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Silencio: presencia y escucha en clave de amor

Lo que nos trasciende se nos revela a través de lo inmanente. Parece existir cierta capacidad humana para poder relacionarse con la Realidad que se manifiesta ininterrumpidamente. El cristianismo indica una disposición o actitud de acogida radical, de profunda reverencia: escuchar al Otro. Por tanto, vincularse o comunicarse con la divinidad es posible porque Dios mismo se comunica y se vincula con su criatura: él “primerea”, él inicia el encuentro. La oración cristiana debe ser entendida en clave de respuesta o reciprocidad a un Amor que precede al propio anhelo o deseo, y le hace emerger (también lo sostiene, alimenta, dinamiza y plenifica): “no es otra cosa oración mental, en mi opinión, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando solo con quien sabemos nos ama”, decía Santa Teresa de Jesús (Vida 8,2).

El silencio, en la tradición cristiana, es pues sinónimo de atención al Otro, a su Presencia, a su Palabra. Recordamos el Prólogo de Juan, “Al principio existía quien es la Palabra” (Jn 1,1), que fundamenta la conocida sentencia de Juan de la Cruz: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio debe ser oída del alma” (Dichos de luz y amor, 99). Si la Palabra fuera viento huracanado, terremoto estrepitoso o fuego destructor (cf. 1R 19,11-12) no sería necesario el silencio para reconocer el paso, captar la presencia, escuchar nítida la palabra de Yahvé. Pero el Divino Presente se manifiesta y se comunica en el susurro de un suave viento (1R 19,12), es decir, en el silencio del corazón, en el sosiego interior: en “sosiego y paz” que dice Juan de la Cruz (Puntos de amor, 3). El silencio permite contemplar a aquel que se cierne sobre las aguas primigenias del caos: el Espíritu de Dios (Gn 1,2).

La concepción del silencio en la tradición cristiana procede claramente de su concepción en la tradición hebrea. Hay un versículo del salmo 142 que lo ilustra bien: “Que pueda escuchar su amor a punta de día”. Escuchar a Yahvé, su amor, es algo mucho más profundo y certero que sentir su amor. Nos viene a decir que la escucha es algo nítido, diáfano, donde podemos acertar y afinar más que en los sentimientos (donde a menudo nos perdemos o embarrancamos). De ahí que el silencio, como actitud de presencia y de escucha ante el Otro sea la actitud fundamental de la persona humana: significa conocer y obedecer el designio divino sobre uno mismo. Un conocimiento y una obediencia que no son nunca sumisión, fanatismo, despersonalización…, sino apertura confiada y disposición libre a aceptar la propia verdad, la propia vida, y por tanto, la propia vocación y misión. En la espiritualidad carmelitana-teresiano-sanjuanista, esta actitud gozosamente obediencial lleva a la unión de voluntades: conocer quien soy yo para Dios es sinónimo de conocer quien soy yo en plenitud. Santa Teresa afirma que no es suficiente con el propio conocimiento (filosófico, socrático): necesitamos conocernos desde Dios, mirados amorosamente por Él. Esto es Psicoanálisis puro: no nos conocemos nosotros solos, necesitamos la relación con las figuras de referencia de la primera infancia. El silencio, en esta relación, posibilita escuchar la Palabra, conocer al Dios que se autorrevela y me revela. Cuando esto no ocurre, la persona vive movida según la propia voluntad egoica, errada. El silencio permite escuchar/experimentar un Tú que me dice/me revela quien soy Yo. ¿Cuál es mi Self más profundo y verdadero. El silencio es la puerta para salir del “propio amor, querer e interés” según Ignacio de Loyola (EE 189): Xavier Melloni afirma que el silencio es la ausencia de Ego.[1] Llegar a escuchar el YO SOY interior muestra quien soy en realidad, en profundidad.

El silencio siempre está presente en la vida: no es una creación humana. Es aquella matriz que menciona a san Pablo: “[en Dios] vivimos, nos movemos y somos” (Hch 17,28). Pero requiere cierta valentía para adentrarse, porque es pesado en muchos momentos, ya que no estamos acostumbrados a vivir conscientemente (hay que decir también que existen silencios destructivos, violentos y deshumanizadores).

En la tradición cristiana, las figuras que más evocan la práctica del silencio son seguramente los padres y madres del desierto. En sus apotegmas no encontramos técnicas, sino un subrayado en la importancia de la soledad, la calidad de atención al presente (no concentración) y la invocación interior (mantra). Aquí nace toda la extensa tradición de la Filocalia, de la oración hesicasta, de la oración del Santo Nombre de Jesús… Ellos y ellas hablan ampliamente de los arrecifes que presenta el silencio y cómo se deben ir transitando, atravesando. Un escollo muy importante son los logismos: los pensamientos intrusivos, las distracciones, el aburrimiento, las voces malévolas, las creencias limitantes, las distorsiones cognitivas, las tentaciones, los escrúpulos, las obsesiones… Maestros en la práctica del silencio advierten que la mente está indisolublemente compenetrada con el corazón y, por tanto, con los afectos, las emociones, los sentimientos: la persona es una unidad indisoluble que vive en peligro de dividirse o distorsionarse. Buscan, por tanto, la unificación o unidad personal (no la uniformidad): su singularidad que, aceptada y celebrada, es fuente de la propia creatividad y aportación única al mundo.

El magisterio de los padres y madres del desierto no es algo nacido de la fuga mundi, sin más. No fueron filósofos estoicos ni epicúreos… Su magisterio nace de la contemplación y seguimiento de la persona de Jesús. El Hijo de Dios les muestra una vida humana en relación, una vida en encuentro con el Padre y sus hermanos, con la Creación entera. Y justamente Jesús, en el Evangelio, advierte claramente que lo que perturba el silencio interior es lo que distorsiona, pervierte o rompe la imagen de Dios en nosotros: «de dentro del corazón del hombre salen las malas intenciones que lo llevan a relaciones ilegítimas, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, trampas, libertinaje, envidias, injurias, arrogancia, insensatez. Todo esto malo sale de dentro y hace impuro al hombre» (Mc 7,14-23). Intenciones, deseos y actitudes conforman nuestras acciones y comportamientos: proceden de la propia libertad y responsabilidad, no del exterior. Nada nos hace impuras o incorrectas desde fuera: es desde dentro. Es aquella oración que con tanta insistencia Ignacio de Loyola pide en sus Ejercicios Espirituales: “que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean ordenadas al servicio de la voluntad de Dios” (EE 46).[2] Esto nos viene a alertar de que el silencio por sí solo no nos cura, no puede ayudarnos a ser libres, no es unívoco, tampoco una varita mágica… Sólo nos muestra y confronta con nuestra propia verdad. El silencio nos hace de espejo. El silencio nos pone frente a la propia sombra. Y esta propia realidad sólo se puede soportar-aceptar-asumir gracias a la humildad, según Santa Teresa: «caminar un alma en verdad ante la misma Verdad» (Vida 40,3). Sin la práctica de las virtudes (teologales y cardinales), el silencio (y todas las técnicas y disposiciones que podamos imaginar) puede esconder la peor de las soberbias. Así pues, el silencio tiene una connotación primeramente mística, pero indisolublemente ligada a la ascética. No hay que olvidarlo.

Jesús ora en el silencio, a menudo de noche (Lc 6,12-13). Lo vemos en muchísimas escenas de los 4 evangelios: sube a la montaña o se refugia en lugares apartados, y reza al Padre, en soledad y silencio. Sólo le vemos acompañado en Getsemaní. Y sólo enseña una oración a sus discípulos: el Padrenuestro. Y les dice: «Cuando oren, no hables por hablar, como hacen los paganos: creen que con su palabrería se harán escuchar. No seas, pues, como ellos, que bien sabe su Padre de qué tiene necesidad antes de que se lo pida» (Mt 6,7-15). Jesús huye de la palabrería, es decir, del utilitarismo hacia Dios (de la magia, de la negociación, de los ídolos y amuletos, del infantilismo). El Maestro habla, pues, de un anhelo, de un deseo, de un agradecimiento, de un abandono, de reconocimiento. De un estar o permanecer en la Presencia del Padre, en el Espíritu. Su encuentro primordial con el Padre está en el silencio de la propia intimidad. San Juan de la Cruz hablará de la oración silenciosa como “ejercicio de advertencia amorosa” (Dichos de luz y amor 87), pero aún más de “olvido de sí”, “soledad u ociosidad interior”, “escucha pasiva” (Llama 3,35). Es un silencio ascético (presencia afectiva) y un silencio místico (gracia infusa, contemplación absolutamente gratuita e inmerecida). Cabe preguntarse si la atracción que ejercía Jesús provenía de la paz interior que formaba parte de su ser y que se veía sostenido por este silencio. Santa Teresa afirma de algunas personas que ella conoció y tratar: «de sólo entender la santidad de su trato, era grande el provecho que mi alma sentía» (Vida 24,4).

