"Tu espacio de fe,
cultura y justicia"

Inicio Blog Página 4

El Adviento como tiempo de renovación

En el tercer domingo del tiempo de Adviento la Iglesia celebra el Domingo de Gaudete o Domingo de la Alegría. Esto es parte de la tradición de algunas iglesias cristianas y que refiere a la alegría de saber que el Hijo de Dios está por llegar, ya que falta poco para la Navidad y esa Buena Noticia nos causa alegría. Pero también tiene que ver con la alegría de Cristo en la vida de creyente, o esa alegría que brota de sabernos acompañados por Jesús en el camino de la vida. En todo caso, la alegría como un don de Dios se nos da también como prenda futura de saber que Dios está detrás de todo lo que acontece en el mundo y que, aunque en muchos momentos nos sintamos en dificultades, Dios está con nosotros cada día. La alegría brota de un corazón confiado y firme en la esperanza de un futuro mejor, de un todavía-no de aquello que deseamos para nosotros y toda la humanidad, porque no es el momento aún.

He aquí que, frente a los acontecimientos actuales, debemos reflexionar. ¿Podemos decir que la humanidad vive de forma alegre, o por su contrario, vive tristemente? Dicho de otra manera, ¿por qué necesitamos la alegría de Dios? ¿Acaso no podemos construirla nosotros mismos? O profundizando un poco más, nos podemos cuestionar: ¿en qué basamos nuestra alegría?, ¿de qué depende que estemos o no alegres? Y si Dios nos regala su alegría, ¿cómo es esta alegría de Dios? El común denominador de la humanidad basa su alegría en la posesión o no de bienes materiales, desde los más necesarios (casa, comida) hasta los más descartables (móviles, vestimenta). La existencia o no en este mundo pasa por la cantidad de dinero que poseamos para poder adquirir bienes y servicios que nos regalen esa alegría o felicidad que buscamos. Quien pueda consumir, puede alcanzarla. Quien no, queda afuera, pero sabemos bien que esta alegría es temporal, pasajera, se extingue rápidamente.

En el mundo religioso las alegrías aún se esperan de formas bastante más complejas, ya que, siendo parte del mismo sistema capitalista, de mentalidad consumista e individualista, aún se le agrega el factor de la fe, pero dentro de un ambiente de mucha inmadurez. Muchos son los cristianos que calman su conciencia en este tiempo yendo a misa los domingos, preparando la corona de Adviento, adornando su casa con símbolos religiosos (árboles de Navidad, el pesebre, las luces, banderas, etc.), pero que siguen reproduciendo el sistema. La gran mayoría de la jerarquía eclesial, obispos y sacerdotes, basan su alegría en el reconocimiento, en los aplausos, en los regalos que reciben, en los puestos que ocupan dentro del sistema religioso, pero no logran salirse del egocentrismo que los ciega ante la necesidad de verdaderos pastores comprometidos con su pueblo. Muchos en este domingo se habrán vestido de color rosa para la celebración, pero pocos habrán vestido a los hambrientos y desnudos, a los descartados del sistema.

Muchas veces me encuentro pensando que la Iglesia oficial sigue predicando algo que no vive y que, justamente por eso, atrae cada vez a menos personas. Cada vez son menos los que participan en las celebraciones, cada vez es más grande la ignorancia acerca de la vida de Jesús, acerca de la Biblia, y más aún acerca de la Salvación. El Dios de Jesús cada vez le interesa menos a las personas. Esto genera grandes desafíos para todos y todas aquellos que nos consideremos seguidores de Jesús, ya que su mensaje de justicia es muy claro, pero muchas veces queda “adornado” por tantas cosas que lo terminan ahogando. Si hoy debiéramos celebrar la alegría, debería ser porque nos comprometemos cada vez más en ser la parte activa de la sociedad que procura la libertad para los oprimidos, que busca justicia para los que siguen muriendo de hambre o los que no tienen posibilidades de progresar en la vida. La alegría de Dios, y la que debe regir nuestra alegría, debiera ser que el Reino de paz y amor sea visible en este mundo.

En la vida laical, conservar la fe y sentirse parte integrante de la Iglesia es cada vez más difícil ante un sistema religioso que no cambia, donde la sinodalidad propuesta aún no es aceptada, donde las mujeres aún no son reconocidas dentro de un sistema patriarcal, donde los laicos y laicas que estamos decididos a contribuir, no somos tomados en cuenta. A las dificultades y sufrimientos de la vida ordinaria, se nos suma una ideología imperial que sigue ordenando en estamentos los lugares en la Iglesia. Ante el trabajo de cada día, las responsabilidades económicas, los desafíos de la familia, se nos suma una Iglesia que solo nos ve como simple feligresía que debe obedecer las directrices de sus jerarcas. Muchos laicos y laicas nos debatimos entre una obediencia de dientes hacia afuera, pero que en el fuero interno no coincide con lo que hacemos. Es una situación muy particular ya que conocemos al Jesús liberador del Evangelio, pero no siempre lo vemos en la vida eclesial, en las prédicas idílicas de los pastores, en la forma de vivir las celebraciones litúrgicas.

Quizá por eso, en este tiempo de Adviento, será necesario pedirle a Dios la renovación de nuestra fe, la reafirmación de la alegría que viene de él y no de las construcciones humanas. Pero esto no implica el rechazo de lo humano, todo lo contrario, ya que «la gloria de Dios es que el hombre viva» (San Irineo). Es un llamado a abrir nuestros ojos y buscar esa presencia de Dios en el mundo, y que va mucho más allá de la Iglesia. El pueblo de Dios se extiende a lo largo y ancho de nuestro mundo y se manifiesta de mil maneras. No busquemos a Dios en el templo: salgamos de él, vayamos a las periferias de la existencia donde Dios vive de una forma mucho más similar a la del pesebre. Procuremos una renovación de nuestro seguimiento ampliando nuestros horizontes y animémonos a caminar por otros caminos. Si Dios es alegría y puede seguirlo siendo en este mundo, es porque su mensaje de amor y paz es posible de vivirse, pero eso lo veremos cuando la humanidad pueda vivir en una alegría más constante. Para ello debemos seguir trabajando sin descanso en la construcción del Reino que implica, ante todo, una mirada crítica y realista de nuestras situaciones y posibilidades humanas.

[Imagen de Mario en Pixabay]

El no pesebre en el Parlament

Cuando se acerca Navidad, algunas personas tienen interés en hacer rebrotar el debate sobre el sentido laico o religioso de esta fiesta cristiana. Hay gente, por lo visto, preocupada por esta cuestión. Éste es el caso de Mesa del Parlamento de Cataluña que ha decidido renunciar al pesebre en nombre de la laicidad de la institución, y sí poner un inmenso abeto en sede parlamentaria. Curiosa elección porque la tradición de adornar el tiempo de Navidad con un abeto es también cristiana, pero del norte de Europa. No quiero reflexionar sobre la simbología del binomio pesebre o abeto, sino sobre el razonamiento particular y singular de la Mesa sobre la laicidad.

