Diez años después del 15M, uno no puede sino constatar la sensación de fracaso en los intentos de vehicular política e institucionalmente aquella energía social que se generó durante la primavera del 2011. En paralelo también, el carácter rupturista y subversivo de algunos de los discursos papales, con un intento claro de contribuir a la transformación desde abajo, se han ido diluyendo. La exhortación directa a la misma base eclesial a salir de sus problemas y a sumarse junto a los movimientos sociales a la tarea de transformar las realidades de sufrimiento, han acabado siendo domesticadas por los espacios intermedios de poder (curias, dicasterios, sínodos, obispos…), demasiado fuertes incluso para un papa. De este modo lo que tenía en su seno un gran potencial subversivo acababa convirtiéndose en una cita homilética, en un párrafo suelto de una hoja parroquial o como mucho en una nueva iniciativa asistencial. El mismo papa en la Fratelli Tutti (en el capítulo 5) reconoce implícitamente el fracaso saliendo en defensa propia ante las acusaciones de populismo, distinguiendo entre el populismo insano que usa la masa para su poder de aquel populismo responsable que se pone al servicio del bien común. Lo que tenía que ser una confluencia de energía transformadora, parece haberse convertido, diez años después, en una confluencia de fracasos y resentimientos. ¿Qué hacer a partir de ahora?

En estos casos parece necesario volver a los fundamentos y ver que es necesario rescatar. Y en lo que se refiere al intento del papa por implicar a la Iglesia en una transformación política desde abajo vería como cuatro dimensiones básicas:

1. La fundamentación de la acción en la tradición teológica que sitúa a Cristo en el lugar del excluido del sistema, en la base de la pirámide, en el lugar del pobre, y descubrir ese lugar, como lugar epistemológico y político de liberación. Esto afecta a la totalidad de la iglesia y no solo a su acción social. Esta acción no puede estar desligada de este fundamento. Situando a Cristo en la base de la pirámide, lo situamos al lado del que sufre (del inmigrante encerrado en el CIE, de la familia desahuciada de su hogar, del que duerme en la calle, del que es perseguido debido a su orientación sexual….) y ese Cristo debería ser central en toda la dimensión pastoral e incluso litúrgica que realiza la iglesia.  En palabras de Javier Vitoria, «los pobres, las víctimas de la injusticia, no son simples destinatarios del amor de Dios y la caridad de la Iglesia sino sus compañeros»[1] o, en palabras de J. I. González Faus, «los pobres son los vicarios de Cristo»[2].

2. Es necesario que la Iglesia y las comunidades cristianas recuperen el contacto y la experiencia directa de aquellas realidades que hoy son motivo de escándalo e indignación. Y que si no lo son es porqué las ignoramos o permanecemos ajenas a ellas. Esto toca de lleno al modo de vivir. Dónde vivimos, con quién nos relacionamos, qué opciones vitales tomamos… Igual que no podemos delegar en los políticos nuestra responsabilidad, no podemos delegar tampoco en nuestras instituciones caritativas nuestra fraternidad. Son demasiadas las personas que se ven privadas también en nuestras sociedades ricas y opulentas de lo más básico (vivienda, trabajo, alimentación…) y su existencia, lejos de disminuir en número, parece aumentar a medida que aumentan la desigualdad y la indiferencia. Tampoco la acción pastoral, catequética, litúrgica, teológica… debería hacerse al margen de estas realidades, como si se trataran de superestructuras ajenas.

3. El 15M puede recordar a la Iglesia la necesidad de profundizar en el concepto de Pueblo de Dios puesto en valor por el Concilio Vaticano II y que, sin embargo, no ha logrado sustituir la visión piramidal y jerárquica de la organización. El concepto de Pueblo, asociado al ser signo y sacramento de fraternidad y salvación para el mundo, son elementos que hacen excéntrica a la Iglesia. De nuevo en palabras de Javier Vitoria, «la Iglesia causa la salvación en la medida que anima y promueve todos los esfuerzos humanos que sirven al desarrollo de la justicia, la fraternidad y la paz en las relaciones humanas»[3].

4. Y finalmente, participar, buscar y construir alianzas con aquellos movimientos sociales que a nivel local han asumido las causas de los pobres ya sea por convicción, ya sea por necesidad vivida en propia piel y a través de la autoorganización. Demasiadas veces buscamos refugio a la hora de comprometernos en nuestras propias organizaciones, muchas de ellas ejemplares y eficaces, pero que nos preservan de compromisos más horizontales y, valga la redundancia, mucho más comprometidos o arriesgados. Del 15M perviven movimientos que surgieron precisamente de esta necesidad autoorganizada, y aunque la hay, cuesta encontrar en ellos una implicación más fuerte y clara de las iglesias y comunidades locales.

Al igual que a nivel eclesial hay tareas pendientes, también el mismo movimiento 15M y sus derivaciones políticas, tienen las suyas. También en relación a reconocer en la Iglesia y cristianos comprometidos una fuerza que ha sostenido y apoyado estos movimientos desde el principio. Duele a veces, al ver el reconocimiento y la admiración unánime que ha despertado la reciente muerte de Arcadi Oliveres, que se esconda la motivación cristiana y evangélica de su compromiso, como si se tratara de algo vergonzante o que no tuviera nada que ver. Conviene al 15M y a muchos movimientos de transformación social reconocer que hay en la fundamentación religiosa, y concretamente en la cristiana, un elemento sólido para el compromiso a largo plazo que no se puede desaprovechar por prejuicios ideológicos.

Ojalá la efeméride sirviera para una confluencia real y esperanzada. La Iglesia necesita descentrarse, y en todo caso recentrarse en el Cristo de la base de la pirámide, y así salir de los caparazones doctrinarios para reencontrarse con la realidad. El 15M necesita salir también de sus propios bucles dogmáticos impregnados, a veces, de superioridad moral y de desprecio a la tradición, para escuchar más y compartir más la causa de los necesitados. Decía Arcadi que estábamos «obligados a tener esperanza», no sé si yo me atrevería a tanto, pero a lo que sí estamos obligados es a construir existencias con sentido. Para todo ello el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa Francisco también.

[Este artículo resume en parte la conferencia que pronuncié dentro del ciclo «Conozcamos la Fratelli Tutti» coorganizada por el Centro Loyola y la Diócesis de San Sebastián. La intervención completa a continuación].

***

[1] Vitoria, F.J. Una teología arrodillada e indignada. Santander: Sal Terrae i Cristianisme i Justícia, p. 178.

[2] González Faus, J. I. Los pobres vicarios de Cristo. Barcelona: Cristianisme i Justícia.

[3] Id. Javier Vitoria, p. 165.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Miembro del equipo de Cristianisme i Justícia. Licenciado en Psicología por la UB, en Teología por el Instituto de Teología Fundamental y máster en Teoría Política por la Universidad Pompeu Fabra. Presidente del Patronato de la Fundación Migra Studium.
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