Los pobres vicarios de Cristo (IV):  Bossuet

Los pobres vicarios de Cristo (IV): Bossuet

Cristianisme i Justícia[Durante el mes de agosto  estamos publicando una serie de posts que no han sido escritos por contemporáneos nuestros sino por personas de otros siglos pertenecientes a la tradición de la Iglesia. Todos estos textos pueden encontrarse en el libro Vicarios de Cristo: Los pobres de José I. González Faus].

Bossuet (1627-1704)

…Venid, pues, ricos a su Iglesia: tenéis la puerta abierta. Pero os ha sido abierta en favor de los pobres y a condición de que les sirváis. Es por amor a sus hijos por lo que permite la entrada a estos extraños. ¡Ved el milagro de la pobreza! Porque sí: los ricos eran extraños; pero la dedicación al servicio de los pobres les hace legítimos, y les sirve para expiar el contagio que traen con sus riquezas. Así, pues, ricos del mundo: poneos tantos títulos soberbios como queráis, podéis llevarlos en el mundo; pero en la Iglesia de Jesucristo no sois más que los servidores de los pobres.

«Llevad unos las cargas de los otros… para que haya igualdad» (cf. Gal 6,2 y 2Cor 8,14). Porque ¡qué injusticia, hermanos, el que los pobres lleven toda la carga y que todo el peso de las miserias vaya a caer sobre sus espaldas! Si se quejan y murmuran contra la Providencia —permíteme que lo diga, Señor— es con cierto color de justicia… Pues, en esta extraña desigualdad, ¿cómo podríamos justificar a la Providencia de administrar mal los tesoros que Dios pone entre iguales, si no hubiese acudido por otro medio a socorrer la necesidad de los pobres, y no hubiese establecido cierta igualdad entre los hombres? Pues bien, cristianos, para esto fundó su Iglesia, en la que recibe a los ricos, pero sólo a condición de que sirvan a los pobres; y en donde manda que la abundancia remedie la necesidad, y lo innecesario de los que viven en opulencia se convierta en ayuda de los que viven en necesidad. Entrad en este pensamiento, hermanos. Si no lleváis la carga de los pobres, la vuestra os aplastará: el peso de las riquezas mal administradas os hará rodar hasta el abismo. Y al contrario: si compartís con los pobres el peso de su pobreza tomando parte en su miseria, mereceréis también participar en sus privilegios junto con ellos. Sin esta participación en los privilegios de los pobres, no hay salvación para los ricos.

Que no se desprecie más a la pobreza ni se la trate de plebeya. Es cierto que ella era la hez del pueblo. Pero, al desposarse con ella el Rey de la Gloria, la ha ennoblecido con esta alianza, y ha concedido a los pobres todos los privilegios de su reino. A ellos promete el reino, a los que lloran el consuelo, a los hambrientos el pan, y a los que sufren la alegría eterna. Y si todos los derechos, todas las gracias y todos los privilegios del evangelio son para los pobres, ¿qué os queda a vosotros, ricos, y qué parte vais a tener en su reino? El evangelio no habla de vosotros más que para fulminar vuestro orgullo: «¡Ay de vosotros los ricos!» (Lc 6,24).

…Así, pues: pobres, ¡qué ricos sois! Y vosotros ricos, ¡qué pobres sois! Si os apegáis a vuestras riquezas os veréis privados para siempre de las riquezas del Nuevo Testamento, y no os quedará como herencia más que ese ay terrible del evangelio.

Y no basta con socorrer al pobre en sus necesidades. Hay quien asiste al pobre sin entenderlo realmente (cf. Sal 40,1). El que da alguna limosna obligado por su insistencia inoportuna o movido por algo de compasión natural, ése alivia su miseria pero, ciertamente, no entiende al pobre. Entiende realmente el misterio de la solidaridad el que considera a los pobres como los hijos más importantes de la Iglesia, el que honrando esa cualidad cree que debe servirlos, el que no espera tener parte en las bendiciones del evangelio más que por medio de la caridad y del compartir fraterno.

(Oeuvres Complètes de Bossuet, Bar-Le-Duc, 1862, t. II, 155-162).

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Imagen extraída de: Wikipedia

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