Pienso que los diputados de la Mesa no se han dado cuenta de que la diversidad religiosa de nuestro país ha contribuido a desarrollar un nuevo concepto de laicidad. Ahora vivimos en un tiempo de laicidad inclusiva y abierta a integrar las aportaciones de los valores religiosos en el proyecto de convivencia. Pero la Mesa del Parlamento se mueve en unos parámetros de laicidad excluyente, según los cuales la laicidad significa abolir, en aras del respeto e integración, cualquier referencia al hecho religioso del espacio público. Por suerte, la madurez democrática de la sociedad permite abordar hoy esta cuestión con una perspectiva diferente a cómo se había tratado en el pasado. La normalización de la secularización en la sociedad ha creado un nuevo marco de referencia para ese tipo de debates. Esto es importante en un país como el nuestro, donde desde siempre ha existido una historia hilvanada de sucesivos y dramáticos enfrentamientos con el hecho religioso como protagonista.

Esta nueva comprensión de la laicidad, que puede definirse como laicidad abierta o inclusiva, admite la existencia en el espacio público de una pluralidad de identidades, entre las que las referidas a las creencias tienen también cabida. Se acepta al otro como diferente con la posibilidad de construir juntos un proyecto común de convivencia basado en un marco ético compartido. El retorno de algunas personas a lo sagrado y la presencia de los referentes religiosos en la esfera pública es una respuesta a la desorientación de significantes de nuestro tiempo resultado de la incapacidad de la razón laica de construir un mundo justo y en paz. Ante los graves problemas con los que se enfrenta la humanidad, en lugar de discutir sobre la solidez y la relevancia de las distintas cosmovisiones, tiene más sentido que éstas descubran cómo entenderse para resolver los importantes retos del mundo de hoy. La laicidad inclusiva, la laicidad positiva, acepta y asume el papel relevante que pueden desarrollar las distintas tradiciones religiosas junto con otras aportaciones del pensamiento contemporáneo para construir un mundo más humanizado. Es una laicidad que no le importa que las distintas religiones se manifiesten en el espacio público y no rechaza que las instituciones públicas sean receptivas y receptoras del valor de los significantes religiosos para vertebrar la convivencia cívica.

La laicidad inclusiva tiene una comprensión positiva de lo religioso. Es una laicidad basada en el respeto. Reconocer el respeto como fundamento de la laicidad permite desplegar la laicidad del encuentro, respetuosa con las religiones, manifestaciones públicas y convicciones, y el enriquecimiento que emerge del encuentro de las creencias y cosmovisiones presentes en la sociedad. Las religiones no deben estar recluidas en el espacio privado de la conciencia, ni negar su huella como presencia en las manifestaciones de cultura popular. En nuestro país nuestras tradiciones culturales reflejan años de construcción de una identidad en la que la religión cristiana ha tenido un papel relevante. La presencia de un pesebre debería tener el mismo respeto, como la participación de las instituciones públicas en la fiesta del fin del Ramadán de los musulmanes, la consideración hacia los judíos en sus fiestas tradicionales y así con las demás religiones. En cualquier caso, la laicidad inclusiva entiende que las religiones están en el espacio público y se integran en el latido de la sociedad. Esta nueva laicidad hace posible la convivencia de todas las culturas y confía en que éstas, junto con otras formas de entender la existencia humana, harán posible la convivencia cívica. En Cataluña, por más que lo haya decidido la Mesa del Parlament, un abeto nunca podrá sustituir el valor significante de un pesebre.

[Artículo publicado originalmente en catalán en Catalunya Religió/Imagen de Iris Hamelmann en Pixabay]

Desde Nicaragua, una Iglesia en resistencia

Nicaragua no es la misma desde el 2018. Abril de ese año fue el inicio de un cambio irreversible, que dejó al descubierto no solo lo que el regimen Ortega-Murillo es capaz de hacer, sino lo que un pueblo organizado, formado y consciente de la realidad es capaz de arriesgar para exigir democracia, institucionalidad y justicia. Lo que primero fue una reacción justa frente a la reforma a la Seguridad Social, se convirtió más adelante en un canal para expresar todos los descontentos acumulados a través de 10 años de abuso de poder, fraude y corrupción. Mucho habían callado los nicaragüenses: tanto los cómplices de este regimen en su intento de normalizar dicha situación como las víctimas en su decisión de aguantar. Hasta que ya no se pudo más.

2018 fue también un año de muchas preguntas para muchas personas en distintos escenarios. ¿De qué lado del conflicto situarse? ¿Qué es necesario decir? ¿Qué es importante callar? ¿Cuáles serán las razones para hacerlo? ¿Hasta dónde arriesgar? ¿Valdrá la pena tanto esfuerzo? ¿Por qué no hicimos esto antes? ¿Qué va pasar después? Pero no había suficiente tiempo, silencio y calma para reflexionar: era necesario hacer, actuar, decidir, aunque eso significara no involucrarse o, como hicieron cientos de jóvenes, estar dispuesto incluso a dar la vida.

Se fueron sumando posturas individuales con la intención de apoyar esa resistencia pacífica, cada vez más colectiva, pluralista y decididamente cívica. Quienes participaron de las numerosas protestas del 2018 lo narran: había estudiantes y empresarios, campesinos, vendedores de mercados y médicos, representantes de la Iglesia católica, feministas y miembros de los colectivos LGBTIQ+, sandinistas, liberales y antiguos milicianos de la Contra. Todos y todas salieron a marchar esos primeros días, mientras la dictadura veía estupefacta lo que se había negado a reconocer: la ilegitimidad de su mandato y el rechazo generalizado que provocaban, incluso dentro del Frente Sandinista. 2018 fue el fruto maduro de años de articulación entre cientos de organizaciones cívicas, hoy arbitrariamente clausuradas por el régimen, que apostaron por la formación ciudadana en el campo y la ciudad, creando redes de colaboración que se demostraron fundamentales a la hora de proteger a los perseguidos, organizar ayuda para los universitarios asediados, divulgar nacional e internacionalmente la repuesta salvajemente represiva de la policía y sus grupos paramilitares y para continuar con astucia la resistencia pacífica en las calles.

Después vino el horror. 355 es el número de muertos que acredita la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA como saldo de la represión gubernamental. Entre los muertos los hay por francotiradores o durante la Operación Limpieza, para la que movilizaron pandilleros de barrios como el Reparto Schick, Georgino Andrade y Jorge Dimitrov. Movilizaron también antiguos combatientes de la guerra de los años 80, bajo el liderazgo del viceministro de Gobernación Luis Cañas, con el objetivo de acabar con los “tranques” organizados en distintos puntos del país y que mostraron una efectiva presión económica, que hizo tambalear a este gobierno.

