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Lo que ya no podemos decir

Pues sí: a pesar de las temperaturas cuarentonas ya no podemos decir aquello de “¡qué calor!”: porque esa expresión aludía siempre a algo excepcional y pasajero que no forma parte de nuestra normalidad. Ya no podremos hablar de “una ola” o un golpe de calor: porque el calor se ha convertido en nuestro mar y nuestra atmósfera. Por supuesto, cambiarán las cosas porque la naturaleza tiene sus ritmos, pero cuando volvamos a la situación actual dejemos de pensar en un accidente o una excepción.

Con eso quiero decir simplemente que la batalla ecológica la hemos perdido y la hemos perdido por culpa nuestra. Se ha cumplido el aviso de Francisco: “Dios perdona siempre, la naturaleza no perdona nunca”. Porque además, en los meses futuros iremos tomando medidas protectoras que aún dañarán más a la tierra. Y creo que alguna vieja máxima militar decía algo así: cuando las medidas que se toman para defenderse fortifican al adversario, es la señal de una guerra perdida.

Además parece ser que a nuestros políticos todo eso les importa un comino: ellos son el mejor ejemplo de ese inmediatismo de nuestra modernidad que prometía “para mañana mismo” convertir la tierra en un cielo, y ha acabado convirtiéndola en un infierno. Esa obsesión por lo inmediato nos ha configurado y hace que a los políticos solo les importe mantenerse en el poder o llegar a él cuanto antes.

Y así, por un lado se toman por fin unas medidas (muy razonables por otra parte), pero solo cuando hay un bache en las encuestas. Y por el otro, se dice que esas medidas no se han tomado para ayudar al pueblo sino para comprar “los votos de los etarras”; un juicio bastante sorprendente en quienes a veces presumen de católicos porque pretende conocer no solo los hechos y las palabras, sino las intenciones y el corazón del otro. Y si algo repiten los evangelios y el nuevo testamento es que los corazones humanos solo son accesibles a Dios que es el único que puede conocerlos. Estamos pues como en aquel pasaje del evangelio en el que sus enemigos decían de Jesús que expulsaba demonios “en nombre del príncipe de los demonios”. No me parece la manera más ética de hacer política.

Pero volvamos al drama ecológico: estos días asistimos a los demoledores incendios que arrasan el sur y a las devastadoras inundaciones que ahogan el norte. En el sur, el antiguo gesto de aplaudir por las tardes a los sanitarios, debería continuarse ahora con los bomberos: alguno de ellos ya ha pagado con su vida, mientras nosotros aún podemos decir: “¡qué calor!”. La característica típica de nuestra economía (repartir pesimamente lo que hay), se ha traspasado a la tierra con consecuencias desoladoras: en un lado sobra todo lo que falta en el otro.

La tierra tiene cáncer: no se lo estábamos tratando bien porque ya sabemos que las terapias anticáncer son muy sacrificadas. Pero ahora, al revés: vamos a aplicarle medidas más cancerígenas, porque la necesidad de salir del frío o del calor es inmediata, mientras que la venganza de la naturaleza solo llega a largo plazo. Y todos llevamos dentro un pequeño Tenorio acostumbrado a argumentar diciendo: “Qué largo me lo fiais”.

Políticas terapéuticas que parece que aliviarían a la tierra (y a nuestro sufrimiento futuro) no son económicamente aconsejables: la obsesión por una plantada masiva y constante de árboles y de placas solares para energías renovables, suena a bello ideal, pero rinde mucho menos que una construcción de apartamentos en algún lugar de la costa (si es que queda aún algún espacio aprovechable): “comamos y bebamos que mañana moriremos”. O construyamos y cobremos, que mañana moriremos también.

Y, aunque hemos criticado a los políticos, es también claro que la culpa no es solo de ellos, sino nuestra y bien nuestra. Y que si una formación o grupo o partido intentara implantar unas políticas ecológicas radicales, perdería las siguientes elecciones con gran regocijo de la oposición. Quedan solo esos grupos minoritarios bien intencionados que intentan hacer todo lo que pueden, invitándonos a los demás a seguirles: porque la vida está tan llena de milagros como de crímenes y siempre queda esa vaga esperanza de: quién sabe…

Yo ya no lo veré y no sé qué es lo que podrán hacer (aunque temo que poco). Pero quedaría al menos el detalle de que después de los sanitarios (y de los bomberos) fuesen ellos los que reciben en aplauso desde los balcones al anochecer. Y la posibilidad de preguntarse si cuando Jesús hablaba de un fin del mundo calamitoso, en contraste con lo que había sido su primer lenguaje (cf. Mc 13, Lc 21 y Mat 24), no estaba dándonos un aviso.

Pero ya, con estos calores, ¿qué más da?

[Imagen de Jeyaratnam Caniceus en Pixabay]

Mi casa

De paseo por los campos del Bajo Piura, al norte del Perú, Paco, compañero jesuita que lleva media vida aquí, se siente en casa. “Comadre”, grita desde la puerta y dentro una voz hospitalaria nos invita a entrar. Fuera hace un sol brillante que, a la tarde, me pasará factura con algunos síntomas de insolación. No en vano esta tierra soporta uno de los índices UV más altos y poderosos de la superficie terrestre. Niñas y niños juguetean dando patadas a una pelota en la pista de tierra que lleva a sus casas. Cuando ven a Paco, sonríen, aunque mantienen la distancia a la espera de un gesto. Mi compañero siempre lleva galletitas de chocolate en la bolsa. Se conoce a las mamás de cada uno y cuando reparte siempre dice: “Es para compartir”. Obedientes, sacan una galleta y se la dan para quien no alcanzó la provisión del día. Las casas son de paja y barro. Uno de los peques coge sonriente la galleta y señala hacia una estructura débil que soporta una techumbre de algo similar a la uralita: “Mi casa”, me dice a sabiendas de que yo soy allí el ignorante.

