Nuestra posmodernidad, tan líquida y acelerada ella, tiene una relación extraña con el tiempo. Primero desconectamos el tiempo de los ciclos de la naturaleza y la vida, sobre todo a medida que esta vida entraba en un progresivo proceso de desnaturalización. Las estaciones ya no eran tan acentuadas porque hacíamos lo posible por dejar de sentir el calor del verano o el frío del invierno, más allá de los límites razonables. Tampoco los ciclos de la vida tienen ya aquel carácter inexorable, al imponerse el ideal de una permanente y difusa juventud. Los mismos esfuerzos en aclimatar algunas viviendas a una temperatura única todo el año, los ha dedicado la cirugía y la cosmética en conseguir rostros sin arrugas. Ni en un caso ni en otro lo hemos conseguido del todo, pero seguimos intentándolo sin dejar de dedicarle todos los recursos, incluso aquellos que no tenemos.

Después desnudamos el tiempo de todo simbolismo religioso. El tiempo religioso se llevaba mal con el capitalismo. Incluía un día de descanso semanal, unos periodos donde se exhortaba a la austeridad y a un cierto ascetismo. Interrumpía el progreso productivo… En algunos lugares, a veces gobernados por gente “muy de iglesia” (que una cosa nada tiene que ver con la otra), se pidió que los comercios estuviesen permanentemente abiertos. Y en una especie de abducción sin límites, se llegó a convertir determinados tiempos litúrgicos en tiempos de especial intensidad consumista. Como dice un amigo mío, “el capitalismo se alimenta de todo, incluso de las cosas más sagradas”.

Sea como sea, nos hemos quedado al final con un tiempo plano, sin estaciones y calentado a 23º (ni más ni menos), un tiempo sin arrugas, y sin interrupciones celebrativas. Y cuando el tiempo es plano, una hoja en blanco, todo el mundo se atreve a dibujar encima, porque el tiempo plano nos parece (y lo es) bastante inhabitable. Entonces, nuestro tiempo queda marcado por las competiciones deportivas, las temporadas de teatro, los aniversarios y las celebraciones familiares, por los periodos vacacionales y los viajes, por el ritmo de las rebajas o los Black Fridays. Pero en todo esto no deja de haber un punto de vacío, de agotamiento en sí mismo, de falta de transcendencia… Hasta el punto de que cuando todo esto queda borrado por una pandemia colectiva o por una crisis personal, emerge este vacío que estaba solamente enmascarado. (A ver si muchos de los malestares emocionales, de los cuales ahora tanto se habla no tienen alguna relación con esta pérdida del sentido del tiempo).

Por esta razón, me gustaría, hoy que empieza Adviento, hacer una reivindicación: recuperemos el tiempo en todas sus dimensiones. El tiempo de las estaciones y el de los ciclos de la vida, el de los inviernos a 0º y los veranos a 35º, el de los rostros tiernos con acné y el de los bellamente arrugados. El tiempo diverso e imperfecto, el tiempo lleno de aristas y rincones. Pero también los tiempos religiosos. Necesitamos volver a conectar con aquella sabiduría que nos dice que no todos los tiempos son iguales, que necesitamos un tiempo para cada cosa, y que a veces esto no sale de nosotros mismos, no está en nuestras manos y, por ello, necesitamos ser invitados. Y el Adviento es un tiempo así, diferente. Un tiempo que nos invita a prepararnos, para interrumpir de una manera u otra este ritmo aplanador que anula nuestro juicio crítico y con él también nuestra humanidad.

[Imagen de congerdesign en Pixabay]

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Miembro del equipo de Cristianisme i Justícia. Licenciado en Psicología por la UB, en Teología por el Instituto de Teología Fundamental y máster en Teoría Política por la Universidad Pompeu Fabra. Presidente del Patronato de la Fundación Migra Studium.
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