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Proteger a quien apoya a las víctimas: avance mundial en la superación del abuso sexual hacia niñas y mujeres

En el Capítulo IV, número 38, de la autobiografía de San Ignacio de Loyola, se relata la llegada de éste a Gaeta desde Barcelona en 1523. A él se unieron una madre y su hija, quienes también mendigaban. A la media noche, en la casería donde se hospedaron, Ignacio escuchó grandes gritos que provenían de la zona donde se encontraban las dos mujeres. Se levantó para ver qué era y vio a las mujeres en el patio llorosas, “lamentándose que las querían forzar”. Ignacio no se quedó igual: “A él le vino con esto un ímpetu tan grande, que empezó a gritar, diciendo: “¿esto se ha de sufrir?”. Lo hizo con eficacia y ahuyentó a los hombres.

Lo que hizo San Ignacio de Loyola esa noche fue actuar como un “upstander”. Así lo definiría la literatura científica internacional, que además señala que la “bystander intervention” (la actuación solidaria de apoyo a la víctima por parte de los iguales y de toda la comunidad) es la estrategia más efectiva para acabar con la violencia hacia las niñas y las mujeres. Por ello es central proteger a quienes apoyan a las víctimas, porque sin ese apoyo la víctima se queda sola y sin posibilidades de convertirse en superviviente de éxito. Por esto, para las personas que investigamos científicamente en el ámbito de superación de la violencia en las relaciones humanas, y para todas las personas que deseamos un mundo libre de violencia, este es un momento especialmente importante y bonito. Tan solo hace unos días, la agencia SINC, agencia de noticias científicas de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, ha publicado una noticia sobre la investigación que recientemente ha publicado el profesor Ramón Flecha (exalumno de Jesuitak Indautxu) en la prestigiosa revista Violence Against Women, la primera revista científica del mundo sobre el tema. Flecha es el primer autor en el ámbito de violencia de género a nivel internacional (Google Scholar). Medios de comunicación de ámbito mundial (y muchos de ellos académicos) se han hecho eco de esta noticia.

El artículo publicado trata de una investigación pionera por ser la primera que analiza en profundidad el Acoso Sexual de Segundo Orden (SOSH por sus siglas en inglés). SOSH es el acoso que sufren las personas que se posicionan con las víctimas de primer orden y las apoyan públicamente. Esa violencia de segundo orden puede ser física o psicológica y tiene por objetivo desactivar las redes de apoyo de las víctimas de primer orden, trasladando el mensaje al resto de la comunidad de que quien se atreva a romper el silencio sobre el abuso sexual apoyando a las niñas y mujeres víctimas, recibirá un escarmiento público. De este modo, los agresores y sus aliados imponen a través de la violencia y el miedo una ley del silencio que deja solas a las víctimas, lo que empeora las ya muy negativas consecuencias de la violencia sexual en la salud mental y física. Ese acoso sexual de segundo orden hacia quienes se solidarizan con ellas y no las abandonan, incluye la difusión de todo tipo de calumnias acerca de la vida profesional y personal de quienes ayudan a quien sufre y su repetición en los medios para conseguir la mayor difusión. Este acoso sexual daña la salud de las víctimas de segundo orden y llega a perjudicar, incluso, la de sus hijos, hijas y familiares.

Pero el desamparo legal de las excelentes personas que ayudan a las víctimas ya tiene fin. La violencia de segundo orden ha sido recientemente incorporada en la Ley Catalana 17/2020, aprobada en el Parlamento de Catalunya el pasado 22 de diciembre, siendo la primera en el mundo en legislar sobre SOSH. El artículo específico sobre violencia sexual de segundo orden incluido en la ley se ha basado en la investigación que Flecha reporta en el mencionado artículo científico y en otra llevada a cabo por el centro de investigación que él mismo fundó. Esta aprobación significa que lo que antes no era éticamente aceptable ahora tampoco lo es legalmente. Esta protección legal supone que más personas se atreverán a apoyar a las niñas y a los niños víctimas de abusos sexuales en la infancia y a mujeres víctimas de violencia de género. Y eso lo cambia todo.

Ahora disponemos de una herramienta clave más para avanzar en la consecución de una de las Preferencias Apostólicas Universales de la Compañía de Jesús: “contribuir en la eliminación de los abusos dentro y fuera de la Iglesia (…)”. Proteger a quienes apoyan a las víctimas nos permite avanzar en ese sueño. Las consecuencias de lo que esa protección implica para las víctimas de primer orden ya nos lo reflejaba el episodio de la autobiografía de San Ignacio de Loyola con el que iniciábamos esta entrada: “Y los tres empezaron a caminar así de noche”.

[Imagen de Harish Sharma en Pixabay]

«Mamá, ¿quién era Arcadi?»

«Mamá, ¿quién era Arcadi?». Algún día, tal vez dentro de unos cuantos años, surgirá esta pregunta en medio de alguna conversación… La crisis ecológica y social quizás se habrán agravado y seguramente nos estaremos preguntando qué nos diría Arcadi Oliveres, que nos alentaría a hacer, qué entramados de poder y desigualdad deconstruiría, qué caminos iluminaría en la oscuridad…

Los adultos allí presentes, ya observando los 40 probablemente por el retrovisor, nos miraremos cómplices con una sonrisa, porque somos de aquella generación afortunada que lo tuvo de profesor en la universidad o, simplemente, en la vida, como referente indispensable de nuestro activismo social y político. Somos de la generación que lo escuchó en tantas y tantas charlas a lo largo del territorio hablando sobre este sistema que es como un kraken colosal que todo lo devora: le escuchamos hablar de decrecimiento, de banca ética, de patentes y farmacéuticas, de antimilitarismo, de la deuda externa, del Norte depredador y el expolio de las transnacionales en el Sur, de objeción fiscal, de democracia y de movimientos sociales…

Nos miraremos satisfechos por el privilegio de haber aprendido de personas como Arcadi, con su ejemplo de coherencia entre reflexión y acción, que la esperanza se construye día a día y se pasa de mano en mano como una antorcha encendida en la llama de la utopía. Sentiremos el peso de la responsabilidad de ser relevo, discípulos -quizás indignos- de aquellos maestros y maestras que como él pusieron el cuerpo y el nombre siempre al lado de quien sufre.

