Crece la pared, por hiladas,
crece la pared.
Crece desde el pie, orinada,
crece desde el pie…

Alfredo Zitarrosa

[Advertencia al lector: un artículo con recuerdos e imágenes casi oníricas, que se mueven entre el pie de la cruz y la mañana de la Pascua a la luz de pequeñas historias que no llegan a los libros].

Para los cristianos la cuaresma es un tiempo que nos prepara para hacer memoria viva, actualizar la Pascua y animarnos a ser sus testigos en la vida cotidiana. Es un tiempo en que, si estamos atentos, podemos, como ayer en el Tabor Pedro, Santiago y Juan, hoy aquí presenciar “transfiguraciones” o “prefiguraciones” de la Pascua definitiva, ya incoada en la historia con la de Jesús.

Así que empiezo por esa imagen que me animó a sacar fotos: caminaba por una calle antigua, empedrada, de Montevideo, que está ahora en modernización, y veo con cierta pena retirar los viejos adoquines, pero a la vez descubro con gozo a varios obreros trabajando, con sus uniformes color naranja, su casco, sus guantes…, y en una esquina, ¡su baño químico!

Me resultó tan maravillosa esa imagen, que luego de recorrer la calle volví a transitarla, casi tan embelesada y tonta como Pedro contemplando la transfiguración de Jesús en el monte. No era la primera vez que observaba algo así, pero esta vez, quizá por estar en cuaresma, me tocó otras fibras y trajo recuerdos de infancia y no tanto. Porque ya era una jovencita cuando Zitarrosa cantaba la canción Crece desde el pie que se refería a los cambios, llamaba a la paciencia histórica diciendo con varias imágenes que no hay revoluciones tempranas, que crecen muy desde abajo. Una de las imágenes era esa, que las paredes que construyen los albañiles crecen desde el pie orinadas. Imagen fruto de una observación que muchos no entendíamos por ignorancia: los obreros no tenían baño, por tanto, sus necesidades fisiológicas se hacían allí mismo, donde estaban trabajando.

Estos hombres que reconstruían la calle tenían baño. Recordé entonces otros avances en los derechos de los obreros de la construcción de este país: además de trabajar de guantes, casco y uniforme, lograron otras conquistas en beneficios económicos y sociales para ellos y sus familias, también instrumentos y grúas que alivian mucho su trabajo protegiendo su salud. Una gran conquista fue que las bolsas de cemento pasaran de pesar cincuenta kilos a veinticinco. Increíble logro que los obreros viejos casi no creían, acostumbrados al duro trabajo que torcía sus columnas y arruinaba sus riñones. A propósito del peso de las bolsas de cemento, Juan contaba ufano que siendo joven cargaba sobre sus hombros dos bolsas, es decir cien kilos, que ya con cincuenta años no lo hacía, pero seguía subiendo varios pisos por escaleras sin terminar con una de cincuenta al hombro, a veces de a dos peldaños. Hemos crecido en conciencia de los Derechos Humanos, y esas condiciones laborales nos resultan no solo dolorosas, sino inadmisibles.

También las mujeres, las niñas, hacían ese tipo de trabajos, obviamente sin baño ni ningún otro derecho mínimo. Asomó el recuerdo de Antonieta, una italiana, que contaba que las niñas de su pueblo en los años cuarenta del siglo pasado iban a la escuela por las mañanas y por las tardes a cargar piedras sobre sus cabezas para la construcción de las nuevas carreteras. Como ella, con siete y ocho años, era la más alta, “las piedras más grandes las colocaban sobre la mía”.

Años después, recorriendo yo la Costa Amalfitana y los pueblos del sur de Italia, no podía dejar de desdoblar mi mirada: entre serpear las montañas viendo abajo la belleza del mar, por una parte, y por otra, las altas carreteras de enormes piedras que unían las localidades. Los ojos se maravillaban y a la vez lloraban, el corazón se dilataba con la belleza majestuosa y se estrujaba viendo debajo de las carreteras las cabezas de las niñas. Sabemos quién gobernaba, constará en libros los ingenieros que diseñaron el mega proyecto, pero ¿cuántos miles de obreros y de niños obreros anónimos, varones y mujeres? Por todos pido perdón en esta cuaresma nombrándolos como “Antonietas”.

