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Contra el rosario

El título es deliberadamente provocativo. Podría haber titulado: contra la absolutización del rezo del rosario hoy. Y eso es más fácil de explicar. El rosario fue un gran invento en una época en que la mayoría de la gente no sabía leer y estaban muy acostumbrados a las repeticiones por la falta de variedad de ofertas en la vida de entonces. En la sociedad actual, además de que casi todo el mundo sabe ya leer, las repeticiones de entrada nos distraen y nos cansan dado que nuestra vida está repleta de mil ofertas diversas (televisión, cine, literatura, espectáculos deportivos…). No se trata de discutir ahora qué mentalidad es mejor: se trata simplemente de que la oferta cristiana (y en concreto, la invitación a la oración) pueda llegar a las gentes de hoy.

Ya hace años comencé a encontrarme con gentes que me decían que el rosario les resultaba aburrido porque de tanto repetir avemarías, se distraían mucho. Solía dar la siguiente respuesta: el objetivo del rosario es eso que decimos ante cada decena de avemarías: “en contemplación de este misterio”. Lo que importa es contemplar, no repetir. Por tanto: reduce cada misterio a solo un padrenuestro y un avemaría y, en cambio, párate un par de minutos intentando contemplar: a María visitando a Isabel, a Jesús azotado, a los apóstoles transformados por la presencia del Espíritu, etc.; mira de empaparte un poco de esa escena y luego basta con un pater y un ave.

Cuento todo esto a propósito de un episodio que acaba de ocurrir, este mismo mes, en un lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme: un colegio católico decide imponer a chavales adolescentes el rezo diario del rosario. Un cura lo dirige y, quizás intuyendo que aquello podía serles un poco aburrido, decide que cada muchacho rezará en alta voz la primera parte de las avemarías. La cosa discurre más o menos monótona hasta que a un chaval (quizás ya un poco harto) se le ocurre gritar, cuando le toca a él, la canción de David Bisbal: “Ave María, ¿cuándo serás mía?”.

Es fácil imaginar la que se armó: carcajada general, el rosario se interrumpe, escándalo oficial, y el muchacho castigado y seguramente expulsado del colegio. Mi reflexión al conocer la anécdota fue más o menos esta: ese muchacho mañana será ateo. Ya tenemos un ateo más en esta España anticlerical, fruto quizás de aquella advertencia de Isaías, que repiten san Pablo y el Vaticano II: “por culpa vuestra es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes”…

Por supuesto, el chaval cometió una tontería (cosa por otra parte muy de esperar a esa edad). Pero hay añadir también que la dirección del colegio fue en parte causa de esa tontería. Sin conocerle, me atrevo a decir desde aquí a ese cantor improvisado: “te has pasado muchacho, pero quiero decirte que, como cristiano, estoy de tu parte”.

Porque de lo que se trataba es de enseñar a la gente a orar. Y hoy, con la cantidad de medios que hay para eso (en lecturas, en las redes…), el camino para enseñar a orar a nuestra gente es otro. Hasta se puede añadir que Jesús ya avisó: “cuando oréis no habléis demasiado”; y 50 avemarías parece que son demasiado. Por supuesto, esos otros caminos exigirán mucho más esfuerzo al acompañante. Pero en ningún lugar está dicho que evangelizar sea algo así como hacer propaganda de la Coca-Cola. Sí que está visto, en cambio, que cuando ya de joven una persona es bien introducida en el cultivo de su interioridad y del Misterio que la habita, eso puede configurarla para toda su vida futura.

Uno de los grandes errores del sector conservador de la Iglesia es convertir en recetas mágicas unas prácticas que solo son medios, no fines. Olvidando que los medios han de ser aptos para la meta que se pretende; cuando no lo son hay que buscar otros. En vez de eso se convierten en fines lo que solo son medios, se les sacraliza de manera supersticiosa (los tres avemarías, los cinco primeros sábados, los primeros viernes, oraciones a san Antonio para los objetos perdidos…). No tengo nada contra esas prácticas: a quien de veras le ayuden que las siga practicando, pero que no las imponga como medio de evangelización. Porque eso es una forma de crear futuros increyentes.

En esta España descristianizada reactivamente y anticlerical visceralmente, el anuncio de la fe exige una inculturación muy profunda. Pero vale la pena ese esfuerzo porque llevamos entre manos una buena noticia impresionante. Como suelo decir a veces: yo ya me voy, pero rezo para que los cristianos del futuro sean, a la vez, enormemente fieles y enormemente modernos. No como aquellos judaizantes contra los que gritaba Pablo en su carta a los gálatas, tras anunciar la libertad cristiana, mientras ellos pretendían, por así decir, “comprar a Dios” con una serie de viejas prácticas sacralizadas (como la circuncisión y demás). Permítanme que les repita: “¡oh insensatos gálatas!”

Gandhi y la noviolencia

[Este artículo es parte de una serie de artículos que reflejan el trabajo del grupo de religiones y paz este curso 2021-22 sobre “El Hinduismo, Gandhi y la paz” basado en una presentación introductoria en el grupo por Javier Melloni que se puede ver aquí.]

Encontramos en Mohandas Karamchand Gandhi un gran maestro de la noviolencia. Einstein decía que las generaciones futuras llegarían a dudar que Gandhi hubiese existido de verdad. Porque hay escenas de su vida de una altísima santidad y ello honra al ser humano: en una persona como Gandhi somos honrados todos.

¿Quién influenció a Gandhi en la noviolencia?

Henry Thoreau es un personaje peculiar, considerado padre de la desobediencia civil, también es uno de los padres de la ecología. Se enfrentó en los Estados Unidos a la recaudación de impuestos para sufragar la guerra contra México. Se niega a pagar y escribe unas reflexiones muy interesantes que influirán en la noviolencia de Gandhi. Es una fuente laica y no europea a tener en cuenta cuando hablamos de la noviolencia gandhiana (también estuvo en contacto con cristianos cuáqueros). 

También tuvo mucha influencia en su pensamiento Lev Tolstoi. Su obra El Reino de Dios está en vosotros le impactó mucho y provocó en él una transformación profunda. Tolstoi como una de las influencias occidentales más notables en Gandhi. Es así, Gandhi se carteó con Tolstoi quien quiso hacer un Ashram a su modo en Rusia y tenía una gran ternura con las clases bajas campesinas que se parecían mucho a los dalits indios. Gandhi siempre tuvo un gran respeto por Tolstoi y esa obra concretamente es un gran referente para él, para su lucha noviolenta.