Recordaremos que Arcadi fue uno de aquellos hombres buenos que encarnaron un trabajo infatigable por la justicia global que brotaba de una profunda fe. Y así lo explicaba nítidamente el historiador Giaime Pala en Twitter el mismo día de su muerte: «El principio de esperanza, si está apoyado en una genuina base cristiana, es más robusto que el optimismo de la voluntad». Así lo puso de manifiesto Arcadi hasta el último momento: enseñando, escribiendo, respondiendo, acogiendo…

«Mamá, ¿quién era Arcadi?», me preguntarás insistente. Y no me faltarán las palabras, sino que todas se amontonarán entre el corazón y los labios, esperando ser pronunciadas. Te subiré en mi regazo y quizás googlearé para enseñarte alguna foto de aquel profesor con barba y rostro amable que se ofrecía para darte toda una clase, café mediante, porque no habías podido asistir a su sesión por estar enferma. Y te contaré orgullosa que me acompañó el día de la defensa de mi tesis, como Jaume Botey, que también nos dejó hace algún tiempo. Y más allá de las anécdotas, te hablaré de servicio, de gratuidad, de resiliencia, de ternura, de compromiso, de humildad, de cuidado…, de que para Arcadi no había causas perdidas.

Te explicaremos entre todas las presentes por qué la palabra profética de Arcadi siempre fue acicate que nos hizo creer que era posible hacer caer este sistema capitalista, patriarcal y colonial desde la cultura de paz y transformarlo todo para hacer, para los que veníais detrás, un mundo más justo y habitable. Y, tal vez, acabaremos citándolo para decirte que «estamos obligados, pues, a no perder la esperanza, pero también hay que ser realistas y tener claro que este no perder la esperanza nos obliga a hacer muchos cambios y muchos trabajos inmediatos. (…) Solo falta voluntad. Voluntad generalizada y voluntad individual para combatir el egoísmo y caminar hacia una dignidad global» (Paraules d’Arcadi, Angle Editorial, 2021).

Quizás entonces, hijo, entenderás que la muerte no se llevó a Arcadi, que lo llevamos dentro y que nos enseñó que nunca está tan oscuro como justo antes de que salga el sol.

[Imagen extraída de TUlankide]

Una canallada

La identificación de una parte del catolicismo con las políticas más extremas del neoliberalismo está llegando a niveles que deberían preocupar a quienes poseen algún conocimiento de lo que de verdad significa ser cristiano y en especial católico. Es penoso contemplar el silencio cómplice de responsables católicos ante las propuestas cada vez más radicalizadas de grupos políticos que se arrogan la representatividad del catolicismo patrio. Al parecer, todo lo que suene a supuesta defensa de la escuela católica en detrimento del servicio público y universal suena bien a los oídos de nuestros próceres eclesiásticos, sin caer en la cuenta de que católico significa universal, opuesto a privado. Les suena bien que los padres posean un veto ante las propuestas pedagógicas de los colegios o institutos; un veto que les sonará bien hasta que un padre musulmán haga uso de él para impedir que a su hija se le enseñe igualdad de género. Les suena bien que se proponga reducir la gestión educativa a un mero cheque extendido al portador para que los padres entreguen en el centro de su elección, sin distinguir si los padres apenas pueden alimentar a sus hijos o poseen varias fincas urbanas de lujo. Les suena bien que el bien común sea privatizado y la dignidad de las personas reducida a mera evaluación cuantitativa de la capacidad de lucro. Ante todo esto, en lugar de sacar la Doctrina Social de la Iglesia, que defiende el bien común y la dignidad humana, callan y, por tanto, otorgan.

El catolicismo, en su misma esencia, es antineoliberal, pues no acepta el lucro como justificación del motor social, ni el consumismo como motor individual. El catolicismo pretende una sociedad de humanos hermanos, donde las diferencias estén determinadas exclusivamente por los dones diferenciados recibidos, no por la injusta estructura social que permite a unos cuantos segregarse del resto en lugares higienizados para su supervivencia como clase gozante: resorts, urbanizaciones, zonas de ocio privado y colegios diferenciados. Como dijo Chesterton hace más de un siglo, el catolicismo es anticapitalista, porque lo que un comunista llama capitalista, un católico lo llama, simplemente, canalla (La utopía capitalista, Palabra 2013). Por tanto, el maridaje imposible del catolicismo con el capitalismo lleva a la muerte del primero y al encumbramiento del segundo como la verdadera y única religión a la que se sirve. Las políticas propuestas por supuestos católicos son el caballo de Troya por el que el capitalismo sigue invadiendo al catolicismo, hiriéndolo de muerte, tanto ante la consideración general de la sociedad como ante los propios católicos, que acaban confundiendo el original con la copia deformada.

Estas políticas que se propugnan, sus adalides partidistas y los apoyos eclesiásticos, más o menos explícitos, están creando un caldo de cultivo social muy peligroso, opuesto radicalmente al ideario católico que propone una sociedad justa y preocupada por los predilectos del Reino de Dios, no por los que intentan agrandar la aguja para hacer pasar al camello. Con Chesterton diremos que son, simplemente, una canallada.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Arcadi Oliveres: lucha, coherencia y esperanza

Hay pocos Maestros en mayúscula en la vida y Arcadi Oliveres ha sido uno de ellos. Pero la maestría de Arcadi no es una maestría exclusivamente intelectual, como tantas veces ocurre en referentes que nos dejan. Su maestría sobrepasa esta vertiente y entra de lleno en el terreno de lo vital. La forma de mirar y entender el mundo de Arcadi cambiaba la vida, te hacía hacerte preguntas y cuestionarte lo que no se suele cuestionar. Pero además de hacerte pensar de forma sistémica, sobre cómo funciona este modelo generador de tantas desigualdades e injusticias, te llevaba al más difícil de los terrenos: el de pensar qué tengo que hacer yo, qué tenemos que hacer nosotros, para cambiarlo.

