El amor es más fuerte que el odio

El amor es más fuerte que el odio

Juanjo PerisEste lunes se convocó una vigilia a las 19h en Old Comton Street, el corazón del barrio gay de Londres, en respuesta al atentando que ha costado la vida de 49 jóvenes y ha herido a más de 50 personas en el club Pulse de Orlando. La participación  de la gente fue abrumadora, imagino que rebasó las expectativas de los organizadores que se vieron desbordados. Yo apenas pude acceder a una de las esquinas de la calle, no pude seguir avanzando por la cantidad de gente que había. A lo lejos pude escuchar algunas intervenciones del London Gay Men’s Chorus, permanecimos varios minutos en silencio que finalmente fueron interrumpidos por aplausos. Tras el breve acto, mucha gente y el coro se dirigieron hacia los jardines de la iglesia de santa Anna a depositar velas, flores, notas personales, mensajes en un altar improvisado con fotos de las víctimas y banderas arcoíris. La gente permanecía en silencio, lloraba, se abrazaba, rezaba. Mensajes de amor, de tolerancia, de unidad entre distintas creencias. El amor es más fuerte que el odio.

En esta plaza, me encontré con Martin. Le había escuchado la semana anterior en un concierto que conmemoraba 20 años de historia del London Men Gay Chorus, la velada incluía intervenciones de algunos de sus miembros contando anécdotas e historias del coro. Una de las intervenciones que más me emocionó fue la suya. Martin había contado como uno de los hitos en los orígenes de la historia del coro fue la vigilia que espontáneamente se organizó en Soho tras el ataque con bomba realizado por un neonazi y que costó la vida de tres personas el 30 de abril de 1999 en el pub Admiral Duncan, en Old Compton Street, entonces, sin demasiada atracción para los medios, muchas personas decidieron concentrarse en St. Anne’s Churchyard Gardens, la plaza más cercana al lugar del atentado en Soho, para realizar una vigilia y espontáneamente se encontraron rezando juntos cristianos, judíos y musulmanes. Tres días antes, cuando Martin concluía su intervención deseando que esto fuera una historia del pasado, y deseando un futuro de paz y convivencia, no podía imaginar que en tan poco tiempo volveríamos a estar en Soho participando en una vigilia en respuesta a un atentado hacia la comunidad LGTB.

Me emocioné al pensar qué fácil era, especialmente en estas circunstancias, encontrarse en la plaza pública, reconocerse, sentirse comunidad, abrazarse, permanecer en silencio, rezar, gente diversa, de distintas confesiones. Qué difícil sigue siendo ser LGTB (no oculto) en el interior de la iglesia. Una pequeña excepción es el grupo LGTB católico de la diócesis de Westminster, que cuenta con el apoyo del cardenal de Londres y que se ubica en la iglesia jesuita de la Inmaculada en Farm Street. La existencia de grupos dentro de la iglesia de gente que decide ser fiel a su identidad, tal y como Dios les ha creado, y a su fe no son muy comunes. Conozco varios grupos cristianos que se reúnen a rezar, compartir Evangelio y celebrar en Asociaciones LGTB desde hace años, pero sinceramente grupos LGTB visibles que cuenten con la aprobación de la jerarquía son muy minoritarios, ya que este tema sigue siendo tabú en el interior de la iglesia.

El obispo de Northampton, Peter Doyle, que previo al Sínodo sobre la familia se había posicionado publicando un artículo expresando su convicción de que la iglesia debería abrirse a “nuevas” realidades familiares, se lamentaba en una charla de que el sínodo hubiera fallado en su acercamiento a las personas LGTB. Al menos en su grupo de trabajo –nos decía- cuando trataba de plantear el tema de apertura hacia la realidad LGTB, la respuesta de otros padres era “de este tema no se habla”. Un tema del que no se habla es un tabú.

Otro ejemplo es el lenguaje. Sentía curiosidad por conocer la respuesta de la diócesis de Orlando ante la masacre y me metí en  su página web donde venía anunciada una vigilia “por la paz”, “por los afectados por el trágico tiroteo de Orlando y para expresar solidaridad con nuestros hermanos y hermanas”. Hermanos y hermanas sí, pero murieron por ser y/o estar en un lugar LGTB y se echa de menos alguna referencia a que fueron víctimas de un delito de odio hacia la población LGTB.

Sobre los efectos de los tabúes recordé lo leído en un estudio sobre las actitudes de las ONGs hacia las personas LGTB en situación de asilo y refugio publicado por ORAM (una organización que trabaja con refugiados LGTB en San Francisco). Las organizaciones cristianas, en general, aparecían bien valoradas y acogían a todo el mundo por motivos humanitarios independientemente de su orientación sexual. No discriminaban a nadie, aunque la cuestión sexual era algo de lo que no tenía por qué hablarse. El problema es que el tabú crea un ambiente hostil y poco acogedor. Lo “innombrable” se convierte en “vergonzante” y la vergüenza lo único que hace es retroalimentar el sentimiento de miedo y de inseguridad. No se trata de aceptar a todo el mundo independientemente de su orientación sexual, se trata de aceptar a todo el mundo con todos sus dones, con todos los regalos que Dios le ha concedido incluido con la orientación sexual. Se trata de vivir en verdad y en libertad. Tal vez la manera de superar las barreras generadas por tabúes muy arraigados, -señalaba el informe entre sus recomendaciones y podemos acoger la idea-, es fomentar medidas proactivas para generar un ambiente seguro y acogedor. Las personas que se acercan a nosotros han de saber no sólo que no van a ser rechazadas, sino que pueden poner todo su ser, todos sus talentos, todo su potencial al servicio de la comunidad y del bien común.

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Fotografía cedida por Juanjo Peris.