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¡No íbamos a caber!

Oriol, buen amigo jesuita, es aficionado al mar y a la pesca. Hace unos años, pescando en medio del mar con un viejo ampurdanés, el pescador le hizo una confidencia:

– Esto del Cielo no lo tenéis bien pensado los curas.

Oriol le contestó intrigado:

– Y ¿entonces?

El pescador concluyó:

– ¡No os dais cuenta de que no íbamos a caber!

La ironía de la anécdota es que un profesor de Teología como Oriol sabe bien que el Cielo no es un lugar físico, sino “donde está Dios”, que es lo suficientemente grande y poderoso como para hacer sitio a todos: a toda la gente que ha vivido y está por vivir en la historia de la humanidad. Los cristianos creemos que su magnanimidad nos evitará vivir en el Cielo como anchoas en una lata, tal y como temía el pescador. De hecho, en la última cena según el Evangelio de Juan, Jesús se refiere al Cielo con la expresión «la casa de mi Padre», y afirma que en aquella casa «hay sitio para todos» (Jn 14,2).

Sin embargo, el pescador tenía razón en otro sentido, que se me revela cuando visito lugares donde recuerdo a los compañeros jesuitas con los que he convivido. Efectivamente, cuando hago vacaciones con jesuitas en Viladrau o cuando visito el cementerio jesuita de Sant Cugat, revivo tantos recuerdos de toda esa gente, que siento justamente que no me caben. El corazón me queda pequeño ante tantos años de vida en comunidad; o de compartir misión (en una parroquia, en un colegio, en la universidad); o de encuentros esporádicos, pero muy significativos; o de anécdotas divertidas explicadas sobre tal o tal otro compañero…

Y pese a no caberme, todos estos entrañables recuerdos de jesuitas (y de no jesuitas) me han hecho tal y como soy hoy. Sólo entenderé plenamente quien soy cuando sea consciente de todas mis vivencias y mis recuerdos… ¡que no me caben!

Por tanto, en buena parte soy un desconocido para mí mismo; la realidad en la que vivo también me es en buena parte desconocida; y, finalmente, el Dios en el que algunos creemos tampoco me es plenamente conocido.

Soy un misterio para mí mismo; la realidad del mundo es un misterio para mí; Dios es un Misterio para mí.

Estos misterios se pueden penetrar sólo en parte haciendo memoria de lo que vivo todos los días. San Ignacio propone hacer una oración cada noche: recordando todo lo que hemos vivido durante el día que acaba, dando gracias a Dios, pidiendo perdón por los momentos de egoísmo, y finalmente confiando la noche y el futuro al Padre.

Finalmente confiando: «el Misterio permanece Misterio» decía el teólogo jesuita Karl Rahner. No podré comprender ni abrazar los misterios de mi vida, del mundo, de Dios. Pero puedo disfrutarlos, me puedo abandonar confiadamente a ellos igual que cuando me zambullo en el mar en un hermoso día de verano.

[Imagen de Dimitris Vetsikas en Pixabay]

Francisco, la voz de la disidencia

No me extraña, viendo los intereses que también mueven a los medios de comunicación, que la guerra de Ucrania haya pasado a un segundo plano, así como las posiciones que –políticamente atípicas- siguen manteniendo, entre otros, el intelectual y politólogo estadounidense Noam Chomsky; el coronel del ejército suizo, experto en inteligencia militar y adjunto en la OTAN durante 5 años, Jacques Baud y, de manera particular, Francisco. No deja de sorprenderme que el Papa lleve tiempo dando largas a las reiteradas invitaciones que le ha dirigido Volodimir Zelensk, supongo que porque no quiere quedar atrapado en el discurso de este desmedidamente mediático -y un tanto frívolo- presidente ucraniano. Lo prueba el hecho de que Francisco haya dado una respuesta que no ha gustado a casi nadie en Ucrania y que, por lo que sabemos, no ha tenido acogida en Rusia: le gustaría viajar, primero, a Moscú, y, luego, a Kiev. 

El arzobispo Paul Richard Gallagher, Secretario para las relaciones con los Estados, algo así como el ministro de exteriores del Vaticano, informó pocos días después, conocidas algunas reacciones a este deseo papal, que el obispo de Roma podría ir a Ucrania en agosto o septiembre, una vez evaluado su estado de salud tras el viaje a Canadá. Supongo, nuevamente, que es posible que haya tenido mucho que ver en este cambio de parecer vaticano -pero no, papal- la reacción del arzobispo católico de rito latino en Lviv, Mieczysław Mokrzycki: “Sería un desastre”, ha declarado, que “visitara primero Rusia y luego Ucrania”. “Nuestros creyentes dicen que uno debe dirigirse primero a la víctima del accidente, al que está sufriendo, y solo luego al que causó el accidente”. 

Pues bien, finalizada, como ha llamado el papa a su último desplazamiento, “la peregrinación penitencial” a Canadá, hemos sabido que viajará a Kazajistán, del 13 al 15 de septiembre, pero nada sobre ir a Moscú y/o Kiev. Entiendo, escuchando sus declaraciones en el avión que le traía de Canadá, que mantiene la posición reseñada. La ha vuelto a recordar el pasado 31 de julio: “si se mira la realidad con objetividad, teniendo en cuenta el daño que cada día de guerra supone para esa población, pero también para el mundo entero, lo único razonable sería parar y negociar”. Son unas palabras que percibo en total sintonía con las formuladas un poco antes, el 3 de julio: “El mundo necesita paz”. No, la basada “en el equilibrio de las armas, en el miedo mutuo”, sino la construida sobre “un proyecto de paz global” entre pueblos y civilizaciones que dialogan entre sí y se respetan. Y las encuentro particularmente coherentes con las dirigidas a los participantes en la “Conferencia de la Juventud de la UE, celebrada en Praga, entre el 11 y 13 de julio: “debemos comprometernos todos a poner fin a estos estragos de la guerra, donde, como siempre, unos pocos poderosos deciden y envían a miles de jóvenes a luchar y morir. ¡En casos como este es legítimo rebelarse!”

Y, por si alguien tuviera alguna duda sobre lo que quería transmitir, les puso un ejemplo, el de Franz Jägerstätter: este joven campesino austriaco, casado y con tres hijos, se opuso -movido por su fe católica- a la orden de jurar lealtad a Hitler e ir a la guerra. “Cuando le llamaron”, prosiguió Francisco, “se negó porque sintió que era injusto matar vidas inocentes. Esta decisión desencadenó duras reacciones hacia él por parte de su comunidad, del alcalde e, incluso, de familiares. Un sacerdote trató de disuadirlo por el bien de la familia. Todos estaban en su contra, excepto su esposa, Francisca, quien, muy consciente de los terribles peligros, siempre estuvo del lado de su marido y lo apoyó hasta el final. A pesar de los intentos de persuasión y de las torturas, Franz prefirió ser asesinado que matar. Consideraba la guerra totalmente injustificada. Si todos los jóvenes llamados a las armas hubieran hecho lo mismo que él, Hitler no habría podido realizar sus diabólicos planes. El mal necesita cómplices para ganar”.

La suya es una voz disidente. Y lo es, porque está convencido de que la única salida es “parar y negociar”, habida cuenta de que “unos pocos poderosos deciden y envían a miles de jóvenes a luchar y morir”, haciéndolos “cómplices del mal”. No me extraña que esta posición desagrade profundamente a muchas personas e instituciones, vistos los numerosos intereses en juego. Y no me sorprende que estas palabras de Francisco, como otras del estilo, tengan muy poca cobertura mediática. Es preferible entretenerse, por ejemplo, en especular sobre cuándo va a renunciar o en por qué Doña Letizia no se santigua o recrearse en sintetizar los improperios que determinados medios profieren contra él mientras se desarrolla, como ha denunciado, una “tercera guerra mundial a trozos”. No creo que le den el premio Nobel de la paz, por  más que se lo merezca. Me contento con que no lo acusen -como a Sócrates- de corruptor de jóvenes o con que no le administren una considerable dosis de cicuta, antes de que comunique su renuncia, que, ¡ojalá! sea más tarde que pronto.