La reflexión profunda, sistémica e interpeladora de Arcadi era profundamente comprometida y esperanzada con la idea altermundialista que él mismo ayudó a gestar de que «otro mundo es necesariamente posible». La última vez que lo escuché, con un hilo de voz, tierno y potente a la vez, nos animaba a todas aquellas personas que allí estábamos a tres propósitos que configuran su legado más auténtico y esencial: lucha, coherencia y esperanza. Arcadi Oliveres ha encarnado como nadie estos tres pilares de ese otro mundo posible:

  • Una lucha que no desfallezca en comprender, despertar y concienciar sobre todo lo que hace de nuestro mundo un mundo de ganadores y perdedores, de privilegiados y excluidas. Y no es ningún maniqueísmo afirmar eso al constatarlo con tantos datos que Arcadi ponía siempre sobre la mesa, y sobre todo, si como hacía él, queremos hacer bueno aquello de Mario Benedetti de que «todo es siempre según el dolor como se mira». Arcadi fue un gran luchador contra tanta anestesia mediática y social y ayudó siempre a leer y comprender la realidad desde los perdedores y perdedoras de la historia.
  • Coherencia, porque más allá de su análisis, todo acababa siempre en un modelo de consumo, de privilegios y necesidades creadas, que había que empezar a deconstruir desde nosotros mismos, buscando formas de vida respetuosas con el planeta, con la dignidad de los pueblos, y con la dignidad de cada ser humano.
  • Y esperanza, porque en medio de este nihilismo social que nos rodea, Arcadi hablaba, con los ojos brillantes, del mundo que ya germinaba, el de las cooperativas de consumo, el de los barrios que se organizan, el de la protesta y la propuesta en las calles, el mundo de Porto Alegre y de la Plaza Cataluña en el 15M, el mundo de tantas «utopías disponibles» que Arcadi agitaba y co-creaba con su palabra y con su relato tierno y rebelde.

Arcadi ha sido mi Maestro, en mayúscula. Como también lo fue Jaume Botey, también en mayúsculas. Y de los Maestros siempre queda el espíritu, la palabra, el gesto tierno, el compromiso en la trinchera y el amor revolucionario que todo lo quiere cambiar, y sin darse cuenta, todo lo cambia. Te queremos, Arcadi Oliveres. Gracias por tanto.

[Imagen extraída de la revista Estris]

Las manos del Resucitado

Si miramos con detención de los relatos evangélicos de la Resurrección de Jesús, podemos constatar un motivo teológico que aparece con frecuencia: Jesús realiza gestos y acciones con sus manos. En Lucas 24,30 Jesús toma el pan y lo reparte; en Lucas 24,39 muestra las manos y los pies a los asustados discípulos y luego en el versículo 42 toma un pez asado y lo come. En la Ascensión, narrada por Lucas, Jesús alza las manos y bendice a los discípulos (Lucas 24,50). En el Evangelio de Juan (Juan 20,19), muestra las manos y el costado y, ocho días después de la Resurrección, Jesús y en el diálogo con Tomás, muestra sus manos al discípulo incrédulo y le invita a poner sus manos en las heridas (Juan 19,27). Finalmente, y en el epílogo de Juan (capítulo 21), Jesús prepara desayuno para los discípulos, tomó el pan y el pez (Juan 21,13). Movido por estos testimonios evangélicos, quisiera pensar e invitarles a pensar en las manos del Resucitado[1] y en la simbólica que ellas condensan, y, a su vez, pensar en qué significan las manos del Resucitado para el modo de vida que desde ellas podemos llevar para este tiempo.

En primer lugar, la consideración de que las manos forman parte del cuerpo. Puede sonar muy obvio lo que indico, pero esta obviedad esconde una profundidad que vale la pena (más bien, vale la vida) recorrer. Comprendamos, entonces, la importancia del cuerpo en el Resucitado. El teólogo ortodoxo francés Olivier Clement[2] nos dice: “el cuerpo del Resucitado es el Cuerpo espiritual, pneumático[3], no desmaterializado, sino vivificado por el Espíritu, por el soplo “que da la vida”. Es el cuerpo terrestre, humano y concreto de Jesús que, por el don total de amor que llega a su apogeo en la cruz, se transforma plenamente en el cuerpo eucarístico de la humanidad del universo”[4]. La anotación de Clement indica los siguientes aspectos: en primer lugar, la comprensión recta de que el Resucitado es el Crucificado[5], el Jesús de la historia, el que compartió con nosotros la humanidad. La Resurrección, con ello, no es la negación de lo humano, sino que es justamente un momento de transformación de esa misma humanidad. La Resurrección no sucede fuera de lo humano, sino que está actuando en lo humano debido a que ella es un momento integrante del proceso total de la Encarnación del Hijo de Dios[6]. Con ello, las manos del Resucitado no son las manos de un fantasma, como el mismo Jesús se lo indica a los discípulos (Cf. Lc 24,39). Son las manos pneumáticas, las manos llenas de Espíritu de Vida pero que aún llevan impresas las heridas de la pasión. Aquí encontramos un elemento clave: la Resurrección no hace desaparecer los signos de la muerte, pero sí los transforma, les da un nuevo sentido. Por eso es Pascua, por eso es el paso de la muerte a la vida plena, pero habiendo pasado por la muerte. Creemos en que un muerto (una víctima ajusticiada) es el que ha sido resucitado por Dios (Cf. Rm 1,4).