La otra gran fuente es no solo la hindú, sino especialmente la jainista. La madre de Gandhi, sin profesar esta religión, se encontraba muy cercana a las comunidades jainistas, muy presentes en el Gujerat. Los jainistas llevan la noviolencia al extremo: se tapan la boca y la nariz para no inspirar ningún mosquito y cuando caminan –desnudos o no, porque los hay que van desnudos- van barriendo el suelo por donde van a pasar para no pisar ningún insecto, por pequeño que sea. Gandhi vio esto desde pequeño. Los jainistas ayunan mucho y la madre de Gandhi también ayunaba frecuentemente. Esto explica los ayunos de Gandhi utilizados como arma político-espiritual, norma pasivo-activa de lucha, autoagresión para poner de manifiesto al agresor la violencia que ha realizado sobre la víctima y que opera a modo de medicina homeopática: la víctima de forma consciente y lúcida, haciendo un acto de noviolencia resistente, devuelve al agresor lo absurdo e inadecuado de su acción, buscando su transformación personal. No deja de ser lo de Jesús: “Quien te abofetee en una mejilla, preséntale la otra”, porque así le retornas la dignidad que él (el agresor) ha perdido al abofetear a la víctima. El agresor se reencuentra a sí mismo en el rostro que serenamente –no agresivamente- le mira y le dice: “¿qué estás haciendo?. Es entonces cuando el agresor puede darse cuenta de su agresión y reaccionar.

¿Qué es en Gandhi la noviolencia? 

Pues habrá que verlo en cada momento, nos diría. En ningún momento propugnó una resistencia pasiva o la no resistencia, sino una resistencia activa y en cada caso habrá que ver en qué consiste. En definitiva, una persona noviolenta es activa, pero no utiliza la violencia. Gandhi nos dice: “En la noviolencia la valentía consiste en morir, no en matar”. Esta es una potente frase. Se trata de invertir la fuerza de la violencia: en lugar de destruir al otro, oblación (=donación) de uno mismo. Es entonces cuando el otro puede reaccionar, sabiendo que esa reacción no será inmediata, sino a largo plazo. La violencia quiere tener efectos inmediatos, en cambio, la noviolencia en sus efectos no es inmediata: la conversión del otro no está garantizada a corto plazo. Evidentemente, la fortaleza que ha de tener alguien que practique la noviolencia es grande. 

Gandhi, a pesar de que estaba en la política, era muy estricto con el vegetarianismo porque su modo de comprometerse era el de la santidad, de la noviolencia: comer carne produce energía depredadora, comer otro tipo de alimentos, no. Su modo de hacer política y de entender la comunidad era desde la santidad de la noviolencia que requería una alimentación vegetariana. Somos lo que comemos.

La noviolencia de Gandhi es muy holística, completa: estratégica, mística, espiritual, religiosa, fraterna. Comporta acción, no es pasiva… Sin embargo, en una entrevista que le realizaron poco antes de morir, le preguntó el periodista cuál diría que era su legado, pensando que señalaría la resistencia y la desobediencia civil utilizada para conseguir la independencia de la India y la sorpresa fue que el propio Gandhi manifestó que su gran legado era su visión espiritual de la noviolencia (recordemos que su autobiografía la tituló, Mis encuentros con la Verdad), su visión, podríamos decir, teológica e interreligiosa.

Gandhi y la noviolencia como vía para conseguir derechos

Cuando Gandhi organiza la Marcha de la Sal (entre marzo y abril de 1930, campaña de desobediencia civil que tenía como objeto el ejercicio del derecho natural de los hindúes a la producción de sal y contra el impuesto sobre la sal, hasta la fecha monopolio británico) consideró necesario que la protesta a favor de la independencia se dirigiera primeramente contra un hecho o situación que perjudicase directamente a toda la población de la India, ya fueran hindúes o musulmanes, y de cualquier casta, ya que las características económicas de la sal, producto de necesidad básica, imposible de sustituir y gravado por un impuesto que elevaba artificialmente su precio, hacían que un boicot contra la sal fuese más popular que una protesta contra leyes abstractas de autodeterminación política. El hecho de que la población más pobre de la India sufriera las consecuencias del impuesto británico le daba un carácter más legítimo y masivo a la protesta. Gandhi tenía 61 años y recorrió una distancia de 390 kilómetros: dejó su retiro religioso en su Ashram cerca de Ahmedabad y se dirigió a pie y acompañado de algunos de sus seguidores y también de algunos periodistas extranjeros hasta la costa del mar Arábigo. Llegó a la playa en una fecha muy simbólica, el día del aniversario de la Matanza de Amritsar, ocurrida el 19 de abril de 1919 cuando, en una celebración de Año Nuevo (Vaisakhi,) soldados del Ejército Indio Británico, al mando del general Dyer, dispararon contra una multitud de miles de hombres, mujeres y niños, provocando centenares de víctimas y que marcó un punto de inflexión en las relaciones entre la India y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, siendo el punto de partida del Movimiento de No Cooperación que encabezaría Gandhi entre 1920 y 1922).

Ese día Gandhi, con una nutrida representación de miles de simpatizantes, llegó a orillas del mar. Había planeado trabajar en las salinas de la playa, llenas de sal de mar cristalizada en cada marea alta, pero la policía lo había prevenido cubriendo los depósitos de sal con barro. Sin embargo Gandhi se agachó y recogió un pequeño trozo de sal natural del barro, gesto que fue imitado por un nutrido grupo de simpatizantes: simbólicamente habían roto el monopolio de la sal británico; desde este momento la desobediencia civil fue imparable. Su ejemplo fue seguido por todo el país. De Karachi a Bombay los indios evaporaron el agua y recogieron la sal a plena luz del día, desafiando a los británicos. Dicha marcha provocó el arresto de 60.000 indios que no se resistieron a los arrestos violentos de la policía colonial. El mismo Gandhi fue detenido el 5 de mayo –tras haber enviado el dia 4 una carta al virrey Lord Irwin, explicándole sus intenciones de asaltar las salinas de Dharasana en Gujerat como la próxima protesta contra el dominio británico- y pasó 9 meses en prisión, pero el Movimiento Satyagraha continuó sin él. Una muchedumbre de 2.500 manifestantes llegó a las Salinas de Dharasana, unos 200 Km al norte. Allí el 21 de mayo los satyagrahis intentaron quitar el alambre de púas que protegía las salinas. La policía cargó y comenzó a golpearlos. Ellos no opusieron resistencia y cientos de satyagrahis fueron golpeados por soldados, muchos de ellos indios bajo mando británico,  sin ni siquiera levantar los brazos para protegerse de los golpes. El ataque recibió cobertura mundial de noticias y ayudó a que la opinión pública se volviera contra el gobierno británico en la India y a favor de los luchadores por la libertad indios. La publicidad resultante atrajo la atención mundial sobre el movimiento de independencia de la India y puso en duda la legitimidad del gobierno británico en la India.

Finalmente el virrey reconoció su impotencia para imponer la ley británica, a menos que se utilizara ampliamente una represión violenta, con el riesgo de que esta reacción quitara a los británicos todo crédito ante los indios, incluidas las élites. Cediendo a las peticiones de Gandhi liberó a todos los prisioneros (más de 60.000 detenidos en las movilizaciones) y, presionado por las circunstancias, reconoció a los indios el derecho a recolectar ellos mismos la sal. Esta marcha se convirtió en uno de los más importantes acontecimientos que condujeron a la independencia de la India del Imperio británico.