Aunque otros son el aspecto, la vestimenta y la lengua, aquella casa me recuerda tanto a lo vivido en los barrios de Nouakchott o en las aldeas de Senegal, que no puedo menos que añorar por un instante lo vivido con la cooperación de Radio ECCA en el África Occidental.

Mientras avanzamos por la pista polvorienta, junto a los canales que llevó el agua de las represas del Piura gracias a la reforma agraria, escuchamos en el auto la emisión de Cutivalú. Es sábado. El programa va de educación. Lo sigo un poco distraído mientras atravesamos poblados y huertas. Nos detenemos observando cómo un grupo de hombres se cuelga de los cocoteros para alcanzar su fruta y echarla a tierra. Atravesamos algunos campos de arroz y Paco refunfuña: “Todavía siembra arroz, como si sobrara el agua”. El conductor, hombre de la tierra, sin contradecirle marca un punto diferente: “Es que así pueden tener también maíz, dos cosechas en un año”. Tiene razón Paco: aquellas tierras no tendrán agua suficiente si se dedican a cultivos que requieren tanto preciado líquido. “Frutales”, exclama. “Es lo que dicen los agrónomos. Así podrían tener riego por goteo”, señala subrayando lo obvio de su afirmación. “Pero hace falta tiempo, paciencia”, concluye. Miro con él a los grupos de peques que nos encontramos por el camino. Demasiadas bocas para esperar a que los árboles crezcan.

La costa de Perú es árida. La corriente de Humboldt, fría, desde el sur, da lugar a un clima donde llueve poco. Las garúas y las nieblas cubren las ciudades costeras, mientras que más al interior la radiación solar reseca la vida. Así que, en Bajo Piura, allí donde no llega el canal, todo es un arenal con sus cerros. Subimos a uno de ellos. Paco lo hace con envidiable habilidad para su edad avanzada. Yo echo de menos las gafas de sol. “El suelo es yeso”, me dice para explicar la intensidad del blanco. El poblado está disperso entre las pequeñas colinas que configuran el paisaje. Al fondo, hacia el norte, también en lo alto de una ladera, se deja ver la casa de nuestros difuntos. Delante, en el centro, sobre una lomada más ligera, luce la capilla pintada en un azul celeste que no compite con el cielo absolutamente limpio que nos cubre. Una mototaxi avanza tranquila por la pista que serpea entre las casas. Alguna vaca tiene todavía energía para hacernos oír su mugido. Nos sobrevuelan un par de gallinazos, cuya sombra se proyecta impresionante en los suelos.

De vuelta a casa me traigo una conversación. Su nombre es Josefa. Es comadre de nuestro Paco. Ronda los noventa. Su voz tiene energía. “Y fue Paco el que me puso a aprender a leer”, me dice. Rememora con detalle la escena. Paco, poco sutil, le decía que si quería ser cocinera del proyecto de alfabetización, tenía que aprender letras. “No sabía”, confiesa Josefa desde su silla, mientras una de sus hijas nos trae a la mesa el ceviche piurano. “Es que no había escuela para las niñas”, me dice tratando de justificar. Hubiera querido llevar conmigo el micrófono y grabar tantas historias de vida contadas con sencillez y verdad en torno a una buena comida compartida. “Fue entonces que me di cuenta y comprendí por qué yo era pobre y había quién no lo era”. Entonces y ahora, Perú y América Latina siguen siendo terreno abonado para la desigualdad social.

Al llegar a casa, suelo meterme en el APP y escuchar las noticias del día en España. Esta vez son más duras de lo habitual, son de muerte, de acciones policiales. Oigo que alguna de nuestras autoridades habla de “la defensa de nuestras fronteras”. Digo yo que será verdad que, cuando crezcan, los niños y niñas de los barrios que hoy recorrí por el Bajo Piura, como los que crecen en Sudán, Senegal, Guinea o Mali, serán una amenaza para nuestra seguridad. Pero entonces deberemos preguntarnos qué estamos haciendo mal para que tras medio siglo de una política migratoria cada vez más represora, las gentes sigan haciendo caravanas que atraviesan México, recorriendo entregadas a coyotes la selva amazónica, subiéndose a pateras que apenas navegan el Atlántico o lanzándose contra una valla donde les espera, además de las alambradas, una policía que los señalará como peligrosos enemigos que amenazan mi seguridad, mi frontera, mi casa.

[Imagen de Carlos Chirinos en Pixabay]

La vaca, la soja y el fin del modelo

En las explotaciones de soja brasileñas se han talado más de mil kilómetros cuadrados de selva amazónica durante la última década, a pesar del acuerdo internacionalmente reconocido en la Cumbre del Clima de Glasgow (2021) para proteger la masa tropical. En otros países también tiran árboles al suelo para abrir paso al ganado y los cultivos, pero en ninguno ocurre con la intensidad de Brasil, responsable de un tercio de la deforestación global. Actualmente, el 80% de la deforestación facilita la producción de tres productos: la soja, la carne de vacuno y el aceite de palma.

Siguiendo el estudio de la revista Science, The rotten apples of Brazil’s agrobusiness (17/07/2020), «al menos el 20% de la soja y el 17% de la carne de vacuno importados por la UE proceden de terrenos ilegalmente utilizados según la propia regulación de la UE, ya sea por la deforestación ocasionada o por el uso de fertilizantes químicos o por proceder de cultivos transgénicos». Estos datos no son obstáculo para incrementar la compra de soja, que en el 2019 alcanzó una cifra superior a los 500 millones de euros.

Carne, “yogur”, “nata”, harina, hamburguesas, albóndigas, salchichas, lasaña o incluso biodiesel son algunos de los productos nuevos cuyo ingrediente básico es la soja. En los últimos años la industria está aprovechando la motivación de una parte de la población por cuidarse más para comercializar productos pretendidamente saludables o que contribuyen a la sostenibilidad medioambiental.