Han pasado 4 años desde el despertar del 2018 en Nicaragua, pero la estrategia del régimen de mantener el control total a toda costa y en todos los sectores de la sociedad, la criminalización de la disidencia y la anulación cualquier posibilidad de diálogo se ha mantenido. La pareja en el poder ha hecho el mismo esfuerzo de todas las dictaduras: garantizar un clima de aparente pero forzada tranquilidad haciendo rentable el miedo. Y haciendo pagar el precio a quienes osen desafiar ese miedo.

Una institución a la que le ha tocado dar su cuota de sacrificio en las aduanas de la persecución ha sido a la Iglesia católica. En los días recios de la crisis, fueron los sacerdotes los primeros en salir a auxiliar a los universitarios atacados por la Policía Nacional y grupos de choque de la Juventud Sandinista y fue la Catedral la que albergó a cientos de jóvenes que participan en protestas para protegerles de los francotiradores y dándoles comida y medicina. Fueron religiosos los que se apostaron en la entrada de la cárcel de El Chipote y La Modelo para exigir información sobre las personas detenidas, desaparecidas y demandar su devolución a los familiares; fueron monjas las que estuvieron frente a la UNAN en julio del 2018 pidiendo el cese al ataque a la iglesia de la Divina Misericordia, en el que murieron 2 estudiantes. Los hechos fueron empujando a la Iglesia a cargar con los heridos cada vez más numerosos, pasando de asumir ya no solo el papel del cirineo que ayuda a las víctimas a cargar la cruz, sino el del samaritano que se hace cargo de las víctimas y sus heridas: consolando a las madres de los estudiantes asesinados, acompañando al pueblo que se organizaba para protestar, protestando ella también y denunciando proféticamente lo que la Vicepresidenta Rosario Murillo en sus alocuciones de los mediodías se negaba a aceptar.

Al verse incapaces de mantener bajo su control a los sacerdotes y religiosas, y frenados en su intento de sacar rédito a las divisiones internas de la Conferencia Episcopal, el régimen pasó de considerar a la Iglesia como mediadora de un frágil Diálogo Nacional a declararla golpista, terrorista, servil del imperialismo y enemiga irremediable del gobierno y por tanto, traidora a la patria. Poco a poco, lo que inicialmente fueron epítetos de arrebatada frustración se concretaron en ataques a las infraestructuras físicas de las iglesias, como las acontecidas en Jinotepe, Carazo y Diriamba, violencia física a religiosos -de las que fueron víctimas el cardenal Brenes, monseñor Silvio Báez y el nuncio Sommertag-, acoso y vigilancia permanente como la que denunció hasta agosto de este año el obispo de Matagalpa, infiltración a movimientos religiosos y parroquiales, retiro de la personería jurídica a instituciones educativas y sociales ligadas a la Iglesia y, por ende, el fin de su funcionamiento y el desempleo de todos sus trabajadores y el cierre de medios de comunicación religiosos.

A día de hoy, sabiendo que en Nicaragua todas las cifras son meras aproximaciones y que los números reales se desconocen, la Iglesia ha ido pagando a cuentagotas y a destiempo lo que se atrevió a hacer en el 2018: 11 sacerdotes han tenido que partir al exilio, al menos 2 han sido expulsados del país -entre ellos el nuncio apostólico del papa Francisco–, un número no menor de 5 denunciaron que no se les permitió la salida del país y a más de 8 no se les permitió la entrada. 4 sacerdotes y 2 seminaristas de la diócesis de Matagalpa comparten celda con los más de 220 presos políticos y otros 3 provenientes de la Arquidiócesis de Managua y de la Diócesis de Granada y de Siuna se encuentran encarcelados con acusaciones falsas. El caso más emblemático es el obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, secuestrado en un domicilio de Managua desde agosto del 2022 y del que solo se sabe lo que ha compartido públicamente el cardenal Leopoldo Brenes.

No se le persigue a la Iglesia católica por lo que cree. Irónicamente la pareja en el poder ha afirmado en reiteradas ocasiones creer en el mismo Dios y profesar la misma fe. Se le persigue por lo que hizo y por lo que, a pesar de las amenazas, no ha dejado de hacer. Con monseñor Silvio Báez en el exilio y monseñor Rolando Álvarez secuestrado, el régimen no ha querido dejar duda de lo que es capaz. Aunque hasta el momento ningún sacerdote ha muerto a manos del gobierno, no hace falta que corra la sangre para advertir el nivel de crueldad con que proceden Daniel Ortega y Rosario Murillo y el miedo y conveniencia con que obedecen todos los funcionarios públicos, cómplices de sus atropellos.

¿Está la Iglesia nicaragüense silenciada por la dictadura o en silencio por estrategia? ¿Cuántas maniobras diplomáticas serán necesarias para ver resultados eficientes del aparente y oculto diálogo que afirmó el papa Francisco tener con el gobierno? ¿Cuál factura preferirá pagar la jerarquía? ¿La de ser fiel a su misión profética o la de garantizar la seguridad y estabilidad para su práctica religiosa? ¿Por qué la Conferencia Episcopal no ha exigido firmemente la liberación de monseñor Rolando Álvarez y la garantía del debido proceso judicial a los sacerdotes acusados? ¿O al menos denunciado las irregularidades en torno a los casos? ¿Por qué tampoco se han unido a las campañas que demandan el respeto a los derechos humanos y el cumplimiento de leyes Nelson Mandela a los más de 220 presos políticos que existen en Nicaragua, torturados, maltratados, confinados en celdas de castigo y condenados sin un proceso judicial mínimamente decente? ¿Justifica el deseo de éxito de esas negociaciones la bruma de silencio y ambigüedad con que se ha expresado el cardenal Brenes sobre los sacerdotes expulsados y la salud de Monseñor Rolando Álvarez? ¿Hasta dónde la política de no provocación y no confrontación con el gobierno que ha girado el arzobispo de Managua a sus sacerdotes diocesanos y a la CONFER podrá calzar con la imagen de la Iglesia que en el 2018 lavó los pies y las heridas de las víctimas de la violencia dictatorial?

Estas preguntas son necesarias para constatar que en Nicaragua hay una Iglesia en resistencia. Pacífica, sí, pero resistencia al fin. Esa Iglesia ha aceptado la calumnia y la persecución y no ha renegado de compartir el pedregoso camino por el que también han hecho caminar forzosamente a la sociedad civil, obligada al exilio una buena parte de ella, con 2,889 ONGs clausuradas, una decena de universidades expropiadas y más de 54 medios de comunicación cerrados por el régimen. Esa Iglesia en resistencia ha adquirido unas características que solo se pueden entender desde dentro de Nicaragua donde no todo silencio significa cobardía, donde la prudencia es también una forma de combatir, donde -al mejor estilo del güegüense nica– entramos con la de ellos con la esperanza de salirnos con la nuestra.