[Artículo cedido por el autor y publicado originalmente en El Diario Vasco/Imagen extraída de Vatican News]

El tren de la bruja

El tren de la bruja y la Casa del Terror. Así se llamaban (y supongo que se siguen llamando) las atracciones más famosas de esos pequeños parques de atracciones que no pueden permitirse el lujo de tener una gran montaña rusa. Nos montábamos en el vagón y, después de un pequeño acelerón, la velocidad disminuía. En el Tren, la estrella era el escobazo; en la Casa se jugaba con la oscuridad, con los guiños de luz, los murmullos cercanos o lejanos y el desfile de personajes de leyenda gótica y de terror: la doncella ensangrentada y el mayordomo con cuchillo en la cabeza, Drácula o un pariente con capa, el hombre lobo, Frankenstein y hasta alguna momia perdida… Todos estaban ahí como en una siniestra Termomix, mezclados en paralelo al algodón de azúcar de fuera. Entonces el vagón quizá deceleraba un poco más, y uno se preparaba para recibir el susto final: ¡la bruja! –¡aaaaah!– acompañada de un fulgurante relámpago, la imagen de una muñeca deformada por el mal y un grito que, si eras suficientemente pequeño, aún conseguía estremecerte. La bruja. Ya casi nos habíamos olvidado de ella. Habíamos fijado para siempre su significado gracias a aquel tren del parque de atracciones y algún cuento. Pero hete aquí que la bruja vuelve, y lo ha hecho de la mano de un montón de mujeres que no se lo acabaron de creer del todo. 

Desde hace algunos años, el feminismo vuelve a convocar a las brujas en el bosque de papel para preguntarles de dónde salió toda esta acusación. Porque la brujería es, antes que cualquier otra realidad, una acusación, una palabra que mal-dice. Lo hemos visto en Agnes, el extraordinario personaje de Hamnet, de Maggie O’Farrell: ¿Gozas de una extraña sensibilidad para las plantas y sus combinaciones? Bruja. ¿Te mantienes al margen de la chismosa vida del pueblo? Bruja. ¿Tienes una relación particular con la naturaleza y con tu cuerpo? Bruja. Bruja es, también, el nombre corto y fácil para decir heterodoxia, palabra que sobrevuela las cabezas de Deborah Moody y Anne Hutchinson en Cauterio, de Lucía Lijtmaer, cuando descubren que Dios se comunica directamente con su criatura –o sea, también con el cuerpo de la mujer– y deciden contarlo. Y no solo eso: Deborah se va a atrever a hacer lo mismo que ve hacer al capitalismo naciente: acumular. Pero parece ser que la acumulación solo está permitida a algunos. Esto sería –hasta donde he podido comprender– lo que viene a decir también Silvia Federici en el ya clásico Calibán y la bruja, donde le recuerda a Marx que se ha olvidado de la mujer al analizar la acumulación originaria del incipiente capitalismo tardomedieval. Bruja era la acusación sobre esa mujer que no quería verse a reducida –únicamente– a su labor reproductiva, un vientre del que sale mano de obra para el nuevo sistema. “Brujas”: se empezaba a decir de algunas mujeres que creyeron que podían tener sus propias tierras, ser artesanas, comerciantes, que pensaron que con su ingenio se podía hacer dinero, ir al mercado, tener una vida independiente del varón. 

A mi modo de ver, lo que nos viene a decir toda esta deconstrucción y nueva luz sobre la bruja es que nunca se trató, en el fondo, de si había mujeres que podían volar o cenaban niños. Que la cosa no iba de tener relaciones con el diablo u otras actividades escatológicas; tampoco de una postura más o menos impúdica sobre una escoba. Estos “cargos” nunca fueron lo decisivo. De lo que se trató siempre fue de control de pensamiento y de control del cuerpo. Una vez decidido a quién y qué se quiere controlar, la demonización es la estrategia más fácil y directa. Desgraciadamente, pese a lo absurdo de algunas acusaciones, aquella resulta también muy eficaz, mostrando hasta qué punto una ideología se puede convertir en una segunda piel, en un segundo corazón que oscurece el natural. Creo que toda esa vuelta sobre la verdad de la brujería contiene un mensaje liberador, que trasciende las fronteras del feminismo y nos puede ser de ayuda. 

Saber que la brujería es, antes que nada, una acusación destinada a señalar un dentro/fuera de la comunidad extremadamente rígido –de consecuencias mortales–, el nuevo rostro de unas normas de pureza de las que, tarde o temprano, acabaremos siendo víctimas, debería prevenirnos y hacer estar alerta frente a ella. Hoy, el conservador es acusado de liberal, el día en que expresa una opinión menos conservadora; y al revés. El izquierdista, de colaboracionista con el fascismo, la tarde que se le ocurre cuestionar la ortodoxia sobre un tema. Hay taxonomías estrechas dentro del feminismo, de la Iglesia… Salirse del guion esperado se perdona poco. Hasta el que no quiere escorarse puede ser potencialmente acusado de montar una escoba y llevar una cesta llena de pies de niños. A poco que tengamos algo de lucidez, muchos reconoceremos que también hemos creído ver volar a alguien en la noche.  

Como dice un amigo, a veces estas aberraciones ideológicas voltean sociedades y causan miles de muertos. La esperanza es la llegada de un tiempo en que nuestras acusaciones de “brujería” acaben moviendo a risa, dejando paso a la salud comunitaria. Que existan esas frases de Goya en los Caprichos. O el esperpento de Álex de la Iglesia sobre Zugarramurdi. Descubrir una instancia en la realidad, un Dios bueno, que nos permita ponernos en cuestión. Que la bruja vuelva, montada en la escoba que se había presentado como prueba en contra, divertida y regodeándose en su imagen deformada. Que deje atrás su grito estremecedor, y salgamos riendo y en paz de su tren, otra vez.

[Imagen de Roland Steinmann en Pixabay]

Religión vertical en crisis, religión horizontal en auge

En una reciente entrevista (La Vanguardia, 16 de agosto de 2022) el profesor sueco de filosofía en Yale, Martin Hägglund, afirma que la parte vertical de la religión está en crisis; la horizontal en auge.

Esta afirmación merece un comentario, aunque esta constatación sociológica no sea novedad. La religiosidad vertical, está hoy cuestionada: Dios, instituciones religiosas, entre ellas la Iglesia (cruzadas, inquisición, guerras religiosas, clericalismo, poder y abusos sexuales, etc.). Los jerarcas representantes de lo sagrado, la salvación, el más allá de la muerte, dejan indiferentes e incluso provocan el rechazo de la generación actual, sobre todo a los jóvenes. La tradición religiosa vertical está en crisis, aumenta el escepticismo, el agnosticismo y la apostasía de muchos antes creyentes.

Muchos opinan todavía, con Marx, que la dimensión religiosa vertical está ligada a la pobreza e ignorancia de los pueblos primitivos y pobres, y desaparecerá cuando aumente su bienestar económico y su progreso científico.

En cambio, está en auge la dimensión horizontal de la religión en favor de la vida: derechos humanos, lucha por la justicia, la verdad, la libertad y la igualdad, crítica al armamentismo, defensa de la naturaleza, solidaridad con los marginados y descartados (niños, indígenas, mujeres, víctimas de la violencia sexual, ancianos, LGTBIQ, países pobres y hambrientos, víctimas de la guerra, etc.)

La pregunta es si esta dimensión horizontal agota las dimensiones más profundas del ser humano. Para algunos, el silencio, la música, la cultura, la patria, la ecología o incluso el deporte, se convierten en algo sagrado, un sucedáneo de la trascendencia  religiosa.