En la práctica contemplativa, el silencio es algo normal. De hecho, el silencio es una ayuda para que muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo, que decía san Pablo (Colosenses 3,5). En lo cotidiano, la convivencia viene precedida y sostenida por el silencio. Desde la presencia discreta y fraterna, silenciosa, las personas más apreciadas y demandadas hoy son las que disminuyen el ruido e incrementan el calor social (¡y eclesial!). Asimismo, la sobriedad y la falta de contaminación visual y auditiva, se agradecen infinitamente. Los lifestyle minimalistas, la simplicidad decorativa, los métodos de ordenación y depuración de los hogares son corrientes afines al silencio.

El silencio es forma de comunicación, de lenguaje, depurada. Es un despojo, una desnudez, un vaciamiento. Es un sosiego de las propias líbidos y pulsiones, una reeducación, un centrarse en lo esencial (el “recogimiento” de que hablan nuestros místicos). Se vive la vida desde otra perspectiva. Es un proceso largo que pide constancia y confianza y que forma parte de la conversio morum que la tradición benedictina conoce tan bien: significa un cambio de mentalidad (metanoia) y, por tanto, un cambio de costumbres, un cambio de hábitos, progresivo: Teresa de Jesús decía a sus monjas “acostumbraos, acostumbraos” (Camino de Perfección 26,2); y Juan de la Cruz instaba a atenerse a la dificultad con aquel “procurar siempre inclinarse…” (Avisos). La exhortación a la vigilancia que hace Jesús a lo largo de su predicación busca que sus discípulos y oyentes pasen de una disgregación interior a una integración totalizante. Esto pide constancia, diligencia y perseverancia. El silencio es un trabajo y un esfuerzo, una práctica, un aprendizaje. Es una disciplina (palabra que proviene de “discípulo” y “discipulado”: ​​hago o dejo de hacer algo porque sigo al Maestro; “contigo y como tú” que decía san Ignacio). Santa Teresa dice: “con más facilidad se guarda el silencio cada una por sí, y acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración” (Camino de Perfección 4,9). Por tanto, el silencio cristiano no es solipsista sino apostólico: facilita la entrega al mundo y a la Iglesia. Permanecer en adoración silenciosa ante el Santísimo es algo profundamente misionero.

El silencio integral produce una irradiación, que se contagia por ósmosis, a nivel energético, de alta vibración. El silencio afina la percepción y la intuición. Esto pide de nuevo, virtud y esfuerzo, para asumirlo adecuadamente: “Dios os hace a vosotros el don de conocer los secretos del Reino” (Lc 8,4-15). El silencio corporal se facilita a través de la práctica del ayuno. Es una práctica iniciática en muchas religiones y caminos espirituales serios. De alguna manera, se trata de que los 5 sentidos se vean afectados positivamente por el silencio. San Juan de la Cruz tiene sentencias preciosas en este sentido, y también san Ignacio: es necesaria la educación de los sentidos. Educación que implica aprender a vivir a la intemperie y en la itinerancia: uno no aferrarse, no posesionarse compulsivamente a nada. Hace referencia a una de las grandes virtudes teresianas, muy desconocida: el desapego (Camino de Perfección 4,4).

El silencio es el humus del Universo: vas a la playa y hay silencio, vas a la montaña y hay silencio, en la ciudad también hay silencio. No es un silencio aséptico de laboratorio: es un silencio de normalidad, vida, espacio y tiempo. Están los sonidos característicos de la naturaleza, que no lo rompen, le acompañan. Se expresan. Estos sonidos no son ruido, son los sonidos sin ego: no te reclaman.[3] Para que una partitura musical no sea un galimatías ininteligible, debe tener silencios…

Jesús habla mucho del ritmo natural en sus parábolas. Él creció en Nazaret, un pueblo. Se movió en ámbitos claramente rurales y agrícolas. Él oraba en silencio rodeado de la naturaleza, los Evangelios lo recogen ampliamente: no era sólo la oración ritual en el recinto del Templo, era una relación íntima con el Padre en entornos al aire libre, bajo las estrellas, junto a los olivares de Palestina… También fue al desierto, el sitio bíblico solitario y silencioso por excelencia. Nosotros hemos perdido bastante esta conexión y reflexión sobre el ritmo natural, y necesitamos volver a ello. No hemos creado nosotros la Naturaleza, sino que la Creación nos ha precedido y es nuestro hábitat. Como dice el papa Francisco, es la “casa común” (Laudato Si’). Debemos ser custodios, no explotadores. Antiguamente, las grandes peregrinaciones en Santiago de Compostela o en Chartres ayudaban a estar en contacto con la naturaleza, con la aventura: todo homo religiosus era homo viator.

Santa Teresa quería siempre un huerto grande para pasear en sus conventos, y ermitas donde poder retirarse en solitario a rezar o hacer remanso. Ella dice, refiriéndose a las ayudas que empleaba en los momentos de distracción en la oración silenciosa: “Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores. En estas cosas encontraba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro” (Vida 9,5). San Juan de la Cruz, en sus poesías, canta la belleza de la Creación como pocos poetas han sabido cantarla (sin ser panteísta): “Mi Amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos” (Cántico Espiritual, canción 13). Ambos, también san Ignacio, vivieron haciendo largas caminatas, viajando, observando la naturaleza y los cambios de las estaciones… Siempre estuvieron en contacto con la naturaleza.

El ritmo espiritual presenta la misma cadencia que el ritmo de la naturaleza: una planta, por mucho que le ordenes (como un perrito) o la estires, no crece más rápido. Tiene su ritmo y nada la perturba. La vida interior, la vida del Espíritu, también tiene sus leyes y es necesario respetarlas. No se pueden subvertir, manipular. Piden ser respetadas con profunda reverencia. Y, dado que vivimos un momento histórico de mucha dispersión y banalización, caemos en una profunda insatisfacción. Es un tiempo de gran anemia y miseria o desolación espiritual (Francesc Torralba). Y vivir así no es vivir. Es agonizar.

Xavier Melloni ha afirmado: “Nuestra sociedad necesita un silencio urgente. Si aprendemos el silencio, cambiaremos de sitio sin movernos: estaremos aquí, pero de forma diferente, no en el mismo aquí en que estábamos”.[4] El silencio permite parar y atender (ser conscientes), permite el espacio y el tiempo transicional necesarios para integrar y sedimentar la experiencia cotidiana (elaborar símbolos). Si no existe ese espacio y tiempo se cae en el colapso interior (conflicto o desorganización mental y vital). El silencio desenmascara esa sensación flotante de catástrofe a la que sólo puede hacer frente la confianza básica. Pero el silencio pide ser transitado, atravesado. Esto ayuda a la paz mental y la estabilidad emocional y anímica. La disgregación, el ruido… no son nuestra naturaleza auténtica, profunda y real. La disociación nos enferma: forzando el ritmo cotidiano con las hiperconexiones y la hiperaceleración del tiempo, se cae en el sinsentido, el nihilismo, la filosofía del absurdo, el conflicto de la fuerza de voluntad…

Es bastante peligroso el alud de realidades virtuales alternativas que llegan sutilmente: SecondLife, Metaverso… Existe una virtualización de la realidad hacia una realidad alternativa, imaginaria, no real, no encarnada. Sería la dictadura del no-silencio como no-pensamiento. No-silencio como sinónimo de no-pensamiento crítico. El lenguaje o la palabrería imperante está modificando y manipulando la realidad para llegar a crear una cultura totalmente diferente, haciéndonos creer que somos libres. Es un espejismo, fruto de la mentira. La contaminación y colonización mental no permiten nunca escuchar la verdad. Es como una intoxicación sutil, una inercia tóxica, un ritmo enfermizo. Nos forzamos a vivir una realidad que no nos ayuda a ser nosotros mismos. Somos productores y consumidores, nada más. Hemos diseñado una cultura dañina para nuestro ser, una cultura del “descarte” que dice el papa Francisco. El capitalismo salvaje mata, expulsa a las personas a los márgenes, a las periferias. Divide, no unifica.

El silencio forma parte de la dimensión trascendente de la vida. Esta dimensión espiritual está vehiculada, en nosotros, por la experiencia psicológica, que es una experiencia humana relacional. Por eso podemos hablar del silencio como encuentro. Cuando no se permite ni valida ni valora realizar procesos en silencio (como elaborar duelos), prisioneros en un presente locamente efímero y volátil, se aniquila el poder elaborar el proceso emocional que suscita la misma vida, y esto lleva a las personas a permanecer estérilmente en un punto cero continuo: en las actitudes evitativas que dificultan transitar el camino del dolor (el sentido que se puede percibir no en el dolor, sino al ir elaborándolo). No hay tiempo para digerir la ingente avalancha de información, de elaborar pensamiento propio, de reflexionar. Todo es acuciante y ruidoso, y nuestra naturaleza no es así. Antropológicamente, no somos así.