La solidaridad internacional de obispos como monseñor José Antonio Canales de la diócesis de Danlí en Honduras abre la puerta a la petición de que una comisión del CELAM visite a los sacerdotes y presos políticos en Nicaragua. Porque no podemos solos y porque en los últimos 4 años se han dado grandes manifestaciones ciudadanas en distintos países de América Latina al igual que en Nicaragua: Chile, Colombia, México, Bolivia, Ecuador. Pero ha sido la Iglesia nicaragüense la que ha dado el ejemplo más poético, desmedido y espontáneo de acompañamiento a la lucha cívica y de disposición a correr la misma suerte del pueblo indefenso. Y aunque no se auguran tiempos mejores para la Iglesia en Nicaragua, sí sabemos que los frutos amargos que hoy degusta son al menos los de una cosecha digna.

Mientras tanto, en lo que tardamos en lograr el restablecimiento de la democracia y la institucionalidad, seguimos resistiendo con cautela y templanza, para ofrecer a Nicaragua la mejor esperanza, que en estos tiempo de desesperanza, hemos logrado cuidar.

Por eso, desde este espacio:

  • Agradeciendo la solidaridad manifestada por parte de la comunidad internacional, pedimos a toda la comunidad internacional mantener sus ojos en Nicaragua y no cesar en su esfuerzo por lograr la liberación de todos los presos políticos, que son inocentes y solo están ejerciendo sus derechos humanos y su compromiso cristiano.
  • Agradeciendo la solidaridad manifestadas por las distintas conferencias episcopales ante el asalto a la curia de la diócesis de Matagalpa, el secuestro de monseñor Rolando Álvarez y la detención de los sacerdotes, seminaristas y laicos que le acompañaban, pedimos que continúen exigiendo su liberación y la visita de una comisión del CELAM a todos los presos políticos, para constatar las condiciones en que se encuentran.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

El púlsar divino

Tengo grabado en el móvil el latido fetal del corazón de mi hijo Carlos. Un ritmo frenético deseoso de salir y bailar al compás del mundo. 

Adviento es tiempo de escucha, de pegar la oreja al estetoscopio y sonreír bobaliconamente a los ecos de un murmullo acuático que anuncia la inminencia de una vida nueva.

El evangelio de Mateo habla de unos magos de Oriente que siguiendo una estrella llegaron hasta Belén para adorar al niño Jesús. Nunca me acabó de convencer esta fábula astronómica; demasiada luz para aquello que se gesta en la cálida oscuridad del útero del mundo. Prefiero las metáforas auditivas, como la que me sugiere la historia de Jocelyn Bell, descubridora de los púlsares, esas tenues señales radioeléctricas que emiten las estrellas. Allá por 1967, la astrofísica irlandesa identificó unas insignificantes variaciones de apenas medio centímetro entre kilómetros y kilómetros de papel continuo que recogía las mediciones de un enorme radiotelescopio situado en la campiña inglesa, ¡eran los púlsares! Ironías de la vida, en 1974 se otorgó el premio Nobel de Física por el descubrimiento de los púlsares a Antony Hewish, su director de tesis en la universidad de Cambridge, y al jefe de este: Martin Ryle. Jocelyn Bell, la verdadera descubridora del púlsar, quedó sin reconocimiento.

Imagino a Hewish y Ryle alardeando de estrellas, oros e inciensos. Pero como ya nos previno el evangelista Marcos, no os los creáis, desconfiad de los magos que dicen «mirad por aquí, mirad por allá». Fiaos mejor de la sabiduría de las magas, las que aprecian el valor de la insignificante mirra. Las mujeres que, como Jocelyn Bell, escuchan y acunan latidos.

Algo nuevo está naciendo, el universo late y algunas auscultan su pulso. Sigámoslas.

[Imagen extraída de PxHere]

Sin noticias de América Latina

Con mi abuela María, en el Santuario de Las Nieves, recuerdo la oración por los primos de Venezuela. Para entonces había fallecido ya en accidente laboral mi tío Gelasio y la abuela llevaba a sus nietos para poner ante el altar de la Señora de La Palma a los familiares lejanos. Por entonces, con las difíciles y lentas comunicaciones, no se podía aplicar aquello del “no news, good news”. Más bien, la ausencia de noticias generaba cierta ansiedad y se esperaban las cartas desde el otro lado del Atlántico como un auténtico regalo.

En América Latina pasan cosas interesantes todos los días. Sin embargo, casi nada de lo que allí pasa parece suscitar el menor interés en Europa. No era así cuando con el cambio de siglo tuve mi primer periodo en aquel mundo desmesurado. Me tocó vivir en el cono sur, en concreto en Paraguay, y casi todo el continente experimentaba el retorno a regímenes democráticos después de los años oscuros de las dictaduras militares. Por entonces, los movimientos sociales latinoamericanos suscitaban un seguimiento apasionado a este lado del Atlántico y los sones y ritmos latinoamericanos, la literatura, el cine o el teatro tenían espléndida acogida entre nosotros.

El caso es que los intereses (informativos) europeos (y los españoles principalmente) con respecto a América Latina parecen ceder ante otras preocupaciones: la guerra de Ucrania, la carestía energética, los movimientos migratorios desde África, las pretensiones de China… Y, como sucedía con mi abuela María, la ausencia de noticias no significa que las cosas van bien. Suceden, por supuesto, muchísimas cosas bellas entre las gentes del cada día. Impresiona el esfuerzo de personas, empresas, instituciones, por afrontar las dificultades y salir adelante, por proponer novedades educativas, medioambientales o sociales de enorme interés.

Sin embargo, de algún modo, aquella fiesta de la democracia, quizás leída con demasiado optimismo, que hoy parece clausurada en un mundo a la defensiva, apenas dio tiempo a las sociedades latinoamericanas para generar estados con instituciones consolidadas y ciudadanía con cultura política democrática. La inestabilidad y debilidad de algunos liderazgos solo parece compensarse cuando acceden al poder gobernantes que tienden al totalitarismo. Lo que vivimos en la era Trump con el gran vecino del norte tiene reflejos llamativos al sur de Río Grande. El aprecio por la democracia retrocede ante una problemática que supera todos los esfuerzos y recursos.