Sin embargo, todas las tradiciones religiosas han unido siempre la dimensión vertical con la horizontal, el amor a Dios con el amor al prójimo, el silencio ante el Misterio con la compasión. En el judaísmo, los profetas son grandes defensores de la justica. En el cristianismo, Jesús de Nazaret une lo vertical y lo horizontal, es Dios y hombre verdadero, ama al Padre y pasa la vida haciendo el bien y liberando a los oprimidos; el juicio final será sobre nuestro amor al hambriento, sediento, forastero, desnudo y prisionero. Los santos y santas han seguido el camino, el estilo de Jesús.

Como afirma Martin Hägglund, en el cristianismo se anticipa la unión de las dos dimensiones, horizontal y vertical. La dimensión nuclear es la de Dios hecho hombre. En formulación de Leonardo Boff sobre Jesús: “Así de humano, solo puede ser Dios”.

La Iglesia del Vaticano II y la teología cristiana actual subrayan la necesaria unión de lo vertical y lo horizontal: los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de nuestros contemporáneos, son gozos y tristezas de los discípulos de Cristo. Las encíclicas de Francisco Laudato si’ y Fratelli tutti son sociales, pero su fundamento último es la fe en un Dios creador y Padre de toda la humanidad.

La frase de San Ireneo, obispo de Lyon, “la gloria de Dios es que el hombre viva”, y su versión latinoamericana, “la gloria de Dios es que el pobre viva”, es válida. Pero Ireneo prosigue: “y la vida del hombre es la visión de Dios”, es decir, la plenitud de la vida humana implica la comunión con Dios. La Iglesia no es una ONG social, sino el Pueblo de Dios que, movido por el Espíritu de Jesús resucitado, camina conjuntamente hacia el Reino de vida plena.

En un mundo en el que la dimensión vertical de la religión está en crisis y la horizontal en auge (Martin Häggelund), integremos la dimensión vertical y la horizontal de nuestra vivencia religiosa y espiritual.

[Imagen de Holger Schué en Pixabay]

Salvación y olvido en Guatemala

Me callo su nombre. La conversación esta noche, con una cerveza y algo de picoteo, nos traerá lágrimas. Ella fue lideresa estudiantil en los tiempos de la guerra. Va dando nombres. Eran sus amigas y amigos, las gentes del grupo con el que trabajaban. “Los fueron desapareciendo”, dice haciendo un esfuerzo que retoca su voz. “Una amiga me recibió en casa”. Me cuenta cómo buscó refugio. “¿Por qué no me desaparecieron a mí? Quizás esperaron para hacerlo más adelante”. Esta noche hace fresco. Llovió durante la tarde y el ambiente tiene aroma de tierra húmeda. Nos habíamos reunido para hablar de IGER, pero la conversación nos llevó de una cosa a otra hasta la memoria herida. Hago mis cálculos de tiempos: 1982, tendrían 22, 23 años. “No, no hemos conseguido hacer nada que se parezca a la reconciliación. Andamos cada cual jugando con su memoria y muchas familias siguen buscando dónde fueron a parar los suyos”. Me habla de las búsquedas, las exhumaciones, los equipos forenses, las negativas de la administración, las resistencias del ejército. “Reconciliación no es olvido”, me dice.

La Ciudad de Guatemala me parece un monumento a la desigualdad. Como su propio paisaje con llanadas que se quiebran en barranqueras impresionantes cubiertas por una vegetación frondosa allí donde no crecen las viviendas de autoconstrucción a la que llegan paulatinamente el agua y la luz. Con Paco Iznardo, el párroco, recorro la lomada Buena Esperanza donde tantas escaleras dan cuenta de mi sobrepeso. Él se mueve ágil en las callejas que, salvando enormes distancias, recuerdan el trazado serpentino de los barrios árabes. Paco me enseña los rincones a un ritmo misericordioso, para evitar que el aire me acabe faltando en las escaleras. Mientras me asombran las viviendas y callejas de Buena Esperanza, tengo una imagen de unos días antes, sentado en un café, en un barrio relativamente cercano que nada envidia a los mejores de las ciudades más caras de Europa. En Guatemala, la desigualdad viene de lejos. El país figura en las últimas posiciones de América Latina en lo que a percepción de la corrupción se refiere (solo Venezuela, Nicaragua y Honduras por detrás), y el último en el índice de desarrollo humano del PNUD en Centroamérica.

“Sí, tercero de bachillerato”, contesta Sonia cuando, al salir de la celebración en la pequeña capilla del barrio, le pregunto por sus estudios en IGER (la institución guatemalteca fundada por Franz Tattembach SJ a finales de los setenta siguiendo el modelo de Radio ECCA). “¿Cómo conociste IGER?”, pregunto mientras ella va reuniendo a la gente menuda de la catequesis. Me habla de Puente Belice, entidad también creada por un compañero, Manolo, ya en la vida de Dios. La entidad toma nombre del lugar donde nació, un barranco impresionante en cuyas laderas escalan las viviendas permanentemente inacabadas casi colgando del precipicio dominado por el puente que lo atraviesa. Sonia me cuenta una historia en la que las personas y los recursos de ambas instituciones se unen, en un barrio dominado por las maras, para ser así una historia de salvación.

En la pared de la casa parroquial, está el retrato de Fernando Hoyos SJ. Fernando había pedido salir de la Compañía de Jesús. Hacía tiempo que ante su contacto con la realidad del campesinado guatemalteco y la violencia en que vivía el país, su corazón se inclinaba a sumarse a una guerrilla que se alzaba contra el gobierno del militar Efraín Ríos Montt. Su decisión de dejar la Orden nunca se oficializó porque su carta llegó al Provincial después de que el 13 de julio de 1982, sufriera una emboscada en la que fue tiroteado hasta la muerte. Cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres, la organización a la que se había unido, dio cuenta de su muerte, hizo llegar un comunicado en el que afirmaba: “Su vida, su militancia y su muerte se insertan en la mejor tradición de la historia reciente de los cristianos que abrazan sin reserva la causa de los desposeídos”. Una frase que explica una mirada, una época.

En la habitación de la comunidad jesuita en la que paso estos días en Guatemala, en la parroquia de San Antonio, vivió Carlos Pérez Alonso SJ. Su retrato me mira desde la pared mientras escribo estas letras. El 2 de agosto de 1981, Carlos desapareció. Escribo esta nota tras estar atento a lo que se dice en un acto de homenaje que José Luis, el párroco de San Antonio, organiza con motivo del cuarenta y un aniversario de su desaparición. El País publicó al año siguiente (1982) un relato en el que se mantenía la esperanza de que todavía viviera. Se sabía que había sido secuestrado por personal armado al salir del hospital militar donde celebraba misa cada domingo. Suponía el artículo periodístico que Carlos había sido testigo de la tortura de Luis Pellicer, otro compañero jesuita al que tiempo después el gobierno exhibió como confesante de delitos de terrorismo. Carlos, así lo decía El País en 1982, tendría alguna información que no podía salir a la luz. Nunca se encontró su cuerpo. Nunca ha habido colaboración por parte de las autoridades civiles o militares de Guatemala para encontrarlo. Como de tantas otras personas desaparecidas nos quedan solo los relatos, el reconocimiento que le profesamos y una fotografía en la pared de la habitación que, de algún modo, comparto con él.

Callejeando de vuelta hacia ASEC-IGER, conversamos con el conductor de los acontecimientos de este agosto que comienza: la detención de Zamora, director de El Periódico; el presunto atentado contra el presidente Giammattei, que ahora parece más bien una cortina de humo, el curioso trato judicial de favor para Alva Elvira Lorenzana, esposa del magnate de televisión Ángel González, cercano al poder; el bochornoso trato que el Parlamento da al Procurador de Derechos Humanos, que sufre acoso de quienes forman un entramado político y económico cercano al crimen organizado. En una carta dirigida a los equipos de la red de instituciones vinculadas a la Compañía de Jesús en el país se  advierte de la cooptación del poder político por parte de un entramado duro de corrupción y mafia; se suma a los señalamientos de la Conferencia Episcopal y muchas otras instituciones de la sociedad civil.