El Imperio británico había perdido su credibilidad ante el mundo. Gandhi había comprendido, ya en su lucha contra la discriminación racial en Sudáfrica, que el control de la India dependía no del control británico sino de la colaboración india. Sus marchas de la Sal multiplicaron el número de satyagrahis y mostraron le fuerza de la no cooperación masiva. Además, ayudó a la gente india a pensar en un país, como en un todo grande y unificado. 

Conclusión  

Hoy lo tenemos más difícil, con mísiles y tanques, con drones y armas de nueva generación… Cuando hay un rostro delante hay una manera de ejercer la noviolencia diferente a si estamos ante una máquina y debemos apretar un botón. Ante un rostro el agredido puede tener la capacidad de interpelar al agresor. Al perder el contacto humano la violencia se deshumaniza todavía más. A Gandhi le preguntaron si hubiera podido practicar la noviolencia ante Hitler –consta que llegó a enviarle alguna carta- y con la brutalidad de los nazis, si éstos se habrían dejado interpelar como los británicos. A lo que Gandhi respondió, honestamente: “No sé cómo habría actuado. Con los británicos lo hice así porqué intuí que mi interpelación podía tener capacidad de respuesta…”.

En plena guerra en Ucrania –y con conflictos bélicos en muchos lugares del mundo- nos hermanamos con todas las víctimas de las guerras con esa intuición presente en Gandhi de mirar el rostro del otro, también del agresor… Les llamaba a los agresores adversarios, no enemigos. Al enemigo se le destruye, con el adversario dialogamos. 

Atrevámonos a mirar el rostro del otro. Que esta energía de la paz atraviese mentes y corazones, ambas cosas, porque ambas se requieren. La violencia es una distorsión cognitiva… La sentimos como efectiva, pero se trata de una distorsión cognitiva en la percepción de las cosas, que deforma la realidad.

Podemos darnos cuenta de la categoría moral de Gandhi así como de la radicalidad de su compromiso con la noviolencia. Ciertamente es difícil encontrar a una persona con estas características. Incluso podemos ver que entre sus compañeros de lucha no todos respondían igual. Así, en la Marcha de la Sal tuvo mucha importancia ser cronista de lo que pasaba. Por eso, Gandhi encabezó la Marcha con un grupo de periodistas, incluso extranjeros, que mandaban día a día sus crónicas. Otros ayudaron en las ambulancias, a recoger a los heridos… Es obvio que no todos tenían el temple de los satyagrahis. En movimientos de resistencia como el encabezado por Gandhi es muy importante para el militante de la noviolencia encontrar su lugar, el lugar donde va a encajar mejor, y tener en cuenta que es una tarea colectiva, en la que se puede colaborar de distintas maneras

Gandhi fue y es un líder de la noviolencia que no solo inspiró a gente de su época sino que sigue inspirando a gente en la actualidad y en diferentes continentes. En Europa, Lanza del Vasto y actualmente las “Comunidades del Arca” son luz de la noviolencia de Gandhi. También ha habido una “tropicalización” de Gandhi y su pensamiento, es decir, traerlo a la realidad local. Así en México se mantienen vivas las herencias gandhianas a través de la Cátedra Mahatma Gandhi que es una alianza entre la Gujarat Vidyapith, la Universidad que funda Gandhi en 1920 en Ahmedabad, y una serie de organizaciones académicas en México como la Universidad de la Tierra en Oaxaca, y otras muchas provenientes de pueblos originarios, que forman parte todas de esta Cátedra. Han realizado congresos y encuentran mucha sintonía con Gandhi, especialmente con su libro El programa constructivo (1941, revisado en 1945) y con el Swaraj entendido como autonomía, autosuficiencia e independencia tanto del individuo como de la comunidad. Al menos en América Latina se ha recuperado mucho a Gandhi y se le tiene en cuenta en esta parte medular que son las luchas de resistencia por los territorios. Gandhi y la noviolencia todavía sigue viva entre mucha gente que la practica y le sigue hoy en día.

[Imagen de marian anbu juwan en Pixabay]

Silvia Maribel Arriola: murió con el pueblo y resucitará con él

En los años 80 del siglo pasado, El Salvador vivió disturbios sociales y políticos, fruto de desigualdades, de represión, falta de libertad y pobreza generalizada. La situación continuaba agudizándose y los movimientos populares se organizaron en fuerzas guerrilleras. Era necesario un cambio y se rebelaron contra el Gobierno Militar.

El enfrentamiento entre el gobierno y la guerrilla ocasionó en el país una guerra civil, que duró 12 años. El entrenamiento, la financiación, el armamento y la asesoría fueron proporcionados a los militares por Estados Unidos en forma de cobertura y seguridad. Cada unidad militar del ejército y de la policía tenía a su cargo un «Escuadrón de la Muerte» que ejecutaba acciones de asesinato, secuestro, extorsión, amenazas y delitos en contra de personas registradas como guerrilleras, y/o sospechosas de apoyar la lucha contra el gobierno.[1]

El 24 de marzo de 1980, el Arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, fue asesinado durante una misa que oficiaba en la capilla del hospital Divina Providencia. Esto sucedió después de haber expresado que era urgente que Estados Unidos retirara su apoyo militar al régimen salvadoreño y ordenara a la Junta Militar el cese de la represión.

El grupo guerrillero FMLN en diciembre de 1990 lanzó lo que sería la última ofensiva de carácter nacional y en la que misiles tierra-aire derribaron los primeros aviones. Al establecerse una especie de equilibrio de fuerza, el gobierno accedió a un proceso de negociación entre las partes y se firmó el Acuerdo de Paz que permitió la desmovilización de la guerrilla y su incorporación a la vida política el 16 de enero de 1992[2].

Silvia vivió estos tensos y violentos años, que dejaron más de 80.000 muertos.

Memoria, verdad y justicia

Silvia nació el 20 de marzo de 1951 en el departamento de Santa Ana, hija de Jorge Arriola y Angelina Marroquín de Arriola, fue la primera hija entre cuatro hermanos (un hombre y tres mujeres).

A la edad de 15 años descubre su vocación religiosa e ingresa a la Congregación de Hermanas Guadalupanas. Permaneció 8 años con estas Hermanas. Durante ese tiempo estudió enfermería en México, compartiendo con personas enfermas y mucha gente necesitada.

Regresó a El Salvador para profesar sus votos perpetuos. Acompañó a una de sus hermanas que estudiaba Sociología, para hacer una encuesta en el tugurio de Tutunichapa. Conoció allí a un grupo de mujeres de las Comunidades Eclesiales de Base y al final de una reunión dialogó con Noemí, hermana de la Pequeña Comunidad, intercambiaron sobre la experiencia comunitaria religiosa nacida de las Comunidades Eclesiales de Base y se entusiasmó por esa novedad.

