Perijóresis... ¿para qué?

Perijóresis… ¿para qué?

Carlos Maza SerneguetExisten imágenes cristianas a las que les pasa como al reloj de bolsillo de mi tío abuelo Leoncio: son preciosas, pero no nos atrevemos a ponérnoslas y acabamos no sabiendo muy bien para qué sirven. Una de esas pinturas fascinantes, imposibles si no es para la fe, es la de la perijóresis (no hace falta ir al diccionario, intento aclararla ya mismo). Perijóresis es la palabreja que describe la unidad que forman el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Unidad manteniendo sus “personalidades”, inhabitación recíproca de los tres, que al principio se entendió de forma dinámica, como una especie de baile (peri significa alrededor, y joreo, intercambiar lugares), y luego de manera más estática, como un modo de ser ─no bailable─.

A esta imagen los cristianos no hemos llegado por deducciones en el aire, sino a través del contacto con la persona de Jesús. Vemos lo que hace, escuchamos lo que dice, interactuamos con él en su Espíritu, y llega un momento en el que decimos: ostras, este hombre parece conocer la Vida misma. Los primeros cristianos identificaron muy pronto al Jesús de los caminos de Galilea con Dios mismo. Jesús y Dios parecían estar hechos de la misma “pasta”: de misericordia. Su resurrección es un continuar viviendo como lo que era, como misericordia divina. Con una salvedad: el cuerpo. Lo que nunca puede ocurrir aquí en la tierra se da en la Trinidad: la total transparencia de las relaciones sin que las personalidades se disuelvan. El Hijo está en el Padre, y el Padre en el Hijo; el Espíritu está en el Padre, y el Padre en el Espíritu… y así sucesivamente con todas las combinaciones posibles que da el amor. Ni en nuestras excursiones más abismales fuera de nosotros mismos llegamos a tocar algo así en esta vida. Es cierto, como dice Santiago Alba Rico, que con la imaginación podemos saltar de un cuerpo a otro. Esta es la condición de posibilidad de la compasión. Y que nuestro cuerpo está hecho para dejarse habitar por otro. Pero esto nunca se da totalmente, y mucho menos durante todo el tiempo. Se trata de una experiencia excepcional, reverso maravilloso de la alienación: Pepito o Pepita están dentro de mí, y llego a identificarme con ellos en su alegría o en su tristeza. Hasta puedo decir: “Yo soy Charlie”, cuando asesinan a unos periodistas por publicar unas caricaturas de Mahoma, pero no llegaré a ser nunca el periodista asesinado. Siempre hay una frontera, como la que existe entre el yogur y el vaso de plástico: el cuerpo. Hay dos opciones: lamentarlo ─fin de trayecto─ o continuar caminando alegremente ese misterio.

Volvamos a la imagen de la vida divina: ¿qué utilidad puede tener para nosotros contemplar algo a lo que no podemos aspirar en esta tierra?, ¿cuál puede ser el tesoro escondido en esa imagen de relaciones transparentes y sin mediaciones? Creo que el regalo puede ser, precisamente, decirnos cuándo estamos poniendo demasiadas cosas en medio de nuestras relaciones: Pepito me pregunta siempre por cuestiones del trabajo que compartimos, pero nunca cómo estoy; mi hija no me abraza porque no le he comprado la tablet; me acercaré a ti solo si dices sí a todas mis ocurrencias geniales. Estas situaciones se dan ─vaya si se dan─ y mejor si continúan dándose (la tentación de un mundo sin cosas entre nosotros suele acabar en sangre ─de suicidas o de mártires─). Pero eso no quiere decir que nos hagan más felices, o que no podamos ejercer resistencia o crítica frente a ese tipo de relaciones.

En la película Sole (2019), de Carlo Sironi, una pareja que no puede tener hijos decide comprarle el suyo a Lena, una joven polaca con pocos recursos embarazada de siete meses. Cuando finalmente se produce la entrega del bebé, este comienza a llorar tan fuerte y tan sin fin en los brazos de la madre compradora que la mujer acababa perdiendo la paciencia, y mira al bebé como si fuera una tostadora o un ordenador que no funcionan bien. Las personas y los cuerpos mercantilizados son el ejemplo extremo de relaciones en las que hemos puesto demasiadas cosas de por medio: demasiadas frustraciones y expectativas desmedidas, demasiados intereses, demasiado dinero (aunque no hay precio justo para un niño). Hay demasiadas cosas entre el cuerpo de la madre compradora y el cuerpo del bebé, paradójicamente, aunque lo esté sosteniendo en sus brazos.

Perijóresis. La imagen ─imposible para este mundo─ de unas relaciones amorosas en las que no hay nada de por medio, de la Trinidad desnuda y transparente ante sí misma, no es algo solo al alcance de los místicos. Es un cuadro propuesto a la imaginación para criticar nuestros excesos colocando cosas en medio de los cuerpos, y ayudarnos a poner las que sean justas (como una mascarilla, o Zoom, si esa reunión no puede ser presencial). Cosas que ayuden a cuidar la vida, silenciando el ruido, ordenando un poco la casa.

Imagen de Thomas B. en Pixabay 

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