Tras sortear un tráfico imposible que alarga nuestra conversación, me impresiona la belleza de una institución como ASEC, que da paraguas al IGER, a un grupo de emisoras radiofónicas, a una editorial… Las personas están en el centro. Es lo que toca. La formación académica es una herramienta importantísima aunque está claro que no es suficiente para que esta sociedad viva la salvación no como un hecho personal más o menos sorprendente, sino como un proceso de esperanza para todas y todos. Estamos en pleno proceso de planificación estratégica. Durante las reuniones, una y otra vez me viene Sonia y sus palabras a la mente, la alumna de IGER con la que hablo a la puerta de la Iglesia: “Para poder irme, fuera, para eso estudio”. En la prensa se anuncia hoy que una delegación de congresistas estadounidenses viene al país para “promover la cooperación bilateral en economía y negocios, y para impulsar la inversión del sector privado de los Estados Unidos”. Después lo comentaré con los compañeros jesuitas de la comunidad, que muestran una hospitalidad desbordante, pero ahora iré a cenar con gente vinculada a la institución. Es allí donde, a pesar de la cerveza y el tiempo, lo escucharé de boca de una de esas personas extraordinarias -mujer- que se jugaron su vida e hicieron frente a la injusticia: “La salvación no es la desmemoria. La reconciliación no es el olvido”.

[Imagen proporcionada por el autor]

Carlo María Martini: un in memoriam que se prolonga

Pronto se cumplirán diez años de la muerte de Carlo María Martini, Cardenal de Milán, conocido por sus publicaciones y por su presencia en momentos importantes de la historia eclesial y cultural reciente. Con esta ocasión se multiplican los estudios sobre sus escritos  –un número de títulos llamativo–, los reconocimientos de su hacer, recuerdos personales y semblanzas. Contamos además con biografías más detalladas y con el documental Sono uno di voi  que lleva la firma de Ermano Olmi, el admirado director de cine que se honraba de haberle tratado. Y en distintas páginas de internet se pueden encontrar grabaciones y fotografías que traen la presencia de un hombre de estatura notable y ojos claros que reunía elegancia y humildad a un tiempo. Que bajaba la vista ante al aplauso pero, contrariamente a lo que apuntó con ironía un clásico, al que “no le venía grande la grandeza”.

Antes de verlo revestido como cardenal en la fachada del Duomo de Milán, diócesis que a su llegada en 1980 sobrepasaba ya los cinco millones, mis recuerdos me llevan a un jesuita en clergyman gris, que, en los años setenta, con voz pausada, comentaba los salmos o el evangelio del día ante grupos de personas que habían leído alguno de sus primeros libros o seguido sus clases en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Universidad Gregoriana. Alto, afable en su seriedad, con una mirada atenta a cualquiera que se acercara para saludarle o preguntar, leía los pasajes bíblicos con sencillez y sin alardes de erudición. Los acercaba a la vida como si aquellas fueran palabras recientes y decisivas para que aprendiéramos a ser cristianos. Quienes le oíamos por entonces sólo podíamos sospechar algo de lo que la Palabra significaba para el experto en crítica textual que era el profesor Martini.

La Palabra en la ciudad

En las solapas de muchos de sus libros -las ediciones se han multiplicado- se puede encontrar en síntesis un recuento de sus estudios e investigaciones en el mundo de los textos bíblicos. De su entrada en Milán –a pie, con sólo el Evangelio en la mano y trazando una bendición ante los muros de la cárcel de San Vittore- han quedado imágenes que documentan una multitudinaria acogida, sólo comparable a la interminable fila de personas que quisieron despedirle antes de que fuera enterrado a los pies del altar de San Carlos Borromeo.

No negó su sorpresa al recibir el nombramiento y mostró resistencia a aceptar una encomienda pastoral para la que se sentía impreparado. Sin embargo, en los 22 años de arzobispado, impulsó iniciativas múltiples -algunas de veras innovadoras como la “Cátedra de los no creyentes”– y sus gestos y palabras delinearon una pastoral que partía siempre de la escucha de la Palabra: “llevó la Biblia a todas las parroquias de Milán”, dice uno de sus más cercanos colaboradores.

El empeño de Martini se desglosó en capítulos como el ecumenismo, el diálogo con las comunidades hebrea y musulmana, la evangelización en territorios lejanos además de la que preocupaba a la Conferencia de Obispos Europeos de la que fue presidente, las relaciones con la sociedad civil y los exponentes de la cultura, el encuentro con los ciudadanos comunes y, en especial, la atención a los sectores más necesitados de consideración y ayuda. El conjunto de sus Cartas pastorales desde la primera, dedicada a la oración, refleja un modo de entender la evangelización a partir del Evangelio leído, contemplado y hecho resonar en el centro y en la periferia de la ciudad moderna progresivamente secularizada: “ha anticipado –escribe Andrea Riccardi- la que se ha llamado ‘espiritualidad global’“.

Se ha recordado su “reverencia” a la Palabra, que estudió desde joven y a lo largo de su vida. Varios rasgos más podrían señalarse en su forma de entender y vivir esa Palabra nunca agotada : “lámpara para mis pasos… y luz sobre mi camino”, repetía con el salmo 118. Confiado en esa luz, entraba a afrontar las dificultades en busca de más verdad: “Pro veritatem adversa dilligere”, fue su lema episcopal. Y se ha señalado también su incansable llamada a orar y a construir comunidades que, al estilo de las primeras, llevaran el fermento evangélico a las ciudades de nuestros días.

No es posible resumir en unas líneas lo que el Cardenal ha significado para la entera diócesis ambrosiana, que presidió entre 1980 y 2002, prolongando una historia que cuenta con figuras egregias a las que solía recordar con tanta verdad como modestia. Y aquellos fueron decenios marcados primero por el terrorismo, la corrupción  y el desempleo y, todo a lo largo, por la inmigración y las crisis económico-sociales. Desde Milán se desplazó a otros muchos lugares y a países donde su aportación era solicitada con motivo de congresos o encuentros interreligiosos.

Consciente de dejar fuera facetas muy destacables, me limitaré a señalar una de las vetas que parece atravesar su sentir y su pensar. Y a hacerlo con la ayuda de dos publicaciones recientes sobre su figura, considerada una de las más relevantes en la iglesia del último siglo.

Hacerse prójimo

La Fundación que lleva su nombre acaba de editar el volumen V de las Obras Completas con el título “Farsi prossimo”. El camino de la projimidad fue el tema de una carta pastoral y el de la asamblea celebrada en Assago en 1986, así como el de sucesivas intervenciones y comentarios que incidieron en las dimensiones en que se despliega la realidad del amor. Porque la palabra caridad, de raíz evangélica, representaba para él una síntesis definitiva del cristianismo y un inestimable tesoro de humanidad.

Como era esperable en su modo de entrar en las cuestiones, dedicó espacio a meditar en las raíces y el horizonte de esa projimidad. O, lo que es lo mismo, a atender al fundamento bíblico de la caridad y lo que entraña. El estilo de la lectio divina, tantas veces advertible en sus los escritos y lecciones, aparece en su tratamiento, igual que se advierte  en el de la justicia. En 1999 salió a las librerías Sulla giustizia, donde el autor recuerda que la divina es al mismo tiempo misericordia y perdón. Y en más ocasiones mostró que los dos términos: caridad y justicia ensamblan bien, si se parte de su fuente. Los enunciados que encabezan las distintas partes de este último volumen editado dan idea del alcance que para Martini tenía el tema.

La escucha de la Palabra fue siempre para él inseparable de la escucha –humilde y atentísima– de los otros, para así entablar un diálogo desde el ser profundo de los interlocutores en un terreno común. Lo han recordado algunos no creyentes que participaron en aquella cátedra de escucha y conversación, y esa atención se extiende a los presos y a los ancianos que se sintieron dignificados con su visita. Además de poner el acento en la “práctica de la proximidad” que se acerca con todo respeto a los fragilizados por la enfermedad, las discapacidades y la ancianidad, otras intervenciones aquí recogidas se dirigen al sistema sanitario, a su personal, a los medios y a la ética del cuidado.