Silvia, aun siendo religiosa guadalupana, continuó visitando la comunidad marginal de Tutunichapa. Asimiló la mística de las Comunidades Eclesiales de Base y se incorporó a visitar y vivir el espíritu comunitario. Un día recibió una carta de la hermana superiora de la Congregación donde se le exigía decidir entre las Comunidades Eclesiales de Base y la Congregación. Decidió salir de la Congregación de Religiosas Guadalupanas y se incorporó a la experiencia de vida religiosa de la Pequeña Comunidad.

El 25 de agosto de 1975 celebraron la incorporación de una hermana más en la vida comunitaria. «Nosotras no dudamos frente al planteamiento de incorporarse a la comunidad. Al contrario, celebramos como cipotas su integración. Silvia era una persona con grandes valores. Puso en la vida de la comunidad su espíritu, su mística y su opción para con los seres humanos”[3].

“Las Comunidades Eclesiales de Base tienen su raíz en Jesús y el Evangelio de la vida. Como Él, viven y sienten el dolor de los empobrecidos; como él anuncian la buena nueva a los pobres, la liberación a los oprimidos, dan luz a los ciegos, y anuncian el año de Gracia del Señor (Cf. Lc 4, 18-19).  Como él, las CEBs sanan a los enfermos, hacen caminar a los paralíticos, hacen oír el clamor de los pobres, resucitan a los que tienen muerta la esperanza (Cf. Mt.9, 35-36)

Ellas unen la fe con la vida, porque son lugar de encuentro con Dios y con los hermanos y hermanas, de encuentro con el perdón de Dios y donde se comparte el Pan de la Palabra, de la Eucaristía y el pan que nos hermana; en ellas se vive y profundiza la espiritualidad de Jesús y su propuesta de su Reino y la mística.  Buscan incidir en la economía del mercado total con la gratuidad, en la exclusión con la proximidad y en la corrupción con la ética de la honestidad y del servicio.

Ellas son expresión del proyecto comunitario de Jesús, que se esfuerzan por vivir su identidad de Iglesia, ahí donde el Pueblo se juega la vida. Son Comunidades ecológicas, que por ser comunidad y por tener hambre de Pan y no de Oro, se esfuerzan por convertir este modelo de desarrollo basado en el hambre de oro, de explotación de la persona humana y de la naturaleza, en un modelo fundado en la dignidad de la persona y en el amor”[4].

Al lado de Monseñor Romero 

Silvia vivió y compartió cinco años y medio en la Pequeña Comunidad. Con la llegada de Monseñor Romero en 1976, trabaja como secretaria del Arzobispo medio tiempo: leía y resumía la correspondencia, redactaba y archivaba. En el otro medio tiempo, animaba hasta altas horas de la noche a las Comunidades de Base en San Roque (Plan del Pito) y Cuscatancingo.

Su nueva comunidad religiosa nace de las comunidades de base de San Salvador y es aprobada canónicamente por Monseñor Romero con el nombre de “Misioneras de las Pequeñas Comunidades”.

“La mujer de la sonrisa”, así la llamaban, se hizo religiosa para servir a las mayorías pobres y necesitadas de su país. Era menuda, frágil de apariencia, pero fuerte como para aportar una solución arriesgada en situaciones límites.

Fórmula para sus votos religiosos

«Ante una sociedad que vive los ideales del poder,
el tener y el placer,
quiero ser signo de lo que significa realmente AMAR;
de que Cristo es el único Señor de la historia,
que está presente en medio de nosotros
y es capaz de engendrar un amor más fuerte
que los instintos y que la muerte;
más fuerte que todos los poderes económicos.
Deseo llevar una vida de búsqueda y seguimiento
de Cristo, pobre, casto y obediente a la voluntad del Padre,
para vivir sólo para Él y su obra salvífica.
Prometo al Señor serle fiel:
en la salud y en la enfermedad,
en la juventud y en la vejez,
en la tranquilidad y en la persecución,
en las alegrías y en las tristezas,
en su encarnación en los más pobres,
siendo pobre y solidaria con ellos
en su lucha por su liberación;
participando de su misión evangelizadora entre los hombres,
concentrando toda mi capacidad afectiva en Él y en todos los hermanos,
viviendo en una continua búsqueda de la voluntad del Padre
a través de su Palabra, en su Iglesia,
y de los signos de los tiempos entre los pobres».

Su atención por el movimiento político

Tuvo una especial atención para los jóvenes y el acompañamiento al movimiento político. Con su forma de ser selló a cada persona, respetando su individualidad y potenciando sus capacidades. Durante el tiempo de persecución, muchos de esos jóvenes se comprometieron con su vida por los cambios sociales. Ahora son parte de la lista de mártires. Otros asumieron compromisos de liderazgo en la formación y la continuidad de las Comunidades Eclesiales de Base.

El 2 de diciembre de 1980, las hermanas Dorothy Kazel, Ita Ford, Maura Clarke y la laica Jean Donovan fueron secuestradas, violadas y asesinadas. En ese entonces Silvia estaba acompañando como enfermera en el Ejército de Liberación Farabundo Martí, en el Frente Occidental “Feliciano Ama” durante la guerra civil. Un mes y 15 días después, a los 29 años de edad, ella misma fue asesinada por el ejército, el día 17 de enero de 1981, junto otros compañeros, enfermeras y médicos del campamento. Los cuerpos fueron mojados con gasolina y quemados para destruir la evidencia de una masacre de civiles.

Amiga de todos, animadora de comunidades, enfermera en un campamento guerrillero, cumple hasta el fin sus promesas de fidelidad al pueblo, dando testimonio de la Buena Noticia a los pobres. Murió con el pueblo y resucitará con él.

El martirio en América Latina y el Caribe

El martirio en nuestro continente nos ha dejado una herencia: constatar y denunciar el dolor de los más pobres y vulnerables, que sufren la miseria y la injusticia. Nos abre los sufrimientos, que afecta sobre todo a las mujeres, a los migrantes, a los refugiados, a los pueblos originarios, a los afrodescendientes. Nos hace abrir los sentidos para ver y escuchar el grito de la tierra y la “cultura del descarte”. Con la pandemia y la guerra se ha incrementado el problema de falta de alimentos en gran parte de nuestra población. La vida de los y las mártires nos confronta ante nuestra solidaridad efectiva con los y las despojadas, las víctimas de las guerras, la defensa de su dignidad y sus derechos. La vida y muerte de Silvia Arriola se inscribe dentro del martirologio latinoamericano y caribeño, que abarca niños/as, mujeres, ancianos/as, jóvenes, catequistas, agentes de pastoral, religiosas/os, sacerdotes, obispos, poblaciones enteras masacradas. El martirio forma parte de nuestra historia. ¿Aprenderemos de todos ellos y ellas a entregar radicalmente la vida por los demás y por la misma causa de Jesús?

***

[1] Cfr. Carta a las Iglesias, Realidad nacional, El Salvador, 4 de febrero de 2009.