La situación en Cuba, Venezuela o Nicaragua, que directamente reniegan de la democracia liberal, con poca o ninguna libertad en los medios de expresión no afines, con persecución de quienes mantienen posiciones políticas que no caben en sus regímenes, o que no diferencian entre los tres poderes institucionales no son las únicas anomalías. Por doquier, el fracaso de las instituciones para proporcionar los servicios básicos de un estado protector (educación, salud, seguridad) alienta el apoyo a opciones políticas personalistas al margen de los partidos y con notoria incapacidad para la gestión de la compleja maquinaria pública; el crimen organizado ocupa muchos espacios en todos los niveles sociales, desde las clases más populares, hasta las élites económicas y políticas en no pocos países; los complejos equilibrios de separación de poderes, requeridos para hacer de la democracia algo más que un acarreamiento periódico a las urnas, se muestran frágiles y se debilitan en luchas internas sorprendentes.

Sin embargo, todo esto sería abordable desde una gestión política y educativa más o menos acertada, con el debate público de las diferentes opciones, si no concurriere el desestabilizador manejo de la comunicación digital. Se colocan mentiras y se promueven campañas de desinformación que deterioran instituciones y partidos en favor de actores presuntamente nuevos y limpios aunque, en realidad, más fácilmente manipulables por las organizaciones criminales. Sorprende cómo la imagen digital y la reputación digital sustituyen a la presentación de los problemas reales y a la propuesta de ideas de gestión política para afrontarlos. Asombra que la valoración de los diferentes liderazgos políticos cada vez se distancia más de la realidad que viven las personas. El aumento de los precios, el desempleo, la violencia, las dificultades para llegar a fin de mes o para tener a disposición un buen servicio de telefonía o electricidad parecen datos irrelevantes frente a los discursos que se colocan en las redes y que los medios tradicionales refuerzan al darles cobertura de noticia a lo que no es más que campaña de imagen o rumorología infundada.

En América Latina se levantan cada día miles de personas que hacen bien su trabajo, promueven una sociedad más justa y buscan lo mejor para sus familias o comunidades con intensidad. Hay muchas, muchísimas personas de gran talla profesional y personal en instituciones de la sociedad civil, en los medios, las administraciones públicas, la iglesia católica u otras confesiones, organizaciones indígenas o mediambientalistas. Sin embargo, no deja de resultar impresionante la capacidad de perversión de las mafias, los totalitarismos y la desinformación.

Quienes vivimos con esperanza el resurgir de las democracias latinoamericanas en los años ochenta y noventa no podemos menos que sorprendernos ante la doble sensación de que estamos perdiendo mucho de lo avanzado, de que con nuevas formas más sutiles estamos ante más de lo mismo, y de que a la comunidad internacional parece importarle poco. Claro está que para quienes ponemos nuestra esperanza en un crucificado esto tiene poca novedad. Toca mirar tanta resurrección y vida que, encarnada en personas concretas, se oponen cada día a esa capacidad destructiva que tienen algunas ideologías totalitarias o esas personas y organizaciones que sencillamente buscan en exclusiva su interés, su poderío, su enriquecimiento, a veces como crimen organizado y en otras como parte de las empresas comerciales o la administración pública. En realidad, y es dicho también de abuela, más ruido hace el árbol que cae que el bosque arrullado por la brisa suave.

[Imagen de Daniel Enrique Jiménez Chacón en Pixabay]

Sobre masculinidades

Nos parece interesante, para empezar, observar tres situaciones que podrían ser perfectamente reales…

Situación 1. Una madre acompaña a su hijo en la compra de un envoltorio de corcho con el cual disfrazarse para la representación de Navidad en la escuela infantil donde va. El niño elige el corcho de color rosa. La madre, preocupada, llama por teléfono al padre. Reproducimos brevemente la conversación:

Madre: El niño ha elegido el disfraz de corcho de color rosa… ¿Qué te parece?
Padre: Si lo ha elegido él me parece muy bien. ¿Cuál es el problema?
Madre: es que es muuuy rosa, muuuucho…
Padre: ¿y qué? ¿Tú no eras feminista?
Madre: Sí, pero es que tengo miedo de que los otros niños o los padres se rían, o lo ridiculicen.

Situación 2. En una juguetería una madre compra los regalos de Navidad para su único hijo: un dinosaurio y un estuche para pintarse las uñas con diferentes colores. La dependienta presupone que los destinatarios son dos (un niño y una niña) y envuelve los regalos por separado: el dinosaurio con papel de regalo azul y el estuche con los esmaltes de uñas con papel rosa.

Situación 3. Un grupo de embarazadas descubren que tan solo una de ellas será madre de un niño, el resto tendrán niñas. Todas felicitan a la futura madre del niño por el chollo que supone educar un futuro adolescente con menos problemas y con más oportunidades de triunfar en la vida.

Las tres situaciones son ejemplos cotidianos de como los humanos construimos el género más o menos conscientemente. Incluso antes de nacer, el género proyecta sobre el feto una serie de presupuestos sobre los comportamientos y las acciones futuras. ¿Pero, qué entendemos por género? Y, por otra parte, ¿qué es la masculinidad?

El género clásicamente se ha entendido como construcción natural (de nacimiento), binaria (hombre/mujer), asociada a rasgos biológicos como los genitales o el aspecto físico (el fenotipo) y que condiciona indefectiblemente la orientación sexual (heterosexual, obviamente). Los estudios de género concluyen, sin embargo, que el género es básicamente una construcción social, por lo tanto, contingente y cambiante, asentada sobre aspectos físicos y especialmente psicológicos, que incide en las conductas y los roles de las personas y que históricamente ha favorecido al hombre (considerado el género “dominante”) en detrimento de la mujer (considerada el “sexo débil”).

La masculinidad es, dentro de este constructo de género, el modelo de normalidad asociado a los hombres e incorpora toda una serie de premisas sobre aquello que es adecuado –y sobre lo que no– en el comportamiento de un hombre. Tradicionalmente ha considerado inapropiada la expresividad emocional (“los hombres no lloran”) y ha potenciado la agresividad como herramienta de dominio sobre los otros.

El profesor y activista Luciano Fabbri[1] define la masculinidad como un «dispositivo de poder orientado a la producción social de varones cis hetero, en tanto que sujetos dominantes en la trama de relacionas de poder generizadas». Por lo tanto, la masculinidad puede ser entendida como un mecanismo de género que jerarquiza las relaciones interpersonales, confiriendo privilegios a los hombres a la vez que ninguneando y oprimiendo a las mujeres. Todo ello lo conocemos más comúnmente por machismo.

Este machismo, asociado irremediablemente a la masculinidad, es nocivo principalmente para las mujeres y colectivos tradicionalmente marginados (personas transexuales, intersexuales o queer), pero también es perjudicial para los propios hombres, por la coacción que supone a una vida emocionalmente libre y plena. La activista afroamericana bell hooks[2] afirma sobre ello que «los niños patriarcales, como sus homólogos adultos, conocen las normas: saben que no tienen que expresar sentimientos, con excepción de la ira; que no tienen que hacer nada que se considere femenino o de mujeres. […] los chicos aceptaban que para ser viriles tenían que imponer respeto, ser duros, no hablar de sus problemas y dominar a las mujeres». Incluso llega a asegurar que «se educa a todos los chicos para que sean asesinos aunque aprendan a esconder el asesino y actúen como jóvenes patriarcas benévolos».