Un espacio notable ocupa el reclamo de dignidad y de reconocimiento social a los que padecen en las cárceles. Fue este un ámbito particularmente atendido por el Cardenal, y que tuvo especial resonancia con motivo de la entrega de armas por parte de los terroristas. También encuentra cabida aquí el ejercicio de proximidad desde la sociedad y la política. Y, por supuesto, las varias formas del diaconado a ejercer en una iglesia, como la de Milán, ante los problemas de la violencia y la marginación. En medio de situaciones sociales que requerían una intervención inaplazable, insistió en la necesidad de educar el corazón a “una caridad inteligente, que previene y persevera”. Se trataba -decía- no sólo de salir al paso de las dificultades que se presentaban, sino de preverlas y perseverar en ello día tras día. Trasmitió a los milaneses –decía Ermano Olmi- lo que  no sabían siquiera que no tenían: el sentido de la vida. Y despertó un empeño civil en favor de los últimos. Entendía que el ejercicio de la caridad ha de despertar la dignidad ofreciendo sin condiciones un amor recibido: el del Dios-Amor que atestigua la Palabra de la fe.  

De los pobres del Trastévere a la Casa de la Caridad

En 1992, al presidir el funeral por David Turoldo, considerado en “la conciencia inquieta de la Iglesia”, destacó el profetismo de aquella voz “rocosa como las piedras de su tierra” (el Friuli) y reconoció que se adelantaba a su tiempo como sucede con los profetas, aunque resulten incómodos. Años antes, en el encuentro ecuménico de Basilea (1989) en el que la gravedad de los problemas presentados  obligaba a invocar la esperanza para afrontar el futuro, Martini indujo a mirar la realidad “desde el punto de vista de los pobres” aceptando la propia pobreza y a sabiendas de que ser pobre supone no contar en la sociedad.

En los años finales se alegraba de haber dejado como legado en la diócesis una Casa de la Caridad, que representara una forma, del todo personal y esmerada, de atender a cuantos la necesitaran. Algo que llevó dentro desde los años en que ejercía como docente e investigador y que, como hemos sabido, intentó practicar muy explícitamente los fines de semana adentrándose en alguno de los barrios más desasistidos de la ciudad de Roma.

La comunidad de San Egidio recuerda que, cuando apenas iniciaba la asistencia a pobres sin techo y a algunos ancianos que vivían solos en las calles estrechas, el jesuita P. Martini limpiaba y ponía orden en la de uno de ellos y se unía a la oración en el grupo de voluntarios que se iniciaban en la lectura de la Escritura. Lo hacía con una discreción que recubría su ya muy notable conocimiento de los textos. Bastantes años más tarde dirá que “siempre andamos con retraso en su comprensión, y consecuentemente en entender la mente de Dios”.

Las salidas de los voluntarios y los miembros de la comunidad hacia las bolsas de marginación que atraviesa la via Casilina en los años 70 han quedado registradas en el  volumen Vangelo in periferia (1987) prologado por el ya cardenal Martini. En esas páginas  recuerda haber estado entre los que intentaban “traducir” la escucha de la Palabra en atención a las gentes, utilizando los temas, las imágenes y los sufrimientos típicos de aquella realidad: “el frío invernal del que uno se defiende mal en las casas húmedas, en la soledad, la enfermedad, la situación de la mujer…”.

De hecho, cuando retornó a aquella zona veinte años después, pudo saludar a viejos amigos y reconoció conmovido que aquella experiencia le había preparado providencialmente para su misión en Milán. El reciente libro de R. Zuccolini, La Parola e i poveri (2021) historia esa amistad con la comunidad del Trastévere y rescata algunos inéditos en los que el futuro cardenal habla de su búsqueda personal, allá por los agitados años 60-70, de lugares donde la Escritura guiase la oración y se dieran al mismo tiempo una preocupación efectiva por los pobres y una mirada atenta a la política (cf. 488-493).  

Como sucedía con otros colectivos pobres o empobrecidos, su preocupación por los mayores fue una constante. La intervención en favor de los ancianos, “la memoria de la fragilidad”, en el Congreso Internacional organizado en Roma en 1990 es una de las llamadas más perentorias que hemos oído a “no abandonar al abandonado”. Una urgencia de la caridad que recae sobre cada cristiano pero que reclama la intervención de la sociedad que no puede desentenderse de quienes han construido el bienestar actual: la eutanasia -llega a decir- es la respuesta extrema de una actitud demasiado extendida: la del abandono, pues la desesperación que a veces se expresa “no es una petición de muerte, sino de vida”.

Al fin, sólo una confianza serena

“He deseado encontrar idealmente a todos, pero sobre todo a los últimos“. Y “a todos, creyentes y no, querría repetir que la fuente de mi pensar y de mi actuar ha querido ser siempre la Palabra de Dios”. Así resumía en pocas frases su larga dedicación pastoral.

Marcado por la enfermedad, ya emérito, en su añorada Jerusalén o en la residencia de jesuitas mayores de Gallarate, el último Martini siguió recibiendo y prestando atención a quienes le buscaban. Prosiguió en su empeño, sabio y paciente, de volver sobre las preguntas siempre por responder, las que percibía latiendo en muchos de sus contemporáneos -creyentes o no- y que tenían también un eco en su interior. En una entrevista que se hizo famosa, “Conversaciones nocturnas en Jerusalén”, dejó sentir con sinceridad lo no logrado de sus sueños sobre la Iglesia, al tiempo que animaba a confiar en “la esperanza que no defrauda”. En alguna ocasión, repitió también que “hay brasas en la Iglesia aunque las cenizas las recubran”.

Al cabo de un decenio, su enfermedad le redujo a una habitación-enfermería donde, ciertamente, pudo experimentar que “la caridad es paciente y es servicial”. Y conmueve encontrar en las últimas imágenes que aquella figura distinguida, de una estatura notable, se dobla y aparece en sus manos el temblor propio del Parkinson que padecía. Impresiona también advertir en las grabaciones, cada vez más cerca del silencio, aquella voz que había querido ser un eco discreto de la Palabra.

En sus meditaciones sobre la vida eterna había escrito:

“Es hermoso pensar que puedo redimir la angustia del tiempo, la historia de mi cuerpo, con actos de entrega, que tienen un valor definitivo depositado en la plenitud del cuerpo resucitado de Cristo. Es hermoso pensar que cada palabra que digo en la oración es un ladrillo enviado a la eternidad para construir la morada que no tiene fin”.

Y en los últimos años habló con franqueza desarmada de su espera de un final que dejaría de serlo y se cambiaría en “asombro ante la mañana eterna” por la confianza en la “Palabra de vida”:

“Estoy en lista de espera o de llamada… y me he convencido de que sin la muerte no haríamos un acto de confianza total en Dios. En la vida tenemos siempre ‘salidas de emergencia’, lugares a dónde ‘huir’. Pero en la muerte tenemos que entregarnos de modo total, como el agua se precipita en la cascada, se lanza, y solo así puede revelar toda su frescura y riqueza. Este es el misterio ante el que me encuentro y no puedo decir que sé mucho de él”.

Una confianza que, reconoció también, no le era fácil en todos los momentos, pero que le nacía de aceptar que “hay una revelación de Dios que se manifiesta en la pobreza, en la sencillez, en el no aparecer, en no hacerse presente…”.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

¿Cómo se atreven?

Bauman sostiene «sacar la filosofía de las aulas es un error». Lo explica alegando que «en cada sociedad la filosofía cumple el deber de enseñar a los alumnos la base del pensamiento lógico» y recuerda que vivimos en un momento de individualización de modo que «lo que antes recibía el ser humano a través de su convivencia en comunidad, ahora lo tiene que conseguir solo. Nunca ha habido un momento como este en la historia». Un fenómeno que, en palabras del sociólogo, «nos dirige a la servidumbre».

El premio Príncipe de Asturias, conocido por acuñar el concepto de «modernidad líquida», también da cuenta de los retos y desafíos que asumen los filósofos y la sociedad en su conjunto: «El problema no es que la gente esté dejando de filosofar sino cómo la activamos y aplicamos en nuestra vida diaria».