El silencio nos remite a lo que verdaderamente somos. Hay una añoranza, un anhelo que nada ni nadie puede ahogar, pero sí se puede distorsionar y manipular: acabamos comercializando el cuidado de nosotros mismos. Se han subvertido los valores, no han desaparecido: se han invertido, y de ahí la desorientación general. Quien se da cuenta, se encuentra abocado a tomar una decisión, a escoger, a discernir. Se llama subversivo o contracultural lo que simplemente es natural y sano. Todo se convierte en una moda, no en acción política consciente y responsable. No se quieren ciudadanos críticos sino masas acríticas. El silencio lleva al compromiso activo con la propia salud integral y la de la propia sociedad. Es el «locus de verificación» del silencio: la vida personal y social. Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, los Ejercicios de Contemplación de Franz Jalics (sj), los “Amigos del Desierto” de Pablo de Oros, la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana de John Main y Laurence Freeman… son oasis donde probar el silencio e involucrarse en la denuncia profética que surge de él. El silencio remite a la propia verdad y da fuerza para preservarla, custodiarla… y que fructifique en bien de muchos.

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[1] https://www.lavanguardia.com/lacontra/20190416/461682839746/si-aprende-a-tomar-conciencia-cambiara-de-sitio-sin-moverse.html

[2] https://www.espaisagrat.org/node/186665

[3] Cf. entrevista a Xavier Melloni

[4] https://www.lavanguardia.com/lacontra/20190416/461682839746/si-aprende-a-tomar-conciencia-cambiara-de-sitio-sin-moverse.html

[Imagen de SnapwireSnaps en Pixabay]

Desconectándonos de la conexión espiritual

Existen muchos lenguajes espirituales. Como dice Panikkar, la relación entre la experiencia y el lenguaje es adual: nunca se da una sin la otra, toda experiencia no solo es transmitida a partir de un lenguaje sino también forjada dentro de las posibilidades que brinda determinado lenguaje. Un lenguaje es siempre lenguaje de una experiencia, por más que hoy proliferen las palabras vacías de significado, palabras muertas, palabras plástico como las nombró Uwe Pörksen en 1988.[1]

Es verdad que en ciertas narrativas espirituales o religiosas se habla de experiencias más allá del lenguaje, que es otro modo de decir experiencias libres de toda determinación. A pesar de mis serias dudas al respecto, incluso si de principio aceptamos tal posibilidad, una experiencia más allá del lenguaje no dejaría de estar determinada por el mismo, ya que todo “más allá” de algo se encuentra determinado por ese algo ante el cual se posiciona como “más allá”. De un modo u otro, pensar en el lenguaje espiritual se presenta como algo bastante pertinente, particularmente en nuestro tiempo.

De las muchas aristas desde las cuales se puede abordar la relación entre el lenguaje y la experiencia mística, religiosa o espiritual, a mí me interesa reflexionar en torno a cómo nuestras narrativas espirituales se ven determinadas por el lenguaje que nos circunda dependiendo de la época en la que vivimos. El tema dista de ser novedoso. Parece de lo más obvio afirmar que Teresa de Jesús escribió en un castellano del siglo XVI, o que las metáforas utilizadas en los textos budistas corresponden a las figuras de su época, tales como la rueda, la carreta, etcétera. Volviendo a la mística española del siglo XVI, particularmente la sanjuanista, en sus estrofas puede apreciarse lo que en su tiempo era bastante común: los versos bucólicos. Esta palabra quiere decir campestre o pastoril y se refiere a los versos de amor que se recitaban entre pastores y pastoras y que pasaron a la mística como poesía de relación divina. Sería equivalente a como si hoy en día nos inspiráramos en alguna canción pop para hablar con Dios.

Mi propósito es dedicar algunas columnas a reflexionar en torno a la influencia que ciertos términos o lenguajes particularmente modernos tienen en la espiritualidad, así como algunas de sus repercusiones. Lo que busco es dar cuenta de la porosidad entre la espiritualidad actual y el lenguaje moderno, pero también continuar con mi intención de pensar una ascética contemporánea que responda a las circunstancias concretas en las que nos encontramos una inmensa cantidad de personas que hemos caído en la condición de individuos modernos o tardomodernos del siglo XXI. El primero de los términos que me dispongo a tratar es el de conexión.

No cuento con las herramientas ni con el espacio como para indagar a profundidad la genealogía del término conexión. Sé que viene del latín y que significa básicamente unir, anudar, poner junto. Si nos imaginamos a un par de navegantes romanos del siglo III, seguramente, si es que usaron la palabra, se referían a atar algún nudo. Hoy la palabra conexión remite a un ámbito totalmente diferente: el virtual cibernético. Desde la conexión en el enchufe para nuestros aparatos electrónicos hasta la conexión al WiFi, el término al que me refiero ha cobrado una relevancia antes no conocida en la cotidianidad.

La virtualización o digitalización de la vida influye en nuestro cotidiano. No significa únicamente que ahora buena parte de nuestra vida la realicemos conectadas a algún aparato o a alguna red, sino que incluso los ámbitos de relaciones interpersonales se ven contaminados por la jerga cibernética. Cuando encontramos que tenemos alguna afinidad con alguien decimos (por lo menos en México) “conectamos”. Cuando resueno con algún tema puedo decir: “conecto”. Trasladamos la experiencia y la sensación a cuando estamos o no conectados a internet hacia cualquier otro ámbito de la cotidianidad, en donde estar conectada se convierte en la nueva metáfora incuestionable del todo va bien.

¿Qué influencia ha tenido esta metáfora de la conexión en la espiritualidad? Un dato interesante a tener en cuenta es que en la totalidad de la obra de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, dos de los autores más prolíficos del castellano antiguo no solo en el ámbito espiritual sino literario en general, no aparece ni una sola vez las palabras “conexión” o “conectar”. En cambio, si hoy googleamos (porque ya existe ese verbo) “conexión espiritual”, encontraremos, antes que nada, la canción de Paulino Monroy que lleva el mismo nombre, una canción[2] repleta de términos religiosos y cibernéticos por igual como “click”, “místico”, “Génesis”, etcétera. Además, si buscamos libros que se titulen Conexión espiritual o Spiritual connection, los vamos a encontrar. Si prestamos atención a distintos círculos espirituales que siguen diferentes disciplinas, tradiciones y prácticas, es muy común que en todas ellas encontremos la palabra “conexión” para referirse a que su experiencia ha sido benéfica, satisfactoria o, por otro lado, “desconexión” cuando quieren expresar alejamiento, sinsabor, extrañeza o miedo.

Me atrevo a afirmar que las nuevas subjetividades que han sido formadas a través de la civilización de la pantalla y el internet, con independencia se su tradición espiritual, utilizan dicha metáfora en su lenguaje. La pregunta es, ¿cómo repercute esta metáfora en la espiritualidad de las personas?

A reserva de futuras posibles investigaciones al respecto, podemos empezar diciendo que la conexión moderna presupone polos o dimensiones a conectar. Presupone también la desconexión. No puedo dejar de referirme a la película de Matrix, incluso a la de Inception (El origen). Parte del argumento de ambas películas gira en torno a la posibilidad de conectarse y desconectarse entre distintos planos de la realidad o del inconsciente. ¿Qué es el internet sino una realidad paralela, una “realidad virtual”? Estar conectados o desconectados al internet dejó hace mucho de ser cuestión de lujo o divertimento, es hoy por hoy un elemento básico de la vida en la sociedad moderna en la cual no puedes realizar muchos trámites sin contar con acceso a internet. Independientemente de la enorme discriminación que esto implica en términos de acceso, lo que me interesa subrayar es el paradigma social totalmente inédito. Ahora buena parte de nuestras vidas se juegan en un espacio desencarnado y acorporal, que para acceder a él necesito prótesis mecánicas como el teléfono o la pantalla.

La discusión es larga, pero para limitarme a los términos que enmarqué al inicio del artículo, quiero decir que me parece que esto de la “conexión espiritual”, lejos de implicar un uso neutral del lenguaje, llega a determinar incluso la experiencia espiritual misma. La espiritualidad llega a ser ahora algo con lo que conectas o no; existe lo que te conecta espiritualmente y lo que te desconecta, ya sean lugares, prácticas o personas. Implica también que la espiritualidad o lo espiritual es una dimensión, quizás un correlato del WiFi, airosa o etérea, incluso hasta mental (recordemos que se habla de las conexiones nerviosas y neuronales).

