“Poesía para el pobre,
poesía necesaria como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica”.

Gabriel Celaya

El mundo se debate y gime porque nos dominan hoy las distopías, como decía Carlos Mendoza hace algunos días en un video para Amerindia. Sin embargo, también nos decía el teólogo mexicano que en esta realidad hostil es tiempo de resistencias, de acuerpamiento –siguiendo su expresión, tomada del feminismo comunitario- de quienes no se dan por vencidos y unen sus cuerpos despreciados y desfigurados por tantos males para darse calor y fuerza, para “sentipensar” juntos, agrego. Es tiempo para esa lucha diaria por la vida y la dignidad que les es negada a tantos grupos humanos desde distintas violencias y discriminaciones.

En este contexto de distopías y de resistencias, quiero compartir algo sobre el papel del arte. Aprecio la gratuidad de la belleza; la belleza en sí misma es un “plus”, algo que atrae no por su utilidad, sino por su valor de elevar desde el simple hecho de estar allí sorprendiéndonos, atrayéndonos. La contemplación estética es puerta abierta o, entreabierta, al misterio. En este sentido otro poeta español, Pedro Salinas, dijo: “La poesía es una aventura a lo absoluto”.

Sin embargo, hay una postura en filosofía del arte que creo relevante para este tiempo. Me refiero a la funcionalidad del arte al servicio de otros fines, como la vida y la dignidad humana. Por eso di inicio a este artículo con esos versos de Celaya, quien en el mismo poema dice que la poesía no puede ser «sin pecado un adorno» cuando «estamos tocando el fondo». Este tiempo de distopías, donde el horizonte de la acción de los grandes poderes parece ser la devastación del planeta, la extinción de comunidades enteras, la guerra a muerte contra los “diferentes”, a fin de obtener beneficios para una minoría, el arte puede ser un medio que despierte y anime resistencias, “un arma cargada de futuro”, en expresión de Celaya.

Esta funcionalidad del arte ya fue señalada en la antigüedad por Aristóteles; luego conocemos bien la finalidad pastoral-catequética del arte sacro o religioso durante siglos con diversos estilos; y, desde el siglo pasado, ha sido el arte un modo de ayudar a tomar conciencia de ciertas problemáticas humanas y sociales y ha contribuido también a convocar en torno a las grandes causas por las que trabajar.

Voy a referirme a dos expresiones de arte -fotografía y pintura- que están siendo vistas en estos días y que, a mi juicio, iluminan aquel mandato de Jesús: “busquen primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás les vendrá por añadidura” (Mt. 6, 33). Esta prioridad va ligada a la búsqueda del bien mayor y común, exhortando a subordinar al mismo los bienes o intereses particulares.

Hace algunos días la comunidad pasionista en Uruguay y Argentina ha estado difundiendo una serie de fotos en blanco y negro muy hermosas, la mayoría de rostros que miran directamente a la cámara como si dijeran algo con esos grandes y oscuros ojos al mundo. Luego compartieron una entrevista al artista. El fotógrafo es un sacerdote argentino, pasionista, Juani Rosasco, de 58 años de edad que lleva siete viviendo en Formosa con un pueblo originario, la comunidad wichi, que “no es un pueblo de ‘pobrecitos’, es un pueblo hermoso”, aclara.

En esa entrevista el sacerdote habla de su misión y de cómo la fotografía ha sido un arte que ha cultivado pues le ha servido para la misma y concretamente ahora, con la comunidad wichi para mostrar al mundo occidental la dignidad y belleza de ese pueblo. En sus propias palabras: «Busco mostrar que es un pueblo que existe, que es bello y que tiene cultura». Agrega él: “Mi fotografía busca el encuentro. Tiene mucho que ver con la mirada: que puedas pararte frente a una foto y que te sientas mirado y que mires… En nuestras miradas nos encontramos también con nuestras raíces…”. Se refiere a esas raíces que muchas veces queremos ignorar diciendo que “descendemos de los barcos”. 

Al leer la entrevista y volver a mirar las fotografías, asocié lo que dice allí Juani a lo expresado por Carlos Mendoza: el pueblo wichi, como tantos otros de los márgenes, unido resiste. La foto que va en este artículo me ha impactado mucho, si bien no es de los rostros mirando la cámara que suele sacar el pasionista fotógrafo. En la entrevista dice que esta foto es especial para él y que le habla de cómo quiere vivir: como estas niñas, “descalzo, sencillo, y con compañeras y compañeros de camino con los que vivir en alegría”. A mí la foto me habla también de una alegría auténtica y de armonía humana y cósmica, de resistencia a un modelo de felicidad privada y en el consumo.

Por otra parte, en Montevideo, en el Museo Blanes ha comenzado una muestra de pinturas titulada “Encontrarte con ellos”, siendo “ellos” los desaparecidos en la dictadura. La invitación a la muestra con los datos de referencia es la sugerente foto de una silla vacía. 

Se pueden ver en dicho museo 197 obras que otros tantos pintores hicieron de cada uno de los desaparecidos uruguayos. Siendo tantos los artistas, la muestra es muy diversa en técnicas, estilos, colorido… No fue una tarea fácil. A cada artista le asignaron un desaparecido. No lo elegía, podía no saber nada de la persona, por tanto, tocaba “encontrarse” primero el pintor con el desaparecido para luego poder retratarlo. Para ello se contactaron en lo posible con los hijos o familiares, pidieron unas fotos, fotos sin color o descoloridas de jovencitos hace más de cuarenta años y, en algunos casos, solamente contaron con una foto carnet y escasos datos. 

La consigna para los artistas convocados fue hacer visible esa realidad, esa silla y espacio vacío en las mesas, en las familias, en la ciudad… y que fuera ocupado ese vacío por un retrato que permitiera a todos los espectadores encontrarse, mirar y dejarse mirar por ellos. Conozco a una de las artistas, Brenda Frizzera. A ella le asignaron pintar a Otermín Montes de Oca, contó con muy pocos datos, pero con su creatividad y vigor más una paleta de colores fuertes logró un “retrato” impactante, abrazado el rostro por ramas y flores que representan a sus hijos.

“¿Dónde está tu hermano?”, pregunta Dios a Caín (Gen. 3, 9) y el cuarto Evangelio recoge estas palabras de Jesús al Padre: “Cuando estaba con ellos en el mundo yo los guardaba en tu Nombre” (Jn.17, 12), ambos textos apuntan a que nosotros somos los custodios de nuestros hermanos para que ninguno se pierda. Juani y Brenda, con su arte, custodian la vida y la dignidad humana, ayudan a tomar conciencia de la existencia de esos “otros negados”, sin los cuales no podemos ser plenamente nosotros.  

[Foto: Juani Rosasco. «Jóvenes de la comunidad wichí»]

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Uruguaya, laica, docente y escritora. Formada en Filosofía y Teología. Autora de los libros ¿Espiritualidad uruguaya? Una mirada desde la teología posconciliar (2013), Espiritualidad nazarena, una mirada laical (2015); Historias mínimas. Rendijas al misterio humano (Rebeca Linke, 2019; Grupo Loyola, 2020). Miembro de Amerindia, del consejo directivo de Cáritas Uruguay y del Equipo de Formación y Espiritualidad a nivel latinoamericano.
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