En segundo lugar, las manos del Resucitado manifiestan el amor total de la Cruz. Ese amor, para el mismo Olivier Clement, está íntimamente vinculado a la vida, a la creación de justicia y a la vivencia de la belleza[7]. Pero aquí aparece una paradoja: en el momento de máxima injusticia, de muerte, incluso de falta de belleza como es la cruz, estamos accediendo a una transformación en la comprensión de lo que es el amor, la justicia y la belleza, una comprensión que surge de la presencia del Dios-Crucificado, del Dios escandaloso de la Cruz, del Dios expuesto al vacío. La cruz del Resucitado es todo lo contrario el imperio del capital en su vínculo con el éxito y la acumulación para algunos pocos. Como dice Fabrice Hadjad, “en el fondo, el dinero y la resurrección se oponen como dos regímenes de lo posible: el régimen de lo virtual y el régimen de lo vivo (…) este cuerpo virtual, con sus cuerpos robados, no permite acoger la vida en su improbable surgimiento”[8], surgimiento que posee el dolor, el vacío y la muerte como elementos fundamentales. Las manos heridas del Resucitado son la negación de la virtualidad de una época en la que el dolor es eliminado de la vida humana y, a su vez, un recordatorio de que la vida y la muerte poseen un vínculo íntimo.

Por ello es por lo que, en esa paradoja, es donde encontramos abundancia del sentido de lo plenamente humano. Es en la muerte donde podemos discernir la presencia de la vida, es en la injusticia de la muerte del inocente donde reconocemos la justicia con la que Dios actúa con la víctima. Eso, pienso, supone un desafío mayor a la teología, a saber, aprender a deconstruir la imagen del Dios sádico y masoquista que se satisface en la muerte del Hijo y adentrarnos en la dimensión compasiva del Dios que se identifica con el Crucificado-Resucitado y, en Él, con cada uno de nosotros.

En las manos del Resucitado continuamos viendo el desgarro de los clavos. El desgarro tiene que ver con el vacío, la ausencia, la crisis, con el muerto a causa de un juicio injusto, el desgarro de la víctima. Entonces, ¿cómo hablar del Mesías de Dios, del Mesías Resucitado en medio de tanta paradoja? Pienso que la posibilidad está justamente radicada en la paradoja, en cuanto las prácticas de humanidad que Jesús nos propone están condensadas, de una manera total, en esas mismas manos sujetas a la paradoja.

Las manos del Resucitado nos invitan a mirar nuestras propias manos y a discernir qué estamos haciendo con ellas. Ellas guardan la memoria de lo que ha sido y es nuestra historia, con sus sombras y sus luces, con sus cruces y con sus resurrecciones. Como intuye José Tolentino Mendonca, “nuestra biografía es también una historia de la piel y el tacto, de la manera como tocamos o no, de la manera como nos han o no nos han tocado, aunque siga siendo, en gran parte, un relato sumergido, en lo que no pensamos”[9]. Nuestra biografía tiene que ver con la Resurrección. Ahí hay un misterio profundo, atrayente y siempre nuevo.

Y nuestra vida tiene que ver con la Resurrección porque el Encarnado ha sido Resucitado. Por ello es que toda la vida de Cristo es la que Resucita y, por ello, pienso que, de algún modo, nuestras manos también están llamadas a Resucitar, a transformarse, a convertirse hoy en espacios para dar, amar, compadecerse. Debemos continuar manteniendo la profunda convicción de que, desde la gracia de Dios, nuestras manos pueden humanizar el mundo. Y digo lo anterior siguiendo la pista trazada por Olivier Clement: “los cristianos tienen el deber ante todo de anunciar la gran alegría de la Pascua (…), anunciarla y hacerla resplandecer con las palabras y los gestos de cada día, los de la oración, pero también los del trabajo, el arte y la ternura, para orientar igualmente la ciencia y la técnica. Anunciarla y hacerla resplandecer luchando pacientemente contra todas las formas de muerte, tanto en nosotros, a nuestro alrededor, como en la cultura y en la sociedad”[10]. Estamos llamados a humanizar nuestro tiempo conduciendo nuestras manos al compás de las manos del Resucitado.

Anunciar la Resurrección con las manos, celebrar la Pascua cotidiana con las manos, compadecernos, partir el pan, bendecir, abrazar (¡a la distancia! ¡y cuánto lo extrañamos!) con las manos. Las manos son la sede por medio de la cual se hacen concretos y visibles nuestros sentimientos y emociones. Las manos del Resucitado parten el pan, preparan desayuno, bendicen, se dejan tocar[11]. Pienso que la Pascua es ese instante cotidiano que nos invita a compenetrarnos con las manos del Resucitado, y digo instante cotidiano porque no me gusta comprender este acontecimiento como un hecho lejano en el pasado ni tampoco como un mero hecho escatológico, como algo que debemos esperar que ocurra en un futuro, quizás sabe Dios cuando. Por ello la Resurrección, y como dice Clement, “nos afecta y nos aprovecha ahora. Es ahora cuando somos llamados a morir en él para resucitar en él”[12]. Algo dice la Resurrección a nuestro hoy y algo le dice nuestro hoy a la forma de anunciar y vivir la Resurrección de Jesús. Hay una praxis de resurrección en las manos del Resucitado que espera ser descubierta y, una vez descubierta, ser vivida generosamente. Hay que permitir y volver a permitir que las manos del Resucitado se continúen desplegando a través de nuestras propias manos.

¿Cómo discernir las manos del Resucitado en nuestro presente?, ¿dónde encontrarlas?, ¿de qué modo mis manos pueden compartir esas manos resucitadas? Para Olivier Clement, las manos aparecen con fuerza en los momentos de infierno. Para Clement[13], la experiencia del infierno sucede cuando creemos que para nada hay salida, cuando esa mirada fatalista que podemos extender sobre la realidad nos ciega a tal punto de no encontrar nuevos posibles, cuando nos empantanamos en la normalización de la injusticia. El infierno es la situación de desesperanza. Es en medio de los infiernos cotidianos, como los llama Olivier Clement, donde las manos del Resucitado se extienden y nos invitan a aferrarnos a ellas de manera de salir victoriosos del infierno llevados por el Cristo Pascual.

