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Actualidad del secreto mesiánico

Los cristianos creemos que Jesucristo, el Hijo del Padre encarnado, muerto y resucitado, es el centro de la fe cristiana, camino, verdad y vida (Jn 14, 6), fuera de él no hay salvación (Jn 15,5; Hch 4,12). La misión propia de la Iglesia es evangelizar (Evangelii nuntiandi), esta es su alegría (Evangelii gaudium).

La cristiandad ha estallado

Pero en el mundo moderno occidental, la cristiandad ha estallado y la Iglesia, lejos de ser un signo claro del evangelio, constituye para muchos el mayor obstáculo para el acceso al cristianismo: un oscuro pasado (inquisición, cruzadas, poder temporal del papado, colonialismo misionero…) y un ambiguo presente (patriarcalismo, machismo, abusos sexuales y económicos, inmovilismo ante temas de la sexualidad y la vida…). La Iglesia de los países occidentales modernos sufre un claro descenso sacramental, envejecimiento, falta de vocaciones ministeriales y religiosas, cisma silencioso de quienes se apartan de la comunidad, juventud al margen. Es una Iglesia en situación de diáspora: la fe cristiana ha sido exculturada, hay agnosticismo e indiferencia religiosa, Dios está en el exilio.

En este contexto de “país de misión”, podemos preguntarnos si la evangelización a los “nuevos paganos” y la misión hacia quienes desean entrar o retornar a la Iglesia, debe seguir el modelo tradicional de comenzar por la Iglesia, su doctrina, sus normas y sus sacramentos, o si más bien debería retomar y actualizar hoy el silencio mesiánico y eclesial.

El secreto mesiánico

El evangelio de Marcos subraya la actitud de Jesús que impone una consigna de prudencia y silencio respecto a su identidad mesiánica, para no ser confundido con otros proyectos mesiánicos nacionalistas y belicistas presentes en Israel (Mc 1,15; 3,12; 1,44; 5,43; 7,36; 8, 26; 8,30; 9,9). Será un centurión pagano quien, al pie de la cruz, proclame que Jesús es verdaderamente Hijo de Dios (Mc 15,39). Esto ha sido llamado silencio o secreto mesiánico.

En Lucas 24,23-35, Jesús no comienza explicando a los discípulos de Emaús las Escrituras, ni realizando la fracción del pan, sino que primero les pregunta de qué discuten y por qué están tristes.

Pablo, al dirigirse al areópago de Atenas, antes de anunciarles que hay un hombre que Dios ha resucitado de entre los muertos y que ha sido constituido juez universal, les dice que ha visto un altar dedicado al Dios desconocido y les cita algunos de sus poetas que dicen de que Dios no está lejos de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17 22-31).

En el catecumenado de la Iglesia primitiva, existía la disciplina del arcano: no se anunciaban los misterios de la fe hasta después de una larga preparación; los catecúmenos solo asistían a la liturgia de la Palabra y después de unos años se les “entregaban” el Credo y el Padre nuestro; en algunas Iglesias existían las llamadas catequesis mistagógicas que iniciaban al misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado solo después de que en la vigilia pascual los fieles hubieran recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, porque creían que hay verdades que solo se pueden entender después haber sido experimentadas.

La historia de salvación incluye un largo proceso, hay un Antiguo o Primer Testamento antes del Nuevo Testamento. El Hijo del Padre no se encarna el primer día de la creación, pues Dios debía acostumbrarse a la humanidad y la humanidad acostumbrarse a Dios (Ireneo).

No se trata de proponer un silencio vergonzante, sino de un silencio pastoral que, en lugar del orden dogmático y descendente del Credo: “Padre, Hijo y Espíritu”, recorra un camino ascendente: “Espíritu, Jesús y Padre”. Nadie puede decir Jesús es el Señor, si no está movido por el Espíritu (1 Cor 12,3).

Prioridad pastoral del Espíritu

Este silencio pastoral mesiánico y eclesial frente a una prioridad del Espíritu, se fundamenta en la teología del Espíritu: junto al Dos creador del cielo y la tierra (Gn 1,1), está el Espíritu dando vida en medio del caos primigenio (Gn 1,2); el Espíritu prepara la venida de Jesús en el Pueblo de Dios: suscita jueces y profetas, llama a Juan Bautista para preparar los caminos del Señor; el Espíritu acontece en la encarnación de Jesús, cubriendo con su sombra el seno de María (Lc 1,35); unge a Jesús en su bautismo, mientras una voz del cielo lo proclama Hijo del Padre. El Espíritu acompaña toda la vida de Jesús (tentaciones, predicación, milagros, elección de los discípulos, oración) hasta su pasión y su muerte. Es el Espíritu quien le resucita de entre los muertos (Rm 8,11) y el Espíritu constituye el gran el don pascual del Resucitado (Jn 20,22); en Pentecostés el Espíritu desciende sobre la primera comunidad eclesial (Hch 2,1-47) y se abre al mundo.

El Espíritu está activo en toda la historia de salvación hasta el final de los tiempos, llena la creación, engendra sabiduría, bondad, justicia, belleza, respeto a la creación y a las diferencias, suscita carismas, inspira culturas y religiones, todo lo renueva desde dentro, fomenta justicia y paz (Is 11,1-9). El Espíritu es dinamismo y movimiento, vida plena, no está nunca en huelga: no podemos ser profetas de calamidades.

Sin Espíritu, Dios queda lejos, Cristo se reduce a un personaje del pasado, la Iglesia es una simple institución, la misión se convierte en propaganda. En el Espíritu, Cristo resucitado está aquí, la Iglesia significa la comunidad trinitaria y la misión es un pentecostés (Patriarca Ignacio IV de Antioquía).

Comenzar por el Espíritu significa partir de la realdad personal y social, ayudar a comprender que todo el trabajo que se realiza por la justicia, la verdad, la solidaridad con los últimos, todo lo positivo de las culturas y religiones, es fruto del Espíritu. El Espíritu nos ayuda a abrirnos a la trascendencia, a la religión, a la espiritualidad, al Misterio último que da sentido a la vida y a la muerte. Algo de esto ha sucedido en la actual pandemia.

El cristiano del siglo XXI o será místico, o no será cristiano (Karl Rahner)

Solo en este contexto de apertura a la experiencia del Espíritu se puede anunciar al mundo de hoy el Misterio de Jesús, el Hijo de Dios, muerto y resucitado; solo después de una iniciación vivencial al misterio de Jesús, podemos abrirnos a la Iglesia como comunidad de Jesús, santa y pecadora, que bajo la fuerza del Espíritu da testimonio de Jesús al mundo, es hogar de la Palabra y de los sacramentos, una comunidad que comunica la vida plena, colabora al Reino de Dios y promueve un mundo más humano y justo, respetuoso de la naturaleza (Laudato sí), donde todos podamos vivir como hermanos, hijos e hijas del Padre (Fratelli tutti).