No es de extrañar que los cultivos de soja en Brasil se hayan incrementado más de un 40% desde el 2015. Este cultivo se utiliza para crear nuevos productos, entre ellos algunos de textura similar a la carne de vaca o de pollo así como mayoritariamente para continuar alimentando a los propios animales, una vez que se procesa y se convierte en pienso: hasta el 87% de la soja importada por la UE se destina a este uso. Resumiendo: se demanda soja para alimentar a los animales y se demanda soja para crear nuevos productos sustitutivos o complementarios a aquellos de origen animal.

Pero, ¿de dónde sale tanta soja? Brasil se ha posicionado como el país rey de la producción y de la exportación por delante de Estados Unidos, cuya producción depende del clima así como del capítulo que esté viviendo de su guerra comercial con China. China, el otro tercer gran productor, la destina casi por completo para consumo interno, al cual se suma tres cuartas partes de la producción brasileña.

Además, Brasil y la soja comparten podio con Indonesia y Malasia y el aceite de palma, el más consumido en el mundo y que es utilizado como biodiesel y en multitud de productos alimenticios y cosméticos. Indonesia y Malasia también comparten podio con la deforestación: se calcula que la cuarta parte del territorio de las selvas tropicales de esta parte del planeta ha sido deforestado, en los últimos 25 años. Actualmente, la demanda creciente está expandiendo este cultivo hacia diversos países de África, no sin antes dejar una ecodiversidad empobrecida en Indonesia, donde las selvas tropicales han perdido hasta la cuarta parte de su superficie.

No se trata, pues, de sustituir un alimento por otro. No se trata de sustituir la carne de vacuno por la “carne” de soja. Se trata de reducir el consumo y equilibrar la ingesta de alimentos de acuerdo a parámetros sostenibles. Dejar de comer carne es, en la mayoría de los casos, una opción personal. La idea detrás de esta decisión parece ser el cuidado del medio ambiente, la sostenibilidad y, específicamente, el cuidado de los animales. Sin embargo, ¿qué clase de realidad se genera si acompañando la decisión de no comer carne, ésta se sustituye por un consumo excesivo de productos elaborados con soja? Lo único que se estaría consiguiendo es sustituir un exceso por otro, la vaca por la soja, lo cual nos remite a una especie de círculo lampedusiano donde los elementos cambian pero no así la voracidad del ser humano.

El monocultivo masivo de determinados productos, muchos de ellos de reciente introducción, está resultando en la extinción de otros autóctonos y menos demandados pero también afecta a la biodiversidad de la fauna, a las personas que habitan los territorios ahora cultivables, a sus formas de vida -se generan conflictos entre comunidades y algunas personas son obligadas a desplazarse-, a la gestión del agua, a la calidad de la atmósfera y, en definitiva, a la vida del Planeta, a nuestra vida como especie.

El fin del modelo se acerca, lo atacan diversas causas, y detrás de todas ellas está la principal: la voracidad consumista del ser humano. Según WWF, “los ciudadanos europeos somos responsables de más del 10% de la deforestación generada para cultivar en tierras que antes eran bosque”.

El modelo ha de cambiar y sólo será posible si damos un giro de timón en nuestros hábitos de consumo, de manera global y sostenida en el tiempo. Este cambio de consumo presenta diversas dimensiones, entre otras:

  • La cantidad de comida que se compra. Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2020 y en España se tiraron a la basura 1.364 millones de kilos de comida, de los cuales el 75% estaban tal y como se compraron.
  • La cantidad de ropa adquirida. Confeccionar unos pantalones de denim supone el empleo de 7500 litros de agua, según el Programa de la ONU para el medio ambiente. Esta cantidad es suficiente para evitar la sed a una persona durante siete años completos. A este dato faltaría añadir el gasto de todo el proceso necesario desde la producción a la recolección del algodón y la consecuente huella de carbono. El mismo informe visibiliza que “el 20% de las aguas residuales del mundo provienen del teñido y el tratamiento de textiles y que el 87% de las fibras que se usan para confeccionar la ropa se incinera o va directo a un vertedero. Y el 60% se desecha antes de que se cumpla un año desde su fabricación”.

El cambio de modelo será y, a este ritmo, llegará más pronto que tarde; de hecho ya se está dando escasez de ciertos productos a los que antes estábamos habituados. De todas nosotras depende sufrir o acompañarlo para crear en paralelo, otro modelo sostenible, menos voraz y en el que quepamos todas. Un modelo en el que la biodiversidad se mantenga, en las selvas tropicales y en el resto de ecosistemas, ya sea el bosque mediterráneo tan asfixiado por los incendios como en los bosques nórdicos amenazados.

No podemos apuntarnos a la moda de no comer carne y cruzarnos de brazos. No va de esto. Va de un giro radical en nuestro consumo: comida y ropa, así como también el uso del agua, del papel que utilizamos, de los dispositivos móviles y de un largo etcétera. Se trata de tomar conciencia de las consecuencias de nuestro consumo y adecuarlo a un modelo nuevo, un modelo de reconciliación con el Planeta, de reconciliación con lo que somos y con nuestro papel de co-creadoras y de guardianas del precioso Planeta que habitamos. 

[Imagen de Tom Fisk extraída de Pexels]

A mí me lo hicistéis

“[…] Fui forastero y me recibisteis en
vuestra casa […] ¿cuándo te vimos
forastero y te recibimos? […] Cuando
lo hicisteis con alguno de los más pe-
queños de éstos mis hermanos, me lo
hicisteis a mí”. Mt 25, 40

Es altamente probable que Miguel Ángel tuviera en mente el evangelio de Mateo sobre el Juicio Final (y el Apocalipsis, de Juan) cuando pintó la pared frontal del altar de la Capilla Sixtina. En la composición que encabeza estas líneas, se reproduce en la parte derecha un fragmento de la pintura sixtina del genio florentino.