Olivier Clement lo expone bellamente: “en este infierno alguien me toma de la mano, del puño más bien, no tengo nada que negociar. Dios, sí, Dios, pero un Dios que se encarna y que sufre, que conoce todas nuestras torturas, todas nuestras dudas”[14]. Cuando Clement hace referencia a ese alguien que toma del puño está pensando en el ícono de Cristo descendiendo a los infiernos llamado Anástasis en la tradición griega ortodoxa[15]. En dicho ícono contemplamos a Cristo descendiendo al lugar de los muertos y destruyendo las puertas del infierno, para desde allí levantar (de ahí el nombre de Anástasis que significa, literalmente, levantar o poner de pie) tomando de los puños a Adán y a Eva, es decir, a todo el género humano.

Con ello, podemos sostener que la vida triunfa en y con las manos del Resucitado. Es ahí donde surge la praxis de humanización, en cuanto estamos llamados a vivir según el ejemplo de esas manos. Dejemos que Clement nos interpele con su pluma sapiencial y mística: “una ola de resurrección recorre las pasiones, la pasión de mi vida, la pasión de la historia. Toda tumba es un lugar vacío. Toda sonrisa, un apocalipsis de alegría. Toda rosa, oración. Todo impulso, toda carencia, todo grito, todo silencio, toda incapacidad de orar… son oración”[16]. La espiritualidad, la mística, lo sapiencial de la Resurrección debe pasar, pienso, por el cedazo de las manos del Resucitado. Ellas son como la medida de la humanidad transformada: levantan de la muerte, comparten el pan, bendicen, hacen que salgamos de nuestras tumbas hacia la vida. Con las manos del Resucitado estamos llamados a hacer la experiencia del incrédulo Tomas[17]: dejar que esas manos nos toquen para, y desde ese sagrado tacto, caminar junto con otros compartiendo sus alegrías y tristezas. Como dice Fabrice Hadjad, “el cuerpo de Cristo se tiene que encontrar en el cuerpo de mi prójimo”[18].

En definitiva, las manos pascuales de Jesús son eso: Pascua, es decir, sístole y diástole de una vida entremezclada de alegrías y fracasos, de una vida acontecida de manera plena bajo la lógica de la comunión, la compasión, la justicia y la alegre celebración de la vida que brota de la tumba.

***

[1] Este artículo surge de las lecturas que, por motivos del estudio de mi Doctorado en Teología, he podido realizar. Mi Doctorado busca estudiar el tema de la Resurrección de Jesús y su dimensión antropológica en la teología de Juan Alfaro SJ.

[2] En este artículo seguiré muy de cerca la propuesta teológica de Olivier Clement. Clement ha sido uno de los autores que he podido trabajar a propósito de las lecturas complementarias del proceso de mi Doctorado.

[3] Pneumático es un concepto relacionado con el griego Pneuma, el que significa “Espíritu”. Lo pneumático es aquello que posee dentro el Espíritu. En este caso puntual hace referencia a posee al Espíritu Santo.

[4] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección (Sígueme, Salamanca 2016), 106.

[5] En esto la Teología de la Liberación, por ejemplo, ha puesto muchos acentos. La llamada identidad del Crucificado-Resucitado es un elemento clave al momento de interpretar rectamente la Resurrección de Jesús. Para conocer más sobre el tema indicado, sugiero revisar el siguiente trabajo de Jon Sobrino, El Resucitado es el Crucificado: lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificados del mundo, En: https://servicioskoinonia.org/relat/219.htm (Revisado el 11 de Marzo 2021). Para Sobrino, la tarea teológica de mantener la identidad de Jesucristo tiene un doble aspecto: una lectura honrada de los textos del Nuevo Testamento y, por otra parte, la consideración de los millones de hombres y mujeres que sufren en el mundo, situación que exige de parte del cristianismo una lectura no abstracta del Misterio Pascual.

[6] Por ello es fundamental mantener que Jesucristo es el Encarnado-Muerto-y Resucitado.

[7] Cf. Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 28.

[8] Fabrice Hadjad, Resurrección: experiencia de vida en Cristo resucitado (BAC, Madrid 2019), 24.

[9] José Tolentino Mendonca, Hacia una espiritualidad de los sentidos (Fragmenta, Barcelona 2016), 30-31.

[10] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 55.

[11] Por ello Fabrice Hadjad indica que “las apariciones del Resucitado tienen un carácter eminentemente práctico. No son fantasmagorías para huir del hic y especular sobre lo lejano; nos reconducen al amor al prójimo, nos enseñan a ver las cosas de “allá arriba”, es decir, no cosas distintas de las que el ve el común de los mortales, sino las mismas cosas a partir del Espíritu” (Fabrice Hadjad, Resurrección, 11)

[12] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 54.

[13] Olivier Clement, “Descendió a los infiernos”, en https://www.mercaba.org/FICHAS/JESUS/descendio_infiernos.htm (Recuperado el 11 de Marzo 2021)

[14] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 72.

[15] Para meditar en torno a este ícono: Ícono del descenso a los infiernos. La anástasis o elevamiento de la caída. La Resurrección de Jesucristo, en https://www.mercaba.org/Iconos/Meditacion/Infiernos/icono_del_descenso_a_los_infiern.htm (Recuperado el 11 de Marzo 2021)

[16] Olivier Clement, La alegría de la Resurrección, 73.

[17] Para Fabrice Hadjad todos somos como Tomás. Pienso que es bueno comenzar desde esta constatación, porque, de alguna manera, siempre buscamos las constataciones a las grandes preguntas que sustentan la vida (Cf. Fabrice Hadjad, Resurrección, 92)

[18] Fabrice Hadjad, Resurrección, 59.