[2] Clara Ma. Temporelli, Amigas fuertes de Dios, Medellín, Ed. ODN, 2014, pp 146-148; Cuaderno Cristianismo y Justicia N° 199, pp. 15-16.

[3]https://www.ecured.cu/silvia-arriola

[4] Mensaje Encuentro IX- CEB Continental http://cebcontinental.org › encuentro-ix-honduras-2012. Proclama del IX Encuentro Latinoamericano y Caribeño de CEBS, 16 al 21 de junio del 2012, San Pedro Sula, Honduras.

[Imagen extraída de La Bottega del Barbieri]

Palabra y conversión

Cuando los chavales de mi calle estábamos todos en edad de jugar al balón, solía venir por el barrio un cuentacuentos al que llamábamos Esopo. No porque conociéramos de antes al fabulista griego, sino porque aquel hombre del que no recuerdo el nombre tiraba sobre todo de fábulas y, entre los nombres de Esopo, Iriarte o de la Fontaine, nos pareció más gracioso el primero como mote. Gracias a él conocimos mejor a la perezosa cigarra y a la abnegada hormiga, a la liebre que se creía capaz de romper el tiempo corriendo y a la tortuga que caminaba segundo a segundo. Aunque mi favorita era esa de Iriarte en que el zorro consigue hacer creer al cuervo que su graznido es bello: cuando aquel, todo ufano, abre el pico para “cantar”, se le cae nada menos que un pedazo enorme de queso (al menos en el dibujo era así), y el avieso zorro escapa con él. Exactamente así funciona, a veces, el mundo. Pero lo que se me ha quedado grabado era el modo en que Esopo terminaba sus pequeños recitales: cerraba el libro de un golpe seco, nos miraba fijamente y decía: “¿Habéis escuchado? Pues, ¡nada de esto os cambiará la vida!” Y se marchaba por el lado contrario al que había venido. 

Le he dado alguna que otra vuelta a esa frase de Esopo, hasta convencerme de que aquel petardo final no era ni pesimismo ni cinismo, sino una forma de provocar –inventándose una nube grisácea sobre el futuro– la pregunta contraria: ¿puede un libro, un artículo, una sencilla palabra cambiarnos la vida? ¿A qué llamamos –ya puestos a perder el tiempo– cambiar la vida?

Hace unas semanas terminé Las malas, de Camila Sosa Villada. La novela, ambientada en la Córdoba argentina, cuenta las vicisitudes por las que tienen que pasar unas travestis que se dedican a la prostitución en uno de los parques de la ciudad. El libro golpea por la lacerante cantidad de violencia y rechazo que tienen que soportar estas personas, y acaricia por encontrar en él eso que hoy se llama “resiliencia”, y que yo me explico como la capacidad de soportar dolor con esperanza (en este caso, a niveles extraordinarios). Es seguir diciendo –seguir queriendo decir–, como lo hace la Tía Encarna, que “ser travesti es una fiesta”, cuando lo que se nos está describiendo, buena parte del tiempo es un infierno. El libro, a años luz de mi realidad diaria, es, por eso mismo, como una nave espacial que viaja hacia los márgenes del espacio conocido. Por eso me extraña oír de nuevo a Esopo cerrar el libro con energía de cíclope y decirme: “Pues, ¡no te cambiará la vida!”. Porque, en parte, no tiene razón. En parte. Porque si el libro te hace sentir algo del dolor que sufren las víctimas, si hay que apartar la mirada del papel para protegerte del puñetazo, de la cuchillada, del disparo que está sufriendo otro, de algún modo algo ha cambiado en ti. La próxima vez que me cruce con una travesti por la calle, si mi memoria funciona bien, recordaré Las malas: seguramente la mire de otra forma, quizá vuelva a revivir en mí la violencia sufrida por sus protagonistas, y también su capacidad de transfigurarla. 

Pero Esopo –que sabía lo que se decía– tenía también, en parte, razón. Cambiar la vida, lo que se dice cambiar la vida, solemos llamarle a otra cosa. Quizá no tiene que ver tanto con recordar algo como con ser recordado, con leer como con ser leído. En definitiva, con amar como con ser amado. Más es que te cambien la vida que cambiarla tú. Sin embargo, nos damos cuenta en seguida: se trata de habitaciones contiguas, una activa y otra pasiva, separadas por una pequeña puerta, casi una gatera. Quizá por eso un compañero jesuita, siempre que se habla de vocación, acaba reivindicando los libros. El motivo es familiar: no es lo mismo –pero sí colindante– lo que experimenta san Ignacio leyendo sobre su cama de convaleciente la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia y un libro sobre la vida de los Santos, que lo que le ocurre mirando el Cardoner. Los libros dejan intacto su deseo y su voluntad, pero le van cambiando los referentes, de soldadescos a santos. Nuevos pensamientos se ponen en marcha en otra dirección, como el girarse de una antorcha. La visión del Cardoner, más tarde, es como el arrebato del deseo y de la voluntad por aquel nuevo referente, el Señor. De repente, el yo queda como en suspenso, y el espacio que ocupaba con avidez su conocimiento lo habita ahora otro significado, Otro. Como un amanecer en el entendimiento. La sensación tuvo que ser parecida en la visión de La Storta.  Después de las lecturas, Ignacio cuenta que cobró “no poca lumbre de aquesta lección”. Tras La Storta, que sintió “tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto”. Lumbre y mutación; cambios y Cambio; palabra y gracia. 

Puede que las palabras no sean, todavía, la gracia misma, porque podemos oír y leer sin entender. Pero siempre pueden recordar que la gracia existe, de forma que a veces la anticipan y la esconden como una ostra su perla. Nos cuentan que hay gente a la que se ha perseguido hasta la muerte, y otros que se pusieron en camino al escucharlas. La Palabra es el recuerdo y la antesala de la gracia y, por eso mismo, el inicio de su presencia. ¿Por qué se habría escrito la Biblia, si las palabras no pudieran cambiar? ¿Por qué escribir, sin más? ¿Por qué vendría, si no, aquel Esopo a contarnos sus cuentos?

[Imagen de 愚木混株 Cdd20 en Pixabay]

Especulación inmobiliaria

Un fantasma recorre el mundo. La expoliación y el despojo son dos de las constantes de las compañías inmobiliarias que mueven millones de dólares por medio de la especulación financiera inmobiliaria. Los afectados son habitantes de barrios, zonas habitacionales, pueblos enclavados en las ciudades, fraccionamientos y asentamientos humanos urbanos y suburbanos en cualquier ciudad del mundo. Cuando la especulación financiera entra en la vivienda y el suelo, el derecho a tener una habitación decente simplemente no existe para miles de personas.

En términos urbanísticos se habla de la «ciudad capitalista» que está diseñada, o mejor dicho re-diseñada, no para ser habitable sino para que los grandes inversionistas inmobiliarios a nivel mundial sigan aumentando sus ganancias. Dicho de otro modo, se trata del megaencarecimiento de la vivienda y el suelo por la especulación financiera. 

La intervención de las inmobiliarias en las ciudades, muchas de ellas enormes compañías transnacionales o grandes grupos inmobiliarios nacionales, tiene patrones financieros y de actuación permitidos por una laxa legislación y por la complicidad a gran nivel de autoridades corruptas. 

El proceso de encarecimiento inmobiliario reviste en las ciudades una nueva forma de privatización o re-privatización. Espacios públicos y privados, aparentemente feos o en peligro, abandonados o habitados, son cooptados por las voraces inmobiliarias que demuelen, tiran o remodelan edificios, barrios y zonas urbanas marginales o céntricas. Entonces la ciudad se va remodelando, aparecen nuevas zonas con carácter «exclusivo» que detentan en su publicidad, tarjetas de presentación atrayentes, tecnología de vanguardia, espacios con vistas a la ciudad «como nunca antes se habían proyectado», acceso a centros comerciales, gimnasios, hospitales, zonas de oficinas exclusivas, colegios, etc. Todos de inmejorable oportunidad. Pero los habitantes originarios ya no pueden habitarlos. 

Además tienen una función estética para el neoliberalismo. Presentan a las ciudades -que no pierden, sino al contrario, acentúan las desigualdades, el descarte y la exclusión- como ciudades bellas, modernas y de paso legitiman estos procesos porque las ciudades se modernizan.

Por otro lado, lo que exhiben estos hechos es, en primer lugar, la fuerza del modelo neoliberal que amalgama la desigualdad social y económica, en una nueva tendencia de exclusión habitacional, que conlleva un proceso progresivo de falta de acceso a las oportunidades y falta de acceso a infraestructura urbana por el encarecimiento de los bienes raíces y las rentas. Hay zonas nuevas en las ciudades donde no hay transporte público, único medio de acceso para trabajadores y trabajadoras.

Esta tendencia de exclusión habitacional se genera por muchos factores, pero sobre todo porque la vivienda se encarece y de frente a este hecho, la vivienda de interés social ha sido en gran parte un fracaso de las políticas públicas. La política pública apostó desde el inicio al olvido. 

Estos son modos viejos y renovados del neoliberalismo. Vivimos en las ciudades un urbanismo neoliberal.

[Imagen de 畅 苏 en Pixabay]

Memoria, entendimiento y voluntad: el volcán de Cumbre Vieja

No lo olvidaré. Estaba sentado en la sala de casa, al cuidado de mis padres ya mayores y con la tele de fondo. En cuanto dieron la noticia salí de casa y al mirar hacia poniente una inmensa columna de humo ascendía a unos pocos kilómetros, al otro lado de Cumbre Vieja. No puedo tampoco olvidar lo que fueron los meses siguientes. Ni las dificultades que se nos vinieron encima ni el impresionante desborde de solidaridad, resistencia, colaboración, amistad, oración, esperanza, lucha. Pero al igual que fijó recuerdos, el volcán nos convocó a una reflexión sobre nuestro modo de vida y sobre nuestro modo de cuidar el hogar precioso y vivo que es la isla donde nacimos.

Ignacio de Loyola, a partir de las enseñanzas de la filosofía clásica, invitaba en sus Ejercicios Espirituales a meditar mediante los tres grandes poderes de la psique: la memoria, el entendimiento y la voluntad. Ahora que se cumple un año de la erupción y unos pocos meses desde el final de aquel torrente de fuego y ceniza, la memoria permanece vívida, el entendimiento se mantiene desafiado y la voluntad, aquella que mostramos durante los días más duros, que nos mantuvo firmes, trabajando unas personas por otras, unidas todas en dar respuesta, sigue dándonos la fuerza para afrontar todo el camino que queda por delante.

Hace unos días pasé por la carretera que atraviesa la colada desde La Laguna y pasa sobre el lugar donde estuvo en su día el pueblo de Todoque. La memoria de tantas personas que tuvieron que dejar sus hogares y de la implacable marcha de la colada hizo que brillaran mis ojos y que alguna lágrima se escapara por mi mejilla. Pero mi memoria de aquellos días es, principalmente, la de miles de personas que supieron afrontar lo que sucedía, que pusieron de su parte para ayudar, que cumplieron las normas de seguridad, que se aliaban con instituciones y asociaciones para responder a las necesidades, incluso, a veces, con desmesura. Mi memoria es también la de quienes acudían al santuario de Tajuya, al de Las Nieves, a sus parroquias provisionales, para dejarse tocar por el misterio de Dios y responder a su llamado de solidaridad inteligente haciendo de cada rincón un santuario.

Claro que dio para pensar. Para empezar, sobre la increíble capacidad que tenemos de afrontar lo más duro cuando dejamos de lado las discrepancias y los protagonismos y nos ponemos a trabajar por el bien común. También dio para pensar sobre cómo el volcán y sus coladas afectaba a muchas personas que habían venido a vivir a nuestra isla madre desde otras tierras, desde otras sociedades. Esas personas sufrieron igual y aportaron todo lo que estuvo en sus manos. No se es ciudadano o ciudadana por derecho de origen, sino por empeño de convivencia y de compromiso. Por supuesto, también daba para pensar las oraciones de tantas personas en los santuarios o en la intimidad, pidiendo a Las Nieves que pusiera su mano para que pudiéramos ir más allá y mantenernos firmes en nuestro compromiso y nuestra esperanza. Finalmente, me dio mucho para pensar el desigual comportamiento de los medios de comunicación, que en ocasiones fueron más fuente de confusión y morbo, alentando un periodismo espectáculo de enganche, que portadores de una información apropiada para que las personas que teníamos que vivir con aquella situación tuviéramos los datos y mensajes apropiados para vivirlo.

Aquellos días tuvimos una voluntad firme de unidad y respuesta. No podía ser de otro modo. No significa que no tuviéramos visiones diferentes sobre cómo responder. Significa que aquellas diferencias se gestionaban en los foros oportunos y siempre con las formas necesarias para mantenernos unidos en la búsqueda del bien común: la población más afectada y el conjunto de la isla. Quizás, ahora, que estamos en ese proceso que damos en llamar reconstrucción, nos toca mantener la misma voluntad: la de poner en el centro la ayuda a las personas, el cuidado del territorio frágil de la isla, promover la vida más digna posible de nuestra gente (naciera donde naciera, son nuestra gente), y resolver nuestras diferencias en los foros apropiados y con las formas necesarias para no rompernos, para sumar en vez de restar. Por supuesto, yo seguiré peregrinando al Santuario de Las Nieves, ese que me sirve para recordar que toda persona y también la isla entera es santuario.

[Fotografía cedida por el autor]

Dios y el deseo en la política del miedo

A cada acontecimiento en que la historia nos demuestra su devenir, percibimos casi como sin poder hacer nada, las irracionalidades en las que vemos al ser humano inmerso. En esta misma historia donde mientras unos perecen a diario sintiéndose abandonados por Dios y defraudados en sus creencias, otros aún creen tener el poder de inducir la voluntad de Dios a su favor y con ello llevar a cabo sus atrocidades. No es que en este mundo unos sean malos y otros buenos, sino que hay algo que el poder sigue creando en la mentalidad de todo ser humano que lo hace acreedor de una cierta idea de “bendición” especial por parte de Dios para que acompañe sus propias decisiones.

El problema, por un lado, sigue siendo la partidización de Dios. Se siguen construyendo ideas acerca de que Dios está del lado de unos y en contra de otros, que Dios bendice las intencionalidades de un grupo humano para arremeter con todos los medios –incluyendo los violentos- en contra de los supuestos enemigos. Así lo hemos visto en las imágenes de la iglesia rusa que en medio de sus rituales acoge el deseo de la guerra de las milicias rusas en contra de sus hermanos ucranianos, por un lado, y creyentes de rusos y ucranianos unidos en oración para pedirle a Dios el cese de tanta violencia. De fondo percibimos un deseo de dominación, de sometimiento de unos sobre otros con fines claramente económicos, pero que superan la racionalidad posible de la conciencia del mal que se promueve. En estos deseos que dominan las posibles buenas intencionalidades “el hombre desea intensamente, pero no sabe exactamente qué, pues el ser lo que él desea, un ser del que se siente privado y del que cualquier otro le parece dotado”[i].

En otro sentido, también existen de modo encubierto las propias pretensiones de las cuales se hace un cierto alarde en la dimensión pública, pero que a la interna se crean para disfrazar los miedos existentes. La misma inseguridad, la misma precariedad humana encierra consigo el miedo a dejar de existir, pero en vez de apuntar con ello a una mejor interconexión con los demás seres, a una mejor convivencia humana, se refugian en las trincheras del miedo y el ataque pasa a ser la mejor defensa. En este sentido “aunque se puede entender que los miedos dependen de las pretensiones, sin embargo, una reducción de las pretensiones no conlleva necesariamente la disminución de los miedos”[ii]. Si bien, en cierto momento disminuyen los deseos de poder, el miedo queda instalado en la humanidad ante tales barbaridades.

Entre deseo de más poder y de la instalación del miedo en la sociedad, aparece la idea de un Dios que debe impartir cierta justicia. Pero en la gran mayoría de los casos, la idea de un Dios justiciero, sea como vengador, sea como pacificador, sigue siendo manipulada por las diversas creencias religiosas que están sometidas al poder político. Lo irracional en estos casos proviene de que en varios acontecimientos de la historia, la idea de ese Dios construido ha servido para justificar guerras y matanzas, como también la aceptación pasible de una injusticia totalmente desvergonzada. Por eso los países miembros de la OTAN deciden ser simples espectadores de la violencia en Ucrania, donde a lo sumo se acercan con una ayuda económica o armamentista que sólo promueve la violencia.

Haciendo referencia al juego de Gran Hermano –conocido por todos en el mundo entero-, Bauman decía: “La supervivencia es una oportunidad de la que sólo uno disfruta; la condenación es el destino del resto. Antes de ser expulsados por los votos de los demás, todos los jugadores participan en los sucesivos rituales de extradición con la satisfacción que sólo aporta el deber diligentemente cumplido, el trabajo bien hecho o la lección sólidamente aprendida; sus remordimientos quedan plenamente disipados ante la prueba de que las fechorías del vecino desahuciado justificaban de antemano la decisión posterior de expulsarlo”[iii]. En este sentido, aunque unos se muestren en contra de quien está abusando de su poder para expulsar a otro, muchos se le unen en sus acciones con tal de sobrevivir. La supervivencia de unos indica la clara muerte de muchos otros, sin importar la complicidad de la cual el mundo entero es testigo.

En medio de estos acontecimientos, Dios sigue rehén de las manipulaciones de aquellos que dominan el mundo. Entre los discurso de algunos líderes mundiales como puede ser el papa Francisco y su invitación a detener la guerra, Dios es llamado por muchos para frenar algo que solamente el hombre tiene el poder de hacerlo. Pero aun así no lo hace. Luego del rezo del Ángelus del día domingo 6 de marzo, decía: “Envío un llamamiento de corazón para que se aseguren los corredores humanitarios y se garantice y facilite el acceso de ayuda a las zonas asediadas para ofrecer ayuda vital a nuestros hermanas y hermanos oprimidos por las bombas y el miedo»[iv]. Palabras claras, pero siempre dejan un sin sabor pues, ¿quién escuchará al papa? ¿Qué importancia tiene hoy Francisco para lograr que se frene la guerra? En medio de ello, siempre queda la idea de Dios atrapado y sin salida en juegos de un lenguaje que no logra cambiar conciencias que transformen la realidad.

Quizá la misma conciencia humana, tema central de la mayoría de las religiones, deba ser aún liberada de los juegos del lenguaje que se desprenden del devenir de la historia, como también, de los acontecimientos de la historia que condicionan la conciencia. Si Dios fuera de veras el gran deseo del ser humano como reflejo de plenitud humana, de armonía y paz, todas las acciones, tanto religiosas como políticas debieran ir en favor de la construcción de una idea de Dios que coincida con ello. Pero no. Quizá entonces “tenemos aquí un tipo de pecado que, entendido como infidelidad a Dios y obra destructora de la acción comunitaria, es debido en gran parte a una falsa conciencia [donde] este pecado se parece mucho a una enfermedad”[v].

***

[i] René Girard, La violencia y lo sagrado (Barcelona: Anagrama, 1972), 152.

[ii] Heinz Bude, La sociedad del miedo (Barcelona: Herder, 2019), 115.

[iii] Zygmunt Bauman, Miedo Líquido (Barcelona: Paidós, 2007), 44.

[iv] https://www.swissinfo.ch/spa/ucrania-guerra_el-papa-pide-que-cese-la-guerra-y-respeto-al-derecho-internacional-en-ucrania/47407090

[v] Gregory Baum, Religión y alienación. Lectura teológica de la sociología (Madrid: Cristiandad, 1980), 216.

[Imagen de Hands off my tags! Michael Gaida en Pixabay]

El lastre de la «papolatría»

La celebración de un Consistorio de cardenales en Roma a finales de agosto desató un cúmulo de rumores sobre si estaríamos asistiendo a una especie de ensayo general previo a un encuentro en el que podría ser elegido el sucesor de Francisco. Pero más allá de estas especulaciones, creo que tal convocatoria fue una especie de «rendición de cuentas» ante la institución que, a la vez que le eligió para tal responsabilidad en marzo de 2013, le encargó asimismo una reforma a fondo de la curia vaticana. Los «bien informados» sostienen que los cardenales de entonces le confiaron tal cometido no solo por las luchas entre diferentes facciones o por las filtraciones a la prensa de informaciones sensibles, sino también porque, durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, dicha curia venía funcionando como un diafragma entre el papa y el resto de los católicos. Y lo hacía a la sombra de una relectura que no solo daba pie, entre otros excesos, a un ejercicio de la autoridad desmedidamente unipersonal, sino que también favorecía actitudes y comportamiento «papolátricos». Nada que ver con lo aprobado en el Vaticano II cuando proclama que la «potestad suprema sobre la Iglesia universal» la posee el colegio de los obispos con el papa, reunidos en concilio o dispersos por el mundo (LG 22). Por tanto, ni el papa solo, ni los obispos por su cuenta (y, menos, la curia), sino conjuntamente.

Reaparecía el siempre peliagudo asunto del poder en la Iglesia. Los cardenales, prestando más atención a los síntomas que a la causa del problema, le encomendaron una reforma a fondo de la curia para que dejara de proceder como el diafragma que estaba siendo en la relación que existe entre el papa, los obispos y, por extensión, con todos los católicos. Entiendo que esto es lo que ha hecho Francisco –tras nueve años de trabajo– al celebrar este Consistorio: «Misión cumplida», les dijo.

Pero a lo largo de estos años, en los que ha ido madurando la reforma, han surgido dos cuestiones vinculadas con el ejercicio del poder en la Iglesia. La primera, vinculada a la necesidad, en expresión del papa Bergoglio, de una «conversión del papado» que llevara a un ejercicio del mismo «de abajo a arriba», es decir, a tomar decisiones escuchando a los concernidos. Es lo que expresó en el Sínodo de obispos de 2015, con la imagen de la Iglesia como una «pirámide invertida». Pero es una «conversión» que ha mostrado sus limitaciones, tal y como se evidenció tras la finalización del Sínodo sobre la Amazonía. Entonces se pudo comprobar que tal «conversión», además de pasar por un admirable proceso de escucha, seguía necesitando una reorganización más policéntrica de la autoridad papal. Creo que lo puede ser prolongando la experiencia de los más de treinta ritos existentes en nuestros días y teniendo presente la máxima de San Agustín: «Unidad en lo fundamental, libertad en lo opinable y en todo caridad».

Y la segunda, referida a la participación en el gobierno y magisterio eclesial de los cerca de 1.400 millones de católicos que, como también proclama el Vaticano II, «son infalibles cuando creen». Dicha participación pasa por consultar a todos ellos sobre un asunto de fondo y antes de tomar una decisión al respecto. Francisco, a diferencia de sus predecesores, no solo ha dispuesto que tal escucha sea preceptiva y no meramente optativa, sino que ha abierto un proceso sinodal para abordar la cuestión de cómo ha de ser una Iglesia realmente sinodal. No se trata de rizar el rizo, sino de imaginar e implementar mecanismos que hagan creíble esa imagen de una Iglesia asemejada a una pirámide invertida. Ese es el asunto que está en juego desde el año pasado y que tendrá un momento culminante en octubre de 2023, cuando se celebre el Sínodo mundial de obispos en Roma, tras todo un largo proceso de escucha, diálogo y formulación de propuestas.

Entonces, se podrá ver cuál es la sinodalidad que se quiere activar: la que vienen desarrollando las iglesias latinoamericanas (consulta al pueblo y debate y decisión de los obispos, con la ayuda de teólogos) o la que se puso en marcha en la estadounidense, en el tiempo inmediatamente posterior a la finalización del Concilio: contar con sucesivos documentos que, enviados a las bases para su estudio y enmienda, sean finalmente aprobados (o no) por la Conferencia Episcopal.

Sabremos si es esta última la sinodalidad que se pone en juego cuando, una vez finalizado el encuentro de obispos en octubre del próximo año, se envíen a todas las diócesis del mundo lo debatido y aprobado en la asamblea episcopal para una posterior lectura y enmienda en las diócesis de todo el mundo, antes de presentar el texto definitivo a Francisco para que lo ratifique, si lo estima oportuno. Finalizado el tiempo de la primera consulta, toca esperar y hacer caso omiso a los rumores.

[Artículo publicado originalmente en El Diario Vasco/Imagen de Helena Volpi en Pixabay]

Algo por hacer

Los cristianos y cristianas creemos que en Dios se encuentra la esperanza. La esperanza aparece como un movimiento que dinamiza nuestra vida y que nos hace creer que todavía queda algo por hacer. Con ello la esperanza se opone diametralmente a una visión fatalista y determinista de la vida y de la historia, es decir, de una comprensión de que las cosas no cambiarán, de que todo seguirá tal cual.

Pero pareciera que vivimos en tiempos donde ese algo por hacer queda vacío de contenido y de sentido. ¿Realmente nos queda algo por hacer? Como canta Nano Stern en La raíz, “pareciera que la tierra se nos va a acabar / que será cubierta por concreto y alquitrán/ pareciera que la vida se nos va a ahogar/ asfixiada por paredes que la mataran”. Pareciera que esta es la fotografía de este tiempo, de nuestros tiempos. En medio de la intranquilidad e incertidumbre de este tiempo, de sus encuestas, de sus pulsiones publicitarias y de ciertas narrativas marcadas por la catástrofe y por la falta de posibles es algo que desafía la experiencia cristiana de la esperanza, de ese abrazar el algo por hacer.

Los cristianos confesamos a un Dios que abre el espacio del por hacer. Creemos en el Dios de Abraham que moviliza al patriarca a buscar una tierra nueva, una tierra distinta. La esperanza reside en el Dios que abrió los ojos y oídos de Ezequiel para gritar a los huesos secos que esos cadáveres desérticos serían cubiertos de carne y de tendones. Creemos en el Dios que en Jesús anunció buenas nuevas a los que vivían encerrados por visiones y prácticas religiosas y sociales que terminaban denostando sus vidas. El Dios del todavía algo por hacer despierta en los seres humanos la esperanza como mirada atenta de la historia, de los signos de los tiempos, de los destellos de justicia y de compasión que son signos anticipatorios del Reino de Dios, como indica el teólogo Juan Alfaro.

Transcribo de manera íntegra el poema “El doliente” de Óscar Hahn, que es un grito y un manifiesto ante todos esos por hacer de la vida en los que la fe cristiana reconoce la presencia de un Dios novedoso.

“Pasarán estos días como pasan
todos los días malos de la vida
Amainarán los vientos que te arrasan
Se estancará la sangre de tu herida

El alma errante volverá a su nido
Lo que ayer se perdió será encontrado
El sol será sin mancha concebido
y saldrá nuevamente en tu costado

Y dirás frente al mar: ¿Cómo he podido
anegado sin brújula y perdido
llegar a puerto con las velas rotas?

Y una voz te dirá: ¿Que no lo sabes?
El mismo viento que rompió tus naves
es el que hace volar a las gaviotas”

Hemos de aprender constantemente a mirar los algo por hacer que animan nuestros deseos cotidianos, nuestras formas creativas y solidarias. La esperanza cristiana ilumina, conduce y va plenificando esos movimientos y proyectos que laten en nosotros, esas pulsiones de vida y de justicia, ese buscar construir narrativas de esperanza para cada corazón que late en este mundo.

[Imagen de ThePixelman en Pixabay]