Estamos en tiempo de adviento, un tiempo en el que Espíritu del Señor, lentamente y desde abajo, nos conduce a Cristo y al misterio de Dios Padre y nos dispone a abrirnos al misterio de la Iglesia, una comunidad que es imagen de la Trinidad y que, aun en medio de la noche oscura, vive un permanente Pentecostés.

[Imagen de Holger Schué en Pixabay]

«Yo solo venía a buscarme la vida»

Hace unos días se publicaba en elDiario.es la noticia de la detención de una joven española -María- al entrar en Reino Unido. La causa era que se encontraba en una situación administrativa irregular: llegaba para buscar trabajo, sin contrato y sin visado. El titular del artículo decía: «La española detenida al entrar en Reino Unido tras el Brexit: «Venía a buscarme la vida y se me ha tratado como a una delincuente»»[1].

Tuve que leer un par de veces el artículo para ver lo excepcional del caso: «Ah, claro, me dije, María es española, es decir, europea». Ahí estaba la excepcionalidad en que la joven procedía de un país de la Unión Europea. Esta joven y hasta otros treinta viajeros procedentes de Alemania, Italia o Grecia, entre otros países, han sido detenidos y retenidos en algún Centro de Internamiento para Extranjeros desde que el Reino Unido dejó la Unión Europea.

Y, aunque es una situación nueva, originada por la nueva situación política del Reino Unido, yo solo veo la excepcionalidad de la noticia en dos puntos:

El primero es que se trata de una ciudadana europea. ¿Por qué? Es fácil de responder: porque esta situación se repite constantemente para otros extranjeros que llegan al territorio español, para «buscarse la vida» exactamente igual que la joven que nos da su testimonio. Un testimonio que me remite a Karim que llegó a España para «buscarse la vida» desde Guinea, o a Abdou, que llegó a España para «buscarse la vida» desde Camerún, o a tantos y tantas que llegan con la misma finalidad: «buscarse la vida». Y sí, también la entiendo a la perfección cuando habla de sentirse tratada como una delincuente, del miedo, del no saber qué está pasando, de la imposibilidad de comunicarse con sus familiares, de la falta absoluta de información, de que te encierren en algo que es como una cárcel sin haber hecho nada… Por supuesto, ¿cómo no la voy a entender si los dos últimos años he visitado una vez por semana a Karim, a Abdou y a tantos otros internos en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca de Barcelona? Es el mismo relato de miedo, de indefensión y de injusticia; sí, el mismo, pero en el caso de Karim o de Abdou se agrava porque vienen huyendo de la miseria y hasta de la guerra, porque además en el destino no tienen a nadie que les informe o que vele por ellos y porque en el Centro de Internamiento de Barcelona las condiciones son incluso peores que en una prisión, aun en las épocas en que no vivíamos en pandemia.

He de reconocer que este relato, que para mí es familiar por las visitas de acompañamiento realizadas a los internos en el Centro de la Zona Franca, quizá pueda ayudar a algunas personas a entender cómo se sienten las personas en proceso de migración que son encerradas por la misma razón que María. Este relato de miedo, indefensión e injusticia explicado por alguien más o menos cercano nos hace empatizar con ella, tanto con la injusticia cometida como con el torbellino de miedo que debió sentir durante aquellas horas.

En segundo lugar, la excepcionalidad más significativa de la noticia, está en el sentimiento de la joven de ser «tratada como una delincuente». Para ser exacta, no en el sentimiento en sí, sino en que una española, una persona como yo, ha sido tratada como una delincuente por el simple hecho de estar en situación irregular, es decir, sin los papeles y/o condiciones que el Reino Unido exige para aquellos viajeros cuya finalidad es establecerse en el país más allá de la motivación de un viaje turístico. Y aquí es, en realidad, donde me gustaría incidir. María se sintió tratada como una delincuente. Y es así, porque la privación de libertad se entiende como una pena que responde a un proceso penal y no a un proceso administrativo. A uno no le llevan a la cárcel por aparcar en doble fila, o  por olvidarse de renovar el DNI. (Hay que recalcar que entrar en España sin los papeles exigibles no es delito, sino falta administrativa). Pero esta es la realidad de miles de personas que llegan a España y que son tratadas como delincuentes. Lo que en el caso de María se puede llegar a ver como «medidas desproporcionadas» por el simple hecho de ser ciudadana europea, en muchos otros lo vemos como justificado porque en el imaginario colectivo, subsaharianos, norteafricanos o latinoamericanos -por citar los orígenes más comunes de las personas migrantes que llegan a España- son calificados en mayor o menor medida como delincuentes, o como potenciales delincuentes.

¿Por qué empatizamos con el relato de María, pero lo justificamos con tantas otras personas como Karim o Abdou? ¿Por qué no damos legitimidad a todas aquellas personas que vienen a «buscarse la vida»? ¿Por qué seguimos prejuzgando negativamente al que viene de fuera?

La respuesta es dolorosa, pero no por ello debe ser ignorada: la xenofobia y el racismo siguen estando vivas en nuestra forma de pensar y nuestras expresiones cotidianas y, lo que es aún peor, en nuestra mirada sobre las otras personas. Volviendo a leer el artículo, propongo el ejercicio de sustituir el nombre María y su país de origen, por otros tales, como Ahmed, procedente de Argelia; Aziz, procedente de Marruecos; Karim, procedente de Guinea; y así un largo etcétera de personas que llegan a nuestro territorio.

Es cierto que los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) son mayoritariamente desconocidos, o ignorados, por la opinión pública. Tampoco es menos cierto que algunas de las personas que conocen estos centros, los justifican diciendo que las personas migrantes no deben estar aquí y que merecen ser privadas de libertad. Pero esto no justifica que ignoremos que en España, solo en el 2019, se produjeron más de 11.000 repatriaciones forzosas y, aunque en el  2020 fueron muchas menos debido a las limitaciones impuestas por la Covid19, es un número que se ha venido incrementado geométricamente desde el 2014.

Durante estos dos últimos años he escuchado muchas veces las mismas frases de María: «Te ves en una situación de desesperación, de «no sé realmente por qué estoy aquí, porque yo solo cometí un error»» o «Yo venía aquí a buscarme la vida y se me ha tratado como una delincuente». Las hemos escuchado todas las personas que visitamos internos tanto en el Centro de Internamiento de la Zona Franca como en los otros que existen en España, con el mismo sentimiento de impotencia ante un mantra inacabable y que se repite en cada uno de ellos.

¿Por qué la historia de María es, pues, diferente? ¿Por qué es noticia? Pues porque se trata de una ciudadana europea y que, por tanto ésta no puede ser considerada más que una persona inocente «que iba a buscarse la vida», mientras que los miles de subsaharianos y magrebíes que mueren en nuestras costas no pueden ser más que potenciales delincuentes aunque también solo vengan a «buscarse la vida».

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[1] ElDiario.es (14/05/2021): https://www.eldiario.es/desalambre/espanola-detenida-entrar-reino-unido-brexit-venia-buscarme-vida-tratado-delincuente_128_7935189.html

[Imagen de Carabo Spain en Pixabay]

De Rerum Novarum a Fratelli tutti. 130 años de magisterio social

El 15 de mayo de 1891 fue publicada por el papa León XIII, la encíclica Rerum novarum, y con ello inicia el magisterio pontificio en materia social que tiene una larga tradición y que más recientemente el papa Francisco ha contribuido con su encíclica sobre la fraternidad universal.