[Imagen de Jenise Cook en Pixabay]

Sábado Santo: Perfume de vida esperando la Resurrección

La imagen

El frasco se ha roto y todo el perfume se ha derramado y la casa se llena del olor del perfume (Jn. 12,3). El olfato es el sentido que nos trae los recuerdos con mayor intensidad. La muerte de Jesús nos ha dejado rotos como a Él, pero con las mujeres queremos ir a su sepulcro. Mientras preparamos los ungüentos y perfumes, los recuerdos de un Jesús que ya se adivina vivo invaden nuestra memoria, entendimiento y libertad.

La gracia que pido alcanzar

Pido al Señor vivir el tránsito de la muerte a la vida siguiendo las palabras Jesús. Una vez más, el centro de nuestra oración es compartir la experiencia de Jesús, una experiencia de plenitud y realización. Jesús es el centro de nuestras vidas, no nosotros. «Pedir lo que quiero, y aquí será pedir gracia para sentir alegría y regocijarme intensamente por la gran gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor» [EE 221].

Textos y pautas para la oración

El Sábado santo es un día de transición y es un día para la memoria. El horror de la cruz está demasiado reciente para poder resituar todo de nuevo. Es necesario dar pequeños pasos para vivir los duelos sin que las losas de los sepulcros nos encierren en su oscuridad. Los recuerdos de Jesús nos van a llevar de la mano a descubrir que la muerte no tiene la última palabra.

Primera opción: Contempla esta escena, es como un recuerdo de los apóstoles, y deja que el perfume te evoque a redescubrir el paso de Dios por tu vida:

Marcos 14, 1-10 

«Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los letrados buscaban apoderarse de él con una estratagema y darle muerte. Pero decían que no debía ser durante las fiestas, para que no se amotinase el pueblo. Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro muy costoso. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. Algunos comentaban indignados: —¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haberlo vendido por trescientos denarios para dárselos a los pobres. Y la reprendían. Pero Jesús dijo: —Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre entre vosotros y podréis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no siempre me tendréis. Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho».

Segunda opción: La resurrección de Jesús es la Pascua de la muerte a la vida. La resurrección es una nueva relación con Dios que genera una vida más auténtica y profunda para aquellos que quieren seguirlo. Es un paso que se descubre poco a poco al reconocer las palabras de Resurrección que Dios nos trae.

En la Resurrección de Jesús hay palabras de vida. Repasa las frases que dirá Jesús en los pasajes de Resurrección y pídele al Señor que te acompañe en tu viaje de la muerte a la vida, recorriendo los pasos que expresan sus palabras para tu vida y la de la comunidad, según más lo necesites:

La paz con vosotros: de la ansiedad y la angustia a la esperanza y la paz.

  • Lucas 24,36 – Mientras aún hablaban de esto, el mismo Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con vosotros».
  • Juan 20,19-29 – Otra vez Jesús dijo, «¡La paz sea con vosotros!”

No tengáis miedo. Del miedo al valor apostólico

  • Mateo 28,10 – Entonces Jesús les dijo: «No temáis. Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
  • Mateo 28,20 – y yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Comunidad: Del individualismo a la unidad

  • Juan 20,17 – Ve a mis hermanos y diles, subo a mi Padre que es vuestro Padre, a mi Dios que es vuestro Dios.
  • Lucas 24,13-33 – Se levantaron y volvieron enseguida a Jerusalén. Allí encontraron a los Once y a los que estaban con ellos, reunidos y diciendo: «¡Es verdad! El Señor ha resucitado.

Misión: De la dispersión a vivir con una misión

  • Mateo 28,19-20 – Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todo lo que os he mandado.
  • Marcos 16,15 – «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
  • Juan 21,1-25 – «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis»…
  • Juan 20,19-29 – «Como el Padre me ha enviado, yo os envío».

Discernimiento: de ser distraídos a estar centrados en el Espíritu Santo

  • Lucas 24:13-33 – Y comenzando por Moisés y todos los profetas, les explicó lo que se decía en todas las Escrituras acerca de él.
  • Juan 20:19-29 – Y con eso sopló sobre ellos y dijo: «Reciban el Espíritu Santo. Si perdonáis a alguno sus pecados, le serán perdonados; si no los perdonáis, no les serán perdonados»…

Testigos: desde compartir historias de segunda mano hasta ser testigos de primera línea

  • Lucas 24:45-48 – Luego abrió sus mentes para que pudieran entender las Escrituras. Les dijo: «Esto es lo que está escrito: … Vosotros sois testigos de estas cosas.

Relación personal con Dios: Desde la distancia hasta la reconciliación y la bendición

  • Juan 20:11-18 Le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»… Jesús le dijo: «María».
  • Juan 20:19-29 – Entonces Jesús le dijo: «Porque me has visto, has creído; bienaventurados los que no han visto y sin embargo han creído».
  • Juan 21:1-25 – Otra vez Jesús dijo, «Simón hijo de Juan, ¿me amas?»

Coloquio: Hablo con el Señor Resucitado compartiendo mi oración. ¿Cuál de sus palabras resuena más fuertemente en mí hoy? Y termino rezando «Tomad Señor, y recibid».

[Imagen de Monfocus en Pixabay]

Reflexiones sobre el Viernes santo

Sin duda este año nuestra celebración del triduo pascual viene marcada por la realidad de la pandemia que hemos vivido personal y colectivamente. Una situación dolorosa que, con mayor o menor grado, a todos nos ha tocado y trastocado (en nuestros planes, proyectos, expectativas…) Una realidad concreta que tal vez ha hecho que seamos más conscientes de nuestro estar en “tránsito” (sin lugar donde reclinar la cabeza), en estado de permanente salida o “éxodo” (entre la añoranza de las ollas de Egipto y la promesa de una tierra nueva).  Puede ser también que ello nos haya generado una dosis de “desconcierto», “desubicación”, “cansancio”, “convulsión”, “temor”… Me parece que, en medio de todo ello, se trataría en estos días de poder intuir que El Señor Resucitado nos sale al encuentro también en esa situación actual y concreta que nos ha tocado y nos toca vivir.

Hay quién ha leído esta situación pandémica como una especie de “catástrofe” de gran poder destructivo, del mismo modo que también ha quién ha creído comprender este tiempo como una oportunidad de crecimiento, de reconstrucción, de reconfiguración. Posiblemente lo más acertado sea una lectura que tenga en cuenta las dos dimensiones las cuales, a su vez, pueden alimentarse y fecundarse mutuamente.

En cualquier caso, al adentrarnos en la contemplación creyente de esta realidad, creo que no nos sirven esas lecturas unívocas, donde el blanco es claramente blanco y el negro totalmente negro. La experiencia del Espíritu nos muestra con frecuencia el carácter paradójico de la realidad, y es paradójicamente como el Señor se va abriendo paso en medio de nuestra realidad

“En medio de y entre”

a) El vivir cristiano no se instala ni a un lado de la realidad ni por encima de ella. Es un vivir “en medio de” y “entre la realidad, sea cuales sean sus concreciones. Es un vivir crucificado, en tensión esperanzada e integradora de las dimensiones aparentemente opuestas de lo real. Si abandona la posición crucificada alguno de los polos de lo real queda “suelto”, “desmembrado”, no integrado.

b) El vivir cristiano crucificado, no es pues un vivir extremista pero sí radical. Es un vivir desde una raíz integradora. Algo de esto quiere decir el evangelista Juan cuando Jesús –que es integradamente Señor y Siervo- se pone abajo, a los pies, en la raíz y lava los pies a los discípulos. O cuando nos explica que “el grano de trigo ha de ir hasta la raíz honda de la tierra, enterrarse ahí y así dar fruto”

c) El vivir cristiano crucificado deviene entonces un con-morir con el Señor Jesús que no es otra cosa que un con-vivir teologalmente –como Él– entre y para los demás.

Nos ha tocado vivir –y nos tocará vivir– “en medio de y entre”

a) El vacío y la plenitud. La vida nos brinda situaciones en las que la sensación de ser vaciados nos resulta acuciante. Sentimos que se nos quitan personas, cosas, posibilidades… hasta el punto de que aquello que veníamos realizando se nos presenta como carente de sentido. Pero a veces, entrando dentro nuestro y asomándonos a ese vacío puede asomar, como regalado, un nuevo espacio disponible donde poder acoger un nuevo sentido, una nueva perspectiva. Hay vacíos que matan y vacíos que posibilitan. Hay vacíos que matando posibilitan

b) La ausencia y la presencia. Tal vez en este tiempo pandémico, al no poder visitar a los enfermos ni despedir a los traspasados al Padre, la sensación de ausencia haya sido mayor. Ausencia de seres queridos. También ausencia de Dios a quién posiblemente le hayamos preguntado “¿dónde estás?”, “¿dónde te has ido?”. Y ausencia de nosotros mismos: “¿dónde hemos estado tanto tiempo ausentándonos de nuestros compromisos de cuidado y atención (económico, ecológico…), y sin darnos cuenta hasta que todo ha estallado? Entre tantas ausencias, algunas presencias tenazmente creadoras de vida habrán hecho su aparición recordándonos “lo de Jesús”: Dios no está lejos, está cerca, estamos en buena compañía. Tal vez en las ausencias uno se da más cuenta del Amor de la presencia, y en la presencia uno se siente estimulado a no ausentarse más.

c) La luz y la oscuridad. Muchas veces la realidad parece empecinarse en mostrarnos su lado oscuro como algo también real, que también nos habita y nos dice para nuestra sorpresa lo que llegamos a ser capaces de hacer. Cuando esa oscuridad se cierne sobre nosotros pasamos períodos de abatimiento, como viviendo en un túnel sin salida. Acaba poniéndonos frente a la turbiedad de nuestro corazón, frente a nuestro vivir auto centrado o indiferente. Y aún más allá, a veces acaba por despertarnos agitándonos en nuestra ceguera como diciéndonos que en medio de la oscuridad una luz mayor nos habita y pugna por salir e irradiar. Si así acontece la luz que irradia en nosotros es más humilde que la que presuntuosamente creemos que es nuestra.

d) La vocación y la tentación. A veces de manera consciente, a veces de manera rutinaria, sabemos a dónde vamos y a qué; vivimos nuestra vocación de comunión en Dios como una corriente de fondo que sustenta nuestras vidas. Y, con todo, en medio de la dispersión cotidiana otras voces nos despistan y descentran, de tal manera que aquella paradójica manera de vivir y amar a Dios en todo y a todo en Dios, en la práctica nos resulta compleja y nos hace sentir “eternamente aprendices de un peregrinaje sin fondo”

e) La pobreza y la esperanza. Sentimos el peso de muchas pobrezas –no sólo materiales– que a veces vivimos como un constreñimiento y a veces también nos traen la sabia riqueza de poner límites a nuestras pretensiones –¿ingenuas?, ¿inconscientes?– de omnipotencia. Recientemente ha bastado un virus microscópico para poner en evidencia la falsedad de tal pretensión, para hacernos ver que por nosotros mismos no somos generadores de esperanza alguna sino simples testigos de un potencial que llega desde más allá de nosotros, que nos pone en pie y que nos dice “toma tu camilla y sigue”

f) El límite y el horizonte. En estos tiempos en los que no vamos sobrados de horizontes y de utopías, sólo los faltaba la llegada –tan amenazadora y paralizante– del coronavirus. Llegada que nos hace “tocar con los pies en el suelo”: convivimos día a día con la realidad del límite. Como reza una canción del canto autor Raimon: “límites: conozco muy bien tantos y tantos límites”; límites en las estructuras, en las relaciones, en los temperamentos, en los proyectos y deseos… Bien encarados nos llevan, como dice el mismo canto autor a “intentar ser útiles con canciones de amor, con canciones de lucha”, esto es, a proseguir parcial y “limitadamente” nuestra personal aportación al proyecto del Reino que siempre nos depasa.