La violencia machista mata, tal y como relata bell hooks. Demasiado a menudo se producen agresiones, violencia sexual y asesinatos de mujeres y criaturas. La ira, la frustración que provoca la represión emocional, la obligación de imponerse, de dominar al otro, la carencia de una cultura del consentimiento, la cosificación y sexualización del cuerpo femenino, están en la raíz de esta lacra social.

Pero no todo son malas noticias: que el género y la masculinidad sean constructos sociales, a pesar de que sean muy estables y sólidamente incrustados en las creencias sociales, hace que puedan ser modificables. Esto abre el camino a plantear de qué maneras se puede transformar esta realidad.

Por un lado, podemos intentar construir nuevas masculinidades, dando por sentado que no aspiren a ser hegemónicas, es decir, que no tengan voluntad de dominio sobre los otros y que se fundamenten en principios de igualdad y de noviolencia. Existe el peligro de que este análisis acabe resultando demasiado auto-centrado en el hombre, por eso es imprescindible escuchar las reivindicaciones de los colectivos perjudicados por el machismo y empatizar con ellos.

Por otro lado, podemos deconstruir la masculinidad, desertar de los privilegios que conlleva, abandonar la investigación improductiva sobre la identidad del hombre y fijar la atención en cómo construimos nuestras relaciones interpersonales, evitando que dichas relaciones se asienten sobre la desigualdad, la injusticia o que resulten opresivas para los otros. Simplemente dejar de preguntarnos «cómo ser un hombre», para centrar los esfuerzos en cómo establecer vínculos igualitarios y sanos con el resto de personas. Fabbri lo describe de este modo: «…podríamos pensar la des-masculinización no sólo como menor presencia, menor protagonismo, menor monopolización de los espacios políticos, fundamentalmente de conducción y representación, por parte de los varones cis militantes, sino también, y fundamentalmente, un desplazamiento feminista en los términos de la política y el poder».

Ambas propuestas son objeto de discusión este curso en el Grupo de Género y Feminismos de Cristianisme i Justícia. El grupo está abierto a la participación de todas las personas que se sientan interpeladas por lo que explicamos en este artículo y quieran profundizar en ello mediante un encuentro mensual de debate y reflexión colectiva.

***

[1] Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y Licenciado en Ciencia Política (UNR). Coordinador del Área de Género y Sexualidades de la UNR e integrante del Instituto Masculinidades y Cambio Social, Rosario (Argentina). Cita extraída de “La masculinidad como proyecto político extractivista. Una propuesta de re-conceptualización” dentro del libro “La masculinidad incomodada” (UNR, 2021), páginas 27-43.

[2] bell hooks, acrónimo de Gloria Jean Watkinsque, escritora y activista feminista afroamericana. Lamentablemente murió a finales de 2021. Cita extraída del capítulo 3 “Ser un nen” dentro del libro “La voluntat de canviar” (Tigre de paper, 2021). La traducción al castellano es nuestra.

[Imagen de 0fjd125gk87 en Pixabay]

Adviento: “Uno que ame lo entenderá”

La existencia humana en los países llamados desarrollados está siendo limitada al ámbito de lo material-manipulable. Se propaga el cientificismo como único paradigma cognoscitivo, se intensifica la fascinación del consumismo y se promueve la adicción al mundo virtual. El resultado es que los ciudadanos acaban por creer que sólo es real lo que se puede controlar y gozar en esas dimensiones. Hay gente deseosa de escapar de ese clima, pero viviendo en esta atmósfera es difícil evitar el contagio y la gravedad del contagiarse reside en que se impide a la persona hacer experiencia de sí misma, de quién es y de qué está llamada a ser. Logrando que los ciudadanos se identifiquen como consumidores se facilita que vivan anestesiados.

La auténtica ciencia y desarrollo tecnológicos son bienvenidos en cuanto ayudan al sano y justo progreso de la humanidad pero la mencionada presión cultural en lugar de potenciar al ser humano lo cosifica. Entonces, en este contexto, ¿cómo reaccionar para permitirnos hacer experiencia vital de nosotros mismos, de nuestra humanidad?

Si alguien quiere salir de una atmósfera necesita poner distancia, desplazarse “medio palmo” como sugiere Josep Ma. Esquirol. Desplacémonos pues “medio palmo”, hacia dentro de nosotros mismos, en profundidad. Un desplazamiento al que es necesario volver con constancia, al ritmo de la vida, poco a poco, y en la medida en la que se practica se recogen los frutos. Y es que ahí, medio palmo hacia el fondo de sí, la persona se experimenta con una sabiduría que le desvela lentamente el sentido de la propia existencia y con una certidumbre que la ancla en la realidad.

¿Cuándo y cómo efectuar ese “medio palmo”? Aprovechando lo que la vida te presenta, puede ser a raíz de una contrariedad a superar o de una alegría a agradecer, o simplemente siguiendo una invitación como, por ejemplo, la del tiempo litúrgico recién iniciado: el Adviento.

Adviento proviene del latín adventus, venida y litúrgicamente su razón de ser consiste en prepararnos a celebrar el nacimiento del Dios que viene al encuentro de la humanidad: Jesús. Desplazándonos “medio palmo” en profundidad nos disponemos para reconocer hoy, en nosotros, esa acción del Dios que viene.

Al dirigirnos hacia lo hondo percibimos estar existiendo. Si nos mantenemos un poco ahí, captamos que la vida misma, esa realidad misteriosa e indefinible que nos hace existir, no es una posesión controlable, es algo que “viene”. Y lo comprobamos a todos los niveles. Cada mañana, al despertarnos, nos “ha llegado” la vida; en nuestras relaciones, la amistad nos “llega” en la palabra y los gestos de los otros; al artista le “llega” la inspiración, igual que al escritor, al científico o al profeta. Es más, las realidades más preciadas de nuestra biografía personal nos han sido dadas, nos “llegan”. Ciertamente también nos “llegan” las dificultades, y con ellas también “viene” la resiliencia necesaria para afrontarlas, aunque sea fatigosamente.

La vivencia cotidiana sana que se genera en nosotros al existir es que la vida “adviene” sin hacer nosotros nada.  De hecho, se enferma por la obsesión de controlar la propia vida y queriendo dominar la vida de los otros se les causa un sufrimiento injusto.

