperadamente con las bases y los perdederos de la historia a los que anima a autoorganizarse y a luchar más allá de las estructuras que configuran nuestra organización social. Su crítica que se extiende incluso a las ONGs cuando denuncia la “domesticación” de los pobres y sus causas, son ciertamente novedosas dentro de los planteamientos tradicionales de la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho algunos autores como el teólogo brasileño Fabio Regio publicaron artículos[1] en los que destacaban el carácter rupturista del papa Francisco en contraste con las posiciones «reformistas» defendidas tradicionalmente por los pontífices en sus encíclicas sociales. Seguramente una afirmación así es demasiado atrevida, pues a la hora de las concreciones Francisco remite continuamente a sus predecesores, pero sí que es novedosa la centralidad que da a la participación política desde la base, a que ese compromiso se dirija a atacar las causas de la injusticia, aunque ello suponga una subversión del sistema, o a la hora de criminalizar el “estado actual de las cosas” calificándolo directamente de “amenaza a la humanidad”.

Meses después, en Bolivia, y de nuevo en un encuentro mundial de movimientos sociales, los exhortó a seguir con ese trabajo de transformación desde la realidad concreta, desde las necesidades concretas: “Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día…. ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino de las personas”.

Imposible no escuchar en estas palabras, citadas recientemente en la encíclica Fratelli Tutti  los ecos de las reivindicaciones presentes ahora hace 10 años en nuestras calles y plazas. Imposible no conectar esta perspectiva desde abajo y desde lo cercano, con aquello que allí se promulgaba.

Diez años después la materialización política de aquellos movimientos no deja de cosechar derrotas, inmersos en contradiccciones, cismas, egos e incapacidades. Diez años después el papa también se ha visto en cierta manera incapaz, pese a su condición de «monarca absoluto» o quizás por esa misma condición, de impregnar la estructura eclesial de esa llamada a la solidaridad desde abajo, a esa visión política que pone al excluido en el centro de las prioridades. Ciertamente han surgido en la iglesia no pocas iniciativas y algunas muy interesantes, pero la acción y pensamiento mayoritario sigue tocado por un sesgo asistencialista que dificulta una auténtica opción transformadora.

Diez años después quedan los brotes que han protagonizado algunos movimientos autoorganizados y que luchan por escapar a las dinámicas de descarte a las cuales les somete el sistema.  La Iglesia y los cristianos deberíamos estar más atentos a estos movimientos, trabajar codo con codo con ellos, ser capaces de generar otros si hace falta, si no queremos que esta democracia anémica que tenemos se nos acabe deshaciendo entre las manos. A pesar de todo el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa también…

(Continuará…)

[Este artículo resume en parte la ponencia que tuve en el ciclo “Conozcamos la Fratelli Tutti” coorganizada por el Centro Loyola y la Diócesis de San Sebastián. Tenéis la ponencia completa a continuación]

***

[1] Fabio Regio Bento ‘Adeus Reformisno. Papa Francisco e a doutrina social da Igreja’, Perspectiva Teológica, v. 50, n. 3 (2018) 509-23.  La revista Selecciones de Teologia que publica Cristianisme i Justícia  lo tradujo y condensó en su número 232 de julio-septiembre de 2019, p 267-276

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Miembro del equipo de Cristianisme i Justícia. Licenciado en Psicología por la UB, en Teología por el Instituto de Teología Fundamental y máster en Teoría Política por la Universidad Pompeu Fabra. Presidente del Patronato de la Fundación Migra Studium.
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