Alma Redemptoris Mater

Autor: Tomás Luis de Victoria

Fecha: 1572

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La música dedicada a la Virgen es bastante abundante desde hace siglos, por razones obvias. Innumerables composiciones litúrgicas (motetes, misas, antífonas…) han sido y son compuestas por maestros desde la Edad Media hasta nuestros días. ¿Cuántas de nuestras eucaristías y otros momentos votivos no terminan cantando la salve?

Además de la propia liturgia en sí, la de las Horas también está llena de oraciones y rezos a la Virgen. En la hora de vísperas siempre casi se termina rezando el Magníficat y en la de completas se cantata una de las cuatro llamadas Antífonas marianas. En efecto, estas son Alma Redemptoris Mater (desde el primer domingo de Adviento hasta la candelaria), Ave Regina Coelorum (desde la candelaria hasta el Miércoles Santo), Regina Coeli (desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés) y Salve Regina (desde Pentecostés hasta el primer domingo de Adviento). Nuestra música de hoy va a ser un ejemplo de la primera de ellas, ya que tenemos aquí una vez más el camino de Adviento, lleno de esperanza.

En la Historia (con mayúsculas, por qué no) de la polifonía, puede afirmarse que hubo cuatro compositores que la llevaron a sus más altas cotas: el franco-flamenco Josquin Desprez y, una generación posterior, los tres grandes que fueron, además, contemporáneos: Guiovanni Pierluigi da Palestrina (italiano), Orlande de Lassus (belga aunque originalmente franco-flamenco) y nuestro maestro de hoy, Tomás Luis de Victoria.

Puede decirse que la vida de Victoria estuvo acompañada y modelada por la Compañía de Jesús. Nació en Ávila, muy probablemente en 1548. También con bastante certeza sabemos que en 1554 estudió en el colegio masculino de San Gil, que los jesuitas abrieron en la capital abulense ese mismo año. El insigne organista Antonio de Cabezón tocó varias veces en la capital, por lo que es muy posible que, escuchando al gran maestro, Victoria se iniciase en la técnica del órgano, a la que se dedicaría al final de sus días. En torno a 1558 entró a formar parte del coro de la catedral como niño cantor, lugar en el que permaneció hasta los diecinueve años.

Ahí llega un momento importante puesto que Victoria ya había discernido que quería ser sacerdote y no encontró mejor preparación para ello que marcharse a Roma; allí también podría depurar su técnica como compositor. Entró en el Collegium Germanicum, que llevaban los jesuitas y parece que coincidió en él con los dos hijos de Palestrina, que estudiaban también en la institución. Posteriormente, sería contratado como maestro de canto del colegio y, en 1572, sucedería a Palestrina como maestro de capilla del Seminario Romano. Sus obras comienzan a publicarse y ya era apreciado como gran maestro cuando su meta se vio conseguida y fue ordenado sacerdote en 1575.

Sin embargo, por una carta del también polifonista Francisco Guerrero, sabemos que Victoria estaba buscando empleo en España puesto que ya había culminado su paso por Roma. Felipe II le concedió la capellanía de la emperatriz María de Austria, puesto del que se haría cargo en 1587. Rechazó ser maestro de capilla de otros templos más insignes y se quedó en el convento de las Descalzas Reales, donde vivía retirada la emperatriz. Ese convento había sido fundado por Juana de Austria, hermana de Felipe II, y que fue la única mujer que ha podido entrar en la Compañía (lo hizo con el pseudónimo de Mateo Sánchez, pero con el conocimiento de san Ignacio). Victoria terminó sus días, una vez muerta la emperatriz, como organista del templo. Paradójicamente no se ha conservado ninguna composición suya para este instrumento. Falleció en Madrid en 1611.

Por tanto, no es de extrañar que la mística y la espiritualidad ignacianas estuviesen siempre presentes cuando Victoria se dedicaba a componer.

Una de esas piezas es la antífona Alma Redemptoris Mater. Fue publicada en 1572 en Venecia dentro del primer volumen de sus obras, que ya asentaron su reputación. Estaba dedicado a Otto von Truchsess von Waldburg, benefactor del Collegium Germanicum. Es evidente que esta antífona era muy importante para él y para la liturgia que lo rodeaba puesto que llegó a componer hasta dos versiones de la misma.

Está escrita para cinco voces y el maestro, como era habitual y no podía ser menos, está siempre atento a las inflexiones del texto para que las palabras y la música formen una unidad perfecta. Desde el comienzo, la polifonía de Victoria suena con sus patrones característicos, siendo esta pieza una composición típica suya, con ese brillo y esa siempre subyacente alegría. Con solo cinco voces, vemos cómo Victoria toma el estilo palestriniano y lo somete a su matiz especial. El rey Juan IV de Portugal conocía como nadie la obra de Victoria y decía que este tendía más a la alegría que a la tristeza, con una música que tendía a ser siempre luminosa. Thome, con la grafía que él mismo utilizaba, era una persona afable, campechana, siempre sonriente y optimista. Las crónicas lo describen como tendente a ir gastando bromas y eso es algo que se aprecia en su música, llena de fervor, de sabiduría, de optimismo y de una alegría que es incluso apreciable en sus obras para la Semana Santa.

Lo comprobamos en esta antífona, en la que la polifonía es fluida, con momentos en imitación pero que Victoria detiene para atender a las palabras stella maris y, posteriormente en la segunda parte, a Virgo prius. En esos momentos, unos bloques de acordes dan más solemnidad a la composición. Como ha dicho un crítico sobre él, Victoria es un «imponente genio cuya obra apenas se recoge en el radar de la vida musical normal». Victoria, el erudito, el místico, el sacerdote, el cantor, el organista y el compositor, nunca abandonó sus raíces ibéricas, sobre la que florecen unas ricas texturas, un perfecto sentido de la línea y una sabiduría que se aprecia en cada una de sus notas.

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Nacido en El Puerto de Santa María (Cádiz), es licenciado en Matemáticas por la Universidad de Granada. Es profesor de esa asignatura en el colegio de los jesuitas de El Puerto, donde también fue alumno. Desde pequeño le ha gustado la música clásica y se aproxima a ella desde el punto de vista aficionado. La vivencia de la espiritualidad ignaciana, con la que lleva en contacto toda la vida, y de los Ejercicios Espirituales le ha llevado a escribir el libro Acompañados por Bach, sugerente por cuanto permite disfrutar de la música de Bach desde un punto de vista novedoso.
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