Miguel Ángel tenía 66 años cuando concluyó la obra. Exactamente el doble de edad que en el momento de iniciar la pintura de la bóveda de la misma capilla. Lejos quedaban los 33 años de edad en los que comenzó a pintar, por ejemplo, la creación de Adán, seguramente uno de los iconos del arte occidental, que se ha incluido en el canon global de la belleza y la proporción.

El optimismo renacentista de los frescos de la bóveda que muestra Miguel Ángel en su madura juventud contrasta con el caos inarmónico y el cromatismo casi expresionista de otro Miguel Ángel, el de la primera vejez. El Juicio Final es un amasijo de cuerpos desnudos, retorcidos, forzados, descoyuntados. Hasta el gesto de Jesús Juez es terriblemente agresivo, iracundo.

Miguel Ángel nos está diciendo que, en el trancurso de la historia y en su juicio final, al ser humano tan solo le queda su cuerpo desnudo ante la muerte, como único usufructo. El cuerpo desnudo como metáfora de la nuda vida. Biopolítica avant la lettre.

El Juicio Final es, en suma, la expresión de un espíritu pesimista, fatalista. Seguramente, Miguel Ángel mostró en él mucho de su mirada sobre el mundo que le tocó vivir. Un mundo frustrante, violento, oscuro. El Juicio Final es la representación pictórica de una decepción.

En la parte izquierda de la composición, se muestra la imagen de un inmigrante africano, despojado de identidad, anónimo, que permaneció cuatro horas encaramado a un foco de la valla de Melilla en marzo de 2014. Al intentar descender, agotado, agarrotado y con calambres, terminó por desplomarse desde una altura considerable sin que nada ni nadie hubiera a sus pies para amortiguar la caída.

Desconozco la autora de la fotografía de Melilla, a quien querría reconocer aquí y agradecer la instantánea. Una fotografía digna del Juicio Final. Por eso, la composición: siglos XVI y XXI que aparecen gemelos.

Hay una arrogancia ciega en quienes toman las decisiones sobre las fronteras y explican, desde su soberbia insultante, cómo son las cosas. Son pasmosas la frialdad y el cinismo cruel en los que se instalaron hace mucho los discursos hegemónicos sobre la migración y la frontera. Con toda seguridad, solamente desde la altanería de los muros, solo desde la estratosfera de las almenas de la fortaleza europea, se puede afirmar, sin ruborizarse ni torcer el gesto, la belicosidad de los migrantes o su peligrosidad o la necesidad de militarizar más aún la frontera. La altura moral de un país es inversamente proporcional a la altura real de sus vallas y muros fronterizos.

Los gobernantes (y sus aduladores) que deciden quién merece vivir y quién merece morir, que justifican demencialmente enviar al infierno del Juicio Final a unos y al Paraíso Terrenal a otros, se equivocan estrepitosamente. Ellos no son los jueces, no pueden decidir. La voz del juez en el Juicio Final es más bien la voz de los aún críticos, de los aún escandalizados, de quienes alzan la palabra contra la barbarie fronteriza. El papel de jueces en el Juicio Final es en realidad de los defensores de la acogida y de la hospitalidad. De los compasivos, de los todavía justos. De los esperanzados, de los ingenuos que sueñan un mundo sin fronteras y en paz.

Humildemente, con todo respeto, aquellos que se arrogan el derecho sobre la vida y la esperanza de otros seres humanos han errado su papel. Los jueces reclaman a los ricos y potentados, a los arrogantes y soberbios: «Lo que hacéis con esos nuestros hermanos, nos lo hacéis a nosotros. Y, en el fondo, también os lo hacéis a vosotros». Se oye incesante la voz de los jueces. Está cerca, al otro lado de la valla y en este lado de la frontera. Una voz, casi un murmullo pero audible, a pie del muro, a ras de raya.

La voz de los miguelángeles de hoy, proyectándose por encima de la decepción y de la oscuridad del mundo.

[Artículo y composición de imagen publicados originalmente en el blog personal del autor]

Orgullo y comunidad dentro y fuera de la Iglesia

Día del orgullo en Londres. Es el 50 aniversario de la celebración y participo en la marcha con la gente del LGMC, el coro gay del que formo parte. Conecto mi teléfono al wifi y al instante empieza a vibrar en lo que presumo que son mensajes felicitando el día y recordando donde nos vemos. Miro el teléfono y no doy crédito. Justo la noche anterior un amigo, compañero del coro, y su pareja fueron agredidos a la salida de un club gay en lo que sólo puede ser calificado como un injustificado ataque de odio. Dudo si todavía estoy soñando.

Se suceden los mensajes de solidaridad, recordándonos que somos comunidad, que hemos de cuidarnos unos a otros y que el amor vence al siempre al odio. Orgullo es protesta y celebración y 50 años más tarde de la primera marcha sigue siendo muy pertinente para nosotros. Hay una mezcla de emoción y rabia.

En el punto de encuentro para la marcha coincidimos con el grupo católico LGTBI+, con el grupo judío LGTBI, y con muchísimos grupos LGTBI+ de todo tipo. Ambiente de celebración. Comienza la marcha. En mi coro vamos cantando “Dont Stop Me Now”, “It’s a Sin”, “Seasons of love”… Una mezcla de reivindicación y fiesta. Marchamos juntos, es emocionante. En muchos puntos del recorrido el público se une entusiasta a corear las canciones. A medio recorrido nos encontramos con un grupo de gente (pocos) con carteles con citas de la Biblia y mensajes sobre el infierno. Me impresiona, como contraste, cuando el coro canta a pleno pulmón el estribillo “What about love?” (¿Qué hay sobre el amor?) de la canción “Seasons of love” en la que se pregunta cuantos de los 525.600 minutos que tiene un año utilizas para amar.

