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Invitación a orar

Cualquier acompañante espiritual, habrá recibido varias veces la pregunta de cómo hacer oración. Antes que una respuesta, estas líneas quisieran ser una invitación. Dicen que la plegaria es algo así como la respiración del alma. Quizá, pues, sea útil comenzar partiendo de la respiración del cuerpo: porque respirar es la actividad más importante y más inconsciente de todas las que hacemos. Vayamos a empezar por hacerla consciente.

1.- Una postura cómoda pero no repantigada, vertical más bien; cobrar conciencia del movimiento de inspirar y espirar: lentos y hasta el fondo de los pulmones. Este movimiento repetirlo una y otra vez sin palabras. En realidad (como decía Jesús), en la oración sobran las palabras; si son necesarias es solo para evitar nuestras constantes distracciones. Pero la meta es un silencio lleno, no un silencio vacío. Y que acabará siendo solo silencio exterior pero no interior.

Intentemos pues llenar ese silencio de pequeños mantras que procuren ser expresiones de afectos y necesidades personales, bien breves y dichas bien despacio (Te adoro, quiero amarte, gracias, necesito tu ayuda, quiero confiar en Ti, dime qué debo hacer… o alguna petición del Padrenuestro).

2.- Esto será en los comienzos un mero ejercicio que habría que procurar convertir en hábito: los hábitos vuelven fácil lo que antes era difícil. Si resulta costoso, tengamos en cuenta que la mejor definición de la oración no es la de “hablar con Dios” sino la de “buscar a Dios” (Ignacio de Loyola no temía decir que de cien personas que dicen tener mucha oración es probable que noventa no la tengan). Por tanto: la sensación de tiempo perdido o de distracciones, convirtámosla en una demostración práctica de que eso de encontrar a Dios, me importa tanto que estoy dispuesto a gastar todo el tiempo y todo el esfuerzo que haga falta. Recordando aquella “quimera del oro” de Charlot, hagamos nosotros una auténtica “quimera de Dios”.

3.- Cuando esa respiración silenciosa (o casi silenciosa) se haya convertido en un hábito, es muy probable que vaya dejando en nosotros una sensación profunda del misterio que nos envuelve. En contraposición a lo que es mero “enigma”, el verdadero misterio sigue siendo más misterio cuanto más te adentras en él: porque el misterio es la infinitud. Eso que llamamos Dios es el Infinito. Por eso, cuando queremos encerrarlo en nuestros esquemas o nuestras ideas, lo falsificamos y lo convertimos en ídolo.

Esa percepción de Misterio que nos envuelve irá dejándonos una sensación de paz, de profunda paz. Entonces ya no acudiremos a la oración como quien va a un ejercicio pesado e inútil, sino buscando esa paz. Y esa búsqueda ya es ejercicio de un afecto no expresado.

4.- Luego, según tradiciones diversas, pero válidas para todos, esa sensación del Misterio puede desplegarse por diversos caminos.

4.1.- Para las tradiciones orientales, el Misterio está «dentro de mí», en lo más profundo de mí: bajar a esa profundidad de mi ser equivale a encontrarme con lo mejor de mí mismo; y eso es lo que pide la plegaria cristiana cuando reza “ven Espíritu Santo”.

4.2.- La tradición judía tiene muy presente que el Misterio es el Creador y el Liberador. Creador quiere decir que es la Fuente de todo, pero de manera incomprensible para mí y no de la manera como yo puedo fabricar cosas. Los teólogos discutieron si era mejor llamar a Dios Causa o Fundamento. Y esa discusión, que no tiene respuesta, sirve para mostrar que la acción de Dios es diferente de todo lo que podemos imaginar: se ha comentado a veces el acierto de la Biblia cuando usa para la creación de Dios un verbo (barah) que no usa nunca para las obras humanas. Las lenguas latinas lo quisieron hacer más comprensible usando esa palabra “crear” para las obras de arte: como cuando algún Mozart saca “de la nada” una melodía y unos acordes que no estaban en ninguna parte, o Miguel Ángel saca un Moisés de un bloque de mármol donde no estaba el tal personaje. Pero es aún más fina la intuición bíblica.

Liberador quiere decir que nosotros tenemos algo o mucho de esclavitud no reconocida en nuestro interior. El libro del Éxodo cuenta que los hebreos se quejaban en Egipto de la esclavitud exterior a que los sometía el Faraón. Pero, contra todo pronóstico, cuando Dios llama a Moisés para que los saque de Egipto y los libere, una de las objeciones que le pone Moisés es esta: “Señor, ellos no van a querer” (6,12). Efectivamente: nos es más fácil renegar de las esclavitudes exteriores que buscar nuestra libertad interior.

4.3.- Finalmente, la tradición cristiana añade a esas experiencias del Misterio algo increíble: ese Misterio es Amor. Tanto que, por amor al ser humano, y para llevarnos plenamente hasta Él, ha llegado a vivir nuestra misma vida, tomando fragilidad humana y exponiéndose a nuestra maldad, en aquel “Empapado” (o “Ungido” = Cristo) de Dios, que fue Jesús de Nazaret.

Luego la razón y las culturas humanas tratarán de explicar eso y hablarán de subsistencia y naturalezas: lenguaje que hoy se nos escapa, pero resultaba inevitable desde la cultura griega (y que dio lugar a esa extraña expresión de “unión hipostática”). Como seguramente, si el cristianismo se hubiese implantado en India, habrían hablado de “advaita” o “no-dualidad”: una expresión que nosotros solemos deformar desde nuestro orientalismo barato, pero que viene a decirnos que nosotros solo somos una pretensión de advaita y que Cristo es la plenitud de esa no-dualidad que hace que no seamos (como creía Sartre) “una pasión inútil”.