El papa León XIII denuncia la situación injusta e inhumana que vivían los obreros en los años inmediatos de la Revolución Industrial. El papa se pronuncia en favor de la clase trabajadora y sus derechos. Novedosamente plantea el derecho a la libre asociación y formación de sindicatos, el establecimiento de una jornada de labores digna y critica la injusta contratación que era aprovechada por los dueños de los centros de trabajo, entre otros reclamos.

Se trata de un pronunciamiento oficial de la Iglesia, tan profético como innovador. En él critica al sistema político y económico del liberalismo por su afán de incrementar las ganancias aprovechándose de la necesidad de muchas personas para encontrar trabajo dando salarios muy bajos y pésimas condiciones de higiene en las fábricas. Rerum Novarum también criticó al sistema estatista del socialismo ya que no respetaba la libertad de las personas.

Lo que debemos a León XIII en la teología es el inicio de lo que hoy llamamos doctrina social de la Iglesia y que es el fruto del desarrollo de su método y principios propios. Hay, además, una línea de continuidad al defender el respeto a los derechos de la persona y su dignidad desde Rerum novarum hasta Fratelli tutti. Todos los papas han elaborado magisterio social como respuesta a las situaciones que enfrentaba la historia en su momento.

Destaco tres encíclicas que han influido en la historia de la humanidad de modo determinante, sin negar la importancia de los demás documentos: Rerum Novarum (1891) de León XIII, dado que los derechos de los trabajadores fueron incluidos en los diversos sistemas jurídicos y fomentó una cultura de los derechos laborales; Pacem in terris (1961), de Juan XXIII, y la influencia y trabajo diplomático del propio papa en la Crisis de los misiles en plena Guerra fría motivando a la paz entre las dos potencia en pugna; y la enorme aportación de Laudato Si’ (2015) del papa Francisco y su determinante influencia en la COP21 de París con el fin de la reducción de uso de combustibles fósiles para reducir el calentamiento global y retrasar los efectos del cambio climático.

Hoy más que nunca esta postura crítica de la Iglesia, que constituye el magisterio social, se hace necesaria dado los niveles de injusticia social y descarte que incluye a los pobres entre los que se encuentra la hermana-madre Tierra. En la actual situación del mundo que el papa Francisco ha definido como un mundo en tinieblas (Fratelli tutti), marcado por patologías que van en aumento y generan desigualdad, pobreza, exclusión y descarte (Evangelii Gaudium).

Esta labor profética está marcada por la reconciliación y la esperanza. La globalización de la indiferencia y los males sociales no son la última palabra ni están determinados como fatalidad. La tarea de la doctrina social de la Iglesia es dotar de esperanza y estrategias para construir condiciones de vida digna, que atiendan al bien común.

En este sentido la doctrina social de la Iglesia es una forma de interpretar la Palabra de Dios y actualizarla en la vida social, económica, ecológica y política; es una forma de interpelarnos todos para tener condiciones de vida digna sin exclusiones poniendo en el centro las periferias o, como ha establecido el magisterio latinoamericano, la opción preferencial por los pobres.

[Imagen extraída de Wikipedia]

El 15M y el papa Francisco (II): confluencias

Quito, Ecuador. 5 de julio de 2015. Llegada del Santo Padre, Papa Francisco a Quito, Ecuador. En su arribo al Aeropuerto Mariscal Sucre lo recibe el presidente de la república, Rafael Correa. Carlos Pozo / Cancillería Ecuador

Diez años después del 15M, uno no puede sino constatar la sensación de fracaso en los intentos de vehicular política e institucionalmente aquella energía social que se generó durante la primavera del 2011. En paralelo también, el carácter rupturista y subversivo de algunos de los discursos papales, con un intento claro de contribuir a la transformación desde abajo, se han ido diluyendo. La exhortación directa a la misma base eclesial a salir de sus problemas y a sumarse junto a los movimientos sociales a la tarea de transformar las realidades de sufrimiento, han acabado siendo domesticadas por los espacios intermedios de poder (curias, dicasterios, sínodos, obispos…), demasiado fuertes incluso para un papa. De este modo lo que tenía en su seno un gran potencial subversivo acababa convirtiéndose en una cita homilética, en un párrafo suelto de una hoja parroquial o como mucho en una nueva iniciativa asistencial. El mismo papa en la Fratelli Tutti (en el capítulo 5) reconoce implícitamente el fracaso saliendo en defensa propia ante las acusaciones de populismo, distinguiendo entre el populismo insano que usa la masa para su poder de aquel populismo responsable que se pone al servicio del bien común. Lo que tenía que ser una confluencia de energía transformadora, parece haberse convertido, diez años después, en una confluencia de fracasos y resentimientos. ¿Qué hacer a partir de ahora?

En estos casos parece necesario volver a los fundamentos y ver que es necesario rescatar. Y en lo que se refiere al intento del papa por implicar a la Iglesia en una transformación política desde abajo vería como cuatro dimensiones básicas:

1. La fundamentación de la acción en la tradición teológica que sitúa a Cristo en el lugar del excluido del sistema, en la base de la pirámide, en el lugar del pobre, y descubrir ese lugar, como lugar epistemológico y político de liberación. Esto afecta a la totalidad de la iglesia y no solo a su acción social. Esta acción no puede estar desligada de este fundamento. Situando a Cristo en la base de la pirámide, lo situamos al lado del que sufre (del inmigrante encerrado en el CIE, de la familia desahuciada de su hogar, del que duerme en la calle, del que es perseguido debido a su orientación sexual….) y ese Cristo debería ser central en toda la dimensión pastoral e incluso litúrgica que realiza la iglesia.  En palabras de Javier Vitoria, «los pobres, las víctimas de la injusticia, no son simples destinatarios del amor de Dios y la caridad de la Iglesia sino sus compañeros»[1] o, en palabras de J. I. González Faus, «los pobres son los vicarios de Cristo»[2].

2. Es necesario que la Iglesia y las comunidades cristianas recuperen el contacto y la experiencia directa de aquellas realidades que hoy son motivo de escándalo e indignación. Y que si no lo son es porqué las ignoramos o permanecemos ajenas a ellas. Esto toca de lleno al modo de vivir. Dónde vivimos, con quién nos relacionamos, qué opciones vitales tomamos… Igual que no podemos delegar en los políticos nuestra responsabilidad, no podemos delegar tampoco en nuestras instituciones caritativas nuestra fraternidad. Son demasiadas las personas que se ven privadas también en nuestras sociedades ricas y opulentas de lo más básico (vivienda, trabajo, alimentación…) y su existencia, lejos de disminuir en número, parece aumentar a medida que aumentan la desigualdad y la indiferencia. Tampoco la acción pastoral, catequética, litúrgica, teológica… debería hacerse al margen de estas realidades, como si se trataran de superestructuras ajenas.