Que la vida sea Adviento, despierta en nosotros la esperanza. Esperamos porque tenemos experiencia de recibir. Esperamos porque conocemos que lo que está por venir, tanto los objetivos más cotidianos como los deseos personales más anhelados, no depende de nuestra voluntad, esfuerzo o capacidades. Esperamos aquello que hemos comprobado que construye y devuelve la dignidad humana, aunque cueste enormes esfuerzos. Esperamos y sentimos que esa esperanza “estira” de la vida hacia adelante. Nos damos cuenta de que esa esperanza activa alimenta nuestra resiliencia y nos permite ser agentes positivos en la tarea interminable de transformar los espacios de muerte de nuestro mundo en contextos de humanidad.

Pero ¿cómo hacer para que esa esperanza sea algo más que resiliencia y vivifique enteramente nuestro vivir? No se puede vivir sólo de resiliencia, la esperanza necesita el amor.

Quien ama conoce, descubre y valora las posibilidades de las personas o de las causas que ama. Ese amor humaniza la esperanza. Y porque es amor verdadero pone los medios necesarios, permanece, aguarda, confía, comprende, apoya, no se arredra ante las dificultades y no cede en su empeño de esperar.

Quienes son objeto de ese amor, se transforman, porque ese amor les capacita para dar el salto cualitativo que va de la posibilidad a la realidad. Y quien ama así también es transformado. El amor rompe las fronteras personales y genera vida en ambas partes.

Por eso, cuando las dificultades, los conflictos, los sufrimientos, las injusticias tanto a nivel local como global parecen deshinchar la esperanza en causas o personas, más que autoanimarse conviene cuidar la calidad de nuestro amor.

¿Y cómo nace en nosotros ese amor? Ciertamente es responsabilidad nuestra prepararnos, pero amar de esa manera es, fundamentalmente, don. Don recibido. Don que necesitamos suplicar. Y aquí adquiere de nuevo una importancia capital el Adviento.

La cultura actual no reconoce la necesidad de la súplica, pero para quien hace experiencia de sí y de que lo esencial de su existencia le es dado, la súplica se convierte en la irrenunciable atmósfera interior.

Los cristianos pedimos “Ven Señor Jesús”, porque ese tipo de Amor, Dios, se expresó en Jesús. En este tiempo de Adviento, desplacémonos “medio-palmo” en profundidad de nosotros mismos, oremos con palabras y gestos para que nos sea concedido ese Amor. Así podremos parecernos a Jesús y posiblemente evitaremos que las luces navideñas, las campañas comerciales y demás estrategias nos cosifiquen.

San Agustín lo resumió expresando: «dame uno que ame, y entenderá lo que estoy diciendo»[1].

***

 [1] cfr. San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de san Juan, 26, 4, tomo XIII, BAC, Madrid 1955, p.661.

[Imagen de Piyapong Saydaung en Pixabay]

Pegados al marco apocalíptico

No sabemos durante cuánto tiempo seguiremos viendo activistas entrando en museos y salpicando cuadros con pintura o comida. Probablemente el efecto sorpresa, cuando la acción ya se ha repetido suficientes veces, se pierde y deja de tener el propósito deseado. Pero lo cierto es que estas acciones son un síntoma del momento presente que pide ser pensado. Que la crisis ecológica es el gran reto que la humanidad enfrenta en el siglo XXI –el siglo de la gran prueba– ya nadie lo duda. Cómo hemos llegado hasta aquí ya ha sido más que analizado y probablemente no pide más explicaciones. De las tres preguntas kantianas nos quedan dos por responder: ¿qué debemos hacer? y ¿qué podemos esperar? Quien lanza salsa de tomate a un cuadro y se pega después a su marco está diciendo desesperadamente que quiere una respuesta para la primera pregunta, y que no encuentra ninguna para la segunda.

¿Qué debemos hacer?

Como buenos nietos de la modernidad vivimos intentando alcanzar la mayoría de edad. Queremos hacernos responsables de nuestros actos. Pero no hay manera. Ante la pregunta sobre cómo responder a la emergencia climática, su complejidad y su dimensión global inabarcable nos deja tan sólo dos opciones: o confiamos en los dirigentes reunidos en la cumbre de turno, políticos que sabemos atados de pies y manos por unos intereses que les impiden dar pasos coherentes con los discursos sobre ODS con los que se llenan la boca; o nos sumamos a proclamas del tipo “cambiémoslo todo y hagámoslo ya” de una ingenuidad galopante y totalmente estériles. Entre estas dos propuestas se abre un gran agujero, un espacio donde el ciudadano de a pie sólo tiene al alcance el gesto de dejar de utilizar bolsas de plástico o reducir su dosis semanal de proteína animal. «¿Soberano… de qué?», ​​se pregunta el sujeto occidental preocupado por el futuro de sus nietos y que parece que sólo tenga el consumo como medio para transformar el mundo. “¿Soberano… de qué?”, se interroga la familia chadiana desplazada por el hambre y la sequía dependiendo de unas ayudas occidentales insuficientes y que no llegan.

¿Qué podemos esperar?

Ante este estancamiento descrito, la pregunta se transforma y la inquietud nos lleva a poner en cuestión cualquier expectativa, cualquier esperanza. La apocalíptica ahora mismo no es una opción sectaria más, sino el marco en el que nos encontramos totalmente pegados. Cuando estos jóvenes se untan las manos con cola para plantarlas a los bordes de las Majas de Goya, nos están señalando desesperadamente su única opción, la del marco apocalíptico al que no tienen más remedio que sumarse. Las tentaciones milenaristas son bien conocidas en la historia reciente, la culpa la tenemos los cristianos que afirmamos con contundencia que habían acabado los tiempos cíclicos, que la historia tenía un sentido de salvación y que el Reino de Dios llegaría. Cuando todo esto se seculariza, y el Reino ya no es una promesa para la otra vida sino un ideal a construir aquí y ahora -¡desgraciada fe en el progreso!-, cuando esta promesa se aplaza hacia un final de la historia que no llega, cuando observamos que la salvación terrenal parece reservada sólo a unos pocos escogidos -el 1% de lo que algunos sin creerlo formamos parte-, la apocalíptica como relato y espíritu de los tiempos –zeitgeist– se apodera de nosotros. No sé si el fin de los tiempos había estado tan presente en el imaginario occidental como hasta ahora, pero entre la emergencia climática y las posibilidades de una guerra nuclear, las tesis escatológicas se esparcen como la pólvora. Sólo nos queda esperar a que baje algún tipo de mesías y nos salve. Al igual que en la escena final de la película Don’t look up acabaremos rezando alrededor de una mesa por mucha secularización a la que creamos hemos llegado.

El marco apocalíptico trastoca nuestra visión del mundo y nos urge a una respuesta. Los tiempos presentes se convierten sobre todo en tiempos de reacción. Y ésta tiene más números de ser reaccionaria que liberadora. Algunos profetas de calamidades contemporáneos, como Houellebecq, han entendido que la posible vinculación entre ecologismo y autoritarismo marcará las políticas de las próximas décadas, y que sólo una lectura teológica puede darnos las claves para entender el momento presente (como muy bien ha analizado aquí Joan Burdeus).