Quienes buscan en la filosofía una orientación para vivir y respuestas a asuntos tan universales como el sufrimiento, el respeto, el riesgo o el sentido de la vida, pueden resultar útiles pensadores que siempre se han ocupado de la filosofía práctica como Marco Aurelio, Epicuro, Sócrates, Platón, Aristóteles, Nietzsche u Ortega y Gasset.

Oigamos a Marina Garcés:  

«La utilidad de la filosofía pudiera sintetizarse diciendo que perfecciona la razón enseñando a pensar rectamente; imparte claridad a las ideas, distinguiendo lo esencial de lo accidental; vertebra la inteligencia con el conocimiento de lo universal; fundamenta la ciencia; ejerce influjo en las operaciones y costumbres humanas en lo individual y en lo social».

Aunque llevo ya muchos años «oficialmente» jubilada, soy profesora de Filosofía de un grupo de personas adultas con gran interés por aprender y admirar la cultura que nos viene de antaño. Y recordando mi trayectoria de profesora de jóvenes, después de pasar el tiempo, queda un eco de las clases, de las  preguntas. El aula era lugar de encuentro, de aprendizaje, de amor a la sabiduría… Creo que tengo el recuerdo más vivo -y más alentador- sobre aquellas clases con jóvenes que miraban callados, pero tenían en el corazón palabras llenas de sentido. 

Es increíble que en estos tiempos, los que llevan la responsabilidad de la educación, se atrevan a impedir que un alumno piense… ¿Cómo no filosofar? ¿Cómo dejar de pensar?

[Imagen de Bach Nguyen en Pixabay]

La atención que nos roban

Si mi pretensión es pensar una posible ascética contemporánea que ilumine la mística en nuestra circunstancia actual, no podía dejar de hablar de la atención. 

El padre del desierto Poimén dijo:  “El principio de todos los males es la distracción”. Utilizando otras palabras, la mística y filósofa Simone Weil consideraba que la “raíz del mal es la ensoñación”. La misma autora escribió: “La atención es toda la fuerza del espíritu. La única fuerza que es nuestra.” Las distintas prácticas contemplativas ponen un énfasis especial en la atención. No queda duda, por lo tanto, que el cultivo de la atención forma parte, de una manera u otra, del camino espiritual en su inmensa diversidad, conscientes de la variedad de comprensiones de la misma. 

Sin embargo, mi motivación por escribir respecto a este tema provino de una fuente diferente. Buscando entre los estantes de una librería di con Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica de James Williams. El autor estadounidense tenía ya una trayectoria sobresaliente en Google cuando finalmente abandonó la empresa para dedicarse a estudiar filosofía y ética de la tecnología. ¿A qué se debió este giro tan abrupto de un joven prometedor de Google? Williams señala que se dio cuenta del telón de fondo que colgaba tras el lindo escenario de tecnologías como las redes sociales, el GPS y otras. 

El objetivo del libro que comentaré es simple: ayudarnos a darnos cuenta de que dichas tecnologías no están de nuestra parte; que lejos de ser creadas con la finalidad de facilitarnos la obtención de nuestras metas, son elaboradas desde su diseño con un único objetivo: “captar y monopolizar nuestra atención.” El argumento de Williams es que, sueltas y sin control, estas tecnologías suponen una amenaza para la voluntad individual y colectiva, incluso política, y que por lo tanto habría que pensar una “liberación de la atención humana” en tanto lucha política por excelencia dadas las circunstancias actuales. 

Me parece importantísima la advertencia que nos hace Williams respecto al profundo cambio que ha significado para la atención humana la llamada “era de la información”. Su diagnóstico me recordó al de Iván Illich cuando hablaba de la “era cibernética” y cómo esta implicaba una transformación incluso antropológica y no únicamente histórica. La experiencia del autor en su trabajo en Google era la de una distracción sui generis, la cual no podía equiparar a cuando simplemente nos distraemos:

«Algo se había trastocado a un nivel más profundo que el de la simple molestia, y sus efectos nocivos se me antojaban mucho más peligrosos que el leve fastidio que trae consigo nuestro día a día. Tenía la sensación de que algo se desintegraba y se disgregaba, como si el suelo hubiera cedido bajo mis pies y mi cuerpo comenzara a reparar en que estaba cayendo. Sentía que la historia de mi vida peligraba por alguna razón confusa que no alcanzaba a expresar. La materia del mundo que habitaba se estaba volatilizando».

Lo narrado por Williams me parece aterradoramente cercano. No lo dice con esos términos, pero la palabra que me viene a la mente es “enajenación”, el sentir la vida secuestrada de forma sutil por mecanismos heterónomos a mi voluntad. Me atrevo a preguntarles si no hay un poco de esta sensación también en sus vidas. 

Repito, el elemento central consiste en entender que las tecnologías cibernéticas no comparten nuestros objetivos. La tecnología neutral no existe, nos advierte Williams. La tecnocracia, podría decirse, es tautológica hasta cierto punto, puesto que los prefijos ciber- y gober- (de “cibernética” y “gobernar”) provienen de la misma raíz griega kiber-, que significa “guiar” o “pilotear”. Pero la gobernanza de la tecnología actual no tiene precedentes. Se enfoca en estructurar nuestras mentes de determinada manera. La persuasión industrializada es un hito inédito en la historia que solamente es comparable, dice Williams, con la religión, el mito o el totalitarismo. 

Hoy por hoy se invierten miles de millones de dólares con un único objetivo: que prestes atención a lo que se quiere que prestes atención, que des click en ese anuncio y no en otro, que compremos un producto y no otro. A esta realidad propia de lo que Williams llama la “era de la atención”, el mismo autor la nombra “economía de la atención”, “un entorno en el que los productos y servicios digitales compiten sin descanso para captar y explotar la atención del consumidor.”  La guerra comercial es por nuestra atención, y miles de estrategas, psicólogos, sociólogos y científicos de las mejores universidades del mundo se dedican tiempo completo a crear los mecanismos para ganar la carrera. Un ejemplo son los clickbait, los anuncios estilo “Conoce los 10 destinos turísticos más baratos del mundo” o “Noticias que te quitarán el aliento”. Un click lleva a otro click y, cuando menos nos damos cuenta, ya se nos fueron 10, 15 o hasta 60 minutos entre página y página. No es exagerado decir que nos encontramos ante un nuevo régimen que nos lleva “a un nuevo gobierno, a un nuevo credo, a una nueva lengua” que poco a poco se va volviendo universal. 

Considero que hablar de “economía de la atención” es un acierto genial de parte de Williams. Toda economía es por definición parte del reino de la escasez. En este caso, la escasez a la que nos referimos es la de la atención. En la economía capitalista se pretende superar la escasez a través de la abundancia, pero sabemos que lo único que produce la producción capitalista es más y más escasez. Lo mismo sucede con la supuesta abundancia de información: a mayor abundancia de información mayor será la escasez de atención. Quizás este es el momento de la historia en el que contamos con una mayor información sobre una enorme cantidad de áreas y de temas, pero al mismo tiempo presenciamos un incremento insólito en la escasez de nuestra atención. 

La publicidad no tiene el objetivo de satisfacer nuestros deseos, sino de crearnos nuevas necesidades. Si no logramos limitar a qué “regalamos” nuestra atención (no es “prestamos”, porque no nos devuelven nuestra atención), nos sumergimos en un remolino sin fin de consumo, y, peor aún, perdemos con ello nuestra vida. ¿Qué sucede cuando direccionamos nuestra atención hacia algo?, se pregunta Williams. Para responder esta pregunta habría que ir más allá de una mera respuesta psicológica. La atención es la constructora de nuestra vida, de ella proviene qué hacemos, a qué le dedicamos tiempo, qué sujeto construimos, qué relaciones cultivamos, etcétera. En realidad, la batalla por nuestra atención va más allá de un simple fin comercial o de bienestar personal: se trata de un control por nuestras mentes y nuestras vidas, nuestros deseos y nuestra capacidad política de decidir por nosotras y nosotros mismos.  