3. El 15M puede recordar a la Iglesia la necesidad de profundizar en el concepto de Pueblo de Dios puesto en valor por el Concilio Vaticano II y que, sin embargo, no ha logrado sustituir la visión piramidal y jerárquica de la organización. El concepto de Pueblo, asociado al ser signo y sacramento de fraternidad y salvación para el mundo, son elementos que hacen excéntrica a la Iglesia. De nuevo en palabras de Javier Vitoria, «la Iglesia causa la salvación en la medida que anima y promueve todos los esfuerzos humanos que sirven al desarrollo de la justicia, la fraternidad y la paz en las relaciones humanas»[3].

4. Y finalmente, participar, buscar y construir alianzas con aquellos movimientos sociales que a nivel local han asumido las causas de los pobres ya sea por convicción, ya sea por necesidad vivida en propia piel y a través de la autoorganización. Demasiadas veces buscamos refugio a la hora de comprometernos en nuestras propias organizaciones, muchas de ellas ejemplares y eficaces, pero que nos preservan de compromisos más horizontales y, valga la redundancia, mucho más comprometidos o arriesgados. Del 15M perviven movimientos que surgieron precisamente de esta necesidad autoorganizada, y aunque la hay, cuesta encontrar en ellos una implicación más fuerte y clara de las iglesias y comunidades locales.

Al igual que a nivel eclesial hay tareas pendientes, también el mismo movimiento 15M y sus derivaciones políticas, tienen las suyas. También en relación a reconocer en la Iglesia y cristianos comprometidos una fuerza que ha sostenido y apoyado estos movimientos desde el principio. Duele a veces, al ver el reconocimiento y la admiración unánime que ha despertado la reciente muerte de Arcadi Oliveres, que se esconda la motivación cristiana y evangélica de su compromiso, como si se tratara de algo vergonzante o que no tuviera nada que ver. Conviene al 15M y a muchos movimientos de transformación social reconocer que hay en la fundamentación religiosa, y concretamente en la cristiana, un elemento sólido para el compromiso a largo plazo que no se puede desaprovechar por prejuicios ideológicos.

Ojalá la efeméride sirviera para una confluencia real y esperanzada. La Iglesia necesita descentrarse, y en todo caso recentrarse en el Cristo de la base de la pirámide, y así salir de los caparazones doctrinarios para reencontrarse con la realidad. El 15M necesita salir también de sus propios bucles dogmáticos impregnados, a veces, de superioridad moral y de desprecio a la tradición, para escuchar más y compartir más la causa de los necesitados. Decía Arcadi que estábamos «obligados a tener esperanza», no sé si yo me atrevería a tanto, pero a lo que sí estamos obligados es a construir existencias con sentido. Para todo ello el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa Francisco también.

[Este artículo resume en parte la conferencia que pronuncié dentro del ciclo «Conozcamos la Fratelli Tutti» coorganizada por el Centro Loyola y la Diócesis de San Sebastián. La intervención completa a continuación].

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[1] Vitoria, F.J. Una teología arrodillada e indignada. Santander: Sal Terrae i Cristianisme i Justícia, p. 178.

[2] González Faus, J. I. Los pobres vicarios de Cristo. Barcelona: Cristianisme i Justícia.

[3] Id. Javier Vitoria, p. 165.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

El 15M y el papa Francisco (I): una política desde abajo

Ahora que se acerca la efeméride del movimiento social que se produjo el 15 de mayo del 2011, más popularmente conocido como 15M, he pensado que sería interesante enlazar la memoria de esa fecha con algunos de los posicionamientos públicos expresados durante estos años por el papa Francisco. Hay dos elementos, uno temporal y el otro geográfico, que pueden ayudar a conectarlos. El primero, temporal, es el hecho de que el papa es nombrado en 2013, por tanto, con los ecos recientes de una serie de movilizaciones que se produjeron en diversos lugares sobre todo durante los años 2010-2011: la primavera árabe en el Magreb, Occupy Wall Street (en Estados Unidos), o el 15M en España entre otros. La crisis financiera de 2008 trajo una larga resaca y provocó protestas con un marcado carácter revolucionario y anticapitalista. Y el otro elemento, geográfico, el hecho que Bergoglio al ser nombrado papa se definió como venido del «fin del mundo», del Sur y por tanto con una experiencia muy viva sobre los efectos que determinadas políticas y culturas económicas neoliberales habían tenido sobre países como el suyo. Estos dos elementos confluyeron en un momento donde las movilizaciones abrieron un horizonte de esperanza y de cambio que después no llegaron a materializarse o que incluso generaron una reacción autoritaria y neoconservadora muy importante.

Hablar de un papa que apuesta por una perspectiva política desde abajo, puede llegar a parecer una paradoja. El papa en su dimensión política representa el verticalismo extremo. No en vano, hoy por hoy, el Estado Vaticano sigue siendo una (la única) «monarquía absoluta, electiva y teocrática”, y el papa está en el vértice de esta estructura de poder en calidad de jefe de Estado. Añade además a esta condición, la de cabeza de una Iglesia también vertical y jerárquica.  Esto no ha cambiado con Francisco y no se espera, de momento, que cambie. No obstante, y a pesar ello, en la manera de expresarse y en su mensaje sí que el papa ha adoptado siempre una perspectiva que aspira a romper con su posición de poder para convertirse en un líder social y religioso, en parte carismático, que busca conectar con los movimientos que se producen en la base del sistema o incluso fuera del sistema.

Su pontificado está plagado de momentos en que esto se ha evidenciado: gestos, discursos, encíclicas… Quizás haya dos momentos, muy al principio de su pontificado, donde lo formuló de una manera más clara. El discurso en Roma el 28 octubre del 2014, y el que realizó en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) el 9 de julio del 2015, durante el II encuentro mundial de los movimientos populares.

En Roma se habían reunido movimientos sociales alrededor de tres temas que el papa hizo suyos -tierra, techo y trabajo- y a los cuales añadió de su propia mano una reflexión sobre la paz y la ecología. No entraré en el detalle de sus reflexiones, pero si en el fondo de su visión que le hace exclamar en un momento determinado del discurso:

“Los movimientos populares expresan la necesidad de revitalizar nuestras democracias, tantas veces secuestradas por innumerables factores. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal. La perspectiva de un mundo de paz y justicia duraderas nos reclama superar el asistencialismo paternalista, nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con este torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”.

Este fragmento, enlaza con multitud de mensajes y pancartas que se pudieron ver en plazas y calles durante el mes de mayo del 2011. En contraste con la visión de la democracia representativa, formal y liberal-burguesa, la visión y el mensaje político de Francisco conecta inesperadamente con las bases y los perdederos de la historia a los que anima a autoorganizarse y a luchar más allá de las estructuras que configuran nuestra organización social. Su crítica que se extiende incluso a las ONGs cuando denuncia la “domesticación” de los pobres y sus causas, son ciertamente novedosas dentro de los planteamientos tradicionales de la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho algunos autores como el teólogo brasileño Fabio Regio publicaron artículos[1] en los que destacaban el carácter rupturista del papa Francisco en contraste con las posiciones «reformistas» defendidas tradicionalmente por los pontífices en sus encíclicas sociales. Seguramente una afirmación así es demasiado atrevida, pues a la hora de las concreciones Francisco remite continuamente a sus predecesores, pero sí que es novedosa la centralidad que da a la participación política desde la base, a que ese compromiso se dirija a atacar las causas de la injusticia, aunque ello suponga una subversión del sistema, o a la hora de criminalizar el “estado actual de las cosas” calificándolo directamente de “amenaza a la humanidad”.

Meses después, en Bolivia, y de nuevo en un encuentro mundial de movimientos sociales, los exhortó a seguir con ese trabajo de transformación desde la realidad concreta, desde las necesidades concretas: “Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día…. ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino de las personas”.

Imposible no escuchar en estas palabras, citadas recientemente en la encíclica Fratelli Tutti  los ecos de las reivindicaciones presentes ahora hace 10 años en nuestras calles y plazas. Imposible no conectar esta perspectiva desde abajo y desde lo cercano, con aquello que allí se promulgaba.

Diez años después la materialización política de aquellos movimientos no deja de cosechar derrotas, inmersos en contradiccciones, cismas, egos e incapacidades. Diez años después el papa también se ha visto en cierta manera incapaz, pese a su condición de «monarca absoluto» o quizás por esa misma condición, de impregnar la estructura eclesial de esa llamada a la solidaridad desde abajo, a esa visión política que pone al excluido en el centro de las prioridades. Ciertamente han surgido en la iglesia no pocas iniciativas y algunas muy interesantes, pero la acción y pensamiento mayoritario sigue tocado por un sesgo asistencialista que dificulta una auténtica opción transformadora.

Diez años después quedan los brotes que han protagonizado algunos movimientos autoorganizados y que luchan por escapar a las dinámicas de descarte a las cuales les somete el sistema.  La Iglesia y los cristianos deberíamos estar más atentos a estos movimientos, trabajar codo con codo con ellos, ser capaces de generar otros si hace falta, si no queremos que esta democracia anémica que tenemos se nos acabe deshaciendo entre las manos. A pesar de todo el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa también…

(Continuará…)

[Este artículo resume en parte la ponencia que tuve en el ciclo “Conozcamos la Fratelli Tutti” coorganizada por el Centro Loyola y la Diócesis de San Sebastián. Tenéis la ponencia completa a continuación]

***

[1] Fabio Regio Bento ‘Adeus Reformisno. Papa Francisco e a doutrina social da Igreja’, Perspectiva Teológica, v. 50, n. 3 (2018) 509-23.  La revista Selecciones de Teologia que publica Cristianisme i Justícia  lo tradujo y condensó en su número 232 de julio-septiembre de 2019, p 267-276

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Me duele Colombia

«Me ahogo, me ahogo, me ahogo en este albañal
y me duele España en el cogollo del corazón».

(De una carta de Miguel de Unamuno a un profesor universitario español residente en Buenos Aires)

Al igual que el gran filósofo vasco, me duele Colombia, mi patria. Escribo estas páginas desde la distancia geográfica que acrecienta el dolor, desde el respeto que me merecen las víctimas que están dejando las actuales movilizaciones ciudadanas y desde el reconocimiento al trabajo de las personas que se están dejando la piel en la consecución de la paz social.

Colombia, uno de los países con mayor potencial de América Latina, vuelve a ser noticia de relevancia internacional por la situación generada como consecuencia del paro nacional convocado el pasado 28 de abril para protestar y exigir la derogatoria de la reforma fiscal presentada por el gobierno del presidente Iván Duque.

Una semana después, aunque el gobierno retiró el proyecto de la reforma fiscal, sigue habiendo manifestaciones en varias ciudades del país con los nefastos resultados que por la prensa vamos conociendo: más de 30 personas muertas en enfrentamientos con la fuerza pública, cerca de 800 personas heridas, daños cuantiosos en la infraestructura urbana y en el sistema de transporte masivo de ciudades como Cali y Bogotá, desabastecimiento de los mercados y encarecimiento de los productos básicos ocasionados por los cortes de las carreteras principales y, sobre todo, la desconfianza, el temor y la crispación que se van adueñando del alma de los colombianos que ya no resisten más.

La gota que rebosó la copa…

El paro nacional del pasado 28 de abril es la punta de un iceberg o la gota que rebosó la copa. Son ya tantas páginas de dolor y frustración las que va acumulando el pueblo colombiano que la reforma tributaria del presidente Duque fue solo un pretexto para decir “no más”.

En importantes sectores de la población se percibe una creciente frustración por el curso que ha tomado el proceso de paz con la guerrilla de las FARC. Del entusiasmo y la ilusión por ver el final de más de 60 años de enfrentamientos fratricidas, se ha pasado al estupor al ver cómo los índices de violencia no descienden y, por el contrario, aumentan sobre ciudades y campos los asesinatos de líderes sociales y de antiguos combatientes de la guerrilla.

La polarización política ha dividido familias, pueblos y comunidades. El discurso del odio y la confrontación no es inocuo. Sus palabras, lejos de llamar al diálogo y a la reconciliación, incendian y favorecen el clima de violencia que vemos con preocupación en las notas de prensa y a través de las redes sociales. Líderes políticos de uno y otro lado están detrás de este clima de crispación y, más temprano que tarde, habrán de reconocer su parte en lo que está sucediendo y ofrecer caminos alternativos de solución a los problemas acuciantes de la ciudadanía.

La pandemia ocasionada por la COVID-19 no puede dejarse al margen en este sucinto análisis pues ésta ha dejado en evidencia las enormes grietas que tiene el sistema de organización social de Colombia y de no pocos países más. Las personas fallecidas, el colapso de los servicios de salud en algunas ciudades del país, el abandono sistemático de las personas vulnerables y la falta de oportunidades para el acceso a una vida digna son solo unos cuantos indicadores de que la “normalidad” no era tan normal.

La lectura de algunos indicadores sociales puede ser útil a la hora de comprender las motivaciones para que los colombianos sigan expresando su malestar. En enero la tasa de paro ascendía al 17,3%, un 4,3% más que en diciembre de 2020.

Pero ahí no queda esta cifra. La informalidad en el país, de acuerdo con el último informe de Departamento Nacional de Estadísticas (DANE), el sistema estadístico del país latinoamericano, es del 49,2% y en marzo el desempleo ascendió al 14,2% (1,6 puntos porcentuales más comparado con el mismo mes del año pasado). Este es un indicador preocupante pues detrás de las cifras hay cientos de familias que no tienen para cubrir sus necesidades básicas.

Los indicadores de pobreza son, desafortunadamente, más dolorosos. Como resultado de la pandemia, se prevé un aumento de la pobreza de hasta el 42,5% y, de esa cifra, un 15,1% en situación de pobreza extrema. ¿Podemos imaginar que una familia pueda vivir con menos de 2€ por día?

El paro

Colombia necesita una reforma fiscal, eso no lo pongo en duda, pero no cualquier reforma y no en cualquier momento. Desde hace varios años las sucesivas reformas fiscales han dejado heridas las cuentas del Estado. Para nadie es desconocido que la reforma de 2019, que redujo las aportaciones de las grandes empresas, ha dejado en la quiebra al país lo cual ha implicado una disminución notable en la aportación presupuestal a las políticas sociales y de inclusión. Con el Estado al borde del colapso financiero, así lo expresaban los ministros del ramo poco antes del paro, el pueblo no ha visto muestras de austeridad y contención del gasto del gobierno. No han sido pocas las voces que se han levantado ante el excesivo gasto del ejecutivo y ante algunas compras previstas justo en este momento de crisis: ¿Hacen falta aviones de combate de última generación? ¿Hacen falta tantos coches blindados para los funcionaros del Estado? ¿Hace falta invertir tanto dinero en al mantenimiento de la imagen del presidente?

Con este escenario de fondo el gobierno envía a trámite parlamentario una reforma que gravaba con dureza a las personas de clase media. Dice un político colombiano que esta reforma gravaba los alimentos de los que tienen difícil acceso a ellos y los salarios de los que aún tienen trabajo. El malestar ciudadano es evidente y conduce a la convocatoria del paro del 28 de abril. Ciertamente la propuesta de reforma no pudo venir en un momento más inoportuno.

La jornada, en principio planteada como una propuesta pacífica y dentro del marco constitucional del derecho a la protesta, muy pronto cambia su deriva hacia la violencia, el vandalismo y la muerte.

La fuerza pública arremete contra los manifestantes en un exceso policial que ya ha sido denunciado por la Delegada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y otras instituciones y Estados. Han sido particularmente dolorosos los hechos acaecidos en Cali, Bogotá y Pereira.

Pero también algunos manifestantes, quizá azuzados por personas cuya intención es sembrar el caos y la anarquía, han recurrido al vandalismo y la barbarie que aparta de su voz la legítima protesta y sus justos reclamos. Esto, con el saldo de vidas humanas perdidas que ya hemos apuntado.

Me parece injustificable el uso de la fuerza ante personas inermes, no obstante, y con la misma radicalidad, repudio a quienes, muy probablemente, desde intereses ajenos a las marchas, han incitado a los manifestantes a la violencia. Yo ejercí el ministerio sacerdotal en La Aurora, el barrio en el que unos manifestantes prenden fuego a un centro de atención de la policía con los uniformados dentro y, podría afirmar, que no me imagino a los jóvenes que conocí allá llevando a cabo un acto tan violento y falto de humanidad y consideración.

Ya va una semana de paro. Al parecer la cordura va ganando algunos puntos, pero aún es necesario desarmar los espíritus y seguir llamando a los actores políticos a la mesa del diálogo y la reconciliación. El recurso a la violencia no conduce sino a más violencia, más dolor y, en las actuales circunstancias, a debilitar la ya frágil economía del país.

Dice la letra del himno nacional de Colombia: “Cesó la horrible noche”. Pueda ser que Colombia, este pujante país de América Latina, resurja de las cenizas y ocupe el lugar que sus gentes se merecen y la historia le ha de dar.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Laicidad liberticida

La laicidad en Francia -aprobada en 1905- ha sido comprendida y vivida, desde la finalización de la primera guerra mundial, como “de libertad”: de culto, de asociación, de enseñanza y, por supuesto, de opinión. Sin embargo, su vigesimocuarta revisión legislativa está siendo percibida por los responsables religiosos católicos, protestantes y ortodoxos como “liberticida” o, cuando menos, promotora “de la sospecha”. Es lo que han sostenido, de manera inusualmente crítica, hace unas pocas semanas, el presidente de los obispos franceses, Éric de Moulins-Beaufor, junto con François Clavairoly, presidente de la Federación protestante de Francia y Emmanuel Adamakis, Metropolitano del patriarcado ecuménico en Francia.

Curiosamente, es una crítica con la que sintonizan, entre otros, Pierre Ouzoulias, senador comunista. Para este político, la reforma -retomada en el Senado tras su aprobación en la Asamblea Nacional- atenta contra “la conquista más bella de la revolución francesa y de la ley de 1905”: la libertad de conciencia. Por eso, no es solo un atentado contra los ciudadanos de confesión católica, además de musulmana, sino también contra todos los franceses; y, con ellos, contra él mismo. Antes de esta crítica, se han podido escuchar otras parecidas en los debates parlamentarios habidos en la Asamblea nacional. Así, por ejemplo, para Jean Luc Mélenchon, de La Francia Insumisa (LFI), se confunde el islam con el islamismo, estigmatizando a la población musulmana. Para el grupo socialista, es una “ley parlanchina” y “ayuna de coherencia”. Y, otro tanto, para los Republicanos (LR).

En el origen de esta nueva reforma se encuentra el asesinato y decapitación del profesor Samuel Paty (octubre de 2020) por mostrar a sus alumnos las caricaturas de Charlie Hebdo sobre Mahoma y el discurso del presidente Emmanuel Macron contra el “separatismo islamista”: “continuaremos en el combate por la libertad”. “Defenderemos la libertad que enseñabas tan bien y la laicidad. No renunciaremos a las caricaturas, a los dibujos, aunque otros reculen”. Desde entonces, han sido dos las iniciativas de fondo promovidas por el gobierno francés: urgir a las diferentes organizaciones musulmanas a adherirse a los valores republicanos (para atajar dicho “separatismo islamista”) mediante la firma de la correspondiente Carta, así como reformar, de nuevo, la ley de la laicidad.

Como es sabido, desde que se proclamara en el año 1905 que la república francesa “asegura la libertad de conciencia y garantiza el libre ejercicio del culto”, a la vez que “no reconoce, ni paga ni subvenciona culto alguno…” se han dado dos aplicaciones e interpretaciones de dichos principios: una, catalogada como “beligerante”, “integral”, “estricta”, “exigente”, “normal” o “a la antigua” y “excluyente” y, otra, calificada como “positiva”, “moderna” o “cooperadora” e “incluyente”. La primera, marcadamente anticlerical, restrictiva y excluyente, fue la que se impuso hasta el final de la guerra mundial de 1914-1918. La segunda, ensayada a partir de ese momento, entiende que la responsabilidad del Estado consiste en garantizar la libertad de todos los ciudadanos, facilitar el diálogo y el acuerdo, cuidar la neutralidad y no intervenir (la no injerencia) en los asuntos internos de las diferentes religiones y cosmovisiones.

Sería esta última concepción y ejercicio de la laicidad la que estaría siendo gravemente comprometida. Lo evidenciaría la presión para que los franceses de las diferentes organizaciones de confesión musulmana se adhieran a la “Carta de los principios del Islam de Francia”; una iniciativa que, de momento, solo ha servido para separarlos y enfrentarlos más, entrando, por ello, en vía muerta. E, igualmente, lo evidenciaría la crítica de los representantes de los cristianos y de algunas fuerzas políticas (también de la izquierda) a las que me he referido más arriba: a la vez que se reforma la ley de 1905, se está modificando el espíritu “creativo”, “cordial” y “abierto” que ha imperado en las diferentes reformas aprobadas hasta el presente.

Sin embargo, es una crítica contundente que no impide que creyentes y políticos reconozcan la necesidad y urgencia de combatir los matrimonios forzosos, las mutilaciones sexuales, la apología del odio y todo tipo de discriminación. Pero que tampoco les incapacita para recordar que la ley de 1905 ya prevé límites, controles y penas. Es suficiente, recuerdan los representantes de las diferentes confesiones cristianas, con reformar tales límites, aplicar los controles oportunos y adaptar las penas al tiempo actual. Si se procediera a una reforma de este calado, concluyen, los poderes públicos tendrían los medios suficientes para reaccionar ante el odio, los movimientos subversivos y contra la injerencia de Estados extranjeros en nuestro país. Y lo podrían hacer sin controlar internamente las diferentes religiones, como así puede suceder a partir de esta reforma.

La respuesta gubernativa no se ha hecho esperar. Le ha correspondido al Ministro del Interior (encargado de las relaciones con los diferentes cultos): la reforma de la ley no es “liberticida”, sino necesaria en un país en el que la libertad de culto ha evolucionado muchísimo, en particular, con la aparición del culto musulmán. No queda más remedio que afrontar el “separatismo identitario” que se oculta en el islamismo que controla las mezquitas extremistas. Como contrapartida, ha señalado, las organizaciones musulmanas que se adhieran a la “Carta de valores de la República” tendrán acceso, entre otros beneficios, a deducciones fiscales o a inmuebles públicos de manera gratuita.

Pero tampoco se ha hecho esperar la réplica: con esta reforma se sigue instalando en el espacio común una policía del pensamiento. “La laicidad, inicialmente concebida como un régimen de protección de las libertades, queda transformada en instrumento de control de conductas y creencias religiosas, en nombre de los ‘valores’ que define el Estado” (Philippe Portier). Y, con ella, la imposición de lo que algunos sociólogos tipifican como religión civil; una cosmovisión que, por cierto, empieza a tener problemas, a diferencia de no hace mucho, para ser recepcionada por la mitad de los jóvenes: según un nuevo sondeo IFOP para Licra, el 52% de los estudiantes se declaran partidarios de que, quien lo desee, pueda llevar signos religiosos ostensibles en los centros de enseñanza públicos, es decir, el doble de la población adulta. Y, por su parte, el 80% de los alumnos de confesión musulmana denuncian que las leyes sobre la laicidad discriminan al islam. Todo un aviso para navegantes.

El debate queda abierto. También entre nosotros; y, en libertad, por supuesto.

[Imagen de Bartłomiej Koc en Pixabay]

Mi(ni)sterio eclesial y mujer

La necesidad de ocuparse del “trumpirato” ha retrasado este comentario a la carta apostólica Spiritus Domini que concede a las mujeres acceso canónico a las antiguas “órdenes menores” de lectorado y acolitado.

  1. Negativos. A primera vista el documento parece decepcionante: se limita a reconocer algo que viene practicándose desde hace tiempo: ¿quién no ha visto a mujeres leer y dar la comunión en mil lugares? Eso confirmaría la opinión de que, a veces, es necesario comenzar a hacer las cosas “ilegalmente” para que un día acaben siendo legales. Lo cual es cierto siempre que seamos suficientemente sensatos y desinteresados al elegir esas transgresiones. Por ejemplo: bastantes presbíteros siguen diciendo hoy que la sangre será derramada “por vosotros y por todos”: no por muchos, como está mandado por una falsa manía lingüística de un anciano venerable (falsa porque apunta solo al texto griego, pero no parece responder al posible arameo subyacente).
  2. Positivos. No obstante, una lectura más atenta del documento sugiere que hay en él algo muy típico del modo de proceder de Francisco, que suelo describir así: él levanta una escalera y luego sube solo un peldaño. O abre una puerta y solo se asoma sin pasar al otro lado. Pero ahí quedan la escalera levantada y la puerta abierta.

En efecto: el documento comienza estableciendo el principio de que el Espíritu “concede a los miembros del pueblo de Dios los dones que permiten a cada uno contribuir, de manera diferente, a la edificación de la Iglesia y al anuncio del evangelio”. Y añade que “hay que profundizar doctrinalmente en este tema para que responda… a las necesidades del pueblo de Dios”.

Efectivamente: las llamadas “órdenes menores” las creó la Iglesia atendiendo a necesidades pastorales. Solo la tríada “obispo–presbítero–diácono” procede del primer cristianismo. Y aun así, Vaticano II (LG 28) corrigió expresamente a Trento que asignaba a esa terna una institución divina.

  1. Tareas pendientes. Pues bien: parece evidente que hoy, las necesidades de construir la Iglesia y anunciar el evangelio apuntan a algo más que el que las mujeres hagan alguna lectura o ayuden a repartir la comunión. En momentos en que la catequesis sale de la escuela (aunque no debería salir la información sobre el hecho religioso y sus concreciones), parece urgente la creación de un ministerio de “catequista”, tan apto para varones como para mujeres con solo que tengan buena preparación. En momentos en que, con el alargamiento de la vida, aumenta la necesidad de cuidados (porque la vida se alarga en cantidad, pero no en calidad), parece conveniente la necesidad de un ministerio de “cuidador” que, caso de ser cristiana la persona asistida, acompañe los cuidados materiales con una ayuda espiritual, que haga más soportable la soledad y la decadencia.

No estaría mal, por eso, que uno de los próximos sínodos se dedicara a estudiar y crear esos nuevos ministerios u “órdenes menores” que la Iglesia necesita hoy, tan accesibles a varones como a mujeres. Llegaríamos así hasta las puertas de la terna antes citada: a una especie de “subdiaconisas”.

Lo de las diaconisas sabemos que está en estudio porque así lo prometió Francisco en una reunión con religiosas. Hasta donde yo sé, es un dato innegable que hubo diaconisas en la iglesia antigua (p. ej: en algunas iglesias eran las que acogían a las mujeres que salían desnudas del agua cuando el bautismo era por inmersión). Lo único a investigar es si ese encargo era considerado como sacramental o no.

  1. “The heart of the matter”. Llegamos así al presbiterado y a la impaciencia de algunas mujeres a las que quisiera dirigirme ahora de la manera más fraternal y cariñosa posible.

Escribí en otro lugar que, personalmente, no veo que haya objeciones al presbiterado de la mujer desde el punto de vista bíblico. De acuerdo con las palabras de Jesús, lo que el Espíritu dice a la Iglesia no es lo que Cristo hizo entonces sino lo que Cristo haría hoy. Es importante recordar las duras palabras de Jesús en Mc 7, y Mt 15: “hipócritas, quebrantáis la voluntad de Dios por acogeros a venerables tradiciones de vuestros mayores”. Añadí, no obstante, que ese paso tropieza hoy con un serio obstáculo ecuménico por la negativa radical de las iglesias ortodoxas. El imperativo de “que todos sean uno” me parece urgente y decisivo para el cristianismo en el mundo de hoy.

Además, este problema solo se planteará bien cuando desparezca todo aspecto de dignidad o poder en la visión del presbiterado. Para empezar, y por obediencia al Nuevo Testamento, no deberíamos llamar sacerdotes a los presbíteros: no hay más que un único sacerdote que es Cristo. También habría que desterrar la expresión “Santo Padre” para el obispo de Roma, porque es profundamente idólatra. No estanos aquí ante dignidades y cargos sino ante servicios y cargas. Y no puede quedar en mera palabrería piadosa la afirmación de Juan Pablo II: el título más apto para el papa es el de “siervo de los siervos de Dios”.

Situadas así las cosas, no puede decirse que la negativa actual del presbiterado a las mujeres es una “opresión”. Quien habla así refleja una mentalidad burguesa que desconoce lo que es realmente la opresión, ofende a los oprimidos de la tierra y parece buscar una dignidad más que una carga. Benedicto XVI dio por resuelto el problema arguyendo que el presbiterado de la mujer “no es voluntad de Dios”. Visto negativamente, ese argumento sugiere la pregunta de cómo estaba Ratzinger tan seguro de que esa es la voluntad divina, cuando infinidad de buenos cristianos creen lo contrario. Mirado positivamente hay que reconocer que Benedicto situó el problema en su verdadero lugar: cuál es la voluntad de Dios en este punto. Y añado que si la Iglesia toda se pone en disposición orante para buscar y cumplir la voluntad de Dios, esta acabará cumpliéndose.

Pasando a pronósticos históricos, tengo la impresión de que si un día llega el presbiterado de la mujer (como espero) no será a corto plazo: el documento de Juan Pablo II en 1994, ata todavía las manos de sus sucesores. Aunque, si son ciertos los rumores vaticanos, hay que agradecer al entonces cardenal Ratzinger que evitase una declaración infalible como pretendía Wojtila.

  1. Un consejo. En esta situación histórica, se me ocurre recomendar a todas las mujeres impacientes, la película Una cuestión de género. Buena película, basada además en un hecho histórico (aunque con algo de western como luego diré). La película obliga a plantearse la pregunta que allí se hace a la protagonista: ¿quieres tu propia victoria, aun a costa de dañar a la larga la causa de las mujeres, o un primer paso que luego constituirá un precedente? Esa es una de las grandes preguntas que suele lanzarnos la historia. No me cansaré de repetir que a una buena causa se le hace más daño cuando se la defiende mal desde dentro que cuando se la ataca desde fuera. Y en el caso de creyentes todavía más: porque pertenece a toda revolución bíblica el que su promotor (Moisés) se queda sin entrar él en la tierra prometida.
  2. N.B. Explico lo antes dicho sobre el esquema western de casi todo el cine americano. Dejando aparte méritos de buena narración, fotografía y demás, los westerns tienen algo de positivo que era plantear la vida como una lucha entre el bien y el mal. Pero suelen tener tres defectos claros: a) siempre está muy claro quiénes son los buenos y quién los malos, sin que haya en ellos mezclas complejas, sino que todo es bueno o todo malo; b) cuando ocurre alguna causalidad negativa (vg. llegar tarde o a tiempo), si es a mitad de película puede afectar al bueno, pero si es al final de la película siempre perjudica al malo; y c) los buenos son además mucho más guapos, mejor vestidos y con imagen mucho más agradable que los malos…

En la vida, por desgracia, no todo es tan claro.

[Imagen de Andrys Stienstra en Pixabay]

«No llores»

En mayo de 2019, la filósofa y psicoanalista francesa Cynthia Fleury escribía en Le soin est un humanisme (Gallimard, 2019): «cuando una civilización no se dedica a cuidar a los demás, no es nada». Poco podía imaginarse que unos meses más tarde la propagación de una pandemia haría evidente el profundo sentido de sus palabras. Fleury presenta una visión de la vulnerabilidad humana inseparable de la capacidad regeneradora de toda persona. Sostiene que de la experiencia de vulnerabilidad brota el sentirse responsable hacia los otros, y es precisamente este cuidado lo que nos hace humanos.

La suya es una propuesta humanista que sale al encuentro de la desesperanza y desorientación existencial provocadas por el COVID-19 y sus consecuencias, sin embargo, se trata de un punto de vista en el que Dios parece estar ausente.

El relato bíblico de Lucas 7, 11-17 viene en nuestra ayuda y puede darnos una respuesta.

El pasaje presenta la escena del encuentro de Jesús con una madre viuda que acompaña el cortejo fúnebre de su hijo único. Un texto escrito con nombres y verbos, sin matices, donde se resalta aquello que es esencial: la acción que define a cada persona.

La madre es la expresión de la vulnerabilidad en una sociedad judía: mujer, viuda y sin el único hijo. Ella no hace nada, ningún gesto, simplemente está ahí.

Jesús al verla, ante su sufrimiento, se conmueve y le dice: «No llores». A continuación, toca el féretro, le dice al muerto que se levante y se lo entrega a su madre.

No hay una súplica por parte de la mujer y tampoco Jesús pone alguna condición para realizar un milagro.
No hay intercesores que fuercen a Jesús a actuar.
No sabemos si el hijo había muerto de enfermedad, había sido víctima de una injusticia o se lo había buscado.
No se indica si se trataba de una familia judía observante.
No hay ningún discurso ni ninguna enseñanza teológica.

Solamente la vulnerabilidad humana y el movimiento compasivo de Jesús ante el profundo dolor.
Solamente habla Jesús y es para decir a una «no llores» y al otro «levántate».
Solamente hay una intencionalidad: liberar a esas personas del sufrimiento.
Solamente hay la acción de acercarse y tocar.
Solamente se pronuncian palabras que generan vida.

La escena se cierra con la conclusión que extrae la gente que lo presenció: «Dios ha visitado a su pueblo», aunque Jesús no ha mencionado a Dios.

La desnudez descriptiva del episodio hace resaltar que el movimiento espontáneo de Dios ante la vulnerabilidad humana es el de compadecerse y acercarse. Dios es así. Lo que es propio de Dios es generar consuelo y vida. Este es Dios, y en esta actuación el pueblo lo reconoce presente.

La austeridad de la narración no pretende descalificar las mediaciones humanas a través de las cuales Dios actúa, estas son claras en el evangelio que es necesario interpretar conjuntamente como un todo. Ahora bien, este texto pone ante nuestros ojos lo que es esencial en Dios, aquello que da precisamente fecundidad y sentido a las mediaciones humanas.

Jesús se acercó para aliviar el sufrimiento. Él no puede hacerlo físicamente hoy, pero lo hace en las personas que se acercan a la vulnerabilidad humana movidos por la compasión, el movimiento de Dios. Esto es lo que, con otras palabras, se expresa en el discurso de Cynthia Fleury, aunque ella probablemente no sea del todo consciente.

[Imagen de mark10852 en Pixabay]