Resumiendo: la apertura al Misterio puede tener la forma de llamada a lo más profundo de mí mismo, de conciencia de mi situación de dependencia (pero una dependencia del amor), de oferta de una libertad plena y de llamada al amor más desinteresado, sobre todo hacia aquellos en quienes la autonomía y el pecado de la creación impiden que aparezca la voluntad amorosa del Creador (por eso, en la vida de Jesús, los enfermos y los pobres y oprimidos fueron los verdaderos protagonistas).

5.- Con estos contextos de fondo, todo ese hábito de respiración serena y profunda llenará el silencio con unas sensaciones afectivas y unos estados de ánimo que quizá necesiten alguna palabra para no distraernos, como antes dije, pero saben bien que todo nuestro lenguaje, por elaborado que nos parezca, no pasa de ser algo así como los sonidos que emite el bebé cuando comienza a hablar y que solo puede entenderlos su madre.

6.- Todo lo anterior no ha sido más que ese afinar los instrumentos que solemos oír cuando vamos a un concierto antes de que comience la música. Quedan ahora las diversas partituras a seguir: reflexionar sobre una palabra de Jesús, o imaginar una escena evangélica, o contemplar desde nuestra interioridad la enorme maldad y el inmenso sufrimiento que hay en nuestro mundo, o desgranar las palabras de alguna plegaria oral compuesta por otros o, simplemente, seguir estando ahí paladeando esa sensación de Misterio. Aquí ya no puedo describir más estos caminos que el orante podrá ir encontrando con facilidad cuando haya afinado su instrumental.

7.- Pero sí quisiera concluir con otra observación: el título que di a estas reflexiones es una parodia de la complicada “Invitación al vals” de C. M. von Weber, que luego Berlioz orquestó y la hizo más asequible para nosotros los profanos. Ahora bien: el título alemán de la obra de Weber era propiamente “invitación a la danza”, pero sus compases tienen esos armónicos de placidez y sugerencia, tan típicos del vals, donde parece que, más que bailar, eres bailado; y supongo que de ahí viene el título castellano. He querido decir con esa parodia que la oración puede convertirse en una especie de descanso, plácido y sugerente como la danza.

Sí. Pero una danza que, en nuestra situación de Alianza, nos lleva a la esperanza e, inmediatamente, a ese esfuerzo de la “labranza”.

[Imagen de Imtiyaz Quraishi en Pixabay]

Vivir entre densas tinieblas. A un año de la oración especial Urbi et orbi del papa Francisco

«Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador». Así iniciaba la descripción de la situación mundial en la oración especial del papa Francisco, en la impresionante soledad de la plaza de San Pedro hace un año.

En ese acto, presenciado por el mundo a través de internet, Francisco reconocía a nombre de la humanidad que «nos encontramos asustados y perdidos». Ese era, y es, el contexto de la gran crisis que ha rematado el Covid-19.

Pero, ¿cómo se puede evitar paralizarse ante la amenaza global de este virus que ha causado tanto daño a todos pero que ha recaído en especial en los más pobres? Lo primero es reconocer que «todos estamos en la misma barca» y que la pandemia retiró «el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos».

En esa homilía-oración, Francisco confirmaba que Dios es aliado de la humanidad y no del virus. Tras sus palabras se entiende su convicción de resaltar la importancia de acompañar a quienes sufren en primera persona al virus, los enfermos y los más vulnerables que son pobres y descartados. Dios no es un gran ausente, él está junto a los más sufrientes.

Quienes han entendido aquella premisa fundamental de que nadie se salva solo, reconocen también que «sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos otros». Con esas personas se certifica una de las apuestas del pontificado de Francisco que es el cuidado.

Es esa la fórmula o vacuna para contrarrestar el virus de la indiferencia que es mayor al Covid. Esa es la ruta de esperanza que pregona Francisco.

Con la oración del papa en la Plaza de San Pedro, quien apareció solo, en un escenario gris, en una tarde lluviosa con ausencia de la luz solar, inició un momento fundamental de su pontificado y de la historia de la humanidad.

La oración de Francisco fue un programa en ciernes de la actuación de la Iglesia ante la crisis: cercanía con los más afectados, así como con aquellos que con sus cuidados y trabajo dotan de vida y esperanza; y solidaridad y fraternidad entre toda la humanidad, preámbulo de su apuesta de fraternidad universal en Fratelli Tutti.

Está bendición fue Urbi et orbi, porque, como lo ha señalado el Cardenal Michael Czerny sj en el libro que recoge las palabras de Francisco los primeros meses de esta crisis, La vida después de la pandemia, indica la relación entre lo local y lo global. Lo que se hace en los círculos más cercanos, tiene un impacto en lo global, idea que nos hace presente el principio de que todo está interconectado expuesto en Laudato si’.

La tarea fundamental de Francisco, alentar la fraternidad y el cuidado de unos por otros en medio de esta crisis antropológica, sanitaria y socioambiental sin precedentes, en la que pierden más los más pobres, inició especialmente aquella tarde lluviosa en la soledad impuesta por la pandemia.

[Imagen extraída de Vida Nueva Digital]

La fe en tiempos de pandemia

Se está terminando la Cuaresma y percibo un cierto desasosiego en muchas personas. Hay dolor y sufrimiento por la muerte de algún ser querido o por haber sufrido gravemente la enfermedad; cansancio en el personal sanitario que cuida de las personas afectadas por el virus y agotamiento por unos momentos llenos de muchas incertidumbres sociales y económicas. La nueva pobreza por la pandemia es una lacra de nuestras sociedades. La vacunación no ha ayudado a serenar el espíritu. Las dificultades en el suministro de las vacunas ha frustrado la expectativa de estar en el inicio del final de este mal son. La proximidad del tiempo pascual debe ayudarnos a entender y dar sentido vivo a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá». Esta es nuestra fe y lo que nos da consuelo en estos momentos de gran transformación social provocada por esta situación de pandemia.

Las lecturas durante este tiempo de cuaresma nos preparan para profundizar en el sentido de estos días de ascesis y arrepentimiento, y nos acompañan en el itinerario hacia la fiesta de la Pascua. Sin el horizonte de la Resurrección el camino recorrido no tendría sentido. Sin esta perspectiva la pandemia nos habrá aniquilado nuestra esperanza. La vida por el amor vence a la muerte. El fin bienaventurado se convierte en joya si anunciamos a Cristo resucitado. El camino cuaresmal, seguido como un itinerario cotidiano de lectura, oración y meditación perseverante, nos permite entender cómo cada persona puede contribuir a dar cada día testimonios de vida. Tenemos que llegar al tiempo pascual con una conversión de corazón y descubrir cuáles son los caminos que Dios propone a la humanidad para encontrar el pleno sentido de la vida. Cada uno de nosotros tenemos que ser testigos vivos del anuncio gozoso que será proclamado durante la Pascua. Pero somos débiles y desgraciados, de tal manera que desfallecemos en este propósito. Por eso hemos identificado y pedido el perdón por nuestras carencias e imploramos la ayuda para enderezarnos nuevamente para ser testigos de este amor reparador y salvador.

Este testimonio debe poner en práctica las contundentes palabras de Isaías que hemos oído durante este tiempo de Cuaresma: «Dicen: «¿Por qué hemos ayunado, y tú no lo ves? ¿Por qué nos hemos humillado, y tú no haces caso?» He aquí, en el día de vuestro ayuno buscáis vuestra conveniencia y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí, ayunáis para contiendas y riñas, y para herir con un puño malvado. No ayunéis como hoy, para que se oiga en lo alto vuestra voz. ¿Es ése el ayuno que yo escogí para que un día se humille el hombre? ¿Es acaso para que incline su cabeza como un junco, y para que se acueste en cilicio y ceniza? ¿Llamaréis a esto ayuno y día acepto al Señor? ¿No es éste el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, soltar las coyundas del yugo, dejar ir libres a los oprimidos, y romper todo yugo? ¿No es para que partas tu pan con el hambriento, y recibas en casa a los pobres sin hogar; para que cuando veas al desnudo lo cubras, y no te escondas de tu semejante? Entonces tu luz despuntará como la aurora, y tu recuperación brotará con rapidez; delante de ti irá tu justicia; y la gloria del Señor será tu retaguardia. Entonces invocarás, y el Señor responderá; clamarás, y El dirá: «Heme aquí.» Si quitas de en medio de ti el yugo, el amenazar con el dedo y el hablar iniquidad, y si te ofreces al hambriento, y sacias el deseo del afligido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad será como el mediodía«. (Is 58,3-10). La renovación interior debe servir para recuperar la serenidad del alma, arrepentirnos de nuestras dobleces e infidelidades a la misión y comprometernos a obrar tal como propone el profeta Isaías.

El tiempo de pandemia nos invita a renovar la confianza en el amor de Dios padre. Las lecturas litúrgicas cuaresmales han sido una invitación permanente a mantener esta confianza y fortalecer la esperanza. Ambas están potenciadas por la luz de la experiencia pascual. Pero la confianza no está dada como derecho pasivo, es una virtud que debe ganarse. Si los individuos nos cerramos a los demás, entonces la confianza se desvanece del horizonte y la finitud vital se convierte en una pesada constatación. En general, vivimos en una sociedad desconfiada. La confianza es resultado de un trabajo continuado, necesita tiempo y dedicación para asentarse en el corazón de las personas. Es una virtud que necesita ser cultivada para evitar hacerse escurridiza ante cualquier duda. Fiarse exige un despojamiento personal y saber abrirse a las otras personas.

Fiarse de Dios es el camino de la Cuaresma. Para hacerlo hay que asumir las debilidades personales y reconocer la necesidad de salvación. Dios da su amor misericordioso a quien quiere acogerlo. El consuelo de la salvación no es un aplazamiento de la esperanza fuera de la historia o de la biografía personal. La confianza se convierte en virtud diáfana cuando cada persona sabe buscar a Dios a través de la apertura personal al amor a los hermanos. Una de las paradojas de nuestro tiempo es vivir en un mundo lleno de redes sociales y seguir arrastrando importantes soledades existenciales como consecuencia de la débil vinculación que une a las personas. El tiempo cuaresmal debe servir para darnos cuenta de que no estamos solos y de que hay muchas personas en la cotidianidad que esperan nuestro amor.

[Imagen de CharlVera en Pixabay]

Paso largo, vista corta

Hace ya tiempo que la economía de las grandes corporaciones solo mira la cuenta de resultados de cada mes. La búsqueda del máximo beneficio en el mínimo tiempo posible no se detiene ni siquiera ante la posibilidad de poner en peligro la propia supervivencia de la empresa a medio-largo plazo.

En esta sociedad nuestra cada vez más dominada por esta falta de paciencia, parece que le hemos dado la vuelta al clásico aforismo “paso corto, vista larga”. Nos hemos contagiado de una miopía peligrosísima, que en los últimos años ha imbuido especialmente la política. Si antes advertíamos alarmados que el plazo de 4 años de los mandatos electorales no permitía atender adecuadamente los problemas de nuestra sociedad, ahora la encuesta mensual de intención de voto es la que manda.

Se acumulan así, las convocatorias electorales, las luchas que pregonan que el futuro es ahora y el tacticismo y la enemización del adversario que dificultan la posibilidad de alcanzar acuerdos. Simultáneamente, la polarización fragmenta el espacio electoral, a veces más allá de la sana pluralidad. El todo vale y la aparición de salvadores mesiánicos de todo cuño alimentan este mareante carrusel. 

No obstante, la aceleración de la sociedad, unida a esta perspectiva ojicorta, redunda en demérito del cuidado de la polis y su orientación hacia el bien común. Éstos requieren una perspectiva a largo plazo, solidaria además con quienes vendrán detrás nuestra.

Pero lo más inquietante es que esta sociedad compleja, sustentada en un insostenible insumo de energía y recursos naturales, al tiempo que en la emisión de toneladas de desechos, requeriría un examen calmo y profundo de su propia viabilidad a medio plazo que nadie parece dispuesto a emprender. 

Ninguna especie sobrevive poniendo en peligro su propia fuente de supervivencia, pero parece que el control de la nave lo han tomado kamikazes. ¿Hasta cuándo?

***

Puedes escuchar esta reflexión en voz de su autor aquí.

[Imagen de slightly_different en Pixabay]

La respuesta a un «dubium» sobre las bendiciones de las uniones de personas del mismo sexo

Desde el siglo IV, la Iglesia se alejó del carisma original de Jesús de Nazaret. Introdujo el sacerdocio y con él el clericalismo, creando privilegios para el clero y discriminación para los fieles. Así se sucedieron una serie de acontecimientos crueles y dramáticos. La explotación de los pobres por parte del clero, las cruzadas, la inquisición, la aprobación la esclavitud, etc. Todo ello muy alejado del carisma original que anunció Cristo, el Señor.

Siguiendo esta trayectoria, la Iglesia continúa condenando, discriminando, marginado con interpretaciones humanas que pretenden ser exigencias de Dios, pero no lo son. No se ajustan al mensaje de Jesús. ¿Dónde queda la salvación universal que trajo Jesús a la humanidad?

«A la pregunta propuesta: ¿La Iglesia dispone del poder para impartir la bendición a uniones de personas del mismo sexo?. Se responde: Negativamente». El Responsum de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicado el 15 de marzo de este año afirma que «se necesita que aquello que se bendice  esté objetiva y positivamente ordenado a recibir y expresar la gracia, en función de los designios de Dios inscritos en la Creación y revelados plenamente en Jesucristo»[1]. El libro de la Sabiduría nos recuerda: «Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?» (Sab 11, 24-25). Dios ama a todos los seres creados. Cada persona con su sexualidad es amada por Dios, está en el plan de Dios. El obispo Franz Kreissl, de San Galo (Suiza), afirma que «la Iglesia no es la guardiana de la bendición de Dios». Para este obispo «la tarea de la Iglesia hoy es recorrer un camino con las personas en el que puedan integrar su sexualidad como un don de Dios». ¿Cuándo va a entender la Iglesia que estas personas tienen derecho a vivir su sexualidad?

Una «Iglesia en salida» tiene que atender estas cuestiones, pero se necesita un cambio de actitud en la jerarquía y en los fieles. Reconocer la igualdad de todas las personas es fundamental. Francisco habla de la fraternidad, pero la fraternidad no nos hace iguales. En la primera oración final dirigida al Creador, en la encíclica Fratelli tutti, Francisco dice: «Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad […]», esto significa reconocer la igualdad de todas/os.

De nada sirve reconocer la igualdad de todas las personas, si no hay un cambio en la estructura eclesial. Modificar un canon del Código de Derecho Canónico es insuficiente. Se necesita un cambio profundo en la organización y en la vida de la Iglesia.

Si no se hace, una vez más, las palabras de Francisco serán «palabras vacías» (cf. Fratelli tutti, núm 6).

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[1] Cf. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2021/03/15/res.html

[Imagen de Julie Rose en Pixabay]

Cristianismo feminista

La pensadora afroamericana bell hooks (este nombre lo creó componiendo el de su madre y su abuela y lo escribe con minúsculas) es un referente del pensamiento feminista de las últimas décadas. Su visión del feminismo, desde la experiencia de la marginación como mujer negra en Estados Unidos le llevó a reconducir el feminismo hacia las posiciones originarias que están muy lejos del feminismo de salón en el que solo se solicita la igualdad salarial y de oportunidades para acceso a cargos directivos, que es más propio de las reivindicaciones de las mujeres blancas americanas de clase media y alta. La clave está en no someterse a la disputa de género, donde el machismo es capaz de revolverse afirmando que el feminismo es un odio al varón. Se trata de recentrar el feminismo como una lucha contra el sexismo y el patriarcado que la sociedad machista es capaz de introyectar en varones y mujeres. Como ella misma dice, un varón que abandona su posición de privilegio y rechaza el sexismo es una aportación valiosa a la lucha, mientras que una mujer atrapada en el sexismo es una peligrosa amenaza. El problema es el sexismo, el “enemigo interior” del feminismo. Por eso, la lucha feminista es una lucha por la humanidad, es una lucha por conseguir que los derechos efectivos para todos los seres humanos, no solo para las mujeres, pero al ser estas las últimas entre los últimos son la clave de la lucha contra el modelo de opresión patriarcal y sexista.

La lucha feminista no se realiza contra los varones, sino contra la estructura social que se replica en la educación y se repite en cada conciencia individual, que considera a unos por encima de otros, sea por motivos de sexo, raza, cultura o religión. Por eso, el feminismo es también una lucha contra el racismo, la xenofobia y el colonialismo. Se trata de una lucha total que parte del eslabón débil de la cadena de las opresiones, las mujeres, en todo tiempo y en todo lugar.  Esta lucha se lleva produciendo varios milenios, al menos desde los tiempos de Jesús de Nazaret, porque Jesús identificó las estructuras patriarcales y sexistas como la clave del sufrimiento de los más débiles, de ahí que su propuesta supusiera crear unas nuevas relaciones familiares asentadas sobre la fraternidad y la sororidad, no sobre las relaciones de dominio patriarcal. En la familia tradicional el varón es el dueño, el poseedor de todo lo que hay en la casa, las personas incluidas. Los evangelios nos dejan claro que en la familia de Jesús no hay ningún padre (dejad que los muertos entierren a los muertos) y que su madre y hermanos y hermanas son los que escuchan la propuesta de gozo de la justicia y la ponen por obra. En esta nueva familia tienen un lugar destacado los marginados por la sociedad. En primer lugar las mujeres, pero también los niños, los enfermos sociales y los expulsados del orden social. Los varones que quieren acceder a esta nueva familia deben hacerse eunucos sociales, es decir, abandonar su posición de dominio y privilegio. Por todo esto, el cristianismo, al menos en sus orígenes, es feminista.

[Imagen de Dimitris Vetsikas en Pixabay]

Dios y la pandemia

Hace un año empezábamos a atravesar con perplejidad el sufrimiento con que esta pandemia irrumpía en nuestras vidas, pero estábamos demasiado atravesadas de presente para intuir las consecuencias de tan profundo calado que conllevaría. En aquellos primeros meses leí el libro editado por el cardenal Kasper, Dios en la pandemia. Al hilo de aquellas reflexiones comparto hoy también las mías a partir de la pregunta: ¿cómo desafía esta realidad a nuestra fe? Señalo dos aspectos que me resultan fundamentales: la centralidad de la vida y la esperanza, por encima de conceptos y abstracciones, y la necesidad de depurar nuestras imágenes del Misterio.

La centralidad de la vida y la esperanza, por encima de conceptos y abstracciones

La fe cristiana no remite nunca a respuestas abstractas, sino a la encarnación, al espesor de la realidad donde todo se da mezclado: la vida y la muerte, el sufrimiento y la alegría, la gracia y el pecado, la generosidad más sobreabundante y la mezquindad más extrema. Como señala Ivone Gevara, no hay una respuesta teológica a lo que estamos viviendo que sea diferente de la respuesta a la propia vida[1]. Por eso lo teológico es la invitación de estar siempre conectados y presentes unos en el en el dolor de los otros, unos y otros siempre atentos a dolores concretos más que a conceptos, a fortalecer las tramas comunitarias allá donde emerjan, superando prejuicios y fronteras para poner en el centro de ellas a los más vulnerados y vulneradas, como nos señala el Apocalipsis, “hasta que no haya más llanto, ni clamor, ni dolor” (Ap 21).

En esta faena, los cristianos y cristianas deberíamos ser expertos, pues Dios es Comunión y Relación y la comunidad es lugar de su manifestación y anuncio: “Donde dos o tres estéis reunidos en mi nombre allí estoy yo” (M 18,20). Pero quizás siga siendo necesario recordar que en mi nombre no se refiere a la “la etiqueta o los símbolos católicos”, sino a quienes se identifican con los valores evangélicos, sea cual sea su credo religioso. El reino esta siempre más allá de la iglesia y su misión no es anunciarse a sí misma sino ser sacramento de salvación para el mundo. Por eso la iglesia si es de Jesús ha de ser forzosamente en salida y no en repliegue, máxime en tiempos de crisis.

La densidad del presente nos recuerda también que no podemos detectar las huellas del Resucitado en tantas situaciones de muerte como estamos viviendo sin tocar sus llagas (Jn 20,27). Es decir, sin participar de la projimidad, con los más heridos y golpeados por esta crisis y tocando y asumiendo estas llagas también en nuestras propias existencias   concretas. Por eso, dar razón de nuestra esperanza desde este contexto no es hacerlo desde el optimismo ingenuo y ahistórico, sino desde una esperanza enlutada, o una esperanza apocalíptica. Una esperanza que no es solo un horizonte ni una perspectiva de futuro, sino una actitud teologal de cara al presente, una actitud experta en mantener perplejidades y que nos sostiene mientras atravesamos el túnel oscuro de las metamorfosis históricas implicándonos en ellas y sin perder el ánimo. Para ello necesitamos acudir, más que a los dogmas, a la mística, a los expertos y expertas en noches:

«Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche». (San Juan de la Cruz)

Ser buceadores en la densidad de la realidad y los corazones humanos: Rezar, como diría   Etty Hillesum[2], no con los ojos vueltos hacia el cielo buscando a Dios fuera de sí mismos, sino inclinando la cabeza y hundiéndola entre las manos. Buscando a Dios por dentro, manteniéndonos en su silencio. El silencio de Dios no tiene por qué identificarse con el abandono, sino también con la presencia incondicional de quien acompaña conmovido, sosteniendo sufrimientos y preguntas que no caben en ninguna palabra, el Dios de la resiliencia y el consuelo silencioso hasta el extremo.

En tiempos axiales, como muchos denominan al que estamos viviendo, el papel de los cristianos y cristianas quizás sea, como diría de nuevo Etty Hillesum, ayudar a que Dios, el Amor, la Esperanza con mayúsculas, «no se apague en el mundo», en la iglesia, en los corazones humanos[3]. Estamos urgidos a ser sus parteras y sus parteros en un contexto donde la muerte y el sufrimiento, la desigualdad y la injusticia parecen tener la última palabra. Por eso, salvar la esperanza, el buen ánimo, y ofertarlo, es quizás nuestra mejor contribución a la humanidad.

Ser parteros y parteras del Dios de la esperanza no requiere escenarios especiales, ni necesita de templos o ámbito sagrados, sino que estamos llamados a hacerlo desde la totalidad de la vida y la cotidianidad, el cuidado de las relaciones, el acompañamiento, la vida ciudadana implicada en nuestros barrios, lo que Francisco llama «la amistad social» (FT 2). Porque los lazos comunitarios son hoy más que nunca sacramentos de la esperanza que nutren y sostienen las de muchas gentes: no ser invisibles, no ser desahuciado, tener comida y material escolar para los hijos, no perder el trabajo, no estar solo, esperanzas muchas de la cuales pasan por la materialidad de la vida y remiten al compromiso con las tres t que nos recuerda el papa Francisco: techo, tierra, trabajo. Pero las tramas comunitarias son también signo de que «otro mundo está siendo posible» en medio de esta crisis, como señala la ecofeminista Yolanda Sáez [4] son ese lugar «en que la suma de nuestras derrotas se convierte en esperanza por el hecho de estar juntas y donde la suma de nuestras oscuridades se convierte en luz» para estar en conexión y atravesar la incertidumbre.

Depurar las imágenes de Dios

Lo que estanos viviendo ha sometido a crisis algunas imágenes de Dios ”al uso” nada cristianas como son el Dios mágico, cuya acción suple las mediaciones humanas históricas o naturales, o el Dios sádico, que permanece indiferente ante el sufrimiento. Esta crisis nos urge también a retomar la cuestión de la teodicea y hacer justicia al Dios de Jesús y “reparar su imagen”. Hace un año escribí en este mismo blog algunas reflexiones sobre ello y a lo largo de estos meses he seguido tirando de este hilo:

El misterio que llamamos Dios no es milagrero, ni castigador, ni interviene directamente en la historia, ni para causar el mal ni para evitarlo, sino que es aliento de vida, manantial de resiliencia, como se nos revela en el Crucificado. Sostiene, inspira, moviliza a la solidaridad y a la creatividad amorosa, como la ha hecho y lo sigue haciendo en el corazón de tantas personas, en esta crisis que acompañan tantas situaciones límites. El Dios de Jesús es experto en reciclaje, en hacer renacer la vida de los deshechos (Ez 37,4) y señalar la esperanza cuando parece que todo está perdido, como nos recuerda el profeta Jeremías en tiempos de exilio, caída del templo y perdida de todo horizonte (Jr 31,17).

El Dios de Jesús es la fuerza interior y comunitaria que nos empuja a rebuscar hasta encontrar entre las cenizas del sufrimiento, la esperanza, como empujó a aquellas mujeres que se encaminaron hacia el sepulcro la mañana de Pascua, aun cuando todo era oscuro e incierto (Mc 16,1-13). Un Misterio de amor que no se identifica con los discursos, sino con los gestos y las acciones (Mt 7,21) y que no distingue entre creyentes ni ateos, sino que es experto en periferias y en humanidad más que en moralidades (Lc 7,36-50).

Un Dios Ruah alentadora, que nos mueve a salir de nuestros propio miedos e intereses y que nos hace experimentar que solo en la projimidad y en el asombroso poder de los encuentros y los abrazos podemos ser plenamente humanos y humanas y participar del misterio de su divinidad. Un Dios que no es el de las metas, sino el de los caminos (Jn 14, 6), que no nos arregla nada, pero que nos sostiene en todo, que no es certeza sino búsqueda incómoda en la que se nos ofrece como nube, para que no nos despistemos cuando toca atravesar desiertos y como fuego en la noche, cuando la oscuridad nos paraliza (Ex 40,38).

Es el Dios que desde su innumerable nube de testigos nos recuerda que las crisis pueden ser el amanecer de una realidad inédita, que se escapa al control, al cálculo y la lógica humana, pero que exige conversiones y cambios profundos, como le sucedió a Sara y Abraham, a Pablo, a María de Nazaret, a José, su esposo y a María de Magdala. El Dios que nos recuerda que el futuro solo podemos atravesarlo en compañía y en ella se nos revela como el Todo cuidadoso que la caña cascada no quebrará ni el pábilo vacilante apagará (Mt 12,15-21) y se nos ofrece como respiro y aliento (Is 4).

En mi propia experiencia de penumbra vivida a lo largo de este años ha sido y sigue siendo el entramado comunitario el que me ha sostenido y ayuda a sostener a otros y otras, ese Dios-relación, que en tiempos como estos nos invita a acudir a los expertos y expertas en noches, en esperanza y consuelo hasta el extremo y en ese sentido, de nuevo Etty Hillesum se nos hace una entrañable compañera de camino y nos marca el rumbo:

«¡Dios mío, tómame de la mano! Te seguiré de manera resuelta, sin mucha resistencia. No me sustraeré a ninguna de las tormentas que caigan sobre mi en esta vida (…). Pero dame de vez en cuando un breve instante de paz. No me creeré, en mi inocencia, que la paz que descenderá sobre mi será eterna. Aceptaré la inquietud y el combate que vendrán después. Me gusta, mantenerme en el calor y la seguridad, pero no me rebelaré cuando haya que afrontar el frio, con tal que tu me lleves de la mano. Yo te seguiré por todas partes e intentare no tener miedo. Esté donde esté, intentaré irradiar un poco de amor, del verdadero amor al prójimo que hay en mi» (Diarios, 25 de noviembre 1941).

Ojalá así sea.

***

[1] Ivone Gevara, Cuarentena bíblica: transformación, renovación y cambio, https://www.youtube.com/watch?v=niEL7DOmi4c

[2] Wanda Tommasi, Etty Hillesum, la inteligencia del corazón, Narcea, Madrid, 2003, pág. 109.

[3] Paul Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual, Sal Terrae, Santander,199, pág. 110.

[4] Yolanda Sáez. “Ecofeminismo. Tejiendo redes”, Mas allá de la pandemia al de la pandemia. Vivir en estado de excepción, Iglesia Viva (283), 2020.

[Imagen de AndPan614 en Pixabay]

Los derechos humanos crecen desde el pie

Crece la pared, por hiladas,
crece la pared.
Crece desde el pie, orinada,
crece desde el pie…

Alfredo Zitarrosa

[Advertencia al lector: un artículo con recuerdos e imágenes casi oníricas, que se mueven entre el pie de la cruz y la mañana de la Pascua a la luz de pequeñas historias que no llegan a los libros].

Para los cristianos la cuaresma es un tiempo que nos prepara para hacer memoria viva, actualizar la Pascua y animarnos a ser sus testigos en la vida cotidiana. Es un tiempo en que, si estamos atentos, podemos, como ayer en el Tabor Pedro, Santiago y Juan, hoy aquí presenciar “transfiguraciones” o “prefiguraciones” de la Pascua definitiva, ya incoada en la historia con la de Jesús.

Así que empiezo por esa imagen que me animó a sacar fotos: caminaba por una calle antigua, empedrada, de Montevideo, que está ahora en modernización, y veo con cierta pena retirar los viejos adoquines, pero a la vez descubro con gozo a varios obreros trabajando, con sus uniformes color naranja, su casco, sus guantes…, y en una esquina, ¡su baño químico!

Me resultó tan maravillosa esa imagen, que luego de recorrer la calle volví a transitarla, casi tan embelesada y tonta como Pedro contemplando la transfiguración de Jesús en el monte. No era la primera vez que observaba algo así, pero esta vez, quizá por estar en cuaresma, me tocó otras fibras y trajo recuerdos de infancia y no tanto. Porque ya era una jovencita cuando Zitarrosa cantaba la canción Crece desde el pie que se refería a los cambios, llamaba a la paciencia histórica diciendo con varias imágenes que no hay revoluciones tempranas, que crecen muy desde abajo. Una de las imágenes era esa, que las paredes que construyen los albañiles crecen desde el pie orinadas. Imagen fruto de una observación que muchos no entendíamos por ignorancia: los obreros no tenían baño, por tanto, sus necesidades fisiológicas se hacían allí mismo, donde estaban trabajando.

Estos hombres que reconstruían la calle tenían baño. Recordé entonces otros avances en los derechos de los obreros de la construcción de este país: además de trabajar de guantes, casco y uniforme, lograron otras conquistas en beneficios económicos y sociales para ellos y sus familias, también instrumentos y grúas que alivian mucho su trabajo protegiendo su salud. Una gran conquista fue que las bolsas de cemento pasaran de pesar cincuenta kilos a veinticinco. Increíble logro que los obreros viejos casi no creían, acostumbrados al duro trabajo que torcía sus columnas y arruinaba sus riñones. A propósito del peso de las bolsas de cemento, Juan contaba ufano que siendo joven cargaba sobre sus hombros dos bolsas, es decir cien kilos, que ya con cincuenta años no lo hacía, pero seguía subiendo varios pisos por escaleras sin terminar con una de cincuenta al hombro, a veces de a dos peldaños. Hemos crecido en conciencia de los Derechos Humanos, y esas condiciones laborales nos resultan no solo dolorosas, sino inadmisibles.

También las mujeres, las niñas, hacían ese tipo de trabajos, obviamente sin baño ni ningún otro derecho mínimo. Asomó el recuerdo de Antonieta, una italiana, que contaba que las niñas de su pueblo en los años cuarenta del siglo pasado iban a la escuela por las mañanas y por las tardes a cargar piedras sobre sus cabezas para la construcción de las nuevas carreteras. Como ella, con siete y ocho años, era la más alta, “las piedras más grandes las colocaban sobre la mía”.

Años después, recorriendo yo la Costa Amalfitana y los pueblos del sur de Italia, no podía dejar de desdoblar mi mirada: entre serpear las montañas viendo abajo la belleza del mar, por una parte, y por otra, las altas carreteras de enormes piedras que unían las localidades. Los ojos se maravillaban y a la vez lloraban, el corazón se dilataba con la belleza majestuosa y se estrujaba viendo debajo de las carreteras las cabezas de las niñas. Sabemos quién gobernaba, constará en libros los ingenieros que diseñaron el mega proyecto, pero ¿cuántos miles de obreros y de niños obreros anónimos, varones y mujeres? Por todos pido perdón en esta cuaresma nombrándolos como “Antonietas”.

Una conmoción similar de sentimientos encontrados me sucedió la primera vez que visité Barcelona y los lugareños me contaron con gran orgullo cómo fue construida la basílica Santa María del Mar en el siglo XIV con el dinero y, sobre todo, con el trabajo de los “bastaixos” que cargaban las piedras en las noches -luego de la extensa y extenuante jornada de trabajo mal pago- para la construcción de “su iglesia”. Ese esfuerzo nocturno extra era voluntario y devocional, pero a mí me ensombreció la mirada y pude apreciar menos la belleza del templo. De la muralla china no tengo referencias más que una de las famosas Preguntas de un obrero que lee del poema de Bertolt Brecht: ¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China?”.

Hasta aquí entonces este desfile casi onírico de imágenes y recuerdos suscitados por la calle empedrada que está siendo cambiada en un barrio de Montevideo, o más bien por ver un baño para los obreros con el estupor feliz de quien ve la transfiguración como anticipo de la resurrección que algún día llegará para todos.

“Ya, pero todavía no”. ¡Seguimos en Cuaresma y Cruz! Los avances no son parejos a lo largo y ancho del planeta, aún hoy en el siglo XXI muchos hermanos y hermanas nuestras trabajan sin derechos y en condiciones terribles, como los niños que extraen el coltán en África, o más cerca, en los morros de Brasil, los que cargan las maletas de los turistas que van a disfrutar las playas paradisíacas…

Ser humanos es desear que todos vivamos dignamente, más aún, es exigir vivir dignamente como humanos, y conste que no es un juego de palabras. Aquellos que son conscientes de su eminente dignidad no la pierden ni en las condiciones más adversas, como sabemos por Viktor Frankl, Nelson Mandela, Etty Hillesun, Magdaleine Delbrêl y tantos testigos. No obstante, la dignidad a veces ha sido robada antes de nacer y por muchas generaciones; entonces, descubrir la dignidad como un derecho supondrá un proceso largo, como también testifican los indígenas de América Latina, los descendientes de los africanos traídos como esclavos a estas tierras y todos los humillados de toda la tierra. Felix Wilfred, filósofo y teólogo de la India, plantea que el discurso y la lucha por los Derechos Humanos debe comenzar por el dolor al contemplar su carencia en los pobres, quienes ni siquiera saben que tienen derechos, solo así serán universales. De lo contrario nuestros discursos acerca de los Derechos Humanos siguen en el plano individualista y burgués.

“Aún no, pero ya”. La Pascua está en camino. En medio de dolores de parto percibimos una creciente sensibilidad ante el sufrimiento humano que tiene sabor a Evangelio y vemos avances en Derechos concretos que -creemos- son inspiradas en sus valores. Ese crecimiento en sensibilidad, así como los pasos andados, son prenda de esperanza y dinamizan las búsquedas de nuevas conquistas, mientras peregrinamos hacia esa Pascua definitiva cuando “Dios sea todo en todos”.

¿Cómo entender hoy la afirmación de San Irineo de Lyon: “La gloria de Dios está en que el hombre viva”? Jon Sobrino dice: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Que la pared no crezca desde el pie orinada, que los obreros tengan baño, “esa niñita de nada”, parafraseando a Peguy refiriéndose a la pequeña esperanza, es el “ya” anhelado, que descubrimos mirando la realidad con ojos contemplativos y escuchando a la vez los sueños más hondos que nos anidan, leyéndolos como promesas de Dios.

Algo así creo que vio o intuyó Pedro y quiso torpemente, pero también “lindamente”, hacer tres carpas en el Tabor… Pero, al decir de Zitarrosa, “no hay revoluciones tempranas, crecen desde el pie”. Aún había que bajar a Jerusalén, que el Maestro muriera en la Cruz y que el discípulo pasara por el miedo y la negación, para luego de un amargo viernes y un largo silencioso sábado, llegara la mañana de la Resurrección.

“Todavía no, pero ya será”. Vida, vida plena, es la última palabra, la de Dios que es fiel.

[Imagen de Michael Gaida en Pixabay]

Las vacunas y el dominio del poder político-económico

Ante la pandemia, la urgencia por vacunar a la población mundial se convierte en una oportunidad de dominio político y económico. Rusia avanza con la Sputnik V, muestra de su capacidad científica y tecnológica. China activa la inmunización con un despliegue diplomático ante los países que no acceden a las vacunas de los laboratorios occidentales. Ambos países buscan reforzar su prestigio e influencia; ante el Covid-19 se despliega una carrera por una vacunación rápida y eficaz.

Los principales institutos científicos del planeta luchan en una competencia feroz para frenar la pandemia. Luego de las primeras vacunas aprobadas en occidente -Pfizer/BioTech, Moderna y Oxford/AstraZeneca-, la competencia pasó a nuevos niveles: administración de estos productos biológicos, distribución y producción. La salud de la población es el gran objetivo sabiendo que quiénes se vacunen primero podrán recomponer sus economías, recuperar trabajos y volver a la ansiada “normalidad” más rápidamente.

Los países ricos comenzaron a monopolizar las dosis, compraron más vacunas de las que necesitan, suficientes para vacunar a su población hasta casi tres veces lo necesario. Así comenzó este 2021 con países acaparando (Europa y América del Norte), mientras la mayoría del planeta sigue a la espera. La desigualdad nuevamente ante nuestra vista.

A nivel global se había hecho el acuerdo llamado COVAX para asegurar una distribución y acceso equitativo mundial a las vacunas –excluidos de los acuerdos de distribución los Estados occidentales y las farmacéuticas estadounidenses y europeas-. El resultado ha sido la inclinación de los países emergentes por las vacunas de Rusia y China, y al hacerlo abren puertas para incrementar su presencia en sus territorios. Las vacunas producirán la reconfiguración del orden mundial y reforzarán el poder y el prestigio científico mundial de estos países. Ganarán poder en grandes mercados emergentes como África, Sudeste Asiático, Medio Oriente y América Latina, regiones donde vive más de la mitad de la población mundial.

Para Rusia se trata de una cuestión de prestigio y no de lucro. Distribuyó insumos necesarios contra la pandemia por ejemplo a Italia, donde se leía el slogan “De Rusia con amor”. Su desarrollo farmacológico se ofrece como ejemplo de su superioridad tecnológica y científica que se desprende de la superioridad de un modelo de gobierno.

Rusia se muestra al mundo como capaz de desarrollar las más altas tecnologías y situarse en la cima de la élite científica mundial y a su vez demuestra que no depende de los laboratorios occidentales internacionales.

A comienzo de la pandemia también observamos a China distribuir mascarillas, equipamientos médicos y respiradores a países europeos como Italia, Grecia o Serbia. Todo lo contrario de Estados Unidos, el presidente chino Xi Jinping afirmó que cualquier vacuna producida por China se convertiría en un “bien público global”; mientras los demás países y laboratorios desean hacer grandes negocios, Pekín ofrece el acceso a su vacuna a un precio justo y razonable, aunque aún está en ensayos de tercera fase. Los países que acogen las pruebas realizan acuerdos con China para comprar dosis (ejemplos en América Latina son Perú, Chile, Argentina, Brasil). A la vez ha ofrecido 1.000 millones de dólares en préstamos a América Latina y el Caribe para el acceso a las vacunas. Consideramos que China pacientemente espera el momento de obtener beneficios de energía (como litio, hidrocarburos, energía solar y eólica) e infraestructura que le posibiliten mejores sistemas de exportación. Como país pragmático no tiene problema alguno de negociar con todo tipo de sistema político.

En fin, unos ven las buenas intenciones de Pekín hacia la comunidad internacional, otros un encubrimiento de su proyecto de dominio global.

Todo dependerá de los efectos de las vacunas rusas y chinas y de su eficacia. La ventaja frente a las otras vacunas surge de una elaboración más tradicional que no requiere tan bajas temperaturas para su traslado y almacenamiento. La contraparte que se prepara para una pugna es India, a través del Instituto Serum, mayor productor de vacunas del planeta, que produce millones de dosis de AstraZeneca/Oxford.

Más allá de estos análisis, la conclusión final es que sean vacunas rusas, chinas, indias, alemanas, estadounidenses o inglesas, todas son bienvenidas para poner fin a la pandemia.

[Imagen de Elf-Moondance en Pixabay]