Muchos amigos se refieren a la comunidad LGTBI+ como familia escogida, la familia donde se sienten aceptados, queridos, cuidados. Tras el estreno de la genial serie It’s a Sin de Russell T. Davis donde narra la vida de cinco jóvenes que coinciden en Londres entre los años 80’s y 90s durante la crisis del VIH-SIDA, uno de los miembros más jóvenes del coro, impresionado por el contenido, tuvo la genial idea de organizar una mesa redonda en con testimonios de gente del coro que habían vivido Londres durante esos años y sufrieron perdida de compañeros y amigos. Fue un momento muy emotivo y que sirvió para conocer más acerca de algunas de nuestras trayectorias vitales y para recapacitar sobre el contexto homófobo de estigma y condena del que venimos.

David Stuart, uno de los terapeutas que comenzó a trabajar con casos de chemsex (mezcla de drogas y sexo continuado) en Londres, se preguntaba cuanto de trauma y homofobia interiorizada había detrás de las historias que escuchaba. Uno de los primeros casos que tuve recién empezado como trabajador social en Londres fue un chico con un pasado de abusos sexuales y con una fuerte adición a la metanfetamina de cristal en contextos de chemsex. Para mi existía una clara relación entre el trauma, la ausencia de vínculos y adicción. Alguien dijo que lo contrario a la adición no es estar sobrio, es la conexión. Necesitamos comunidad.

Haber crecido como gay, lesbiana, bi, trans, queer… en un mundo exclusivamente hetero puede habernos hecho aprender a interiorizar LGTBIfobia y habernos hecho daño. Afortunadamente cada vez tenemos más información, libros y películas que ofrecen modelos diversos. Recientemente he disfrutado viendo Heartstopper, la adaptación de la novela gráfica de Alice Oseman que cuenta la historia de un chico adolescente que se enamora de otro chico de su clase. O leyendo la novela para adolescentes “Aristóteles y Dante descubren los secretos del universo” de Benjamin Alire Sáenz, dedicado “para todos los chicos que han tenido que aprender a jugar con otras reglas”. ¡Son tan dulces!

Una parte del odio hacia las personas LGTBI+ ha tenido una base religiosa. “Una parte necesaria de la tarea de liberar a la humanidad de la opresión es liberar a los que piensan que la opresión es compatible con su fe”, escribe Tim Gee en Open for liberation An activist reads the Bible. Toca recapacitar cuánto de homofobia hay en nuestras comunidades. ¿Qué podemos hacer para tener comunidades más abiertas e inclusivas? ¿Como podemos hacer para que las personas LGTBI+ estén protegidas, crezcan y se desarrollen también en nuestras comunidades?

Creo que hay un problema de visibilidad y representatividad. Todavía es raro ser cristiano LGTBI+ o moverte en ambientes cristianos siendo gay sin dar demasiadas explicaciones. Si nuestra comunidad fuera interracial y todas las caras visibles fueran hombres blancos de clase media posiblemente nos llamaría la atención y pediríamos más cuotas que reflejaran la diversidad de la comunidad. Es importante ser visible como persona creyente LGTBI+ y también es importante tener caras visibles de gente LGTBI+ en puestos de responsabilidad dentro de la Iglesia. Creo además que muchas personas que han tenido que crecer sabiéndose diferentes tienen una experiencia vital muy poderosa que puede ser utilizada para ayudar a los demás y esto es algo que debemos saber aprovechar. La visibilidad es importante también como protección. Es importante tener referentes, profesores y profesionales que se identifiquen como personas LGTBI+ y puedan ofrecer información y protección adecuada.

También podemos reflexionar cómo damos espacio a la vida. Me resulta paradójico cuando me llegan noticias de iglesias que se cierran a que grupos organicen vigilias de solidaridad y contra la homofobia cuando hay ataques a la comunidad LGTBI+ y estas vigilias acaben organizándose en la calle, lo cual puede dar pie al encuentro con otros grupos que también se hubieran sentido excluidos o incomodos en el templo. A veces hay una asfixiante falta de diversidad en el templo. Es como si existiera falta de libertad, como si no dejásemos que la vida se fuera manifestando dejando sacar la luz que cada uno lleva en su interior. Cada vez me siento más a gusto en contextos diversos donde descubro y aprendo mucho y más incómodo en contextos donde parece que todos estén cortados por el mismo patrón. Creo que es importante favorecer espacios comunitarios donde las personas puedan sentirse libres y conectar con ellos mismos y con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Podemos generar oportunidades de encuentro y escucha. Pude participar en un proceso de escucha organizado por la diócesis dentro de las actividades con motivo del proceso sinodal convocado por el papa Francisco. Fue una experiencia preciosa. Contar historias y escucharnos unos a otros tiene un poder sanador y transformador. Cada uno de nosotros contó como era su trayectoria vital siendo un persona LGTBI+ dentro de la Iglesia. Escuchamos de todo: personas que se habían sentido acompañadas e integradas en comunidades cristianas, pero, sobre todo, personas que habían sufrido exclusión. También testimonios de personas que habían sido víctimas de terapias de conversión o de abusos que tendría que hacernos pensar en dinámicas de verdad, reconocimiento, justicia y reparación.

También sería muy importante por parte de las iglesias y comunidades cristianas dar un mensaje claro de rechazo frontal a las terapias de conversión. En Inglaterra, hace unos años, más de 300 lideres religiosos se unieron a un manifiesto contra las terapias de conversión que solo generan sufrimiento. Creo que reconocerme como Dios me ha creado lo vivo como un acto de amor hacia mí mismo, hacia mi creador y hacia los demás. Lo contrario sería una especie de negación y un bloqueo personal, pues solo desde lo que somos podemos construir.

[Imagen de mrviktorzolotukhin en Pixabay]

El inmigrante soy yo

Me parece que he trabajado con inmigrantes en los Estados Unidos por casi toda mi vida. Empecé de joven universitario, luego como maestro y sacerdote, y por fin como abogado defendiendo los derechos de personas hispanas de escasos recursos. Mi área especial era la ley migratoria y así mis clientes venían de muchos países diversos. Sin embargo, aunque podía identificarme con la cultura latina y hablar bien el castellano, no me veía como uno de ellos. Nací en los EEUU. Tenía todos los privilegios de la ciudadanía. Era imposible que yo fuera uno de estos inmigrantes a pesar de mi simpatía.

Ahora me encuentro jubilado y tengo más tiempo para pensar e investigar. He comenzado a estudiar el linaje de mis propios antepasados. Siempre sabía que mis abuelos maternos vinieron de Italia. Yo los conocía personalmente, he visitado los lugares donde nacieron y hasta la casa donde nació mi abuela. Aunque no los conocía, también sabía que los padres de mi abuela paterna habían nacido en Alemania. Descubrí hasta el barco en que llegó mi bisabuela a los EEUU. Fue el linaje de mi abuelo paterno el que me sorprendió. Mi apellido es puramente inglés. Era bastante fácil trazar una línea directa desde mediados del siglo XVIII hasta el presente. Me enteré de que el primer hombre con mi apellido era inmigrante, más o menos. Era un pobre aprendiz en Londres. Conoció a una mujer que había nacido en América, se casaron y tuvieron hijos en Inglaterra. A la edad de 50 años decidió venir él mismo a Estados Unidos, trayendo a su esposa e hijos. Nunca llegó. Parece que se murió en alta mar y lo enterraron allí. Su mujer trajo a los niños con su apellido a la colonia de New Jersey y allí se quedaron.

Fue cuando empecé a investigar a las mujeres, las esposas de mis bisabuelos, que verdaderamente me sorprendí. Eran una mezcla completa. Por supuesto, varias de las familias eran también inglesas. Ellos llegaron en el siglo XVII, poco después de los primeros colonos ingleses, los famosos Peregrinos. Varios de los individuos eran hidalgos de la aristocracia inglesa, buscando la manera de mejorar su vida y tener la libertad para ejercer su religión. Algunos habían sufrido persecución bajo el rey Enrique VIII y luego la Reina Isabel. Uno de mis bisabuelos fue decapitado en la Torre de Londres. Una de mis bisabuelas, ya en América, fue acusada de ser bruja, pero salió libre de la acusación. Encontré hasta una familia de cuáqueros galeses. Al mismo tiempo, descubrí una línea de familiares holandeses y franceses. Los de Holanda llegaron a New York cuando todavía era una colonia holandesa, consiguiendo terrenos y fincas que no podían obtener en su país. Los franceses eran los más sorprendentes. Eran protestantes. Uno de ellos había escapado a Inglaterra sellado en un barril. Ellos encontraron en Estados Unidos lo que no tenían en Francia: libertad. 

Me he dado cuenta de que todos estos antepasados son una parte de mí. Yo llevo dentro las mismas características físicos. Mi sangre contiene el mismo ADN y los mismos genes que ellos me han pasado. Yo soy uno de ellos como ellos son uno conmigo. Es como si nosotros compartiéramos el mismo cuerpo. Los chinos y japoneses han desarrollado el culto de sus antepasados, no solo respetándolos, sino llegando a adorarlos como dioses. Hablan con ellos y les traen ofrendas e incienso. Los indígenas de las Américas también practicaban rituales semejantes. Los antiguos egipcios practicaban la momificación y construían ornatos tumbas para preservar los cuerpos de sus antepasados. Los judíos durante muchos siglos han mantenido listas completas de su genealogía. Cada año en la Pascua se acuerdan de su historia, comenzando con la frase “Mi padre fue un arameo errante.” Todos estos rituales y costumbres existían para mantener vivos a los que les habían precedido, que habían pasado a otro mundo y seguían teniendo importancia en el presente. Los cristianos tenemos el culto de los santos. Por lo menos, recordamos a los que vivían cerca de Dios y que pueden intervenir en nuestras vidas por el bien.

De todas maneras, creo que nosotros hemos perdido el sentido de que nuestros antepasados todavía influyen en nuestra vida, de que forman parte íntima e íntegra de nuestros cuerpos, nuestra cultura, nuestras actitudes, nuestra manera de ver al mundo. Cada vez que repetimos el Credo, los cristianos decimos que creemos en la comunión de los santos. ¿Qué es eso? También que recibimos el Cuerpo de Cristo. ¿Qué significa eso? ¿Es una comunión espiritual? Sí, desde luego, pero mucho más que eso. Los santos forman parte de nuestro cuerpo humano, Cristo se hace parte de nuestro cuerpo real, y vive dentro de nosotros en cuerpo y alma. Creo que es difícil comprender eso si no reconocemos que descendemos de otros humanos concretos que nacieron, se casaron, tuvieron hijos y se murieron dejando sus huellas en nuestro ADN. Somos el producto de miles de generaciones de antepasados, todas vivas a través de nosotros. Tal vez se necesita un sentimiento místico para poder meternos en el mismo plano con nuestros antepasados, pero solamente hace falta hacer un análisis de sangre para probar nuestra conexión física.

Así que he comprendido que yo mismo soy el inmigrante. Si mis antepasados, sean abuelos, bisabuelos o tatarabuelos, inmigraron de varias partes del globo, si todos han llegado a formar una parte de quien soy, pues yo he inmigrado con ellos. Llevo dentro al inmigrante. Y no hablo solamente de mí ni de los norteamericanos, blancos y negros, sino de todo el mundo, que sean indígenas, asiáticos o españoles. Todos nuestros antepasados inmigraron de otro lugar. Todos llevamos al inmigrante dentro del cuerpo. Cuando expresamos algún sentimiento antinmigrante, cuando despreciamos a otra persona que habla con un acento extranjero, cuando desvalorizamos a otra cultura, realmente nos estamos hablando mal, despreciando y desvalorizando a nosotros mismos. Como nos recuerda San Pablo, una parte del cuerpo no puede estar en guerra con otra. Todas las partes tienen que funcionar juntas en un cuerpo sano. Igual el cuerpo místico de Jesucristo e igual el cuerpo que incluye toda la humanidad.

El inmigrante de verdad soy yo.

[Imagen de congerdesign en Pixabay]

Preocupación del papa Francisco por el tradicionalismo que pide volver al latín

Existe un tradicionalismo católico muy minoritario pero muy activo y beligerante que no solo no oculta en absoluto su rechazo al actual Pontífice, sino que se replantea la reforma litúrgica del Vaticano II. Considera que esta ha secularizado a la Iglesia y que ha perdido su capacidad de conducir al fiel católico hacia el “misterio”. Por ello, proponen volver a la misa antigua, en latín y de espaldas al pueblo. De manera muy gráfica, corría estos días por las redes de estos grupos la imagen de un autobús donde el conductor iba sentado al revés, mirando a los pasajeros, para indicar el desastre asegurado: solo mirando hacia adelante puede el sacerdote conducir bien al pueblo.

Este tradicionalismo (guarda de la tradición litúrgica) es también un “integrismo” puesto que muchos de sus referentes ideológicos son pensadores antimodernistas del s. XIX. En Cataluña se vuelve a citar, por ejemplo, a Sardà y Salvany. Por ello, más allá de un asunto simplemente cultual se trata también de una eclesiología y de una visión política donde VOX se queda corto puesto que, en realidad, se trata de un resurgir del carlismo. En cada país se formula a partir de la historia local, como en Francia donde se vuelve a la cuestión del ultramontanismo. Estos grupos fosilizan el magisterio de la Iglesia de aquel siglo y miran con recelo la evolución del mismo en materia de libertad religiosa (del documento Dignitatis Humanae) o de aceptación de una laicidad positiva (¡que el papa Benedicto XVI formuló en diálogo con el presidente francés!). Hablan de la obligatoriedad de obedecer al magisterio de la Iglesia y al papa… pero solo si se identifica con su visión del mundo. Por ello, para continuar diciendo que hay que obedecer al papa, tienen necesidad de demostrar que el papa Francisco es el antipapa y que su elección fue inválida puesto que la renuncia de Benedicto XVI fue presentada, dicen, bajo presiones. Sorprende lo abiertamente que se dicen ya estas cosas.

No se trata de grupos lefebvrianos que claramente rompieron con la Iglesia tras el Vaticano II porque se reclaman de Benedicto XVI, pero es algo mucho más serio que la simple discusión de si hay que comulgar en la boca o en la mano o el cumplimiento de las rúbricas.

Benedicto XVI, en efecto, se propuso acabar con el cisma producido por los que no aceptaron el Concilio, rechazaron la reforma litúrgica y consideraron herético el acercamiento al pueblo judío de la Declaración Nostra Aetate del Concilio. Una de las medidas para conseguirlo fue la autorización con una regulación muy precisa de la celebración eucarística con el ritual preconciliar. Es verdad también, que en el diálogo con las Iglesias ortodoxas del papa había además una cierta admiración por la conservación de estas Iglesias de sus lenguas litúrgicas tradicionales (siríaco, copto…) en las que el latín, en el catolicismo occidental, era su equivalente.

Pero, los intentos de atajar el cisma de Lefebvre se torcieron y resultaron un fracaso. Por ello, el papa Francisco, después hacer la evaluación prevista de las disposiciones especiales para celebrar en latín, publicó el motu “proprio” Traditionis custodes ahora hace un año para limitar estas celebraciones. Sin prohibirlas del todo, no pueden celebrarse en parroquias, y para cualquier nueva petición para celebrar en ese rito se debe consultar al Vaticano. En todos los casos, las lecturas de la eucaristía deben ser en lenguas vernáculas.

El lenguaje de esta Carta apostólica es breve y de estilo jurídico. Por ello, el papa se ha visto en la necesidad de explicar sus razones (aunque con un lenguaje más inspirador que argumental) en una nueva Carta apostólica donde desarrolla una cierta mística litúrgica destinada especialmente a la formación en los seminarios. Se intuye que no es un problema simplemente de gente mayor que vivieron el pre-Concilio, sino una nueva tendencia entre algunos jóvenes que ven en la adaptación al mundo moderno la causa de la crisis de la Iglesia. De la crisis de esta es consciente todo el mundo, pero si para unos la solución pasa por volver atrás, para otros se requiere abandonar el pasado definitivamente.

El papa centra su Carta en el redescubrimiento de la belleza de la liturgia y en la necesidad de cultivar la dimensión simbólica. Probablemente porque los tradicionalistas solo ven “belleza” y “misterio” en el rito antiguo, el papa busca educar en el poder simbólico de la eucaristía misma, más allá de los rituales concretos que se utilicen. Para subrayar que no se trata de algo nuestro, de algo que nosotros hacemos, introduce aquí sorprendentemente una cuestión teológica propia de su pontificado que es la crítica al neo-pelagianismo (lo fundamental es lo que nosotros hacemos) y al neo-gnosticismo (lo fundamental es lo que yo como individuo vivo y siento). Aplicado a la liturgia sería una excesiva preocupación por las formas por parte de unos (con discusiones interminables sobre rúbricas y modos de celebrar) y, por parte de otros, la transformación de la eucaristía en algo íntimo, subjetivo e individual. El neo-pelagianismo litúrgico olvida que no nos ganamos la participación en la eucaristía por nuestros méritos, sino que somos invitados (¡y Jesús invita a publicanos, pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos…!) y el neo-gnosticismo resurge en una cultura individualista y narcisista que olvida que en la Eucaristía es el pueblo de Dios, la comunidad, la que se reúne. En realidad, el papa no hace otra cosa que aplicar aquí la misma teología que subyace en Fratelli Tutti y en otros documentos donde el individuo no se entiende nunca fuera de la comunidad, pero donde tampoco queda disuelto en ella.

El papa se sitúa también en oposición de aquellas corrientes iconoclastas post-Vaticano II que reducían la liturgia a lo funcional y donde cada misa dependía de la ocurrencia de turno del sacerdote que acababa, en realidad, siendo el centro. El papa dedica la práctica totalidad del documento a inspirar una recuperación del sentido simbólico que nuestra cultura ha perdido. Porque el problema no está en la reforma de la liturgia del Vaticano II, sino en cómo la vive el cristiano moderno.

Citando tantas veces el Concilio Vaticano II como fundamento de la reforma litúrgica y apelando a la autoridad de “los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II”, el papa Francisco insinúa que en realidad estos grupos están poniendo en cuestión el Vaticano II y a estos dos pontífices. Muestra, así, que no es solo un movimiento que desautoriza al actual papa, sino que compromete la unidad de la Iglesia.

Aunque estemos hablando de un número muy reducido de sacerdotes, alguna preocupación de división ha de haber en Roma cuando el papa quiere “ver restablecida la unidad” diciendo: “Por eso, escribí Traditionis custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad. Esta unidad que, como ya he escrito, pretendo ver restablecida en toda la Iglesia de Rito Romano.”

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

No mientas

No es igual la mentira de un niño que miente diciendo que no ha roto el cristal con la pelota que las mentiras asesinas de Putin que niega haber bombardeado en Ucrania una escuela, un hospital, un centro comercial y zonas urbanas de civiles. También miente la OTAN reunida en Madrid, entre visitas al Prado y cenas opíparas, cuando aparece como totalmente inocente del conflicto bélico actual y se presenta como la única solución posible gracias a su potente armamento y sus mortíferas ojivas. Mienten políticos españoles y marroquíes que cuestionan la masacre de Melilla y mienten quienes no dan importancia a la muerte de centroamericanos asfixiados en un furgón rumbo a Texas.

Mienten políticos y científicos que distorsionan la pandemia de la covid-19; mienten historiadores que ofrecen una visión sesgada del pasado y del presente; mienten los medios de comunicación que difunden fake news y noticias sensacionalistas, con silencios cómplices e interesados, al servicio del poder establecido.

No es nueva la tentación de mentir, de presentar testimonios falsos y ocultar la verdad. Por esto todas las tradiciones culturales y religiosas de la humanidad prohíben mentir. La tradición andina proclama el ama llulla, “no seas mentiroso”. En la tradición judío-cristiana el no mentir forma parte de los mandamientos de Dios. En el Antiguo Testamento, mientras dos viejos corruptos acusan a la casta Susana de lo que ellos mismos querían cometer, el joven profeta Daniel, enviado por Dios, descubre la mentira y condena a los ancianos. En el Nuevo Testamento, Jesús de Nazaret es acusado por escribas, fariseos y sacerdotes de borracho, endemoniado y blasfemo. Pero el Padre al resucitarlo, muestra la mentira de los que le acusan falsamente y prueba la inocencia de Jesús.

Cuando Jesús le dice a Pilato que ha venido para dar testimonio de la verdad, Pilato le pregunta con escepticismo ¿Qué es la verdad? Muchos siglos más tarde le responderá Maxence Van der Meersch: Pilato, la verdad es estar al lado de los oprimidos. Solo desde las víctimas se comprende la verdad, aparece la mentira y caen las máscaras de los poderosos que ocultan la verdad para aferrarse al poder. Solo la verdad nos hace realmente libres. ¿Lo saben los actuales dueños del poder y los responsables de las actuales guerras?

[Imagen de Gianni Crestani en Pixabay]

Hay semanas en las que no te explicas tanta luz

Hay semanas en las que no te explicas tanta luz.

Una persona muy débil y enferma sale por fin de peligro. Se resuelve favorablemente otro caso de asilo. En la residencia se escuchan los resultados de las clases de español. Las mujeres migrantes bromean en la acogida. Hay sensibilización en el garaje y arriba reunión de articulación. El taller de costura prepara con mimo el fin de curso con una exposición. Unas voluntarias regresan de El Aaiún habiendo completado una audaz investigación. Otras llenan de color, chapuzones y sonrisas las mañanas de los más peques. Otras se disponen a llevar los talleres sobre derechos adonde es mejor no decir. Otra edita vídeos con una sensibilidad y atrevimiento que asusta de emoción. Otro se sirve de los recursos de radio ECCA para ensayar una nueva innovación en el Centro Baraka. En la iglesia, los primeros en disfrutar de la exposición sobre San Charles de Foucauld son unos amigos musulmanes y un grupo de judíos. Es como si el Espíritu nos silbase al oído que su obra no tiene fronteras.

Y tanto es así, que no te explicas cómo en un lugar de semejante bendición y al abrazo de tanta ternura celebrada en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y la del Inmaculado Corazón de María, más de 30 personas hayan perdido violentamente la vida.

¿Cómo logra alguien convencerse de la necesidad de proteger una valla al precio de desproteger la vida humana?

¿Cómo elige un territorio reforzar controles y medidas para impedir a personas llegar a él, en vez de reforzar los medios a su alcance para proteger sus vidas y asegurar el cumplimiento de sus derechos?

¿Acaso escogería alguien renunciar a nuestra interdependencia y vulnerabilidad común, a nuestra humana verdad, la que se alegra al proteger la vida del migrante como la de cualquier familiar?

¿Qué hace que unas vidas sean más dignas de protección que otras? ¿Qué hace que unas vidas sean más dignas de duelo que otras? ¿Compartir un continente de origen?

¿No nos damos cuenta de que la vulneración de los derechos humanos de la otra persona es la vulneración de nuestros derechos?

¿Acaso no sentimos verdad y consuelo cuando afirmamos que todas las vidas merecen ser lloradas porque no hay muertes menos dolorosas que otras?

Hay semanas en las que la luz parecía querernos cegar, consciente de la importancia de dejar su señal para mostrarnos su rastro en la noche.

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