Una pequeña anécdota graciosa. Cuando estudiaba en la universidad un profesor solía decirme, a modo de broma ante mi interés por la espiritualidad, que cuando caminaba por las zonas del campus que tenían conexión WiFi parecía que flotaba. Pues bien, a algo así me remite la “conexión espiritual” cuando la examino más a fondo: una narrativa en donde la espiritualidad es una dimensión airosa, cuasi espectral a la que uno se puede conectar… o no. Pienso en un ejemplo algo caricaturesco, pero que quizás ayude a comprender. Me imagino a una persona sentada (probablemente en flor de loto) en silencio y haciendo un esfuerzo notable en su rostro por “conectarse” espiritualmente, como quién enciende sus datos móviles para “conectarse” a internet.

Si este es el caso, si el lenguaje cibernético de la conexión influye y determina no solo nuestras relaciones interpersonales sino incluso nuestra espiritualidad, ¿qué tipo de ascética podemos practicar en estas condiciones inéditas que claramente no se experimentaban en otras épocas? Una primera posibilidad consiste en seguir la corriente, en ver con buenos ojos esta nueva formación espiritual y seguir utilizando la “conexión espiritual” y las prácticas que la refuerzan. A mí me parece que esto es problemático pues construye una espiritualidad demasiado cibernética. La otra posibilidad puede ser desconectarse de la conexión espiritual, lo cual tendría que pasar por una ascesis tecnológica que encuentre un uso limitado y humano de los aparatos y purgarnos así de tanta influencia cibernética en nuestra experiencia.

Las dos opciones son problemáticas y dan para más discusiones. La finalidad de este artículo es simplemente esa, llamar la atención sobre las implicaciones de la “conexión espiritual” y su influencia en nuestras vidas.

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[1] Uwe Pörksen, Plastic words. The Tyranny of a Modular Language (Pennsylvania: The Pennsylvania State University Press, 1995).

[2] Ver https://www.youtube.com/watch?v=skhwi5Km56Q

[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

Lo que ya no podemos decir

Pues sí: a pesar de las temperaturas cuarentonas ya no podemos decir aquello de “¡qué calor!”: porque esa expresión aludía siempre a algo excepcional y pasajero que no forma parte de nuestra normalidad. Ya no podremos hablar de “una ola” o un golpe de calor: porque el calor se ha convertido en nuestro mar y nuestra atmósfera. Por supuesto, cambiarán las cosas porque la naturaleza tiene sus ritmos, pero cuando volvamos a la situación actual dejemos de pensar en un accidente o una excepción.

Con eso quiero decir simplemente que la batalla ecológica la hemos perdido y la hemos perdido por culpa nuestra. Se ha cumplido el aviso de Francisco: “Dios perdona siempre, la naturaleza no perdona nunca”. Porque además, en los meses futuros iremos tomando medidas protectoras que aún dañarán más a la tierra. Y creo que alguna vieja máxima militar decía algo así: cuando las medidas que se toman para defenderse fortifican al adversario, es la señal de una guerra perdida.

Además parece ser que a nuestros políticos todo eso les importa un comino: ellos son el mejor ejemplo de ese inmediatismo de nuestra modernidad que prometía “para mañana mismo” convertir la tierra en un cielo, y ha acabado convirtiéndola en un infierno. Esa obsesión por lo inmediato nos ha configurado y hace que a los políticos solo les importe mantenerse en el poder o llegar a él cuanto antes.

Y así, por un lado se toman por fin unas medidas (muy razonables por otra parte), pero solo cuando hay un bache en las encuestas. Y por el otro, se dice que esas medidas no se han tomado para ayudar al pueblo sino para comprar “los votos de los etarras”; un juicio bastante sorprendente en quienes a veces presumen de católicos porque pretende conocer no solo los hechos y las palabras, sino las intenciones y el corazón del otro. Y si algo repiten los evangelios y el nuevo testamento es que los corazones humanos solo son accesibles a Dios que es el único que puede conocerlos. Estamos pues como en aquel pasaje del evangelio en el que sus enemigos decían de Jesús que expulsaba demonios “en nombre del príncipe de los demonios”. No me parece la manera más ética de hacer política.

Pero volvamos al drama ecológico: estos días asistimos a los demoledores incendios que arrasan el sur y a las devastadoras inundaciones que ahogan el norte. En el sur, el antiguo gesto de aplaudir por las tardes a los sanitarios, debería continuarse ahora con los bomberos: alguno de ellos ya ha pagado con su vida, mientras nosotros aún podemos decir: “¡qué calor!”. La característica típica de nuestra economía (repartir pesimamente lo que hay), se ha traspasado a la tierra con consecuencias desoladoras: en un lado sobra todo lo que falta en el otro.

La tierra tiene cáncer: no se lo estábamos tratando bien porque ya sabemos que las terapias anticáncer son muy sacrificadas. Pero ahora, al revés: vamos a aplicarle medidas más cancerígenas, porque la necesidad de salir del frío o del calor es inmediata, mientras que la venganza de la naturaleza solo llega a largo plazo. Y todos llevamos dentro un pequeño Tenorio acostumbrado a argumentar diciendo: “Qué largo me lo fiais”.

Políticas terapéuticas que parece que aliviarían a la tierra (y a nuestro sufrimiento futuro) no son económicamente aconsejables: la obsesión por una plantada masiva y constante de árboles y de placas solares para energías renovables, suena a bello ideal, pero rinde mucho menos que una construcción de apartamentos en algún lugar de la costa (si es que queda aún algún espacio aprovechable): “comamos y bebamos que mañana moriremos”. O construyamos y cobremos, que mañana moriremos también.

Y, aunque hemos criticado a los políticos, es también claro que la culpa no es solo de ellos, sino nuestra y bien nuestra. Y que si una formación o grupo o partido intentara implantar unas políticas ecológicas radicales, perdería las siguientes elecciones con gran regocijo de la oposición. Quedan solo esos grupos minoritarios bien intencionados que intentan hacer todo lo que pueden, invitándonos a los demás a seguirles: porque la vida está tan llena de milagros como de crímenes y siempre queda esa vaga esperanza de: quién sabe…

Yo ya no lo veré y no sé qué es lo que podrán hacer (aunque temo que poco). Pero quedaría al menos el detalle de que después de los sanitarios (y de los bomberos) fuesen ellos los que reciben en aplauso desde los balcones al anochecer. Y la posibilidad de preguntarse si cuando Jesús hablaba de un fin del mundo calamitoso, en contraste con lo que había sido su primer lenguaje (cf. Mc 13, Lc 21 y Mat 24), no estaba dándonos un aviso.

Pero ya, con estos calores, ¿qué más da?

[Imagen de Jeyaratnam Caniceus en Pixabay]

Mi casa

De paseo por los campos del Bajo Piura, al norte del Perú, Paco, compañero jesuita que lleva media vida aquí, se siente en casa. “Comadre”, grita desde la puerta y dentro una voz hospitalaria nos invita a entrar. Fuera hace un sol brillante que, a la tarde, me pasará factura con algunos síntomas de insolación. No en vano esta tierra soporta uno de los índices UV más altos y poderosos de la superficie terrestre. Niñas y niños juguetean dando patadas a una pelota en la pista de tierra que lleva a sus casas. Cuando ven a Paco, sonríen, aunque mantienen la distancia a la espera de un gesto. Mi compañero siempre lleva galletitas de chocolate en la bolsa. Se conoce a las mamás de cada uno y cuando reparte siempre dice: “Es para compartir”. Obedientes, sacan una galleta y se la dan para quien no alcanzó la provisión del día. Las casas son de paja y barro. Uno de los peques coge sonriente la galleta y señala hacia una estructura débil que soporta una techumbre de algo similar a la uralita: “Mi casa”, me dice a sabiendas de que yo soy allí el ignorante.

Aunque otros son el aspecto, la vestimenta y la lengua, aquella casa me recuerda tanto a lo vivido en los barrios de Nouakchott o en las aldeas de Senegal, que no puedo menos que añorar por un instante lo vivido con la cooperación de Radio ECCA en el África Occidental.

Mientras avanzamos por la pista polvorienta, junto a los canales que llevó el agua de las represas del Piura gracias a la reforma agraria, escuchamos en el auto la emisión de Cutivalú. Es sábado. El programa va de educación. Lo sigo un poco distraído mientras atravesamos poblados y huertas. Nos detenemos observando cómo un grupo de hombres se cuelga de los cocoteros para alcanzar su fruta y echarla a tierra. Atravesamos algunos campos de arroz y Paco refunfuña: “Todavía siembra arroz, como si sobrara el agua”. El conductor, hombre de la tierra, sin contradecirle marca un punto diferente: “Es que así pueden tener también maíz, dos cosechas en un año”. Tiene razón Paco: aquellas tierras no tendrán agua suficiente si se dedican a cultivos que requieren tanto preciado líquido. “Frutales”, exclama. “Es lo que dicen los agrónomos. Así podrían tener riego por goteo”, señala subrayando lo obvio de su afirmación. “Pero hace falta tiempo, paciencia”, concluye. Miro con él a los grupos de peques que nos encontramos por el camino. Demasiadas bocas para esperar a que los árboles crezcan.

La costa de Perú es árida. La corriente de Humboldt, fría, desde el sur, da lugar a un clima donde llueve poco. Las garúas y las nieblas cubren las ciudades costeras, mientras que más al interior la radiación solar reseca la vida. Así que, en Bajo Piura, allí donde no llega el canal, todo es un arenal con sus cerros. Subimos a uno de ellos. Paco lo hace con envidiable habilidad para su edad avanzada. Yo echo de menos las gafas de sol. “El suelo es yeso”, me dice para explicar la intensidad del blanco. El poblado está disperso entre las pequeñas colinas que configuran el paisaje. Al fondo, hacia el norte, también en lo alto de una ladera, se deja ver la casa de nuestros difuntos. Delante, en el centro, sobre una lomada más ligera, luce la capilla pintada en un azul celeste que no compite con el cielo absolutamente limpio que nos cubre. Una mototaxi avanza tranquila por la pista que serpea entre las casas. Alguna vaca tiene todavía energía para hacernos oír su mugido. Nos sobrevuelan un par de gallinazos, cuya sombra se proyecta impresionante en los suelos.

De vuelta a casa me traigo una conversación. Su nombre es Josefa. Es comadre de nuestro Paco. Ronda los noventa. Su voz tiene energía. “Y fue Paco el que me puso a aprender a leer”, me dice. Rememora con detalle la escena. Paco, poco sutil, le decía que si quería ser cocinera del proyecto de alfabetización, tenía que aprender letras. “No sabía”, confiesa Josefa desde su silla, mientras una de sus hijas nos trae a la mesa el ceviche piurano. “Es que no había escuela para las niñas”, me dice tratando de justificar. Hubiera querido llevar conmigo el micrófono y grabar tantas historias de vida contadas con sencillez y verdad en torno a una buena comida compartida. “Fue entonces que me di cuenta y comprendí por qué yo era pobre y había quién no lo era”. Entonces y ahora, Perú y América Latina siguen siendo terreno abonado para la desigualdad social.

Al llegar a casa, suelo meterme en el APP y escuchar las noticias del día en España. Esta vez son más duras de lo habitual, son de muerte, de acciones policiales. Oigo que alguna de nuestras autoridades habla de “la defensa de nuestras fronteras”. Digo yo que será verdad que, cuando crezcan, los niños y niñas de los barrios que hoy recorrí por el Bajo Piura, como los que crecen en Sudán, Senegal, Guinea o Mali, serán una amenaza para nuestra seguridad. Pero entonces deberemos preguntarnos qué estamos haciendo mal para que tras medio siglo de una política migratoria cada vez más represora, las gentes sigan haciendo caravanas que atraviesan México, recorriendo entregadas a coyotes la selva amazónica, subiéndose a pateras que apenas navegan el Atlántico o lanzándose contra una valla donde les espera, además de las alambradas, una policía que los señalará como peligrosos enemigos que amenazan mi seguridad, mi frontera, mi casa.

[Imagen de Carlos Chirinos en Pixabay]

La vaca, la soja y el fin del modelo

En las explotaciones de soja brasileñas se han talado más de mil kilómetros cuadrados de selva amazónica durante la última década, a pesar del acuerdo internacionalmente reconocido en la Cumbre del Clima de Glasgow (2021) para proteger la masa tropical. En otros países también tiran árboles al suelo para abrir paso al ganado y los cultivos, pero en ninguno ocurre con la intensidad de Brasil, responsable de un tercio de la deforestación global. Actualmente, el 80% de la deforestación facilita la producción de tres productos: la soja, la carne de vacuno y el aceite de palma.

Siguiendo el estudio de la revista Science, The rotten apples of Brazil’s agrobusiness (17/07/2020), «al menos el 20% de la soja y el 17% de la carne de vacuno importados por la UE proceden de terrenos ilegalmente utilizados según la propia regulación de la UE, ya sea por la deforestación ocasionada o por el uso de fertilizantes químicos o por proceder de cultivos transgénicos». Estos datos no son obstáculo para incrementar la compra de soja, que en el 2019 alcanzó una cifra superior a los 500 millones de euros.

Carne, “yogur”, “nata”, harina, hamburguesas, albóndigas, salchichas, lasaña o incluso biodiesel son algunos de los productos nuevos cuyo ingrediente básico es la soja. En los últimos años la industria está aprovechando la motivación de una parte de la población por cuidarse más para comercializar productos pretendidamente saludables o que contribuyen a la sostenibilidad medioambiental.

No es de extrañar que los cultivos de soja en Brasil se hayan incrementado más de un 40% desde el 2015. Este cultivo se utiliza para crear nuevos productos, entre ellos algunos de textura similar a la carne de vaca o de pollo así como mayoritariamente para continuar alimentando a los propios animales, una vez que se procesa y se convierte en pienso: hasta el 87% de la soja importada por la UE se destina a este uso. Resumiendo: se demanda soja para alimentar a los animales y se demanda soja para crear nuevos productos sustitutivos o complementarios a aquellos de origen animal.

Pero, ¿de dónde sale tanta soja? Brasil se ha posicionado como el país rey de la producción y de la exportación por delante de Estados Unidos, cuya producción depende del clima así como del capítulo que esté viviendo de su guerra comercial con China. China, el otro tercer gran productor, la destina casi por completo para consumo interno, al cual se suma tres cuartas partes de la producción brasileña.

Además, Brasil y la soja comparten podio con Indonesia y Malasia y el aceite de palma, el más consumido en el mundo y que es utilizado como biodiesel y en multitud de productos alimenticios y cosméticos. Indonesia y Malasia también comparten podio con la deforestación: se calcula que la cuarta parte del territorio de las selvas tropicales de esta parte del planeta ha sido deforestado, en los últimos 25 años. Actualmente, la demanda creciente está expandiendo este cultivo hacia diversos países de África, no sin antes dejar una ecodiversidad empobrecida en Indonesia, donde las selvas tropicales han perdido hasta la cuarta parte de su superficie.

No se trata, pues, de sustituir un alimento por otro. No se trata de sustituir la carne de vacuno por la “carne” de soja. Se trata de reducir el consumo y equilibrar la ingesta de alimentos de acuerdo a parámetros sostenibles. Dejar de comer carne es, en la mayoría de los casos, una opción personal. La idea detrás de esta decisión parece ser el cuidado del medio ambiente, la sostenibilidad y, específicamente, el cuidado de los animales. Sin embargo, ¿qué clase de realidad se genera si acompañando la decisión de no comer carne, ésta se sustituye por un consumo excesivo de productos elaborados con soja? Lo único que se estaría consiguiendo es sustituir un exceso por otro, la vaca por la soja, lo cual nos remite a una especie de círculo lampedusiano donde los elementos cambian pero no así la voracidad del ser humano.

El monocultivo masivo de determinados productos, muchos de ellos de reciente introducción, está resultando en la extinción de otros autóctonos y menos demandados pero también afecta a la biodiversidad de la fauna, a las personas que habitan los territorios ahora cultivables, a sus formas de vida -se generan conflictos entre comunidades y algunas personas son obligadas a desplazarse-, a la gestión del agua, a la calidad de la atmósfera y, en definitiva, a la vida del Planeta, a nuestra vida como especie.

El fin del modelo se acerca, lo atacan diversas causas, y detrás de todas ellas está la principal: la voracidad consumista del ser humano. Según WWF, “los ciudadanos europeos somos responsables de más del 10% de la deforestación generada para cultivar en tierras que antes eran bosque”.

El modelo ha de cambiar y sólo será posible si damos un giro de timón en nuestros hábitos de consumo, de manera global y sostenida en el tiempo. Este cambio de consumo presenta diversas dimensiones, entre otras:

  • La cantidad de comida que se compra. Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en 2020 y en España se tiraron a la basura 1.364 millones de kilos de comida, de los cuales el 75% estaban tal y como se compraron.
  • La cantidad de ropa adquirida. Confeccionar unos pantalones de denim supone el empleo de 7500 litros de agua, según el Programa de la ONU para el medio ambiente. Esta cantidad es suficiente para evitar la sed a una persona durante siete años completos. A este dato faltaría añadir el gasto de todo el proceso necesario desde la producción a la recolección del algodón y la consecuente huella de carbono. El mismo informe visibiliza que “el 20% de las aguas residuales del mundo provienen del teñido y el tratamiento de textiles y que el 87% de las fibras que se usan para confeccionar la ropa se incinera o va directo a un vertedero. Y el 60% se desecha antes de que se cumpla un año desde su fabricación”.

El cambio de modelo será y, a este ritmo, llegará más pronto que tarde; de hecho ya se está dando escasez de ciertos productos a los que antes estábamos habituados. De todas nosotras depende sufrir o acompañarlo para crear en paralelo, otro modelo sostenible, menos voraz y en el que quepamos todas. Un modelo en el que la biodiversidad se mantenga, en las selvas tropicales y en el resto de ecosistemas, ya sea el bosque mediterráneo tan asfixiado por los incendios como en los bosques nórdicos amenazados.

No podemos apuntarnos a la moda de no comer carne y cruzarnos de brazos. No va de esto. Va de un giro radical en nuestro consumo: comida y ropa, así como también el uso del agua, del papel que utilizamos, de los dispositivos móviles y de un largo etcétera. Se trata de tomar conciencia de las consecuencias de nuestro consumo y adecuarlo a un modelo nuevo, un modelo de reconciliación con el Planeta, de reconciliación con lo que somos y con nuestro papel de co-creadoras y de guardianas del precioso Planeta que habitamos. 

[Imagen de Tom Fisk extraída de Pexels]

A mí me lo hicistéis

“[…] Fui forastero y me recibisteis en
vuestra casa […] ¿cuándo te vimos
forastero y te recibimos? […] Cuando
lo hicisteis con alguno de los más pe-
queños de éstos mis hermanos, me lo
hicisteis a mí”. Mt 25, 40

Es altamente probable que Miguel Ángel tuviera en mente el evangelio de Mateo sobre el Juicio Final (y el Apocalipsis, de Juan) cuando pintó la pared frontal del altar de la Capilla Sixtina. En la composición que encabeza estas líneas, se reproduce en la parte derecha un fragmento de la pintura sixtina del genio florentino.

Miguel Ángel tenía 66 años cuando concluyó la obra. Exactamente el doble de edad que en el momento de iniciar la pintura de la bóveda de la misma capilla. Lejos quedaban los 33 años de edad en los que comenzó a pintar, por ejemplo, la creación de Adán, seguramente uno de los iconos del arte occidental, que se ha incluido en el canon global de la belleza y la proporción.

El optimismo renacentista de los frescos de la bóveda que muestra Miguel Ángel en su madura juventud contrasta con el caos inarmónico y el cromatismo casi expresionista de otro Miguel Ángel, el de la primera vejez. El Juicio Final es un amasijo de cuerpos desnudos, retorcidos, forzados, descoyuntados. Hasta el gesto de Jesús Juez es terriblemente agresivo, iracundo.

Miguel Ángel nos está diciendo que, en el trancurso de la historia y en su juicio final, al ser humano tan solo le queda su cuerpo desnudo ante la muerte, como único usufructo. El cuerpo desnudo como metáfora de la nuda vida. Biopolítica avant la lettre.

El Juicio Final es, en suma, la expresión de un espíritu pesimista, fatalista. Seguramente, Miguel Ángel mostró en él mucho de su mirada sobre el mundo que le tocó vivir. Un mundo frustrante, violento, oscuro. El Juicio Final es la representación pictórica de una decepción.

En la parte izquierda de la composición, se muestra la imagen de un inmigrante africano, despojado de identidad, anónimo, que permaneció cuatro horas encaramado a un foco de la valla de Melilla en marzo de 2014. Al intentar descender, agotado, agarrotado y con calambres, terminó por desplomarse desde una altura considerable sin que nada ni nadie hubiera a sus pies para amortiguar la caída.

Desconozco la autora de la fotografía de Melilla, a quien querría reconocer aquí y agradecer la instantánea. Una fotografía digna del Juicio Final. Por eso, la composición: siglos XVI y XXI que aparecen gemelos.

Hay una arrogancia ciega en quienes toman las decisiones sobre las fronteras y explican, desde su soberbia insultante, cómo son las cosas. Son pasmosas la frialdad y el cinismo cruel en los que se instalaron hace mucho los discursos hegemónicos sobre la migración y la frontera. Con toda seguridad, solamente desde la altanería de los muros, solo desde la estratosfera de las almenas de la fortaleza europea, se puede afirmar, sin ruborizarse ni torcer el gesto, la belicosidad de los migrantes o su peligrosidad o la necesidad de militarizar más aún la frontera. La altura moral de un país es inversamente proporcional a la altura real de sus vallas y muros fronterizos.

Los gobernantes (y sus aduladores) que deciden quién merece vivir y quién merece morir, que justifican demencialmente enviar al infierno del Juicio Final a unos y al Paraíso Terrenal a otros, se equivocan estrepitosamente. Ellos no son los jueces, no pueden decidir. La voz del juez en el Juicio Final es más bien la voz de los aún críticos, de los aún escandalizados, de quienes alzan la palabra contra la barbarie fronteriza. El papel de jueces en el Juicio Final es en realidad de los defensores de la acogida y de la hospitalidad. De los compasivos, de los todavía justos. De los esperanzados, de los ingenuos que sueñan un mundo sin fronteras y en paz.

Humildemente, con todo respeto, aquellos que se arrogan el derecho sobre la vida y la esperanza de otros seres humanos han errado su papel. Los jueces reclaman a los ricos y potentados, a los arrogantes y soberbios: «Lo que hacéis con esos nuestros hermanos, nos lo hacéis a nosotros. Y, en el fondo, también os lo hacéis a vosotros». Se oye incesante la voz de los jueces. Está cerca, al otro lado de la valla y en este lado de la frontera. Una voz, casi un murmullo pero audible, a pie del muro, a ras de raya.

La voz de los miguelángeles de hoy, proyectándose por encima de la decepción y de la oscuridad del mundo.

[Artículo y composición de imagen publicados originalmente en el blog personal del autor]

Orgullo y comunidad dentro y fuera de la Iglesia

Día del orgullo en Londres. Es el 50 aniversario de la celebración y participo en la marcha con la gente del LGMC, el coro gay del que formo parte. Conecto mi teléfono al wifi y al instante empieza a vibrar en lo que presumo que son mensajes felicitando el día y recordando donde nos vemos. Miro el teléfono y no doy crédito. Justo la noche anterior un amigo, compañero del coro, y su pareja fueron agredidos a la salida de un club gay en lo que sólo puede ser calificado como un injustificado ataque de odio. Dudo si todavía estoy soñando.

Se suceden los mensajes de solidaridad, recordándonos que somos comunidad, que hemos de cuidarnos unos a otros y que el amor vence al siempre al odio. Orgullo es protesta y celebración y 50 años más tarde de la primera marcha sigue siendo muy pertinente para nosotros. Hay una mezcla de emoción y rabia.

En el punto de encuentro para la marcha coincidimos con el grupo católico LGTBI+, con el grupo judío LGTBI, y con muchísimos grupos LGTBI+ de todo tipo. Ambiente de celebración. Comienza la marcha. En mi coro vamos cantando “Dont Stop Me Now”, “It’s a Sin”, “Seasons of love”… Una mezcla de reivindicación y fiesta. Marchamos juntos, es emocionante. En muchos puntos del recorrido el público se une entusiasta a corear las canciones. A medio recorrido nos encontramos con un grupo de gente (pocos) con carteles con citas de la Biblia y mensajes sobre el infierno. Me impresiona, como contraste, cuando el coro canta a pleno pulmón el estribillo “What about love?” (¿Qué hay sobre el amor?) de la canción “Seasons of love” en la que se pregunta cuantos de los 525.600 minutos que tiene un año utilizas para amar.

Muchos amigos se refieren a la comunidad LGTBI+ como familia escogida, la familia donde se sienten aceptados, queridos, cuidados. Tras el estreno de la genial serie It’s a Sin de Russell T. Davis donde narra la vida de cinco jóvenes que coinciden en Londres entre los años 80’s y 90s durante la crisis del VIH-SIDA, uno de los miembros más jóvenes del coro, impresionado por el contenido, tuvo la genial idea de organizar una mesa redonda en con testimonios de gente del coro que habían vivido Londres durante esos años y sufrieron perdida de compañeros y amigos. Fue un momento muy emotivo y que sirvió para conocer más acerca de algunas de nuestras trayectorias vitales y para recapacitar sobre el contexto homófobo de estigma y condena del que venimos.

David Stuart, uno de los terapeutas que comenzó a trabajar con casos de chemsex (mezcla de drogas y sexo continuado) en Londres, se preguntaba cuanto de trauma y homofobia interiorizada había detrás de las historias que escuchaba. Uno de los primeros casos que tuve recién empezado como trabajador social en Londres fue un chico con un pasado de abusos sexuales y con una fuerte adición a la metanfetamina de cristal en contextos de chemsex. Para mi existía una clara relación entre el trauma, la ausencia de vínculos y adicción. Alguien dijo que lo contrario a la adición no es estar sobrio, es la conexión. Necesitamos comunidad.

Haber crecido como gay, lesbiana, bi, trans, queer… en un mundo exclusivamente hetero puede habernos hecho aprender a interiorizar LGTBIfobia y habernos hecho daño. Afortunadamente cada vez tenemos más información, libros y películas que ofrecen modelos diversos. Recientemente he disfrutado viendo Heartstopper, la adaptación de la novela gráfica de Alice Oseman que cuenta la historia de un chico adolescente que se enamora de otro chico de su clase. O leyendo la novela para adolescentes “Aristóteles y Dante descubren los secretos del universo” de Benjamin Alire Sáenz, dedicado “para todos los chicos que han tenido que aprender a jugar con otras reglas”. ¡Son tan dulces!

Una parte del odio hacia las personas LGTBI+ ha tenido una base religiosa. “Una parte necesaria de la tarea de liberar a la humanidad de la opresión es liberar a los que piensan que la opresión es compatible con su fe”, escribe Tim Gee en Open for liberation An activist reads the Bible. Toca recapacitar cuánto de homofobia hay en nuestras comunidades. ¿Qué podemos hacer para tener comunidades más abiertas e inclusivas? ¿Como podemos hacer para que las personas LGTBI+ estén protegidas, crezcan y se desarrollen también en nuestras comunidades?

Creo que hay un problema de visibilidad y representatividad. Todavía es raro ser cristiano LGTBI+ o moverte en ambientes cristianos siendo gay sin dar demasiadas explicaciones. Si nuestra comunidad fuera interracial y todas las caras visibles fueran hombres blancos de clase media posiblemente nos llamaría la atención y pediríamos más cuotas que reflejaran la diversidad de la comunidad. Es importante ser visible como persona creyente LGTBI+ y también es importante tener caras visibles de gente LGTBI+ en puestos de responsabilidad dentro de la Iglesia. Creo además que muchas personas que han tenido que crecer sabiéndose diferentes tienen una experiencia vital muy poderosa que puede ser utilizada para ayudar a los demás y esto es algo que debemos saber aprovechar. La visibilidad es importante también como protección. Es importante tener referentes, profesores y profesionales que se identifiquen como personas LGTBI+ y puedan ofrecer información y protección adecuada.

También podemos reflexionar cómo damos espacio a la vida. Me resulta paradójico cuando me llegan noticias de iglesias que se cierran a que grupos organicen vigilias de solidaridad y contra la homofobia cuando hay ataques a la comunidad LGTBI+ y estas vigilias acaben organizándose en la calle, lo cual puede dar pie al encuentro con otros grupos que también se hubieran sentido excluidos o incomodos en el templo. A veces hay una asfixiante falta de diversidad en el templo. Es como si existiera falta de libertad, como si no dejásemos que la vida se fuera manifestando dejando sacar la luz que cada uno lleva en su interior. Cada vez me siento más a gusto en contextos diversos donde descubro y aprendo mucho y más incómodo en contextos donde parece que todos estén cortados por el mismo patrón. Creo que es importante favorecer espacios comunitarios donde las personas puedan sentirse libres y conectar con ellos mismos y con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Podemos generar oportunidades de encuentro y escucha. Pude participar en un proceso de escucha organizado por la diócesis dentro de las actividades con motivo del proceso sinodal convocado por el papa Francisco. Fue una experiencia preciosa. Contar historias y escucharnos unos a otros tiene un poder sanador y transformador. Cada uno de nosotros contó como era su trayectoria vital siendo un persona LGTBI+ dentro de la Iglesia. Escuchamos de todo: personas que se habían sentido acompañadas e integradas en comunidades cristianas, pero, sobre todo, personas que habían sufrido exclusión. También testimonios de personas que habían sido víctimas de terapias de conversión o de abusos que tendría que hacernos pensar en dinámicas de verdad, reconocimiento, justicia y reparación.

También sería muy importante por parte de las iglesias y comunidades cristianas dar un mensaje claro de rechazo frontal a las terapias de conversión. En Inglaterra, hace unos años, más de 300 lideres religiosos se unieron a un manifiesto contra las terapias de conversión que solo generan sufrimiento. Creo que reconocerme como Dios me ha creado lo vivo como un acto de amor hacia mí mismo, hacia mi creador y hacia los demás. Lo contrario sería una especie de negación y un bloqueo personal, pues solo desde lo que somos podemos construir.

[Imagen de mrviktorzolotukhin en Pixabay]

El inmigrante soy yo

Me parece que he trabajado con inmigrantes en los Estados Unidos por casi toda mi vida. Empecé de joven universitario, luego como maestro y sacerdote, y por fin como abogado defendiendo los derechos de personas hispanas de escasos recursos. Mi área especial era la ley migratoria y así mis clientes venían de muchos países diversos. Sin embargo, aunque podía identificarme con la cultura latina y hablar bien el castellano, no me veía como uno de ellos. Nací en los EEUU. Tenía todos los privilegios de la ciudadanía. Era imposible que yo fuera uno de estos inmigrantes a pesar de mi simpatía.

Ahora me encuentro jubilado y tengo más tiempo para pensar e investigar. He comenzado a estudiar el linaje de mis propios antepasados. Siempre sabía que mis abuelos maternos vinieron de Italia. Yo los conocía personalmente, he visitado los lugares donde nacieron y hasta la casa donde nació mi abuela. Aunque no los conocía, también sabía que los padres de mi abuela paterna habían nacido en Alemania. Descubrí hasta el barco en que llegó mi bisabuela a los EEUU. Fue el linaje de mi abuelo paterno el que me sorprendió. Mi apellido es puramente inglés. Era bastante fácil trazar una línea directa desde mediados del siglo XVIII hasta el presente. Me enteré de que el primer hombre con mi apellido era inmigrante, más o menos. Era un pobre aprendiz en Londres. Conoció a una mujer que había nacido en América, se casaron y tuvieron hijos en Inglaterra. A la edad de 50 años decidió venir él mismo a Estados Unidos, trayendo a su esposa e hijos. Nunca llegó. Parece que se murió en alta mar y lo enterraron allí. Su mujer trajo a los niños con su apellido a la colonia de New Jersey y allí se quedaron.

Fue cuando empecé a investigar a las mujeres, las esposas de mis bisabuelos, que verdaderamente me sorprendí. Eran una mezcla completa. Por supuesto, varias de las familias eran también inglesas. Ellos llegaron en el siglo XVII, poco después de los primeros colonos ingleses, los famosos Peregrinos. Varios de los individuos eran hidalgos de la aristocracia inglesa, buscando la manera de mejorar su vida y tener la libertad para ejercer su religión. Algunos habían sufrido persecución bajo el rey Enrique VIII y luego la Reina Isabel. Uno de mis bisabuelos fue decapitado en la Torre de Londres. Una de mis bisabuelas, ya en América, fue acusada de ser bruja, pero salió libre de la acusación. Encontré hasta una familia de cuáqueros galeses. Al mismo tiempo, descubrí una línea de familiares holandeses y franceses. Los de Holanda llegaron a New York cuando todavía era una colonia holandesa, consiguiendo terrenos y fincas que no podían obtener en su país. Los franceses eran los más sorprendentes. Eran protestantes. Uno de ellos había escapado a Inglaterra sellado en un barril. Ellos encontraron en Estados Unidos lo que no tenían en Francia: libertad. 

Me he dado cuenta de que todos estos antepasados son una parte de mí. Yo llevo dentro las mismas características físicos. Mi sangre contiene el mismo ADN y los mismos genes que ellos me han pasado. Yo soy uno de ellos como ellos son uno conmigo. Es como si nosotros compartiéramos el mismo cuerpo. Los chinos y japoneses han desarrollado el culto de sus antepasados, no solo respetándolos, sino llegando a adorarlos como dioses. Hablan con ellos y les traen ofrendas e incienso. Los indígenas de las Américas también practicaban rituales semejantes. Los antiguos egipcios practicaban la momificación y construían ornatos tumbas para preservar los cuerpos de sus antepasados. Los judíos durante muchos siglos han mantenido listas completas de su genealogía. Cada año en la Pascua se acuerdan de su historia, comenzando con la frase “Mi padre fue un arameo errante.” Todos estos rituales y costumbres existían para mantener vivos a los que les habían precedido, que habían pasado a otro mundo y seguían teniendo importancia en el presente. Los cristianos tenemos el culto de los santos. Por lo menos, recordamos a los que vivían cerca de Dios y que pueden intervenir en nuestras vidas por el bien.

De todas maneras, creo que nosotros hemos perdido el sentido de que nuestros antepasados todavía influyen en nuestra vida, de que forman parte íntima e íntegra de nuestros cuerpos, nuestra cultura, nuestras actitudes, nuestra manera de ver al mundo. Cada vez que repetimos el Credo, los cristianos decimos que creemos en la comunión de los santos. ¿Qué es eso? También que recibimos el Cuerpo de Cristo. ¿Qué significa eso? ¿Es una comunión espiritual? Sí, desde luego, pero mucho más que eso. Los santos forman parte de nuestro cuerpo humano, Cristo se hace parte de nuestro cuerpo real, y vive dentro de nosotros en cuerpo y alma. Creo que es difícil comprender eso si no reconocemos que descendemos de otros humanos concretos que nacieron, se casaron, tuvieron hijos y se murieron dejando sus huellas en nuestro ADN. Somos el producto de miles de generaciones de antepasados, todas vivas a través de nosotros. Tal vez se necesita un sentimiento místico para poder meternos en el mismo plano con nuestros antepasados, pero solamente hace falta hacer un análisis de sangre para probar nuestra conexión física.

Así que he comprendido que yo mismo soy el inmigrante. Si mis antepasados, sean abuelos, bisabuelos o tatarabuelos, inmigraron de varias partes del globo, si todos han llegado a formar una parte de quien soy, pues yo he inmigrado con ellos. Llevo dentro al inmigrante. Y no hablo solamente de mí ni de los norteamericanos, blancos y negros, sino de todo el mundo, que sean indígenas, asiáticos o españoles. Todos nuestros antepasados inmigraron de otro lugar. Todos llevamos al inmigrante dentro del cuerpo. Cuando expresamos algún sentimiento antinmigrante, cuando despreciamos a otra persona que habla con un acento extranjero, cuando desvalorizamos a otra cultura, realmente nos estamos hablando mal, despreciando y desvalorizando a nosotros mismos. Como nos recuerda San Pablo, una parte del cuerpo no puede estar en guerra con otra. Todas las partes tienen que funcionar juntas en un cuerpo sano. Igual el cuerpo místico de Jesucristo e igual el cuerpo que incluye toda la humanidad.

El inmigrante de verdad soy yo.

[Imagen de congerdesign en Pixabay]

Preocupación del papa Francisco por el tradicionalismo que pide volver al latín

Existe un tradicionalismo católico muy minoritario pero muy activo y beligerante que no solo no oculta en absoluto su rechazo al actual Pontífice, sino que se replantea la reforma litúrgica del Vaticano II. Considera que esta ha secularizado a la Iglesia y que ha perdido su capacidad de conducir al fiel católico hacia el “misterio”. Por ello, proponen volver a la misa antigua, en latín y de espaldas al pueblo. De manera muy gráfica, corría estos días por las redes de estos grupos la imagen de un autobús donde el conductor iba sentado al revés, mirando a los pasajeros, para indicar el desastre asegurado: solo mirando hacia adelante puede el sacerdote conducir bien al pueblo.

Este tradicionalismo (guarda de la tradición litúrgica) es también un “integrismo” puesto que muchos de sus referentes ideológicos son pensadores antimodernistas del s. XIX. En Cataluña se vuelve a citar, por ejemplo, a Sardà y Salvany. Por ello, más allá de un asunto simplemente cultual se trata también de una eclesiología y de una visión política donde VOX se queda corto puesto que, en realidad, se trata de un resurgir del carlismo. En cada país se formula a partir de la historia local, como en Francia donde se vuelve a la cuestión del ultramontanismo. Estos grupos fosilizan el magisterio de la Iglesia de aquel siglo y miran con recelo la evolución del mismo en materia de libertad religiosa (del documento Dignitatis Humanae) o de aceptación de una laicidad positiva (¡que el papa Benedicto XVI formuló en diálogo con el presidente francés!). Hablan de la obligatoriedad de obedecer al magisterio de la Iglesia y al papa… pero solo si se identifica con su visión del mundo. Por ello, para continuar diciendo que hay que obedecer al papa, tienen necesidad de demostrar que el papa Francisco es el antipapa y que su elección fue inválida puesto que la renuncia de Benedicto XVI fue presentada, dicen, bajo presiones. Sorprende lo abiertamente que se dicen ya estas cosas.

No se trata de grupos lefebvrianos que claramente rompieron con la Iglesia tras el Vaticano II porque se reclaman de Benedicto XVI, pero es algo mucho más serio que la simple discusión de si hay que comulgar en la boca o en la mano o el cumplimiento de las rúbricas.

Benedicto XVI, en efecto, se propuso acabar con el cisma producido por los que no aceptaron el Concilio, rechazaron la reforma litúrgica y consideraron herético el acercamiento al pueblo judío de la Declaración Nostra Aetate del Concilio. Una de las medidas para conseguirlo fue la autorización con una regulación muy precisa de la celebración eucarística con el ritual preconciliar. Es verdad también, que en el diálogo con las Iglesias ortodoxas del papa había además una cierta admiración por la conservación de estas Iglesias de sus lenguas litúrgicas tradicionales (siríaco, copto…) en las que el latín, en el catolicismo occidental, era su equivalente.

Pero, los intentos de atajar el cisma de Lefebvre se torcieron y resultaron un fracaso. Por ello, el papa Francisco, después hacer la evaluación prevista de las disposiciones especiales para celebrar en latín, publicó el motu “proprio” Traditionis custodes ahora hace un año para limitar estas celebraciones. Sin prohibirlas del todo, no pueden celebrarse en parroquias, y para cualquier nueva petición para celebrar en ese rito se debe consultar al Vaticano. En todos los casos, las lecturas de la eucaristía deben ser en lenguas vernáculas.

El lenguaje de esta Carta apostólica es breve y de estilo jurídico. Por ello, el papa se ha visto en la necesidad de explicar sus razones (aunque con un lenguaje más inspirador que argumental) en una nueva Carta apostólica donde desarrolla una cierta mística litúrgica destinada especialmente a la formación en los seminarios. Se intuye que no es un problema simplemente de gente mayor que vivieron el pre-Concilio, sino una nueva tendencia entre algunos jóvenes que ven en la adaptación al mundo moderno la causa de la crisis de la Iglesia. De la crisis de esta es consciente todo el mundo, pero si para unos la solución pasa por volver atrás, para otros se requiere abandonar el pasado definitivamente.

El papa centra su Carta en el redescubrimiento de la belleza de la liturgia y en la necesidad de cultivar la dimensión simbólica. Probablemente porque los tradicionalistas solo ven “belleza” y “misterio” en el rito antiguo, el papa busca educar en el poder simbólico de la eucaristía misma, más allá de los rituales concretos que se utilicen. Para subrayar que no se trata de algo nuestro, de algo que nosotros hacemos, introduce aquí sorprendentemente una cuestión teológica propia de su pontificado que es la crítica al neo-pelagianismo (lo fundamental es lo que nosotros hacemos) y al neo-gnosticismo (lo fundamental es lo que yo como individuo vivo y siento). Aplicado a la liturgia sería una excesiva preocupación por las formas por parte de unos (con discusiones interminables sobre rúbricas y modos de celebrar) y, por parte de otros, la transformación de la eucaristía en algo íntimo, subjetivo e individual. El neo-pelagianismo litúrgico olvida que no nos ganamos la participación en la eucaristía por nuestros méritos, sino que somos invitados (¡y Jesús invita a publicanos, pecadores, prostitutas, recaudadores de impuestos…!) y el neo-gnosticismo resurge en una cultura individualista y narcisista que olvida que en la Eucaristía es el pueblo de Dios, la comunidad, la que se reúne. En realidad, el papa no hace otra cosa que aplicar aquí la misma teología que subyace en Fratelli Tutti y en otros documentos donde el individuo no se entiende nunca fuera de la comunidad, pero donde tampoco queda disuelto en ella.

El papa se sitúa también en oposición de aquellas corrientes iconoclastas post-Vaticano II que reducían la liturgia a lo funcional y donde cada misa dependía de la ocurrencia de turno del sacerdote que acababa, en realidad, siendo el centro. El papa dedica la práctica totalidad del documento a inspirar una recuperación del sentido simbólico que nuestra cultura ha perdido. Porque el problema no está en la reforma de la liturgia del Vaticano II, sino en cómo la vive el cristiano moderno.

Citando tantas veces el Concilio Vaticano II como fundamento de la reforma litúrgica y apelando a la autoridad de “los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II”, el papa Francisco insinúa que en realidad estos grupos están poniendo en cuestión el Vaticano II y a estos dos pontífices. Muestra, así, que no es solo un movimiento que desautoriza al actual papa, sino que compromete la unidad de la Iglesia.

Aunque estemos hablando de un número muy reducido de sacerdotes, alguna preocupación de división ha de haber en Roma cuando el papa quiere “ver restablecida la unidad” diciendo: “Por eso, escribí Traditionis custodes, para que la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad. Esta unidad que, como ya he escrito, pretendo ver restablecida en toda la Iglesia de Rito Romano.”

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]