En la película Children of Men, de Alfonso Cuarón, en un contexto similar al que describen los discursos colapsistas, un funcionario inglés se dedica a recoger obras de arte en su despacho para que éstas no sean destruidas. Entre ellas vemos el David de Miguel Ángel en la recepción del despacho, o el Guernika de Picasso decorando el comedor mientras el mundo entra en llamas. Cuando el protagonista llega a este tipo de Arca de Noé contemporánea de la historia del arte, el funcionario le confirma: «No pudimos salvar La pietà«. No sé si los activistas han leído a Houellebecq o han visto Children of Men, pero no cabe duda que, ante la inminente posibilidad del fin del mundo, las obras de arte invierten todo su sentido. Ya nos avisó de ello Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie. Supongo que éste es el mensaje. El debate hoy lo tenemos centrado en aquello que podemos o no esperar, pero si no queremos caer en un inminente futuro reaccionario, necesitaremos reubicar el debate en el terreno de lo que podemos hacer. De otro modo, ya podemos empezar a recopilar aquellas obras que más ilusión nos haría conservar, porque: ¿de verdad creemos que querremos visitar los museos que exponen lo que adorábamos mientras el mundo se acababa? Será una experiencia para la que sólo los arqueólogos estarán dispuestos a perder el tiempo.

[Imagen de Ralph en Pixabay]

Cristianos de narices

Primero fue Galletas Río; luego se la quedó el Grupo Siro, hasta que la cerraron en 2003. Y seguro había tenido otros nombres, otros propietarios, antes de que la conociéramos. Aunque para nosotros era, sencillamente, la fábrica de las galletas, un nombre común que apuntaba mejor hacia el mito y el cuento. A eso de las siete de la tarde –imagino que al abrirse los hornos de la fábrica– el olor a galleta que salía de ella invadía todo el pueblo. El recuerdo de ese olor –hoy más idea que fragancia, imposible de reproducir–, me trae a la memoria a mi familia, algún rato pasado a la fresca, delante de la puerta del garaje donde dormía el camión del iaio

Es extraño que un sentido como el olfato, tan asociado a la memoria y, por lo tanto, al corazón y, por lo tanto, al amor, no haya sido objeto de las curaciones de Jesús en los Evangelios. No nos consta que el Señor pusiera sus manos sobre la nariz de nadie, ni que introdujera algo de barro recreador en ningún orificio nasal. O quizá sí lo hizo, y a los evangelistas no les pareció importante dejarlo por escrito: ya se sabe que la fe está asociada en Israel al oído, y los que vinimos después, entre Jerusalén y Atenas, a veces parece que solo hayamos añadido la vista. Hoy, gracias a las redes, vista y oído siguen siendo los reyes. 

Sin embargo, en la tradición espiritual de la Iglesia todos los sentidos han tenido su importancia. Desde que Orígenes empezara a hablar de los sentidos espirituales, otros Padres, teólog@s, y personas religios@s de toda condición han seguido explorando esta asombrosa posibilidad: la de llegar a captar algo de Dios en el rumor de la brisa, en una comida, en el cielo y el mar abiertos ante nosotros, en un abrazo, en el recuerdo del olor a galleta, capaz de hacernos remontar hasta el Padrenuestro rezado por nuestra abuela.

San Ignacio, por ejemplo, habla también de sentidos en los Ejercicios Espirituales: de aplicarlos y de rezar con ellos. Propone –con el imaginario disponible– imaginar cómo hiede a sentina y azufre el infierno. Pero no se queda en la pars destruens, en lo que nos enseña a decir “por aquí huele mal”. También cree que es posible imitar en el uso de los sentidos a Cristo y a nuestra Señora, si dedicamos un rato a considerar cada uno de ellos y rezamos un Padrenuestro o un Avemaría, según queramos semejarnos a uno o a otro. Puede sonar a magia, pero la lógica es muy humana: cuántas veces hemos dicho en la vida: “me gustaría verlo como tú”. Se trata, entonces, de pedirlo.    

O sea: que podemos tener también una nariz cristiana, un olfato transfigurado. De hecho, esta es la condición de posibilidad del sensus fidelium, ese consenso de narices capaz de ponerse de acuerdo en que algo huele a Pascua. Hoy, cuando no se oye tanto hablar de Pascua, una nariz transfigurada nos tendría que ayudar a descubrirla presente, aunque el otro no hable de ella explícitamente, o pertenezca a otro credo, o no tenga ninguno. Aunque nos resulte más difícil. Algo de lo que dice o hace el otro pueden traer el olor del kerigma, aunque el otro no sepa ni lo que es el kerigma. No se trata solo, en mi opinión, de un cristianismo anónimo, como proponía Rahner: hay personas que ni son cristianas ni quieren serlo, y no creo que su verdad puede ser reducida solo a un implícito. Sin embargo, cuando husmeamos en lo que hacen o en lo que dicen, a nosotros, cristianos, nos huele a Evangelio, incluso nos puede hacer comprender mejor lo que queremos vivir y decir. 

Hace unos días me topé con unos versos de Luis García Montero. Pertenecen al poema “Los cuidados”, incluido en “Un año y tres meses”, el poemario escrito a raíz de la enfermedad y la muerte de su mujer, Almudena Grandes. Dicen así: 

“La ropa sucia deja de oler mal
porque ya se ha mezclado
con todo lo que somos y sentimos.”

García Montero no es cristiano, pero sus versos hablan de un olfato transfigurado, capaz de trascender por el amor, por la consistencia frágil de una relación, el mal olor que deja en las ropas la enfermedad. Gracias a estos versos no cristianos podemos entender mejor lo que pedimos al rezar considerando nuestro olfato. A algunos, ese trabajo del Señor sobre su nariz los ha llevado a pasar por encima del mal olor de la pobreza, a dar su vida en lugares donde a veces apesta, y hacerlo con alegría. 

Decir que nuestra cultura es postcristiana no tiene por qué ser solo una afirmación melancólica, provocada por la ausencia de lo que antes estaba más presente. Si nuestra cultura es postcristiana es, sobre todo, porque no se puede entender sin la presencia secular del cristianismo y del Espíritu en ella. Si los cristianos de los primeros siglos supieron descubrir “semillas del Verbo” en las filosofías y religiones paganas, qué no tendríamos que poder olfatear nosotros en un mundo que no se entiende sin el paso del cristianismo por él, y en el que el Espíritu sigue cocinando. 

La felicidad del poeta que ya no percibe el mal olor en las ropas de su mujer enferma o el recuerdo del amor que pone en marcha el olor a galletas nos conducen a aquel que recrea todas las narices, al que percibía el aliento de vida de Dios en todo.

[Imagen de Freepik]