En este punto Williams se acerca a los análisis de Illich o de Girard, para quienes está claro que el deseo, dentro del círculo capitalista, no se limita a desear el producto sino el reconocimiento (la atención) del otro. Pero esto no es nuevo, aparece ya en La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith. Por eso una ascesis del deseo, de la atención, se vuelve tan necesaria hoy en día desde una perspectiva mística pero también política y liberadora. Además, si como dice Williams, “religioso” es el mejor adjetivo con el podríamos catalogar esta nueva economía, la ascesis de la atención contemporánea se vuelve también una lucha contra la idolatría. 

Soy yo quien habla de esta ascesis, no Williams, y sin embargo encuentro sus análisis bastante apropiados para pensar dicha ascesis. Ahora, no podemos caer en falsas soluciones. Williams advierte, antes de proponer algunas vías para ganar la libertad de atención, contra las siguientes pseudosoluciones: la primera es buscar que las personas se adapten a la inmensa ola de distracciones (Williams habla de tres: la común, la existencial y la epistémica, cada una más profunda que la anterior). Adaptarse sería seguir con el mismo juego. Pero tampoco una resistencia individual es la respuesta. Frente a esas acciones individuales se encuentran miles de profesionales bien pagados que, independientemente de sus buenas o malas intenciones, buscan captar nuestra atención. 

Tampoco, y me agrada mucho que lo mencione Williams, puede estar la solución en el cultivo de la atención estilo mindfulness. Lo que dichas prácticas suelen hacer es buscar mejorar la atención y el bienestar sin criticar directamente las fuentes estructurales, laborales y sociales. Cuando mucho, ganar en atención estilo mindfulness te dará más atención para que te la quiten. No puede ser ese el camino. 

Williams apuesta por las siguientes vías, reconociendo que hay otras muchas: “(a) el replanteamiento de la esencia y el objeto de la publicidad, (b) la reestructuración conceptual y lingüística, (c) la modificación de los factores determinantes del diseño tecnológico y (d) la promoción de mecanismos de imputabilidad, transparencia y medición.” Aquí es donde me distancio del autor, que por lo demás, a lo largo del libro, muestra una profunda afinidad a la democracia liberal y a los ideales estadounidenses de justicia y libertad. Me parece que las soluciones que propone, si bien pueden ayudar en términos prácticos en el horizonte de las políticas públicas, al final son soluciones dentro del mismo sistema que no llegan a poner en jaque el proyecto moderno-capitalista en su conjunto. 

No pretendo aportar la solución definitiva, pues en lo que sí estoy de acuerdo con Williams es que no hay recetas, y, agregaría, tampoco tiene porqué haber únicamente un camino, ya que en la diversidad de mundos que podemos construir como alternativas habrá que encontrar, por lo tanto, diversidad de “respuestas”. Una de ellas puede ser la mística, la cual la encontramos en la experiencia profunda de hombres y mujeres que se han tomado enserio su relación con el Misterio, la misteriosidad de la realidad de la cual formamos parte y que se nos descubre de muchas y muy variadas maneras. 

Para la mística, como podemos verlo en Simone Weil, la atención tampoco se reduce a un ejercicio psicológico. Tiene que ver con la voluntad, que tanto subraya Williams, pero una voluntad entendida de forma muy particular. La voluntad refiere sí a nuestros deseos, pero también a nuestras relaciones en general, a nuestros amores. En la mística cristiana, el trabajo con la voluntad se encamina a ordenar todo desorden para llegar a la comunión total con la voluntad divina. Para las y los místicos cristianos, la unión de voluntades simboliza el encuentro máximo con Eso que llamamos Dios. Si el trabajo de la voluntad es en el fondo el trabajo de la atención, entonces cultivar nuestra atención es también cultivar nuestra relación con Dios, reorientando nuestra atención, liberándonos de la enorme cantidad de distracciones que, unidas ya voluntad y atención, se refiere a nuestros afectos. Un buen ejemplo son los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, cuyo objetivo es planteado por el propio Ignacio como “preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas…” (EE 1). 

Por otro lado, como sí lo menciona Williams, de la atención resulta qué hacemos realmente con nuestra vida. Es por ello, por ejemplo, que en el budismo zen se complementa el zazen, sentarse a practicar, con el samu, el trabajo manual hecho con atención. Para los caminos espirituales la práctica de la atención no se reduce únicamente a un momento del día, tampoco son acríticos con el tipo de actividades que se realiza. El mindfulness, por ejemplo, suele subrayar la posibilidad de “estar en el presente” en cualquier circunstancia, sin plantearse si dicha circunstancia es en sí opresora o injusta. Las tradiciones, por el contrario, vienen siempre acompañadas por una visión ética del mundo que les lleva a discernir y mediar sus actividades. Weil habla de la “descreación”, un ejercicio o proceso mediante el cual el yo se va diluyendo al tiempo que se abre a la auténtica transformación social del mundo. Desde el zazen-samu hasta el ora et labora, la atención en la mística implica tanto una transformación estructural de la persona como del mundo que habita. Tiene pues una dimensión explícitamente social. 

Existen muchos ejemplos contemporáneos para regular y poner límites a la atención. Tenemos que tener muy presente lo que dice Williams sobre cómo estas tecnologías no son neutrales, es decir, no dependen del uso que les demos. No hay que individualizar el problema despolitizándolo como si se tratara de algunos sujetos que se vuelven adictos a las tecnologías (por más que psicológicamente sí pueda suceder). Estas mismas tecnologías están diseñadas para robar nuestra atención, por lo que no basta una mera ascesis enfocada a controlar el tiempo que les dedicamos, aunque este pueda ser el primer paso. 

Williams aboga por una transformación en el mismo diseño de las tecnologías. La pregunta es, ¿realmente podemos esperar que a estas grades empresas devoradoras de nuestra atención les llegue una epifanía moral y de pronto cambien sus objetivos? Lo dudo mucho. En mi experiencia, la construcción de tecnologías libres y autónomas es una salida más realista que las reformas legales. Además, solo podemos recuperar nuestra atención si la direccionamos a algo más, a la construcción de otro mundo posible. En Bolivia tuve la posibilidad de pasar un par de semanas en un ashram en donde únicamente había una computadora, la cual usábamos entre todas y todos por unos minutos a la semana. Nuestra atención y voluntad se dirigían hacia otros horizontes, desde el producir la comida, orar o convivir. Sé de algunas experiencias en Estados Unidos de grupos enteros que han optado por abandonar el celular y únicamente cuentan con un teléfono para todo el grupo, el cual utilizan exclusivamente para emergencias. 

En resumen, considero que las vías se abren por dos caminos paralelos y complementarios: poner límites personales y colectivos al uso de estas tecnologías que, como ya vimos, no están diseñadas para ayudarnos sino para robar nuestra atención, y buscar el modo autónomo y comunitario para generar nuestras propias tecnologías conviviales, diría Illich. De esta manera recuperamos los límites de nuestra carne, el percibir el mundo con nuestros sentidos y no a través de aparatos prótesis, y regresamos a ser lo que somos: relaciones concretas cultivadas desde nuestras posibilidades reales. Entre estas relaciones identifico la relación con el Misterio, relación cada vez más socavada en medio de una cultura y una economía de la distracción. 

Una mística contemporánea, por lo tanto, habrá de acompañarse de una ascesis de la atención consciente de los términos en los que nuestra atención habita actualmente. Lo que queda por aprender son los modos prácticos y concretos de habitar esta ascesis, pero estos variarán en cada ciudad, en cada monte, en cada lago. 

[Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay]

El acompañamiento social y la Teoría Polivagal

Amín, 19 años, Marruecos. «Tengo diecinueve años y soy de Marruecos. Nací en Fez, de donde me fui cuando tenía diez años. Mi madre había fallecido y me quedé solo con mi padre, quien me maltrataba una y otra vez. Yo no soportaba esa vida, así que decidí irme. Llegué a España solo, dentro de un camión. Llegué a tener permiso de residencia, pero caducó y se me pasó renovarlo. Me detuvieron cuando cometí un hurto y me trajeron al CIE. Cada vez que acaba la visita de la voluntaria de Migra, le pido que me abrace y siempre intento que vea en mi cara una sonrisa antes de irme con el policía que me lleva de vuelta a mi celda». 

Muchas personas como Amín son acompañadas por personas y organizaciones movidas y comprometidas por el deseo de construir una sociedad (más) acogedora, justa, solidaria e inclusiva donde valga la pena vivir. Sociedades que reconocen la dignidad de las personas que residen en ella, dignidad que se transparenta en la singularidad de cada rostro. 

En atención a este acompañamiento, el objetivo de este artículo es visibilizar la Teoría Polivagal y su aportación en las relaciones de acompañamiento, relaciones que quieren constituir «lugares» y encuentros de salud. «El regalo más precioso que podemos ofrecer a otros es nuestra presencia. Cuando nuestra atención plena abraza a aquéllos a los que amamos, éstos brotan como flores» (Thich Nhat Hanh).

Estos encuentros son un regalo en tanto respetan los mínimos necesarios que la posibilitan: seguridad, presencia, escucha incondicional y sin juicios, respeto, amar al otro tal y como es y, a la vez, asentir a todo lo que expresa tal y como lo comunica (cuerpo, emoción, cognición). No sabría decir si son mínimos necesarios o máximos esperables, dicho lo cual, quisiera detenerme en una de ellas, en la seguridad. 

Atendiendo a la Teoría Polivagal y parafraseando a su autor (Stephen Porges), o estamos en modo supervivencia o estamos en modo crecimiento, aprendizaje, restauración, sanación. No podemos estar al mismo tiempo en una y en la otra, es decir, se inhiben la una a la otra. Así, en un entorno de peligro (ya sea objetivo o subjetivo) no podemos estar en modo crecimiento-desarrollo, ya que, el sistema nervioso autónomo (SNA) pasa de un estado relajado (conexión social-vagal ventral) al siguiente de ataque/huida en un primer momento y, en su defecto, de paralización (vagal dorsal). Es por ello que la construcción de entornos seguros es imprescindible para cualquier acompañamiento que vaya más allá de la mera supervivencia. Así, en las relaciones seguras y compasivas nos co-regulamos; co-regulación que es posibilidad de autorregulación (así fue/quiso ser en la infancia con las relaciones parentales y es condición de posibilidad en la adultez). 

Hay una palabra que no he utilizado hasta este momento pero es hora de introducirla. Dicha palabra es «trauma». De un modo u otro todos somos personas con algún tipo de trauma (con «t» minúscula), si atendemos a nuestro desarrollo a partir de la gestación, podemos ver que el carácter constituido en la primera infancia, hacia los 7-8 años, se asienta a la vuelta de la adolescencia. Pero, además, hay personas que han vivido/vivieron un Trauma (con «T» mayúscula), un «acontecimiento estresante inevitable» que sobrepasó los mecanismos de afrontamiento de la misma. Experiencia traumatizante que queda grabada en el cuerpo, silenciada, pudiendo ser, en lo cotidiano, el origen de respuestas automáticas de ataque/huida o paralización.

Este hecho del trauma lo podemos visibilizar (a modo de suposición) en el testimonio de Amín: «Nací en Fez, de donde me fui cuando tenía diez años. Mi madre había fallecido y me quedé solo con mi padre, quien me maltrataba una y otra vez. Yo no soportaba esa vida, así que decidí irme».

Su relato biográfico nos habla de pérdida de la madre (no sabemos si el duelo de la perdida pudo ser transitado), a la vez que sufrió el maltrato de su padre. Desconocemos, a ciencia cierta, cuáles fueron las consecuencias de los hechos narrados (el cuerpo de Amín es el que lleva la cuenta de los hechos). Dicho lo cual, si atendemos a la necesidad que todo niño tiene de pertenecer a una familia, de un amor continuo y de protección, podemos suponer que quedó carente de lo imprescindible y dañado en lo profundo.

Si atendemos a los evangelios, encontramos narraciones que hablan de personas con experiencias «traumáticas» y de encuentros que generan inclusión, restauración, salud… En el texto de Lucas 15 vemos al padre que acoge/abraza incondicionalmente al hijo, el cual vuelve a recuperar su vivencia de hijo. En Lc 7, 36ss Jesús en casa de Simón el fariseo posibilita a la mujer transitar por donde ella necesita. Aunque el contexto de la casa de Simón es hostil, el encuentro y el contacto con Jesús es seguro y, así, internamente restaurador.

Mirada evangélica que traspasa el ser y el hacer de la fundación Migra Studium, la cual es parte del Servicio Jesuita a Migrantes, que trabaja en la ciudad de Barcelona por los derechos de las personas refugiadas o migrantes. Migra Studium nace y desarrolla su labor «movida por el deseo de construir una sociedad cohesionada y donde valga la pena vivir», y desde ahí, tiene sentido que su misión se sustente en la acogida, la solidaridad, la diversidad y el pleno ejercicio de los derechos. Dicho lo cual, es importante subrayar que, en lo cotidiano, todo ello necesita de lugares y personas que con su actitud y obrar le den cauce. Así, podemos encontrar experiencias en el carrer Palau 3 de acogida, atención social y jurídica, espacio educativo para adolescentes, jóvenes y familias, espacio socio-lingüístico. 

Otra experiencia nos lleva a la Zona Franca, allí se ubica el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), un sitio que genera incertidumbre y hostilidad: «el internamiento en el CIE es muy punitivo y resulta lesivo para los derechos de las personas migradas». La labor del grupo de visitas al CIE quiere transitar de la hostilidad a la hospitalidad (acompañar, orientar, defender la dignidad y los Derechos Humanos de los internos…). Reflejo de ello es el testimonio de Amín.

Un desarrollo potente (por su salto cualitativo) de acogida, cuidado e inclusión lo desarrolla el proyecto de «hospitalidad». Dicho proyecto, engloba la red de hogares y comunidades de hospitalidad, donde el convivir diario en un hogar a partir de unas relaciones quiere posibilitar, además de un techo, la necesaria acogida, seguridad y acompañamiento para el proceso personal.

En todo caso, además de ser importante que lo estructural esté alineado con el propósito de posibilitar la necesaria seguridad y los recursos y capacidades para el crecimiento y desarrollo tanto personal como familiar (en su caso); es imprescindible, darse cuenta, que lo que marca la diferencia y genera espacios seguros y posibilitadores son las personas que muestran la audacia de salir al encuentro del otro/a y, estar dispuesta, siempre que el otro sintiere la suficiente seguridad y respeto, para escuchar la «voz no hablada» (Peter Levine) que asoma de modo tenue gracias a los entornos de seguridad que la posibilitan. Y digo que requiere de audacia porque, tal vez, el trauma o la herida del otro reviva nuestro trauma o herida (conocida o aún sin conocer). En tal caso, de un modo defensivo e inconsciente, reaccionamos impidiendo la expresión acallada del otro, expresión que vuelve al silencio del olvido para tal vez no ser atendido nunca más.

Pero volviendo al testimonio que hemos leído al inicio, se puede constatar, a tenor de lo expresado por Amín, que la experiencia de este y la voluntaria de Migra se ha encauzado por la vía de la conexión segura, respetuosa y empática. Ambos rostros se miran, se acogen, se reconocen y acompañan, es la danza que posibilita, en un sitio hostil, generar un encuentro que nutre y cuida, así lo atestiguan las palabras del propio Amín «cada vez que acaba la visita de la voluntaria de Migra, le pido que me abrace y siempre intento que vea en mi cara una sonrisa antes de irme con el policía que me lleva de vuelta a mi celda».

Culmino con una frase de Jung: «Conozca todas las teorías, domine todas las técnicas, pero al tocar un alma humana sea apenas otra alma humana».

[Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay]