"Tu espacio de fe,
cultura y justicia"

Inicio Blog Página 2

República Centroafricana: Violencia en el corazón del continente

Refugees of the fighting in the Central African Republic observe Rwandan soldiers being dropped off at Bangui M'Poko International Airport in the Central African Republic Jan. 19, 2014. U.S. forces were dispatched to provide airlift assistance to multinational troops in support of an African Union effort to quell violence in the Central African Republic. (U.S. Air Force photo by Staff Sgt. Ryan Crane/Released)

«Yo trabajo en la República Centroafricana. ¿En Sudáfrica? No, en Centroáfrica. Ah, ¿y dónde está eso?». La respuesta parece tan obvia…, ¿no?, pero no tengo suficientes dedos en las manos para contar cuántas veces he mantenido exactamente este mismo diálogo. Cosas del desconocimiento.

Sí, en efecto, aunque a muchos les pueda sorprender, la República Centroafricana —o RCA, para abreviar— es un país que existe realmente y que, como su nombre indica, se encuentra en el centro del gran continente africano o, mejor dicho, en Beafrica, el corazón de África, que es como los centroafricanos llaman a su país en la lengua nacional local, el sango. Un corazón fastuosamente verde, pues el país forma parte de la cuenca fluvial del río Congo, el segundo pulmón del planeta. La selva se extiende por todo el territorio volviéndose menos densa en el norte, ya en la frontera con el Chad, donde va tomando aromas de Sahel, aún lejos del Sahara.

Con una población actual estimada alrededor de los cinco millones de personas, el país es el penúltimo (188/189) en la clasificación del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 2019 que elabora el PNUD, solo por delante de Níger. Es el último en esperanza de vida al nacer, con 52,8 años. El 75 % de la población está por debajo del umbral de la pobreza. Algunas ciudades importantes del país tuvieron en su época una red eléctrica que dejó de funcionar hace tiempo, víctima seguramente del mal mantenimiento, de la falta de inversión, del vandalismo o de los saqueos.

Según el censo de 2003, las principales religiones de la República Centroafricana son el cristianismo (80,3 %, el 51,4 % del cual está formado por diversos grupos protestantes y el 28,9 %, la Iglesia católica), el islamismo (10,1 %), el animismo (9,6 %).

Un conflicto que viene de lejos

La naturaleza geográfico-administrativa de su nombre nos proporciona pistas sobre su origen. La República Centroafricana es un estado fruto del proceso de descolonización francesa de los años sesenta en África del oeste y central, un estado artificial, sin identidad nacional, que agrupó la gran diversidad de razas, religiones y lenguas que habitaban en ese territorio. Es heredero del territorio francés de Ubangui-Chari: «El (espacio) blanco en el mapa de África, el centro del continente, y cuyos contornos nadie podía trazar», como lo define Jean-Pierre Tuquoi en su libro Ubangui-Chari, el país que nunca existió (2017).

De su pasado precolonial, este inmenso y poco poblado territorio guarda ya recuerdos dolorosos: la esclavitud se practicó durante siglos, sobre todo por los sultanatos árabes de Ouaddaï, Ndélé y Birao establecidos en el norte, que favorecían la caza de hombres expidiendo «permisos de caza» para abastecer con esclavos los mercados de Magreb, Egipto, la península Arábiga e incluso Turquía.

La República Centroáfrica alcanza la independencia el 13 de agosto de 1960. Este periodo se caracteriza esencialmente por la sucesión de presidentes llegados al poder entre motines y golpes de estado. Entre ellos, destaca el pintoresco, aunque sangriento y cruel, “emperador” Bokassa I, quien gobernó entre 1966 y 1979. Los padres de quienes estudian la ESO sin duda recordarán la imagen del autodenominado emperador con su capa de piel de armiño (en pleno trópico), cetro y corona, en pretendida réplica de la ceremonia de coronación de Napoleón.

Françoise Bozizé (2003-2013)

Si hacemos un salto en el tiempo, saltándonos décadas de inestabilidad y conflictos armados, nos situamos en el 15 de marzo de 2003. Después de un golpe de Estado, François Bozizé llega al poder derrocando a Ange-Félix Patassé. Durante su mandato, se agudiza la etnicización del ejército y la administración. Su etnia, los gbaya, y especialmente los miembros de su familia ocupan todos los puestos clave. La corrupción y la opresión sobre las otras etnias se acentúan.

El país es denominado a veces la República de Bangui. La razón se halla en que, desde la independencia, todos los recursos, servicios, negocios… se han ido concentrado siempre en la capital. El olvido general de las provincias es notorio, basta pasear por algunas ciudades medianas para constatar que los edificios administrativos existentes (prefecturas, hospitales, escuelas…) datan del periodo previo a la independencia, con su típica arquitectura colonial en versión rústica. La presidencia de Bozizé no contribuye en absoluto a alterar esta tendencia, más bien al contrario.

Es en estas regiones del remoto norte donde, fruto del abandono y el aislamiento, se empiezan a organizar milicias armadas. La población de estas zonas es de mayoría musulmana y mantiene vínculos económicos y sociales históricos con sus vecinos chadianos y sudaneses, más que con el resto del país. Sus reivindicaciones son políticas y económicas, no religiosas. La respuesta del Estado a estas reivindicaciones únicamente a través de la represión alimenta el apoyo de la población a estas milicias y el enrolamiento de los jóvenes como combatientes.

En agosto de 2012, las milicias más importantes se juntan y crean la seleka (‘alianza’, en sango) bajo el liderazgo de Michel Djotodia. También se incorporan mercenarios chadianos y sudaneses que, terminado el conflicto chadiano-sudanés, han quedado en lo que se podría llamar “paro técnico”. La seleka avanza progresivamente en el control del territorio. En marzo de 2013, tras la conquista de Bangui, toma el control total del país, Bozizé es derrocado y Michel Djotodia accede a la presidencia del Estado.

Michel Djotodia (2013-2014)

Uno de los efectos inmediatos de la llegada de la seleka a Bangui es la desaparición de las Fuerzas Armadas Centroafricanas, las FACA. De un día para otro, el ejército nacional se disuelve. Un importante número de sus miembros se integran en los grupos denominados antibalaka. Estos tienen su origen mayoritariamente en grupos locales de autodefensa, mal armados y poco organizados, por lo general surgidos como pequeñas milicias de campesinos para protegerse de los grupos de pastores de etnia peul, que cada año llegan con sus rebaños durante el periodo de la trashumancia. Los rebaños de los nómadas a menudo desbordan los espacios abiertos, entrando en los campos y destruyendo las cosechas. La incorporación de los elementos de las FACA con sus armas aumenta la capacidad de estos grupos antibalaka, pero no consigue integrarlos en una milicia unida con capacidad operacional real.

Con la llegada al poder del presidente Michel Djotodia, las milicias seleka se entregan a la predación más absoluta de la capital y de las grandes ciudades del oeste: los robos de coches o de motos, los secuestros, las extorsiones… se convierten en moneda habitual. Si bien al principio se ceban únicamente con las comunidades cristianas, pronto se percatan de que los grandes comerciantes, principalmente de religión musulmana y que se concentran en el barrio de PK5 de Bangui, son los que tienen mayores recursos, por lo que pasan a ser también víctimas de todos estos abusos. Estos alcanzan tal dimensión que la comunidad internacional reacciona y presiona a Michel Djotodia para que ponga fin a esta situación. En respuesta a estas presiones, Djotodia decide disolver la seleka e intentar poner orden, sin conseguirlo. La tensión y el odio se acumulan entre la población contra los llamados, desde entonces, grupos exseleka que son identificados como milicias musulmanas.

La venganza de los grupos antibalaka llega el 5 de diciembre de 2013. Antiguos miembros de la guardia presidencial de Bozizé junto con antiguos miembros de las FACA de la mano de ciertos líderes antibalaka consiguen agrupar de forma temporal un contingente de unos mil elementos que ataca Bangui para echar a los exseleka y deponer al presidente Michel Djotodia. La carnicería alcanza tintes dantescos en las calles de la capital: cuerpos dentro de neumáticos ardiendo, personas colgadas de los árboles, cuerpos —o solo las cabezas— lanzados a los pozos para impedir que sean utilizados de nuevo… El contingente francés desplegado en la RCA, la fuerza Sangaris, no consigue frenar el caos desatado. La población huye presa del pánico y se refugia en grandes concesiones como parroquias, seminarios, mezquitas o la mayor de ellas: el mismo aeropuerto de Bangui. Solo en esta ciudad, cuatrocientas mil personas abandonan sus hogares en pocos días; cien mil de ellas se dirigen al aeropuerto, un espacio protegido por las tropas francesas.

Los días siguientes a la toma de la capital por los antibalaka, en Bangui y en el oeste del país se desarrolla una caza de hombres con el objetivo de masacrar la población musulmana considerada culpable de todo el sufrimiento causado por los seleka. Una mayoría huye y se refugia en el vecino Camerún, mientras otros se atrincheran en determinados territorios que se convierten en guetos completamente aislados y protegidos por milicias locales en general bien armadas. El mayor de ellos es el barrio de PK5 de Bangui, incrustado en el centro de la ciudad, defendido por diversos grupos de autodefensa que, con el tiempo, se convertirán en mafias de extorsión a la propia población.

La ascensión al poder de la seleka y su posterior caída constituyen el golpe de gracia del derrumbamiento lento pero inexorable del Estado centroafricano, sumergiéndolo en una crisis sin precedentes de una duración que se anuncia larga. De hecho, nunca desde la independencia la República Centroafricana había experimentado una oleada de violencia colectiva semejante. La lógica de los motines y golpes de estado poco o totalmente incruentos o de luchas entre grupos armados se sustituye por un ambiente de guerra civil caracterizado por la desaparición total de las estructuras del Estado, una economía de supervivencia y un conflicto intercomunitario con connotaciones religiosas que ha dividido de facto al país en dos.

Las imágenes de las matanzas de Bangui se hacen virales y atraen la atención del público mundial, pero solo durante unos pocos días: pronto caen en el olvido. Derrocado Michel Djotodia, la comunidad internacional presiona para un diálogo nacional que en enero de 2014 se concretiza en un gobierno de transición bajo la presidencia de Catherine Samba-Panza, antigua alcaldesa de Bangui, con el mandato de organizar unas elecciones democráticas antes de finales de 2015.

Catherine Samba-Panza (2014-2015)

Cuando Catherine Samba-Panza llega al poder en medio del marasmo general, el gobierno apenas controla un veinte por ciento del territorio, circunscrito mayoritariamente al entorno de Bangui. Incluso en el centro de la capital, el barrio musulmán de PK5 escapa a dicho control. Desaparecidas las fuerzas nacionales, ese dominio relativo se realiza esencialmente gracias a las fuerzas francesas de la operación Sangaris. A partir del 10 de abril de ese mismo año 2014, progresivamente se irán añadiendo a esas fuerzas los contingentes de la misión multidimensional integrada de las Naciones Unidas para la estabilización de Centroáfrica (MINUSCA), formados por unos doce mil elementos entre civiles y militares. Los contingentes militares de los diferentes países participantes en la operación de paz se irán desplegando en las grandes ciudades del país sin que ello implique realmente un dominio territorial superior.

La mayor parte del país queda, de este modo, bajo el control de una pléyade de grupos armados, entre exseleka y antibalaka, que aprenderán a convivir con la presencia de los cascos azules instalados en sus zonas, quienes no podrán —o no querrán— impedir los combates entre las diferentes milicias que tendrán como víctima final la población civil. Los enfrentamientos se irán sucediendo en los años siguientes en todas sus posibilidades: antibalakas contra antibalakas, selekas contra antibalakas, selekas contra selekas. La imprevisibilidad es total y las razones de estos conflictos son de lo más diversas: conflicto étnico, control de minas, simples incidentes que degeneran en violencia, robos, extorsiones, pillajes…

Muchas ciudades o barrios serán totalmente abandonados por sus moradores, quienes irán a instalarse en familias de acogida, en sitios de desplazados al lado de los campamentos de la MINUSCA, o partirán a los países vecinos como refugiados, sobre todo al Chad, a la República Democrática del Congo y a Camerún. Las cifras de desplazados irán aumentando hasta sobrepasar los 1,2 millones de personas, lo que significa que más del veinte por ciento de la población se ha visto obligada a abandonar su hogar. Las necesidades devienen ingentes: acceso al agua, letrinas, alimentos o alojamiento…, pero ni los fondos para financiar la respuesta humanitaria ni las Agencias ni las ONG internacionales tendrán la capacidad suficiente para ponerla en marcha a la escala requerida, centrándose en cubrir únicamente las necesidades más graves.

Al acercarse el plazo límite para celebrar las elecciones que deben poner fin al gobierno de transición, la violencia se desata de nuevo en el corazón de Bangui a finales de septiembre y, otra vez, a finales de octubre de 2015. Los combates entre las milicias musulmanas del barrio de PK5 y los antibalaka de los barrios que lo rodean provocan un nuevo flujo de desplazados y la destrucción total de esos barrios circundantes. El PK5 queda rodeado por un anillo de desolación que aísla todavía más a la población musulmana de la capital, una zona tampón vaciada de todos sus habitantes en la que la selva recupera su territorio.

Las elecciones, que se convocan in extremis para el 30 de diciembre, corren serio riesgo de anularse. Muchas voces cuestionan su pertinencia en un momento de tamaña inseguridad, pero un suceso inesperado provoca un cambio total de paradigma: el papa Francisco decide mantener la visita a la República Centroafricana que tenía planificada para el 29 y el 30 de noviembre. La visita, fuertemente desaconsejada por las fuerzas francesas responsables de su seguridad, incluye una misa multitudinaria en el estadio y una visita a la mezquita central de Bangui en el emplazamiento de PK5 y la apertura de la Puerta Santa en la catedral de Bangui, que abre el Año Jubilar de la Misericordia.

La visita del Papa resulta un gran éxito celebrado por todas las confesiones y creencias, y trae consigo una atmósfera de reconciliación que impregna todo el proceso electoral, permitiendo que las dos vueltas de las elecciones presidenciales y parlamentarias (30 de diciembre de 2015 y 14 de febrero de 2016) transcurran con total tranquilidad.

Faustin-Archange Toudéra (2016-…)

Faustin-Archange Touadéra, profesor de universidad y antiguo primer ministro de Bozizé, resulta elegido en segunda vuelta con el 62,7 % de los votos. A pesar de pequeñas irregularidades, el proceso es considerado transparente y la victoria es reconocida por sus oponentes. Touadéra toma posesión del cargo el 30 de marzo de 2016 y empieza así un periodo de relativa calma que se romperá el mes de octubre cuando las luchas entre los grupos armados se retomarán en la zona este y volverán a desestabilizar el país.

Tras varios intentos, nada menos que ocho desde 2012, el 6 de febrero de 2019 se firma el Acuerdo Político para la Paz y la Reconciliación en RCA (APPR-RCA), también conocido como acuerdo de Jartum entre el Gobierno de la RCA y catorce de los principales grupos armados del país, bajo los auspicios de la Unión Africana y el apoyo de las Naciones Unidas. La sociedad civil centroafricana fue dejada completamente de lado durante todo este proceso. Detrás del acuerdo de paz se encuentra el impulso de Rusia, que empezó a ocupar el espacio dejado por Francia tras la salida de la operación militar Sangaris, que tuvo lugar en octubre de 2016.

El acercamiento entre Rusia y el gobierno de Touadéra se visibiliza por primera vez en 2017 tras una entrega de armas de Rusia al ejército centroafricano y el apoyo de los famosos instructores rusos, autorizados por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, destinados a reforzar las capacidades del ejército centroafricano. En realidad, estos instructores son mercenarios de la famosa Brigada Wagner del magnate ruso Evgeny Prigogine, cercano a Vladímir Putin, que, entre otras cosas, formarán la nueva guardia pretoriana del presidente junto con elementos ruandeses de la MINUSCA. También aparece en escena Valery Zakharov, nuevo asesor de seguridad del presidente centroafricano y antiguo oficial de la inteligencia militar rusa. Esta presencia rusa no será del agrado de Francia, que se alejará gradualmente de Touadéra y de su antigua colonia.

Los grupos armados seguirán con sus prácticas de predación incluso después de firmar el acuerdo de paz. Son prácticas habituales imponer peajes en las rutas comerciales, ya sea a los camiones de paso como a los pobres campesinos que se acercan a la ciudad el día de mercado; explotar las minas de oro y diamantes abundantes en ciertas zonas del país; firmar acuerdos de «protección» a las explotaciones madereras, a los comerciantes o a los ganaderos trashumantes; las «tasas» en la administración de justicia. A pesar de periodos de calma relativa, las luchas fratricidas entre grupos arrasaron Birao en septiembre de 2019 y Ndélé en marzo de 2020.

Actualidad

El fin de 2020 trajo un nuevo ciclo electoral. Las elecciones se convocaron para el 27 de diciembre en primera ronda. Entre las candidaturas, destacaron la del presidente en ejercicio Touadéra y la del antiguo presidente Bozizé. La candidatura de este último fue rechazada por la Corte Constitucional al estar bajo una orden de detención internacional emitida por el Gobierno centroafricano en 2013. Las consecuencias de este rechazo fueron funestas.

Bozizé consiguió tejer alianzas con algunos de los mayores grupos rebeldes (AB, MPC, 3R, FPRC, UPC) y el 18 de diciembre, en los acuerdos conocidos como de Kamba Kota, se crea la Coalición de los Patriotas por el Cambio (CPC). Se trata de una unión contra natura que aúna tanto a grupos antibalaka como exseleka con el objetivo último de impedir las elecciones y la más que probable reelección del presidente Touadéra. La coalición se lanza a controlar el territorio y se acerca a la capital, Bangui; para ello, contarán con la participación de mercenarios de origen chadiano y sudanés.

A pesar de la situación de conflicto generalizado, las elecciones se celebraron en la fecha prevista gracias al apoyo omnipresente de la MINUSCA y el PNUD, y bajo la presión de la comunidad internacional que no aceptó un retraso en el proceso. La CPC, por su parte, impidió la apertura de los colegios electorales en las zonas bajo su control para deslegitimizar todo el proceso y acusó a Touadéra de fraude electoral con la colaboración de la MINUSCA. Al final, Touadéra ganó en primera vuelta con un 53,2 % de los votos emitidos, pero que representaron un porcentaje muy reducido de los inscritos y, por tanto, minaron también su legitimidad. A pesar de ello, la comunidad internacional apoyó sin fisuras la elección de Touadéra para el nuevo mandato como única opción para el futuro del país. Francia no tuvo otra opción que aceptar, por el momento, que el intruso eslavo fuese ganando influencia en lo que consideraba sus dominios.

Ante el avance de las fuerzas de la CPC hacia la capital, Touadéra echó mano del apoyo ruso, que incrementó su presencia en el territorio, y también firmó un acuerdo con Ruanda para el envío de fuerzas bilaterales, no incluidas en el marco de la misión de paz de la MINUSCA, con una clara voluntad ofensiva y de reconquista del territorio. El 13 de enero de 2021, la coalición llegó a los barrios periféricos de Bangui, pero la superioridad aérea proporcionada por los helicópteros rusos y la colaboración de estos con las FACA y la MINUSCA lograron repelerlos. En los días sucesivos, las fuerzas gubernamentales consiguieron ganar terreno alrededor de la capital, pero no así liberar el paso de los camiones por la MSR1, la única gran ruta comercial que conecta Bangui con el puerto de Duala, en Camerún. El corte de este eje, verdadero cordón umbilical por el que se abastece la capital, provocó un incremento importante de los precios de los productos básicos y amenazó con ahogar la ciudad.

Con el transcurso de los meses, el Gobierno, con ayuda de los contingentes ruso y ruandés, ha ido recuperando una buena parte del territorio, tomando el control de ciudades clave como Bria, Kaga-Bandoro y Markounda entre otras, reabriendo el eje comercial de Camerún y recuperando algunas zonas mineras importantes (ver mapa). Tras los sangrientos choques iniciales entre las dos partes, la dinámica posterior ante el avance de las tropas gubernamentales ha sido más bien de una retirada progresiva de los grupos rebeldes y su atrincheramiento en ciertas zonas mineras de difícil acceso.

La dinámica actual no ofrece grandes oportunidades a la esperanza. La retórica del gobierno es la de la guerra y el rechazo de toda negociación. La posibilidad de recuperar el espíritu de los acuerdos de paz parece remota y la sociedad civil centroafricana permanece callada y dividida ante la situación. Es de esperar que en algún momento se estabilicen las líneas de frente ante la incapacidad de unos y otros de controlar el país y que la situación se empantane de nuevo. Un suma y sigue que hunde la República Centroafricana cada día más en el pozo del subdesarrollo y la pobreza.

Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ec/War_in_Central_African_Republic.svg

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Yemen: El peor desastre humanitario

Yemen es una de las más antiguas cunas de la civilización del Próximo Oriente. Tierra próspera, la Eudaimon Arabia o Arabia Felix de los textos de Ptolomeo, alcanzó su máximo esplendor como Reino de Saba, el de su misteriosa reina y su amorosa relación con el rey judío Salomón. Tras sucesivas civilizaciones que florecieron al abrigo de un lucrativo tráfico de especias, el territorio entró en la órbita islámica bajo el control e influencia de los califatos de Damasco y Bagdad. Un emirato de la dinastía zaidita, una rama del islam chiita, se mantuvo durante siglos como reino, con periodos temporales de sumisión al Imperio otomano y a la dinastía saudí. La presencia colonial vino de la mano de los británicos, que en 1839 se instalaron en el sur, en la región de Adén.

Durante la Primera Guerra Mundial, Yemen alcanza la independencia en 1918. Tras ingresar en la Liga Árabe y en la ONU, el último rey es derrocado en 1962 y se establece la República Árabe de Yemen, conocida como «Yemen del Norte». Mientras tanto en el sur, en la región de Adén, el dominio colonial británico, tras años de violencia y de ataques guerrilleros, dio paso en 1967 a la República Democrática Popular de Yemen, o «Yemen del Sur», el primer Estado árabe de orientación marxista, con el apoyo de la Unión Soviética. Tras enfrentamientos diversos entre los dos Estados y la caída de la Unión Soviética, ambas repúblicas avanzaron hacia la reunificación y en 1990 acabaron fusionándose en una, la actual República de Yemen.

LOS ORÍGENES DEL CONFLICTO

La «Primavera Árabe» yemení

En 2011, en el contexto de una serie de revueltas y protestas acaecidas en todo el mundo árabe (Primavera Árabe), los yemeníes se rebelaron contra el régimen del presidente Alí Abdalá Salé con manifestaciones pacíficas que fueron violentamente reprimidas por el Gobierno. El presidente se vio forzado a abandonar el poder tras 33 años en él (primero, como presidente de Yemen del Norte y, luego, de la República Árabe de Yemen) entre acusaciones de cleptocracia, corrupción y gobernanza fallida.

En su destitución desempeñaron un importante papel los huthis (en adelante, hutíes), grupo rebelde armado del norte del país y uno de los principales agentes políticos en el actual conflicto. La relación de los hutíes con el presidente Salé ha sido una suerte de montaña rusa: unas veces, su aliado y otras, su enemigo; acabarían asesinándole años después de su retirada, tras acusarlo de traición.

Una transición fallida

Tras la salida repentina de Salé, el vicepresidente Abd Rabbuh Mansur al-Hadi asumió la Presidencia a finales de 2011 con el objetivo de alumbrar una nueva etapa de apertura política y abrir un proceso de transición en el país. En el marco de una Conferencia Nacional de Diálogo, pretendía abordar los asuntos relativos a la gobernanza, la estructura territorial y la reforma del Estado, así como dar respuesta a las reivindicaciones surgidas de las protestas populares.

Tras dos años de consultas, la conferencia presentó un proyecto de estructura federal que dividía Yemen en seis regiones, sin tener en cuenta las reivindicaciones relativas a la distribución de los recursos naturales, el peso de las regiones comerciales o agrícolas, o el acceso a los puertos. El proyecto de reforma recibió un apoyo popular mínimo y, en particular, la firme oposición de los hutíes, para quienes el cambio a un régimen autonomista significaba una menor participación en la riqueza nacional, a la vez que les privaba de una salida al mar, que consideraban esencial.

La protesta acabó en insurrección y en el golpe de Estado de 2015, con la toma del palacio presidencial por parte de los hutíes, la disolución del Parlamento y el fin de la administración de Hadi, al que llegaron a expulsar de la capital Saná, obligándole a refugiarse en la ciudad portuaria de Adén junto con sus ministros y, posteriormente, a exiliarse en Arabia Saudí.

GUERRA CIVIL

Fue entonces cuando, a petición del depuesto presidente Hadi, una Coalición de Estados árabes encabezada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos intervino con el objetivo de restaurar en el poder al gobierno reconocido internacionalmente y por las Naciones Unidas. Esta operación —llamada «Tormenta Decisiva»— señaló el comienzo de un conflicto armado abierto, mediante una campaña de bombardeos aéreos contra los hutíes. Sin embargo, cinco años de operaciones militares no han resultado suficientes para doblegarlos.

Los rebeldes ocuparon estratégicamente nuevos territorios en sus avances hacia el sur y establecieron su poder en nueve de las veintidós provincias de Yemen. Con ello, llegaron a controlar elementos clave como el puerto de Hodeida, en el mar Rojo, receptor del 80 % de las importaciones y centro neurálgico para el abastecimiento del país. Otro golpe audaz fue su ataque con drones, en septiembre de 2019, a las principales plataformas petrolíferas de Arabia Saudí, el cual obligó a reducir a la mitad su volumen habitual de producción, casi el 6 % de la producción mundial. Sigue sin aclararse el grado de participación de Irán en la operación, si bien se presume su colaboración, dada la envergadura de la acción.

Por si fuera poco, y aprovechando la debilidad del Gobierno nacional y el fracaso de las reformas federalistas que se intentaron durante la transición, los grupos y las milicias separatistas, aglutinados en torno al Consejo de Transición del Sur, alimentaron el sueño secesionista. Contaron con el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos, un país que ha desempeñado un papel ambiguo en la crisis, al ser, por un lado, aliado del Gobierno en su lucha contra los hutíes y, al mismo tiempo, al alentar las aspiraciones de los secesionistas del sur contra el Gobierno.

Finalmente, el Gobierno, con el apoyo de la coalición árabe, alcanzó el denominado «Acuerdo de Riad» (noviembre de 2019) por el que se prometía a los separatistas su integración en el Gobierno nacional, de modo que se abortaba temporalmente la aventura secesionista.

Reuters.

Meses después del citado acuerdo, la situación ha empeorado en todos los frentes: los separatistas del sur vuelven a la carga proclamando la “autodeterminación” en las zonas bajo su control (abril de 2020), la coalición árabe está herida de muerte por los intereses divergentes de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que ya controla, con el apoyo de las milicias separatistas, el estratégico puerto de Adén y el de la mítica isla de Socotra. Y los rebeldes hutíes lanzan la mayor escalada militar en dos años (octubre de 2020), en la estratégica ciudad de Hodeida, poniendo en grave riesgo el frágil Acuerdo de Estocolmo de finales de 2018. Podemos concluir que tras cinco años de guerra, el conflicto está militarmente estancado y no hay visos de una solución negociada.

En el terreno diplomático, Trump empeoró la situación al declarar a los huties “grupo terrorista” al final de su mandato. Biden, en cambio, apuesta por la diplomacia y ha retirado el apoyo militar estadounidense a la coalición saudí.

En marzo 2021 se ha producido un intento serio de poner fin al conflicto. Arabia Saudí ofrecía un “alto el fuego global” supervisado por NN.UU., la reapertura del aeropuerto de la capital Saná y el acceso de combustible y alimentos a través del puerto de Hodeida. Los hutíes lo han rechazado, al exigir previamente el levantamiento del bloqueo aéreo y marítimo por parte de Arabia Saudí. Las operaciones militares se han recrudecido.

QUIÉN ES QUIÉN EN EL CONFLICTO

Los hutíes

Un emirato zaidita gobernó Yemen del Norte, bajo un sistema conocido como «imanato», durante casi mil años, hasta 1962, momento en el que se produjo la caída de la monarquía. Los herederos de esa tradición política y religiosa acabaron confluyendo en la constitución de un grupo rebelde conocido como Ansar Allah (‘Partidarios de Dios’). El nombre de hutíes proviene de su fundador Hussein Badr al Din al Huti, líder del primer alzamiento en 2004, que pretendía recuperar el peso perdido en el noroeste del país y, asimismo, proteger la religión zaidita y sus tradiciones culturales, que consideraba amenazadas por los islamistas sunitas.

Sus orígenes se enmarcan como grupo de resistencia antisaudí y su papel deviene relevante en las protestas de la Primavera Árabe, que dan inicio a los acontecimientos de la guerra civil descritos anteriormente. Su salto cualitativo de grupo político reivindicativo a grupo armado rebelde es un factor determinante en el desarrollo del conflicto.

Desde el principio, cuentan con la simpatía y el apoyo de Irán, aunque estos lo desmientan formalmente, pero no se entenderían el arsenal militar ni la financiación del grupo rebelde sin el concurso de una gran potencia como Irán.

Coalición internacional de países árabes

La creó Arabia Saudí a principios de 2015 a petición del gobierno de Yemen, cuyo presidente Hadi acababa de ser depuesto en la ofensiva de los hutíes sobre la capital Saná, para combatirlos. El objetivo no es otro que reponer en el poder a su aliado yemení (ya en el pasado, Yemen estuvo vinculada a la monarquía saudí) y contrarrestar la influencia de Irán en la región, para evitar lo sucedido en Siria, Irak o Líbano, donde los chiíes detentan el poder y convierten a sus gobiernos en cómplices de la estrategia iraní.

La coalición cuenta con el liderazgo de Arabia Saudí y el apoyo de Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin, Catar y otros en menor medida, todos en la órbita suní. En el campo “occidental”, la coalición es respaldada por Estados Unidos, que ha prestado importante apoyo logístico a su aliado saudí, así como por el Reino Unido y Francia, aunque con menor implicación.

Los separatistas del sur

Aglutinados principalmente en torno al denominado «Consejo de Transición del Sur», centraron su objetivo en celebrar un referéndum de autodeterminación para el antiguo Yemen del Sur. El fracaso de los intentos de reformas federalistas durante la transición dio alas al movimiento separatista y sus milicias, con la complicidad de los Emiratos, que buscaban expandir su poder geopolítico en la región, mediante el establecimiento de bases militares navales en el Cuerno de África, y el control de los puertos, las rutas marítimas y las islas próximas.

ALGUNAS CLAVES PARA ENTENDER EL CONFLICTO

1- El factor estratégico

Yemen, orientado hacia el mar Rojo y el golfo de Adén, es una zona fundamental para controlar el suministro de hidrocarburos en el mundo, en particular para los intereses energéticos de Estados Unidos y Europa. Por sus aguas circulan casi cuatro millones de barriles de petróleo al día.

2- Una gobernanza fallida

El régimen autocrático instaurado por el presidente Salé en sus 33 años en el poder estaba basado en un clientelismo de familias, clanes y tribus, cuyas alianzas utilizaba y dividía en función de los intereses en juego. A ello se añadía el dominio casi absoluto de su partido, el Congreso General del Pueblo, en el Parlamento y las instituciones. La bonanza económica de las décadas ochenta y noventa por las rentas del petróleo permitieron una cierta estabilidad, pero los posteriores enfrentamientos con los hutíes y las revueltas de la Primavera Árabe acabaron en su derrocamiento.

Una suerte parecida le acaeció a su sucesor y actual presidente en el exilio, Hadi, con el fracasado proceso de transición. No obstante, su Gobierno mantiene el reconocimiento internacional y de las Naciones Unidas.

3- La fractura territorial

La fusión de los dos Yemen (Norte y Sur) que dio lugar a la nueva República resultó un tanto forzada y asimétrica: se sintió más como una absorción del sur por el norte que una verdadera fusión. Los intentos durante la transición de equilibrar la situación resultaron fallidos y la brecha entre los territorios de los dos antiguos estados se ha consolidado.

4- La lucha por la hegemonía política regional

Arabia Saudí, como líder de la coalición árabe, es el principal aliado del presidente depuesto y al que busca reponer. Irán, como potencia antagónica en la región, es el principal apoyo del movimiento hutí. Ambos juegan sus cartas en la región en un episodio más por liderar la hegemonía política en todo el Próximo Oriente. Yemen es, en gran medida, el teatro de operaciones donde se ventilan los intereses más globales de dos visiones geopolíticas enfrentadas.

Como ha ocurrido en los conflictos de Siria e Irak, ambas potencias libran en diferentes escenarios lo que se ha denominado «guerras por procuración o delegación», apoyándose en sus «grupos confesionales» locales para las operaciones sobre el terreno: Arabia Saudí y el Gobierno yemení comparten la misma causa suní, mientras que Irán vuelca su apoyo al movimiento huthi, ambos en la órbita chiita.

5- Los intereses de las grandes potencias

Tanto Estados Unidos como Europa persiguen objetivos basados en la “seguridad”: seguridad energética y de las rutas marítimas, por las que circula el mayor tráfico mundial de petróleo, y también seguridad política ante la amenaza del terrorismo yihadista. Ante la debilidad del Gobierno nacional, Yemen se convirtió en territorio apetecible para los objetivos del islamismo radical: Al Qaeda instaló en Yemen una de sus bases estratégicas y ha regado el territorio de ataques terroristas; el Estado Islámico intentó hacer de Yemen una de las principales “provincias” de su quimérico Estado. Al Qaeda sigue viva, mientras que el Estado Islámico se ha visto arrastrado a su declive actual.

6- El factor “religioso”

El conflicto hunde sus raíces en la rivalidad religiosa ente chiitas y sunitas, con diferencias ancestrales que arrancan en el año 632 con las luchas internas por la sucesión del profeta Mahoma, lo que comenzó como una disputa entre dos vertientes del islam divididas desde entonces. El islam sunita es claramente mayoritario en el mundo árabe, mientras que el chiismo se concentra en Irán, con tentáculos de influencia en toda la región y, en particular, en Irak y Líbano. En el caso de Yemen, el 47 % de la población pertenece a la rama chií y el 53 %, a la suní.

No obstante, la rivalidad en Yemen no ha sido particularmente violenta en lo religioso. Según algunos analistas, el zaidismo es el grupo más moderado del islam chiita, que incluso en tiempos pasados mantuvo unas relaciones pacíficas de convivencia con los suníes locales. Ha sido en tiempos recientes, al calor de un sentimiento de marginación de su comunidad respecto de su pasado de siglos de poder zaidita, cuando se han visto arrastrados a una lógica identitaria y reivindicativa frente a lo que consideran «usurpación sunita». Conviene recordar que un emirato zaidita estuvo en el poder hasta su caída en 1962 y que la constitución de la República comportó una pérdida de poder zaidita, así como un auge del sunismo salafista, tanto en los partidos políticos como en el control de las mezquitas.

UNA CATÁSTROFE HUMANITARIA

La situación de Yemen constituye, según las Naciones Unidas, el «peor desastre humanitario» causado por el ser humano. Algunas cifras ayudarán a entenderlo:

Cerca del 80 % de los veintiocho millones de yemeníes necesitan asistencia humanitaria urgente, catorce millones de personas sufren inseguridad alimentaria y casi dieciocho millones no tienen acceso a agua potable. La malnutrición aguda grave amenaza la vida de unos 400.000 niños menores de cinco años. Save the Children ha alertado sobre una desnutrición infantil casi endémica, lo que deja a 100.000 menores de cinco años entre la vida y la muerte. Solo la mitad de las 3500 instalaciones sanitarias del país funcionan, lo que significa que diecinueve millones de personas carecen de asistencia médica básica. La guerra ha forzado a tres millones y medio de personas a huir de sus hogares, de los cuales dos millones continúan desplazados. La hambruna y las epidemias de cólera han causado estragos, sobre todo entre la población infantil, dada la destrucción de los sistemas de alcantarillado y saneamiento. Ahora se teme que el coronavirus y otras enfermedades como el dengue completen la tragedia.

Foto de Ahmad Al-Basha vía Getty Images.

La reconstrucción de un Estado fallido en lo político, devastado en lo económico, destrozado en sus infraestructuras y con buena parte de su rico patrimonio cultural arrasado… requiere de una ayuda masiva por parte de la comunidad internacional. Las cifras, sin embargo, están muy lejos de las contribuciones que las Naciones Unidas solicitan a la Conferencia de Países Donantes. En 2019, de los 2600 millones de dólares comprometidos apenas se desembolsaron la mitad y, en 2020, el compromiso se ha quedado en 1350 millones, de los que solo se ha recibido un 24 %. En palabras de Lise Grande, coordinadora humanitaria de las Naciones Unidas para Yemen: «Vamos a tener que cerrar nuestros proyectos en 189 hospitales que la ONU apoya en el país» por falta de fondos.

PERSPECTIVAS DE FUTURO

La situación está lejos de encarrilarse. Aún no se atisba la luz al final túnel. Para ello, se necesita que se cumplan algunas premisas:

-una desescalada militar del conflicto que dé paso al silencio de las armas. Tras cinco años de guerra, la solución armada está estancada. No hay un vencedor claro, ni perspectivas de que lo haya. La creciente percepción de ese agotamiento podría servir de acicate para buscar otras salidas.

-la implementación gradual de “medidas de confianza” (intercambio de prisioneros, treguas…) que reduzca la tensión entre las partes y ayuden a superar las desconfianzas mutuas.

-dar forma al convencimiento de que la vía política, basada en una negociación que culmine en la integración y la participación de todas las partes en el conflicto, es la única solución. Pero las posiciones siguen muy alejadas.

-las tendencias geopolíticas en el mundo árabe y la rivalidad crónica entre Arabia Saudí e Irán no ayudan. La constatación de que el actual enquistamiento no aporta réditos a ninguna de las dos potencias podría propiciar una apertura de negociaciones entre los yemeníes, que solo se iniciarían con el visto bueno de sus respectivos patronos.

Una nota personal. En marzo de este año tuve ocasión de participar en un encuentro con la comunidad yemení en Bruselas, organizado por la UNESCO, sobre los proyectos en marcha para la reconstrucción del país. Los datos, abrumadores, invitaban al desaliento, pero el contacto con el capital humano representado en unos 150 yemeníes, en su mayoría jóvenes, me deparó una sorpresa inesperada: si grande era la tarea que realizar, mayor era el entusiasmo transmitido por unos ciudadanos deseosos de volver a su país para participar en su restauración. Que así sea y que sea pronto.

Organizaciones que trabajan en el terreno


Armas Bajo Control

Las ONG de la campaña “Armas Bajo Control” (Amnistía Internacional, FundiPau, Greenpeace y Oxfam Intermón) exigen al al Gobierno español que suspenda la venta de armas en los países de la coalición saudí que bombardea Yemen. Desde el inicio del conflicto en el 2015, más de 12.000 civiles han muerto como consecuencia de los enfrentamientos y al menos cuatro millones de personas han tenido que huir de sus hogares. Las partes en conflicto siguieron cometiendo con impunidad violaciones del derecho internacional humanitario y abusos contra los derechos humanos.

Honduras: un país roto

Honduras, un pequeño país con una privilegiada ubicación, con costas en dos océanos, cuyas fronteras terrestres lindan con tres países en la franja delgada de Centroamérica y con una amplia biodiversidad. Con más de nueve millones de habitantes en un territorio de 112,492 km2, es mayoritariamente mestizo, aunque con al menos nueve etnias distintas. La sociedad está conducida por un grupo de unas 250 familias que conforman la élite oligárquica hondureña, en el ensamblaje de un modelo organizado para concentrar las riquezas y ganancias en muy pocas manos, dejando a millones sin oportunidades para acceder a una vida en dignidad.

Honduras es un país condicionado por la relación de sometimiento a Estados Unidos desde hace al menos 120 años. Fue en su costa atlántica donde se acuñó a comienzos del siglo veinte la expresión «Banana Republic» [‘república bananera’], que significa que tanto Estados Unidos como las multinacionales miran y se relacionan con Honduras sobre la base de permanecer como proveedor perpetuo de materia prima y productos para postre.

El impulso de la economía hondureña se sustenta en un modelo de desarrollo basado en el extractivismo y en la privatización de bienes y servicios públicos, y se impulsa desde una alianza conductora que está constituida por una burocracia política de extrema derecha, una reducida élite oligárquica y las transnacionales. Esta alianza se respalda en los militares, el gobierno de Estados Unidos y el crimen organizado, específicamente el narcotráfico.

El 15 de septiembre de 2021 se cumplen doscientos años de la firma de una independencia centroamericana que ha negado la soberanía a los pueblos y ha impuesto durante dos siglos una política de “prevención” ordenada por las élites políticas, temerosas de “las consecuencias” posibles si fuera el pueblo el que proclamara su independencia. Honduras tiene una gran tarea pendiente: en contrapartida al modelo elitista y concentrador de riquezas y decisiones, debe impulsar una propuesta que parta de un nuevo concepto de «soberanía» basado en la capacidad y el poder adquiridos por las personas, comunidades, organizaciones y Estado, para así tomar decisiones autónomas y libres sobre las vidas personales y el entorno, sobre los bienes y riquezas comunes, el presente y el futuro a partir del respeto de los derechos humanos y los derechos del planeta, asumido como nuestra casa común.

Sociedad rota

En Honduras todo está roto. A lo largo de lo que va del siglo, el pueblo hondureño se ha ido configurando en torno a un estado de indefensión y de damnificación. Esa ruptura de los tejidos se expresa en la desconfianza hacia todas las instituciones públicas y políticas, como ha quedado patente en los diversos sondeos de opinión pública del ERIC (Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación, centro social y de derechos humanos de la Compañía de Jesús en Honduras).

Se expresa en la despolitización de más del cuarenta por ciento de la ciudadanía que afirma no pertenecer a ningún partido político, pero tampoco a organizaciones comunitarias, sindicales, ambientales o de derechos humanos. Esa despolitización convierte al pueblo hondureño en un pueblo fácilmente manejable por políticos o grupos de fuerza, como bandas o estructuras del crimen organizado; pero, a su vez, en un pueblo que sospecha de todo y de todos, que dice «sí» a todo lo que viene de arriba, pero para hacer lo que le plazca. Lo convierte en un conglomerado bajo la única divisa posible del «Sálvese quien pueda».

Más miserables que pobres

Esa ruptura se expresa en la agudización del empobrecimiento de la población mayoritaria. Según algunos expertos, al finalizar 2020, ocho de cada diez personas quedaron bajo la línea de la pobreza. Las que comenzaron el año desempleadas, seguirán desempleadas y muchas de las que lo iniciaron con empleo, lo perderán. Así, el país avanza, y ya se encuentra en ella una sociedad con una alta dosis de miserables. Y esto es de alta peligrosidad porque se convierte en una tierra fértil para levantamientos espontáneos y sin control, o para populismos y mesianismos que se alimentan de poblaciones miserables a las que es posible manipular con respuestas asistenciales. Y la miseria se transforma en votos que legitiman autoritarismos y dictadores.

Una sociedad y un Estado estructuralmente desprevenidos

La ausencia de prevención es un problema estructural hondureño. Cruza la sociedad entera, ha invadido los dinamismos más profundos de la sociedad y de sus miembros hasta convertirse en un problema cultural. Todos los fenómenos naturales, políticos o humanos se convierten en amenaza, peligro y, finalmente, en destrozos mayores y deshumanización. Incluso asuntos como procesos electorales o el sistema judicial se sitúan en esta desprevención estructural. Todos los dinamismos de la institucionalidad del Estado acaban convirtiéndose en amenazas y peligros para la misma democracia y para la aplicación de la justicia.

El hecho de que el Estado esté capturado por reducidos grupos políticos que lo usan para negociar y saquear recursos de las instituciones públicas confirma la desprevención de la sociedad. Cuando se habla de que Honduras es el tercer país más desigual del planeta después de Sudáfrica y Haití, o el segundo país más vulnerable del planeta junto con Bangladés o uno de los dos países más corruptos del continente, se confirma la desprevención de la sociedad. Cuando el sistema de salud no logra controlar el dengue o cuando los recursos para atender la pandemia son saqueados por los funcionarios de más alto nivel, se confirma la ausencia de prevención sistémica de la sociedad.

Cuando la institucionalidad del Estado en varias de sus dependencias, como las Fuerzas Armadas, la policía, el Ministerio Público, la Corte Suprema de Justicia y la propia Casa Presidencial, fueron contaminados y penetrados por sectores del crimen organizado, primordialmente por el narcotráfico, se confirma la ausencia de prevención de la sociedad y del Estado.

Imagen cedida por ERIC-Radio Progreso.
Imagen cedida por ERIC-Radio Progreso.

Cuando la violencia ha dejado de ser desde hace mucho tiempo un asunto administrado exclusivamente por el Estado, sino que el Estado mismo ha delegado esta administración a diversos grupos privados, se confirma que la prevención es un asunto ausente y la sociedad entera queda en indefensión o se convierte en víctima de una violencia sin control, en manos de sectores que de muy diversas maneras actúan en la impunidad y bajo el amparo del Estado.

Cuando los dinamismos estructurales de la sociedad conducen a que las riquezas se acumulen multimillonariamente en pocas personas, cinco de las cuales concentran una fortuna equivalente al salario mínimo anual de dos millones de hondureños, se confirma que la sociedad está gobernada por un sistema de vida productor de desigualdades y, por tanto, que anula sistémicamente la prevención.

¿Qué hacer ante la desprevención?

Todas las situaciones de vulnerabilidad, todas las amenazas y todos los peligros naturales sociales, ambientales, sanitarios y políticos pueden prevenirse. Todos. Como dicen los expertos, los fenómenos naturales nadie puede detenerlos, ni las más altas investigaciones han logrado hasta ahora mecanismos que detengan los fenómenos naturales. Lo que se puede prevenir son los desastres. Bien afirman que nadie detiene los fenómenos naturales, pero los desastres sí pueden prevenirse. Igual que con una pandemia como la COVID-19: una vez que el virus se desata, es difícil detenerlo, pero sí prevenir sus desastres. Desesperada, mucha gente se organiza en caravanas para tomar camino hacia Estados Unidos, como expresión de un modelo productor de desigualdades. Ambos desastres pueden prevenirse, porque no son fenómenos naturales; son sociales, políticos, institucionales y humanos.

Imagen cedida por ERIC-Radio Progreso.

La prevención: un estado estructural de estabilidad y confianza

La prevención es un estado estructural de la sociedad para asumir todas las situaciones o eventos con un nivel de desafío y advertencia, y, antes de que se presenten, la sociedad ya está predispuesta en positivo para asumirlos como desafíos y tareas. Esto vale para fenómenos naturales, climáticos o pandémicos, económicos, políticos, militares, culturales e institucionales.

Cuanto más se involucren las diversas instancias de la sociedad para poner en marcha procesos de prevención, mayor capacidad se tendrá para reducir las consecuencias. Y cuanto más cerca se esté de procesos que aborden las causas de los desastres, más capacidad se tendrá para que la prevención sea estructural y no puntual o coyuntural.

La prevención institucional y cultural, al tener una perspectiva de cambio estructural, nunca deberá sostenerse solo desde las líneas verticales ni definirse solo desde cúpulas, como es la lógica del sistema actual. Sin negar el aporte de las cúpulas políticas, empresariales, sindicales, religiosas y sociales, la dinámica conductora ha de sostenerse en acuerdos nacionales con un fuerte componente participativo. La prevención institucional y cultural ha de cruzar el corto plazo, pero orientado hacia compromisos en el medio y largo plazo. Ha de sustentarse en hechos y compromisos específicos y coyunturales, pero trascendiéndolos.

ABC para Honduras

Honduras está en la necesidad de impulsar Acuerdos Básicos Compartidos (ABC). Los expertos hablan de «degradación de la sociedad», tanto de su modelo económico como del ambiente y la institucionalidad política. Cuando se habla de «sociedad degradada», se hace referencia a una sociedad y a un Estado que finalmente son gobernados desde decisiones, e incluso desde estructuras criminales organizadas transnacionalmente.

La sociedad hondureña, atrapada entre la inseguridad y el empobrecimiento, la corrupción y el narcotráfico, la clase política y la violencia y delincuencia policial, es una sociedad deprimida y damnificada. Es necesario romper con la lógica de hacer lo mismo y de depositar el liderazgo siempre en los mismos. Este repensar el país ha de tener como punto de partida la aceptación consensuada de que así como estamos, al lugar al que hemos llegado, nadie tiene la capacidad para impulsar un proyecto de país por su propia cuenta, y, menos todavía, imponerlo a los demás.

Mínimos consensos: lo máximo a lo que podemos aspirar

Un punto de partida imprescindible para poner en marcha un proceso de propuestas que rompan con la lógica política excluyente es la aceptación consensuada de que el país está tan resquebrajado que a corto plazo —y previsiblemente a medio plazo— no vamos a estar en situación de impulsar una propuesta buscando “máximos”, sencillamente porque la realidad no ofrece esas posibilidades.

Los “máximos” que podemos alcanzar se encuentran en los “mínimos” que pueden sentar las bases para iniciar un auténtico proceso hacia la construcción de la democracia y el Estado de derecho. Y esto es así porque hemos perdido lo mínimo que una sociedad necesita de bien común para su convivencia armónica. Esos mínimos perdidos son los que hay que recuperar como condición para poner en marcha procesos auténticos de construcción de la democracia y un Estado de derecho real. Esos mínimos son lo que han de estar representados en lo que llamaríamos el «ABC hondureño», es decir, los «Acuerdos Básicos Comunes».

Para ello, habría que poner en marcha una convocatoria en la que se sienten las bases y se determinen la metodología, los tiempos y los responsables del proceso. ¿Quién la convocaría? Quizás es la primera cuestión que resolver, porque un rasgo del deterioro social de lo institucional es la ausencia de credibilidad de los actores, instituciones y personalidades. La convocatoria y el proceso deberían estar bajo la responsabilidad de instancias que involucren tanto a actores nacionales del más alto reconocimiento —que también existen— como a representaciones internacionales.

Un punto de referencia compartido es el hecho de que el gobierno actual no puede estar entre los convocantes. Las iglesias perdieron la base de credibilidad con la que contaban tradicionalmente, pero no pueden quedar fuera. El empresariado está disperso y sin sustento común, pero no puede quedar fuera. Los organismos de incidencia o las llamadas «ONG» son tan diversas y dispersas que resulta muy difícil encontrar en ellas la base para una convocatoria creíble y movilizadora; pero no deben quedar fuera, por sus implicaciones en tan variados campos de la vida nacional y, especialmente, por su involucramiento en procesos muy cercanos a los municipios y comunidades locales.

Imagen cedida por Alboan.

Sin duda se necesitaría un componente convocador internacional que pudiera estar ligado a la defensa de los derechos humanos, sin descartar la participación de representantes oficiales de la ONU, aun con el grado de descrédito y desconfianza que ha acumulado. Este componente internacional es imprescindible, no solo por la ausencia de consensos en torno a convocantes internos, sino porque cualquier propuesta de solución al caso hondureño ha de pasar por negociaciones que involucren a la comunidad internacional. Cada uno de los sectores, tanto populares, políticos, empresariales como territoriales y temáticos, debería organizar su propio proceso de elaboración del ABC, de manera que todo el país se pusiera en movilización y en estado de construcción del ABC, desde las asambleas comunitarias, pasando por las sectoriales, municipales y departamentales, hasta llegar a las asambleas nacionales.

¿ABC sobre qué?

En un ABC de Honduras deberían estar incluidas algunas categorías de acuerdos:

La primera podría incluir acuerdos socioeconómicos y ambientales como la tenencia de la tierra, y políticas agrarias, la protección y manejo de las riquezas o recursos naturales, el empleo y la producción, la vulnerabilidad ambiental, la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la política fiscal, la vivienda. Es decir, con el rumbo de un nuevo modelo de desarrollo y de inversiones que rompiera con la galopante inequidad, factor decisivo de la violencia e inestabilidad.

La segunda categoría buscaría acuerdos sociopolíticos como los derechos humanos, la defensa de las comunidades y su territorio, los derechos étnicos, las relaciones de género, los medios de comunicación, la libertad de expresión y el derecho al acceso a la información, así como los derechos culturales.

Imagen cedida por Fe y Alegría Honduras.

La tercera categoría sería la político-institucional-jurídica y tiene que ver con el derecho a la organización y a la participación en la toma de decisiones desde una institucionalidad que garantice una democracia representativa, participativa y directa; la transformación del sistema judicial, la reconfiguración del Congreso Nacional, las Fuerzas Armadas, los organismos contralores del Estado, especialmente el Tribunal Supremo Electoral y la Ley Electoral y de las Organizaciones Políticas, y en general el diseño de una institucionalidad con capacidad para responder a las transformaciones contenidas en las dos primeras categorías.

Estas categorías no están separadas entre sí, cada una remite a las otras: la primera contiene acuerdos mínimos en torno al empleo y la producción, lo que de inmediato se vincula con acuerdos que han de establecerse en torno a la legislación que regula el empleo, como es el caso del Código del Trabajo, hasta lograr un acuerdo mínimo de estabilidad laboral de las trabajadoras y los trabajadores. De igual manera, si se buscan Acuerdos Básicos Compartidos en torno al empleo, deberá establecerse el vínculo con aquellos relacionados con la defensa de los derechos humanos laborales de miles de obreras y obreros en toda la industria.

De entre todos estos temas, habría que definir los prioritarios, en qué orden empezar a tratarlos y qué procesos y mecanismos se requieren para su implementación. Un ABC de Honduras de esta naturaleza debería orientarse finalmente a su ratificación en una Asamblea Nacional Constituyente que redactase una nueva Constitución Política.

El diseño de un ABC de Honduras ha de ser una propuesta aglutinadora. Esto no significa que todo deba construirse desde cero, porque han de tomarse en cuenta experiencias exitosas que se hayan realizado en algunas zonas, municipios u organizaciones del país. Este ABC de Honduras ha de garantizar que no solo se busque la inclusión social y la democracia participativa en los objetivos, sino que el proceso mismo ha de ser una experiencia de inclusión y de democracia participativa. Los sectores no oficiales y opositores están llamados a fortalecer sus propias instancias e identidades, y desde su capacidad organizada desarrollar sus propios acuerdos para convertirlos en fuerza y poder en una mesa de negociaciones, para evitar así que se imponga la ley del más fuerte.

¿Y en qué alimenta el pueblo hondureño sus esperanzas?

Existen al menos cinco nutrientes de la esperanza hondureña: 1) el de la Fe en el Dios de la vida. La sociedad hondureña es creyente y con frecuencia, ante los males, suele decir «Solo Dios con nosotros»; 2) el de los mártires y la memoria de los ancestros; 3) el de las comunidades organizadas en movimiento; 4) el de la generosidad y gratuidad de la gente más humilde; 5) el de la alegría y la fiesta; incluso en las situaciones de mayor angustia brota el baile y la sonrisa.

[Imagen de portada cedida por ERICRadio Progreso]

Organizaciones que trabajan en el terreno


Fe y Alegría Honduras

Honduras es uno de los países con mayores índices de violencia del mundo. Una de sus manifestaciones más preocupantes es la violencia contra las mujeres y las niñas que puede arruinar sus vidas. Desde el año 2017 en Entreculturas llevamos a cabo junto a nuestra organización socia Fe y Alegría Honduras, un proyecto que tiene como objetivo reforzar el empoderamiento de niñas y adolescentes en entornos de igualdad y libres de violencia. Podéis encontrar más información aquí.


ERIC-Radio Progreso

El Equipo de Reflexión, Investigación y Comunicación (ERIC) junto con la emisora Radio Progreso, lleva trabajando desde 1980 en Honduras acompañando a las comunidades más vulnerables de las zonas rurales para velar por el respeto de sus Derechos Humanos.

Desde el ERIC-Radio Progreso se articula información, investigación y denuncia social en un clima marcado por un estado frágil rodeado de violencia, en el que los intereses económicos de la industria extractiva provocan la sistemática vulneración de derechos fundamentales de las comunidades. Podéis encontrar más información aquí.

Las lecciones de Batman y Superman

En la película Batman v. Superman (2016), antes de que empiece el desenlace de la trama, Lex Luthor le dice a Superman: «Si Dios es todopoderoso, no puede ser infinitamente bueno, y si es infinitamente bueno, no puede ser todopoderoso». La frase es un poco forzada y descoloca (la propia película no recibió las mejores críticas en su momento), pero hace referencia a un debate recurrente: la posibilidad de la coexistencia del mal y Dios.

El «problema del mal» es tan antiguo como la idea de Dios. Siempre nos ha costado admitir que puede existir un Dios todopoderoso, infinitamente bueno, que lo conoce todo y, a la vez, la enfermedad, los desastres naturales y los genocidios. Esta paradoja está expresada en el trilema de Epicuro: si Dios lo puede hacer todo, lo sabe todo y quiere el bien absoluto, el mal no debería de existir. Pero como el mal existe, Dios no puede existir si lo definimos de esta manera.

Evidentemente, esta paradoja no es un punto final y ha tenido muchas réplicas y réplicas de las réplicas. Es necesario definir, por ejemplo, qué es el mal o la omnipotencia de Dios y, sobre todo, es necesario pensar en las implicaciones que conlleva el hecho de la creación. Dios, por definición, es perfecto. Por lo tanto, si Dios crea algo (distinto a él), su creación no podrá ser perfecta. Por esto, en la creación también aparece el mal.

Esta afirmación, que es obvia pero que nos cuesta tanto admitir, está en el centro de muchos dilemas cotidianos. La condición de ser criaturas y no dioses tiene que ver, por ejemplo, con cómo entendemos al ser humano. Nosotros no somos dioses y, por lo tanto, estamos capacitados para generar el mal. Por desgracia lo experimentamos a menudo. Del mismo modo, podemos preguntarnos por el resto de la creación. ¿Es buena la creación de Dios? Tal como dice el Génesis, sí. Ahora bien, ¿el mal se hace presente en la creación de Dios? Sin duda. La naturaleza, sin incluir al ser humano, no es buena por cómo es o por lo que nos da. La naturaleza es buena porque es obra de Dios.

A menudo tenemos el peligro de caer en una visión romántica de la realidad y pensamos que la naturaleza es el ideal al que deberíamos aspirar. No es cierto, pese a que muchas corrientes de pensamiento dentro del ecologismo parezca que lo defiendan. La creación es un gran don de Dios, pero también es creación la ley del más fuerte en la lucha por la supervivencia. La creación también es el débil ratón de campo descuartizado por la lechuza, del que arranca sus diferentes partes para alimentar a sus crías. La creación también es sufrimiento, enfermedad, parasitismo, extinciones por causas naturales, la cadena trófica con depredados y depredadores, los seres humanos y las atrocidades que cometemos y, naturalmente, la muerte.

Hay unas cuantas buenas preguntas que nos podemos hacer sobre esto. Por ejemplo, así como los seres humanos estamos llamados a la plenitud y a liberarnos del mal en nuestras vidas, ¿qué es la liberación y la plenitud a la que toda la creación está llamada? ¿Es la imagen del ternero y la cría de león paciendo juntos en el prado? Es muy interesante que nos lo preguntemos y que nos preguntemos si algo así es posible.

Otra pregunta interesante es sobre la opción preferencial por los pobres que nos pide, por ejemplo, la encíclica Laudato si’. ¿Qué sitio ocupan los pobres, si tomamos como modelo el funcionamiento de la naturaleza? ¿Los «inadaptados», los enfermos, los abandonados, los «defectuosos», los que «sobran», los que no pueden ir al mismo ritmo que la mayoría, los que ya no pueden producir ni asegurarse su propia supervivencia, tendrían sitio en «el mundo ideal» regido nada más por las leyes naturales?

Efectivamente, la naturaleza es un libro desde el que Dios nos habla, pero la naturaleza no es suficiente para hablar de Dios. Aunque hay atalayas desde las que se pueda afirmar la armonía casi hedonista de todo lo creado, cuando los pies y las manos tocan el sufrimiento y la muerte del mundo, aparece más viva que nunca la necesidad de redención y liberación de la esclavitud que conlleva no ser dioses. Cuando los pies y las manos tocan el sufrimiento y la muerte del mundo solamente aquel que ya ha sufrido y muerto aparece como la única esperanza para encontrar sentido en el mundo real.

El gran peligro del ecologismo de los ricos es olvidar esto, olvidar el ecologismo de los pobres. Al ecologismo de los ricos le encanta «fruncir el ceño cuando ve comportamientos que le parecen del todo inadecuados», como dicen los Manel. Pero es muy fácil dar lecciones desde las burbujas de opulencia en las que vivimos. ¡Qué poco sentido tiene salvar la vida de una ballena cuando a pocos quilómetros tierra adentro hay personas muriendo de hambre! ¡Qué poco sentido tiene no comer animales o reciclar cuando se vive en una sociedad que para mantener su nivel de consumo necesitaría más de siete planetas como la Tierra! La encíclica Laudato si’ no se cansa de repetir que todo está conectado. Ojalá lo podamos tener presente cuando pidamos justicia para el planeta para asegurarnos de que también luchamos por la justicia de los más abandonados.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

COVID, incertidumbre y desigualdad

El Informe anual 2020 del Banco de España que acaba de publicarse es, como viene siendo la norma, una fuente de información objetiva y de opinión cualificada de primer grado. Constituye un análisis detallado y al mismo tiempo envolvente de la evolución de la pandemia desde su estallido a principios de 2019 al tiempo que, aquí y allá, realiza certeras incursiones en aspectos puntuales de la crisis regalando el rigor debido a lo que hemos ido asumiendo todos de manera general e intuitiva, por la información diaria de los medios, necesariamente menos rigurosa. Uno de ellos se refiere a los efectos que la doble plaga sanitaria y económica ha producido en la distribución de la renta y la riqueza, esto es, a la reciente evolución de la desigualdad en nuestro país.

La interpretación del fenómeno de las disparidades personales en la riqueza y en la renta ha estado y sigue estando sujeta a puntualizaciones que fácilmente se deslizan hacia la controversia. No en vano, si bien la pobreza es susceptible de cuantificación objetiva, la desigualdad, al constituirse en un índice relativo, da lugar a algunos resultados polémicos, ya que si la medición relativa respecto de medias o medianas en unos colectivos -sean países, autonomías o provincias- pueden definir situaciones de precariedad, esa misma medición no revela pobreza en colectivos cuyas medianas de renta o riqueza son superiores a las anteriormente citadas. Por otro lado, nadie discute la necesidad de una cierta diferencia salarial u otras rentas entre trabajadores que aporten distintos niveles de productividad. De otra manera se abortarían los incentivos a la inversión en formación, en méritos y en general en capital humano y, por tanto, el crecimiento económico no sería transitivo y coherente.

Se une a esto, la creciente sensibilidad que tanto las autoridades políticas como la academia están prestando al tema de la desigualdad de la renta por razones que desbordan las consideraciones meramente sociales. Así, ha crecido el consenso acerca de las numerosas vías en que la referida circunstancia puede afectar a la eficiencia y al crecimiento económico de los países. Así, el factor de preocupación es dual, ya que un alto grado de desigualdad amenaza la cohesión social, y acrecienta la conflictividad social, y simultáneamente disminuye la estabilidad de las expectativas empresariales, aumentando la volatilidad de la política de inversiones, distorsionando, en fin, la demanda y, en consecuencia, la producción y el empleo.

Con todo y con ello, merece la pena ahora aparcar distingos para interpretar los efectos devastadores de la crisis COVID, dejando de lado consideraciones, que, aunque válidas, resultan de rango social inferior a otras bajo las presentes circunstancias.

Hasta la irrupción de la crisis, la comparación internacional era desfavorable, pero dentro de un nivel, si no tolerable, no altamente distorsionante. Según el Banco de España (Informe 2020), nuestro país presentaba una dispersión del salario por hora similar a la media de los países de la Unión Europea (UE), aunque contadas las horas trabajadas el nivel de desigualdad aumentaba debido a que el grupo de salarios menores tiende a trabajar menos horas al día y menos días al año. La diferencia se ahonda si consideramos la renta per cápita, asociada a altas tasas de paro. Aunque en términos absolutos la desigualdad en la riqueza ha sido mayor que en renta, salimos bien parados en términos comparativos con otros países del entorno debido a la alta cuota en propiedad de viviendas de nuestra población.

Como era presumible la irrupción de la crisis cambió a peor el signo de los referidos indicadores, no tanto entre quienes siguieron percibiendo ingresos como en comparación con quienes dejaron de hacerlo. Como consecuencia de ello, la ratio entre los ingresos de los hogares en el decilio superior de la distribución y aquellos en el decilio inferior durante las primeras semanas del estado de alarma, pasó de 5 a 15 veces. A final de año, la desigualdad se redujo a 8,3 veces, pero siempre por encima de los porcentajes previos a la pandemia.

Adicionalmente cabe estudiar una incidencia de componente psicológico de enorme relevancia, como es la relativa a la incertidumbre respecto de la renta futura, de gran incidencia en el bienestar del individuo y las familias. Es sabida la relación directa entre empleo y desigualdad de rentas laborales, pero no sucede lo mismo con la relación de empleo y desigualdad en la seguridad de los ingresos. Lo que está fuera de duda es que la incertidumbre en la obtención de rentas futuras es un potente generador de perdidas de bienestar. Esta relación ha variado con el ciclo económico. Siempre según el Banco de España, menos de la mitad de los individuos de entre 25 y 54 años en el periodo 2005-2018 gozaban de una previsibilidad razonable de sus rentas para el ejercicio siguiente.

Siempre según el Banco de España la crisis COVID ha supuesto un aumento de la incertidumbre sobre la renta futura, especialmente para los menores de 35 años, los trabajadores en régimen temporal y las personas con ingresos en el cuartil inferior de las rentas.

A las consideraciones tradicionales de la desigualdad, nuevas aspectos y perspectivas destacan el estigma que arrastra consigo, impotente, nuestro modelo económico.

[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

Poniendo el foco en los conflictos olvidados

Campaments

A partir del lunes 31 de mayo y durante la próxima semana, Cristianisme i Justícia quiere visibilizar algunos #ConflictosOlvidados y publicará en su blog cinco artículos dedicados a Yemen, Honduras, el Sahara Occidental, la República Centroafricana y Myanmar. 

En el contexto de un mundo en el que prevalece la inmediatez, conflictos como estos se olvidan rápidamente y desaparecen del foco mediático. Si esto ya era así, ahora la covid-19 ha venido a agravar el sufrimiento de la población civil de estos territorios, a la vez que aleja aún más la atención de los medios, centrados en otras cuestiones relacionadas con la gestión de la pandemia. 

Por este motivo, Cristianisme i Justícia presenta hoy la campaña #ConflictosOlvidados que se llevará a cabo entre el 31 de mayo y el 4 de junio. Se publicarán en este blog cinco artículos extensos sobre cinco países inmersos en conflictos de largo recorrido que necesitan ser visibilizados para no caer en el olvido, a pesar del silencio de los medios. 

Los autores son personas que tienen un conocimiento directo de estas realidades. Ismael Moreno Coto, jesuita de Honduras y defensor de los derechos humanos, director de Radio Progreso y del centro comunitario de derechos humanos ERIC, nos acercará a la situación del país.

De Yemen nos hablará Pedro Moya, profesor universitario que ha sido parlamentario en el Congreso de los Diputados y Secretario General de Acción Exterior en la Junta de Andalucía, entre otros cargos. Sus áreas de dedicación han sido especialmente la Unión Europea, los países mediterráneos, el Magreb y el Oriente Próximo. 

El artículo sobre la República Centroafricana lo firma Ferran Puig, que ha sido director de Oxfam en este país. Por su parte, Albert Giralt, coordinador de la Federació d’Associacions Catalanes Amigues del Poble Sahrauí, analiza la situación en el Sahara Occidental. El artículo dedicado a Myanmar no está firmado, para garantizar la seguridad del autor.

Todos los artículos van acompañados de información sobre proyectos arraigados en el territorio y campañas de denuncia de distintas organizaciones que trabajan para erradicar el conflicto y las continuas violaciones de los derechos humanos. La campaña se cerrará con la publicación de un cuaderno de la Colección virtual que verá la luz a finales del mes de junio y recogerá todo el material. 

[Imagen cedida por Albert Giralt, coordinador de ACAPS]

Andalucismo, izquierdas y ecosocialismo: retos para un debate presente

Cada día queda más claro que el andalucismo tiene mucho trabajo por delante. En particular, ahora que se está tramitando a nivel estatal una ley del clima, parece un buen momento para afirmar de forma contundente que tal vez una de las tareas más urgentes se da en el campo de lo socioambiental. Y por varios motivos. Podríamos dividirlos en motivos objetivos y subjetivos, y empezar con los primeros. Veamos.

El problema de fondo es el mismo que nos encontramos a nivel planetario. Hemos forzado hasta las costuras la capacidad de nuestro hábitat, y la emergencia climática no es sino un ejemplo de esta, como podría ser también la propia pandemia actual. Pero es que además nuestra civilización ha llegado a sus límites de expansión en cuanto a crecimiento biofísico (materia y energía) y esto implica la imposibilidad de seguir creciendo económicamente. Esto supone el fin de la fuente del maná que alimenta y permite funcionar a todos nuestros subsistemas humanos, incluido el socioeconómico. Al respecto, es importante tener en cuenta que la tecnología, mera transformación de la energía disponible, resolverá algunos problemas, pero no todos. Ya no es una mera gotera, todo el casco del buque está agrietado. Y, por descontado, cualquier solución tecnológica implicará nuevos e imprevistos efectos colaterales.

Como he señalado antes, la cuestión de fondo es la misma que a escala global. Sin embargo, en el caso de Andalucía, estas circunstancias mundiales se hacen particularmente graves y urgentes, dadas nuestras características geográficas, biofísicas y socioeconómicas.

Revisemos algunas de esas circunstancias como pájaros de mal agüero: negros, feos, pero necesarios. Son los que nos hacen despertar y mirar al cielo para darnos cuenta del temporal que viene. Citaremos sólo tres ejemplos, sin ánimo exhaustivo. En primer lugar, de forma general, la especial vulnerabilidad de nuestro territorio en un contexto de calentamiento global en el que los efectos del caos climático irán por barrios, obliga a preparar nuestras sociedades ante estas circunstancias. Todo se verá alterado, empezando por nuestro fundamental sector primario, como todo lo relacionado con la naturaleza: suelos (unos suelos ya de por sí vulnerables y sobreexigidos), ciclos hídricos, biodiversidad protectora (¡Pensemos en las abejas, determinantes para la polinización!)… Todo esto puede tener una brutal repercusión en nuestra seguridad —y, por ende, soberanía— alimentaria.

En segundo lugar, otro motivo objetivo son las características de subordinación y precariedad de nuestra economía, que nos hacen especialmente vulnerables ante las crisis socioambientales que se avecinan. El andalucismo de izquierdas habla mucho hoy de la meta de una soberanía solidaria. Pero sabemos que nuestra economía está centrada en sectores ligados no sólo a los avatares del clima sino que son también muy dependientes del exterior (turismo, sector agrario enfocado hacia la exportación). Dichos ramos, en el marco de una economía globalizada sustentada por enormes insumos de energía, pueden sufrir de manera aguda el impacto no sólo de los cambios en nuestro entorno, sino también de la pronosticada escasez de energía barata y abundante en forma de energías fósiles.

En tercer lugar, precisamente por el fin del petróleo barato y abundante, así como por las limitaciones y requerimientos de las energías renovables, existe el riesgo de que en nuestro territorio afloren extractivismos coloniales que imposibiliten una vida humana digna, o que de manera injusta repercutan sobre una parte de la población. La alternativa deleznable es que se agudicen los que ya practicamos hacia otros pueblos más débiles. En todo caso, esto acrecentará los conflictos socioambientales que—ya habrán podido intuir—emergerán como consecuencia de las otras cuestiones. Conflictos internos o externos que enfrentarán a nuestros diferentes territorios y que acabarán seguro rebotando sobre los colectivos más vulnerables como un bumerán, en uno u otro momento.

Estas son solo algunas razones, pero más que suficientes para mejorar nuestra resiliencia comunitaria. Hacernos fuertes, en definitiva, ante las adversidades por llegar. Y hacerlo lo antes posible. Porque la excrecencia, aunque se esconda debajo de lujosas alfombras, huele y acaba dando la cara.

No obstante, para dar ese paso imprescindible, hace falta ver cuáles son los motivos subjetivos que hacen más desafiantes aún si cabe los retos de un ecoandalucismo poscrecentista conscientemente ecosocialista.

En efecto, la lucha mayor no está fuera de nuestras mentes. No es la generación de estructuras externas, ni siquiera de cambios productivos, en el consumo, la propiedad de los medios de producción o nuestra organización social. Es en el terreno del imaginario colectivo donde necesitamos un cambio cualitativo, incluida la izquierda andalucista. Un cambio que nos permita abrirnos a otra manera de pensar. Somos capaces de imaginar el fin del mundo, pero no un mundo sin capitalismo. O al menos sin crecimiento económico, aunque sea estatalizado o socializado. Al respecto, está claro que un ecosocialismo andalucista poscrecentista que nos abra a políticas no productivistas no es fácil de asumir. Ya no sólo a nivel personal, sino mucho menos en un ámbito social, político partidista y, menos aún, electoral. El productivismo y la negación de los límites tecnológicos, unido a los intereses en juego por parte de las diversas oligarquías y poderes fácticos —autóctonos y foráneos— que intentan mantenernos distraídos con la música de la orquesta del Titanic mientras exprime los posos del banquete, no jugará a nuestro favor. Será, por tanto, una lucha a cara de perro. Y probablemente poco épica. Nada de “sangre y fuego”, nada de “fuerza y honor”. La épica es para quienes pueden permitírselo, y nuestra lucha que empieza hoy tiene enemigos que no permiten la grandiosidad, el honor o la gloria. Es la lucha contra adversarios ocultos, tediosos, inefables, silenciosos, aparentemente esclerotizados: la desidia, la ignorancia, el miedo, el cortoplacismo, el derrotismo, el escapismo, el egoísmo más ramplón, la arrogancia, la autosuficiencia, la corrupción, la parálisis, la ambición o simplemente la desgana. La fe en el progreso perenne, en los paraísos, sino perfectos, al menos accesibles.

Por eso el papel de un andalucismo poscrecentista y ecosocialista que no simplifique los problemas, que apueste por la democracia y la justicia para la resolución de los problemas futuros, pero también de los actuales, exige disputar la hegemonía ideológica en la cuestión socioambiental. No basta con hacer documentos, informar y concienciar. Debemos disputar el marco. Una guerra de posiciones que permita colocar nuestras piezas, introducirnos por los resquicios del propio sistema. ¿Nuestro ejército? Toda persona que haya comprendido la gravedad de la situación y quiera sumarse. ¿Las armas? En primer lugar—debe quedar claro—las afirmaciones científicas empíricamente demostradas. Pero, sobre ellas, deberemos construir un discurso que invite a la acción de la forma más entusiasta posible, sin pesimismos derrotistas. Nuestros argumentos, nuestro discurso, nuestra palabra, en suma. ¿Aliados? Sí, muchos movimientos, algunos más antiguos y otros más recientes que saben lo que nos jugamos y ya están peleando en esta guerra de guerrillas. ¿El escenario? Todo lugar, en todo tiempo: la calle, las plazas, los campos, los mercados, los huertos urbanos, las bibliotecas…

¿La táctica? Una primera fase, sin duda, será permear a la propia izquierda andalucista, mucha de la cual sigue subyugada ante discursos desarrollistas propios de un mundo alimentado por combustibles fósiles. Un mundo inflamable que se desmorona, que está literalmente combustionando delante de nuestros ojos. Esa primera batalla no será nada fácil.

Simultáneamente, pero sobre todo después, vendrá el triple salto mortal, el más difícil todavía. Explicar a la ciudadanía, que ya es adulta, que el sueño se acaba. Sin paternalismos, pero con realismo. “Bienvenido al desierto de lo real”, decía Morfeo en Matrix. Un desierto es donde nadie quiere saber que está. Pero es en lo real es donde se juega el presente. Si no sé dónde estoy ni dónde voy sólo soy una marioneta mecida por el viento… o peor aún, que mueven otros. En esa realidad es donde la vida nos espera, más allá de los engaños y los dispositivos de todo tipo que los dueños de nuestra sociedad nos ofrecen para atraparnos. La vida que nuestro pueblo ha conocido, hasta hace muy poco, de la que nos han hablado nuestras abuelas, la que tiene mucho de dureza pero que apunta a una realidad donde las opresiones tal vez no fueran mayores, sino que estaban menos edulcoradas. Es bueno recordar eso cuando vemos que el show llega a su fin. La sociedad del capitalismo low cost, que transmuta precariedad en flexibilidad laboral a cambio de algunas golosinas, agoniza. El tiempo de su combustible, no sólo metafórico, se acaba, no sin dejar atrás una enorme deuda a quienes no se les preguntó si accedían porque aún no habían nacido. Vamos despertando así de un sueño de energía infinita durante el que hemos liberado gases suficientes para convertir el clima en una fuerza impredecible durante mucho tiempo.

En efecto, hasta ahora los programadores de nuestro sueño inducido han hecho su labor. Ahora les tocará empujarnos hacia un nuevo letargo que asegure nuestra sumisión, tal vez mucho peor, en un modelo poscapitalista que siga asegurando su dominio, una abismal desigualdad y una nueva falsa sensación de libertad. Intentarán aprovecharse de lo peor que habita en nuestro interior para—subrepticiamente—llevarnos del “sálvese quien pueda” a un “nos salvaremos los de siempre”.

¿Permitiremos esto? No, porque en nuestra naturaleza no es mayormente oscura. No, porque es la vida, la propia vida de nuestras hijas y nietas, la que está en juego. Vidas que en los próximos 10-15 años vamos a condicionar. Y es muy importante que esa salida sea, de verdad, entre todas y para todas. El espejo de las respuestas a la Covid-19 es un sucio reflejo de lo que podría pasar. Por eso, la resiliencia que precisamos debe ser justa y enraizada en nuestros territorios, pues es la única forma de evitar un colapso violento y caótico de todas nuestras estructuras civilizatorias locales. Cierto que los problemas globales no podremos frenarlos, cierto que sucederán eventos complejos a nivel internacional. No sabemos si se darán o no los peores escenarios socioambientales, los peores escenarios políticos (ecototalitarismos fascistas, caos neofeudal, masas de refugiadas socioambientales… la imaginación es libre en el museo de los horrores). Pero lo que sí sabemos es que el futuro no está escrito. Lo que sí sabemos es que si actuamos, podemos al menos mitigar todo eso, reconducirlo para asegurar a nuestras nietas una vida que puede ser mejor, tal vez diferente; donde habrá sufrimientos y penas, pero también alegrías y jarana. No podemos predecir el mañana. Pero hoy sí sabemos que aquellas por quienes daríamos todo ahora—porque después ya no podremos darlo—, si actuamos ahora, podrán disfrutar de una vida plena, una vida mejor, una vida digna. Vivida con nuestra forma de hablar, con nuestras tradiciones, nuestra cultura, nuestra forma de existir y sentir. Una vida en nuestra tierra, una tierra abierta, donde tantos pueblos vinieron, vieron y se quedaron. Una tierra que no representa simplemente un espacio en un mapa o un puñado de polvo, sino el suelo que les permita vivir a ellas, y a quienes—tal vez escupidos por los dolores de su tiempo—puedan venir de lejos.

Por eso, la responsabilidad de nuestra implicación supone la necesidad de luchar colectivamente, en el ágora pública, hacer despertar al demos, reclamar el bien común y negarnos a ser simplemente el rebaño explotado, el consumidor-productor que pronto podría ser simplemente esclavo. Nos dirán que si capitalismo verde por aquí, que si crecimiento sostenible por allá, que si oportunidad por acullá, que si tales miedos interesados por un lado, que si seguridad y protección por el otro. Necesitaremos por eso discernimiento y diálogo, claro, mientras resuenen los atronadores sones de los disparos en la guerra de trincheras que obligará a disputar cada frase, cada narración, cada mentira, cada movimiento suicida, cada espacio común, cada privilegio injustificado. Hasta que el telón de la obra caiga, y con él, el teatro actual. Y entonces se abra paso el nuevo mundo que brotará del actual. Un mundo que será lo que hagamos.

La resiliencia por supuesto no se jugará sólo ni primordialmente en la política. Pero desde ella, incluso desde ella, también desde ella, especialmente desde ella, debemos hoy ya pelear con uñas y dientes para ofrecer, en nuestra tierra, un porvenir justo y habitable para nuestras hijas. Porque nuestro futuro será su presente. Eso es lo único que tendrán, y lo único que podemos ofrecerles. No podemos privarles de él, porque es de ellas. Se lo debemos. Sólo así escucharemos el eco sus voces respondiendo a nuestro “¡Viva Andalucía libre!”… ¿No lo oís?

[Artículo publicado originalmente en El Salto/Imagen de Daria Nepriakhina en Pixabay]

Cristiano Ronaldo en Ceuta

Mientras el mundo desarrollado vuelve a correr al ritmo que le permite la vacuna (a veces ansiando alcanzar algo que había dejado atrás), hace unos días nos llegaba la noticia de que Cristiano Ronaldo iba a jugar un partido en Ceuta. En realidad, se trataba de la publicación de un falso rumor que había circulado como señuelo para que los niños marroquíes cruzaran hacia España. ¿Qué podía hacer Cristiano en Ceuta?, nos preguntamos. Y la respuesta era: nada. Se trataba, una vez más, solo de la imagen de Cristiano, de su cromo futbolístico, esta vez en calidad de trampa. Una bolsa de caramelos al otro lado del bosque, aun sabiendo que en este hay lobo encerrado. Tampoco había abuelita que esperara en su casa a esos chavales para darles la merienda.

Si enviamos a los niños en medio de sombras y aguas desatadas es que seguramente nos importa ya muy poco lo que pueda sucederles. Quizá los hemos empezado a ver como potenciales competidores y sustractores de bienes, como rivales por el botín ordeñable a este momento de la historia. Parecidos a esos delfines a los que matamos porque les encantan los mismos peces que a nosotros. “No tengo planes más allá de esta cena”, cantaba Amaral, pero ahora entonado por una sociedad demasiado preocupada por lo inmediato. Una forma geopolítica de “solucionar” la cuestión de la superpoblación mundial: ¿qué más da si desaparecen algunos niños intentando cruzar las fronteras? Con un poco de suerte lleguen al otro lado, y nuestra conciencia quede tranquila imaginando cómo comen toneladas de perdices. Si no, al menos su imagen encerrada servirá para dañar al gobierno cuya fama conviene ensuciar. Hay muchas “ventajas” en la utilización de estos niños-ariete, y eso mismo nos descubre ─pepita de oro de esperanza─ que seguimos conservando un remanente de empatía por lo que les ocurra.

Pero, además de todos los análisis políticos, la sucia treta de sacar el cromo de Cristiano revela algo profundo en lo que vale la pena detenerse, y que nos ayuda a hacer nuevas traducciones del Evangelio.

Es ya clásica la glosa de los pasajes en que Jesús hace referencia a los niños: no se trata de verlos como los consideramos hoy en nuestras sociedades desarrolladas ─sobreprotegidos y mimados─, sino como los pequeños del s. I de nuestra era, que eran nadie porque aún no eran fuerza de trabajo. Sin embargo, dice Jesús, los niños tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios, junto a viudas y extranjeros, precisamente por ser últimos. Es la mejor tradición de Yahvé riéndose de Marción. Pero, si cambiamos simplemente “niños” por “últimos”, ¿no estamos perdiendo algo específicamente suyo en la traducción? ¿O hay alguna dimensión más en que el último sea el niño?

El partido trampa de Cristiano en Ceuta revela que el niño sigue siendo el gran vulnerable en otro sentido, y los adultos los grandes responsables también a ese respecto: los niños serán, siempre, los últimos llegados al mundo de los sueños. Su fragilidad también se muestra en que sus sueños están brotando ahora, en este momento. Es la vida en carne viva. Su alma titila frente a cada posible referente, ante todo aquello que le deslumbra, que despierta admiración. Adulto es, por contra, el ser que solo cambia de rumbo si se estrella. El adulto es, fundamentalmente, alguien ya tejido. Y sin embargo son estos seres ya muy macizos los responsables de sembrar sueños en los niños. El adulto es el que sabe que un partido de Cristiano o una fiesta en Ceuta tienen la capacidad de llevarse a un niño pobre de su casa, como el hombre del saco. No es difícil imaginar a Jesús clamando que más le valdría, a quien hace eso, que le “ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar”.

El ser básicamente consolidado y muy macizo que es el adulto no necesita cambiar de rumbo a no ser que se estrelle, pero esa dirección tan tierna aún del niño le concede una posibilidad a través de la cual seguir mejorándose: el adulto puede soñar todavía pensando y proponiendo sueños para niños; consistentes, que nutran y que den felicidad. Si, encima, dejamos que se acerquen a Jesús, el Entusiasta, permitimos que ese campo abonado para los sueños se llene de expectativas y tareas que sí podrían merecer que en un momento dado abandonasen su hogar, caminando a su lado. Porque son expectativas y tareas que abren a la vida abundante de Dios.

Qué vergüenza y qué fracaso ver cómo el flautista de Hamelin podría ser hoy Cristiano Ronaldo, tocando el balón en Ceuta. Pero también pensar que ni verlo aparecer en el salón de casa serviría para que algunos de nuestros hijos levantasen la mirada de la tableta.

[Imagen de Darvin Santos en Pixabay]

Ahora que ya nos preguntan

Hemos celebrado hace poco el día de la madre, un día lleno de tópicos optimistas y ciertamente románticos de la maternidad. Cierto que a todas nosotras nos gusta que nos feliciten ese día, ¿quién no se emociona con una manita o pie impresa en arcilla o una carta llena de corazones hecha por sus hijos alabando lo mucho que les ayudamos en su crecer y desarrollarse?

Uno de los condicionantes más importante en la vida de las mujeres es la familia. Sea por maternidad o por atención de mayores, hermanos u otros familiares, las mujeres dedican mucha parte de su vida al cuidado. La maternidad ocupa un gran espacio de la experiencia doméstica del cuidado no solo de las mujeres, también de los hombres, pues todos hemos sido hijas e hijos alguna vez, y porque a muchas de nosotras, en algún momento nos tocará ser madres, en el concepto amplio al que se refiere siempre el cuidado, no en el del vínculo de sangre. La maternidad sublimada, de la mujer como sostén, alimento y protección de los hijos, mirada desde el Evangelio, plantea muchos interrogantes. Es punto de partida de la experiencia de gratuidad, por eso la devoción a María tiene un sentido anterior y profundamente crístico en el seguimiento a Jesús. María no es solo la madre silenciosa, sino la jovencita coraje que opta por una situación de embarazo complicado vivida desde la experiencia liberadora de Dios. En este sentido, la maternidad para Jesús, y para su Iglesia, es un acto de liberación de otros, de empoderamiento y de crecimiento en el que se acompaña no a costa de la vida propia, sino en solidaridad compartida. Pero la maternidad también es piedra angular de sociedades desiguales, y el propio Jesús advierte de que la maternidad y paternidad entendida como obligación social discriminatoria invalida el seguimiento verdadero del plan de Salvación de Dios (Mc 3, 31-35). El criterio del hermanamiento es mayor que las relaciones de familia, y la gratuidad y entrega a los otros en libertad y reciprocidad supera al linaje de sangre expresado en tributos de hijos a padres y de madres a esposos e hijos.

La maternidad modifica radicalmente la vida de las mujeres y condiciona la visión de éstas de la realidad. Definidas desde el nacimiento como gestantes (ahora que la palabra está tan de moda), las mujeres han sido tipificadas según su sexo y género: familia, procreación, cuidado, hijos, hogar, ancianos, enfermedad, etc. Mientras que un varón puede desentenderse de un hijo, nonato o nacido, las mujeres nunca podemos desentendernos, nazca esa criatura o no, pues ha quedado desde el principio anclada a nuestro cuerpo. Esta condición biológica ha justificado la asunción de una larga lista de roles sociales de cuidado por parte de las mujeres. Para las mujeres la donación ha sido muchas veces impuesta y obligada. Y ha justificado la desvinculación de los varones de la gratuidad del darse, estableciendo una perfecta separación de valores y normas diferentes de relación familiar y social para ambos sexos.

Después de una demografía creciente en el siglo XX, con familias numerosas de cuatro, seis, ocho o más hijos (el famoso babyboom de los 60-70), estamos asistiendo a un decrecimiento vertiginoso de la natalidad en España muy preocupante, pero en general en los países enriquecidos. ¿Hay una causa económica? Sí, la hay. Las parejas no pueden tener hijos porque es un desembolso económico que no pueden soportar y porque el modelo familiar nuclear impide la solidaridad familiar que antes permitía cuidar a los primos, vecinos y otros conocidos de la vida del barrio. Pero hay una causa económica todavía más profunda, la de un sistema económico que se sostenía gracias al trabajo totalmente gratuito de cuidado doméstico de las mujeres, y que ahora hace aguas porque muchas mujeres se «han liberado» de la «maternidad esclavizante». En las historias de vida de muchas mujeres es frecuente escuchar como las madres las alentaron a la independencia económica como camino de libertad frente la violencia institucional y familiar. Frente a la no remuneración, al silencio y al no reconocimiento, muchas mujeres prefieren hoy la vida en libertad. Es una libertad que renuncia a la maternidad entendida como obligación, pero con ello renuncian también a la belleza del encuentro con otros seres humanos.

Esta es la contradicción. Por un lado, el sistema, que necesita de los trabajos de cuidado, no permanece callado y demoniza a las mujeres que no quieren tener hijos y sublima una maternidad entregada como la mejor y única experiencia que puede autorrealizar a una mujer. Para el sistema económico capitalista la maternidad es un colchón social, un espacio de abnegación hacia el otro y de negación hacia una misma. Por otro lado, existe una mala prensa sobre la maternidad, en parte por la condición de gratuidad del dar en el cuidado, poco de moda en nuestro tiempo posmoderno, donde el autocuidado y el autocentramiento ocupa gran parte de nuestras actividades, pensamientos y emociones. Ser madre quita tiempo. Ser padre, si verdaderamente me implico en la vida de los hijos e hijas, también. En parte por una generación de hombres y mujeres que vieron como sus madres sufrían una sumisión metódica que les impedía ser ellas mismas, expresarse y desarrollarse como personas y unos padres ausentes que solo aparecían en la escena familiar para dar órdenes. Esta generación no quiere reproducir estas situaciones una vez más. A estas madres abnegadas nadie las preguntó si querían ser madres. Una donación obligada es esclavizante.

Ahora que ya nos preguntan, debemos combatir en nuestro interior con estas dos visiones distorsionadas y alienantes de la maternidad, la que la demoniza y la que la sublima. Ambas posturas eclipsan la parte más hermosa de la maternidad que es la relación con el otro, un camino de encuentro que se construye día a día en las interacciones con los hijos e hijas, a los que, por mucho que los hayamos llevado en nuestro útero, son un misterio desconocido con el que interrelacionarnos para poderles llegar a conocer de verdad. Una experiencia de alteridad muy lejana al extraño y ciertamente mágico instinto materno que el sistema patriarcal defiende como parte ontológica de las mujeres.

Una maternidad mirada desde la igualdad hermanada del Evangelio no obliga a elegir entre una misma y los hijos e hijas. Porque la gratuidad no es una negación, es un compartir, consciente, donde intervienen todos los actores, incluida la madre, con sus necesidades y sus luchas individuales. Obligar a las mujeres a elegir entre el hedonismo solitario o el servilismo absoluto va en contra de la máxima de hermanamiento de Jesucristo. Ni vivir sola es lo mejor del mundo, ni tener hijos es una catástrofe para la autorrealización personal. En la propia soledad total falta el compartir con otros las alegrías y las penas descentrándonos de nosotros mismos y en la maternidad «esclavizante» falta el repartir responsabilidades y fomentar la autonomía de las personas. En ambas situaciones hay un riesgo de establecer relaciones insanas con nuestros seres queridos, que dificulta la convivencia y el cuidado de los otros y otras. La cuestión no está en reproducirse biológicamente, sino en la capacidad de vivir una relación sanadora familiar, sea cual sea la propia elección sobre la maternidad. La maternidad es el ejemplo de que la experiencia de gratuidad es una experiencia compleja de responsabilidad y diálogo. Nunca es totalmente translucida y está llena de contradicciones. Tener hijos es, como todo en la vida, una mezcla de gozo y frustración, de responsabilidad y de improvisación. Dada la gran diversidad de familias y situaciones en las que hoy se encuentran las mujeres, la fe nos pide acompañar y respetar las respuestas y soluciones intermedias que las mujeres dan a la maternidad para que sean tomadas desde la libertad y la gratuidad y no desde la imposición y los prejuicios. La maternidad no es sencilla, requiere de un proyecto compartido con otros. Se vive mejor en la tribu. La comunidad cristiana puede, con la práctica del hermanamiento del Reino, sostener maternidades (y paternidades) que quieren vivir la donación en libertad y así, ser ejemplo sanador para la sociedad de los extremos que nos esclaviza.

[Imagen de chiplanay en Pixabay]