Una conmoción similar de sentimientos encontrados me sucedió la primera vez que visité Barcelona y los lugareños me contaron con gran orgullo cómo fue construida la basílica Santa María del Mar en el siglo XIV con el dinero y, sobre todo, con el trabajo de los “bastaixos” que cargaban las piedras en las noches -luego de la extensa y extenuante jornada de trabajo mal pago- para la construcción de “su iglesia”. Ese esfuerzo nocturno extra era voluntario y devocional, pero a mí me ensombreció la mirada y pude apreciar menos la belleza del templo. De la muralla china no tengo referencias más que una de las famosas Preguntas de un obrero que lee del poema de Bertolt Brecht: ¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?”.

Hasta aquí entonces este desfile casi onírico de imágenes y recuerdos suscitados por la calle empedrada que está siendo cambiada en un barrio de Montevideo, o más bien por ver un baño para los obreros con el estupor feliz de quien ve la transfiguración como anticipo de la resurrección que algún día llegará para todos.

“Ya, pero todavía no”. ¡Seguimos en Cuaresma y Cruz! Los avances no son parejos a lo largo y ancho del planeta, aún hoy en el siglo XXI muchos hermanos y hermanas nuestras trabajan sin derechos y en condiciones terribles, como los niños que extraen el coltán en África, o más cerca, en los morros de Brasil, los que cargan las maletas de los turistas que van a disfrutar las playas paradisíacas…

Ser humanos es desear que todos vivamos dignamente, más aún, es exigir vivir dignamente como humanos, y conste que no es un juego de palabras. Aquellos que son conscientes de su eminente dignidad no la pierden ni en las condiciones más adversas, como sabemos por Viktor Frankl, Nelson Mandela, Etty Hillesun, Magdaleine Delbrêl y tantos testigos. No obstante, la dignidad a veces ha sido robada antes de nacer y por muchas generaciones; entonces, descubrir la dignidad como un derecho supondrá un proceso largo, como también testifican los indígenas de América Latina, los descendientes de los africanos traídos como esclavos a estas tierras y todos los humillados de toda la tierra. Felix Wilfred, filósofo y teólogo de la India, plantea que el discurso y la lucha por los Derechos Humanos debe comenzar por el dolor al contemplar su carencia en los pobres, quienes ni siquiera saben que tienen derechos, solo así serán universales. De lo contrario nuestros discursos acerca de los Derechos Humanos siguen en el plano individualista y burgués.

“Aún no, pero ya”. La Pascua está en camino. En medio de dolores de parto percibimos una creciente sensibilidad ante el sufrimiento humano que tiene sabor a Evangelio y vemos avances en Derechos concretos que -creemos- son inspiradas en sus valores. Ese crecimiento en sensibilidad, así como los pasos andados, son prenda de esperanza y dinamizan las búsquedas de nuevas conquistas, mientras peregrinamos hacia esa Pascua definitiva cuando “Dios sea todo en todos”.

¿Cómo entender hoy la afirmación de San Irineo de Lyon: “La gloria de Dios está en que el hombre viva”? Jon Sobrino dice: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Que la pared no crezca desde el pie orinada, que los obreros tengan baño, “esa niñita de nada”, parafraseando a Peguy refiriéndose a la pequeña esperanza, es el “ya” anhelado, que descubrimos mirando la realidad con ojos contemplativos y escuchando a la vez los sueños más hondos que nos anidan, leyéndolos como promesas de Dios.

Algo así creo que vio o intuyó Pedro y quiso torpemente, pero también “lindamente”, hacer tres carpas en el Tabor… Pero, al decir de Zitarrosa, “no hay revoluciones tempranas, crecen desde el pie”. Aún había que bajar a Jerusalén, que el Maestro muriera en la Cruz y que el discípulo pasara por el miedo y la negación, para luego de un amargo viernes y un largo silencioso sábado, llegara la mañana de la Resurrección.

“Todavía no, pero ya será”. Vida, vida plena, es la última palabra, la de Dios que es fiel.

[Imagen de Michael Gaida en Pixabay]

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Mujer, laica, uruguaya. Formada en Filosofía y Teología. Dedicada a la educación y la comunicación. Autora de muchos artículos de teología y espiritualidad en revistas nacionales e internacionales. Co-directora y responsable de redacción de la revista Misión. Autora del libro ¿Espiritualidad uruguaya? Una mirada desde la Teología posconciliar. Miembro de Amerindia Uruguay, integró el Comité Coordinador Continental entre 2008 y 2014.
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