g) El dolor y el gozo. Sentimos a menudo que no nos queda más remedio que aceptar el componente de dolor que acompaña nuestras vidas. A veces nos rebelamos, otras veces expresamos nuestra incomprensión con victimismos. En ocasiones también experimentamos el gozo de compartir el dolor con otros, de aliviarlo y de dejarnos aliviar. Sin rehuir del dolor se nos abre la vía de ejercer “el oficio de consolar”. Entonces percibimos también que hay un dolor que nos llega por la pérdida de lo conquistado y otro que nos llega del gozo de lo entregado. Y solemos navegar entre estas dos aguas buscando la alegría verdadera.

h) La comunión y la soledad. Vivimos entre la soledad y la comunión, porque nuestro vivir es también un “con-vivir”. Y hemos de reconocer que el con-vivir cotidiano nos resulta problemático: conlleva sus roces, incomprensiones, cesiones… Muchas veces en medio de esa con-vivencia nos sentimos y sentiremos profundamente solos. Y tal sea entonces cuando esta soledad más “psicológica” nos ayude a caer en la cuenta, entrando dentro de nosotros, de una Fidelidad inquebrantable que nos acompaña desde siempre y nos empuja a seguir insistiendo en la búsqueda y construcción de esa comunión fraterna en Dios que llamamos “Reino”, sin claudicar aún a pesar de las ambigüedades, sabiendo endurecer la piel y ablandar el corazón

i) La fragilidad y la fortaleza. Somos menos fuertes de lo que pensamos y más frágiles de lo que nos gustaría. Por eso no es extraño que nos sorprendamos de hecho ocultando nuestras fragilidades (personales y colectivas). Por más que a veces vivimos rotos y escindidos por dentro, por fuera “ponemos buena cara” como si nada pasara. Más propensos somos a mostrar nuestras fortalezas, tan reales como peligrosas. Y algunas veces sentimos la alegría regalada de descubrir la fortaleza que hay en nuestra fragilidad (“El Señor es dentro nuestro como un guerrero victorioso) y la fragilidad que hay en nuestra fortaleza (porque sólo Él nos hace fuertes)

j) La impotencia y la gracia. Tantas veces vivimos con la real sensación de “no poder hacer nada”! De hallarnos ante los acontecimientos de la vida sin palabras de consuelo, sin caminos alternativos, sin posibles acciones transformadoras. Esta impotencia puede herir nuestro orgullo pero también puede llevarnos a sentirnos de tal manera desarmados que empecemos a confiar en la gracia/amor de Dios –que un día nos conquistó y enamoró– que incomprensiblemente llega donde nosotros no llegamos. Entonces, en el seno mismo de la impotencia hay libertad.

Para rezar con todo esto

a) Una primera manera sería centrarse en un par de las tensiones indicadas y llenarlas de “chicha” y contenido personal. Esto es, preguntarse cómo las vivo, gozo o padezco en lo cotidiano de mi vida, cómo están presentes en mi modo de estar en el mundo, en mi seguimiento, en mis relaciones, en mi trabajo, en mis intenciones…

b) Una segunda manera sería repetir, a modo de mantra, algunas de las siguientes expresiones neotestamentarias, que reflejan muy bien nuestro vivir en la paradoja, “entre y en medio de”:

  • 2Co 4,7: “llevamos un tesoro en vasijas de barro”
  • 2Co 2,10: “cuando estoy débil es cuando soy fuerte”
  • 2 Co 1,5: “abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo y la consolación de Cristo”
  • 1Co 10,17: “siendo muchos somos un solo cuerpo”
  • 1 Co 4,13: “Si nos persiguen o difaman respondemos con bondad”
  • 1 Co 3,19; I Co 1,25.27; Mt 11,25: “la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios… esto lo entienden los sencillos no los sabiondos…
  • Ro 14,8: “tanto si vivimos como si morimos somos del Señor”
  • Ro 8,36: “somos tratados como ovejas llevadas al matadero, pero salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó”
  • Ro 8,23: “gemimos anhelando nuestra salvación… que es en esperanza”
  • Jn 3,5: “Has de nacer otra vez. Has de nacer de nuevo”
  • Lc 22,54: “Pedro le iba siguiendo… de lejos”
  • Lc 22,26; Mc 10,45: “el más importante sea el más servidor”
  • Lc 15,32: “este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida”
  • Lc 11,39: “por fuera purificáis… por dentro estáis llenos de rapiña”
  • Mc 8,35: “el que pierda su vida por mí, la ganará”
  • Mt 15,7: “me honran con los labios y su corazón está lejos de mí”
  • Mt 5,45: “El Padre hace salir su sol sobre buenos y malos, justos e injustos”

Lo que andamos buscando

a) Después de constatar las tensiones crucificantes que a menudo atraviesan nuestras vidas, podríamos ahora acercarnos y ver cómo también atraviesan la vida de Jesús. Acercándonos a su modo de afrontarlas, tal vez podamos encontrar algo de luz y de inspiración para vivir las nuestras o, mejor aún, para vivirlas hoy “como Él, con Él y en Él”.

b) Se trataría en el fondo de pedir, desear y disponerse a vivir aquello que de una manera tan gráfica se expresa el nuestro refranero popular: “contigo pan y cebolla”. Es, en definitiva, el momento de la verdad de la comunión. Eso es lo que andamos buscando y que podemos expresar con aquella petición de la tercera semana de los Ejercicios: “sentir dolor con Cristo doloroso”. O bien con aquella gracia que Ignacio recibió cerca de Roma, en la capilla de la Storta, y que formulaba así: “ser puesto con el Hijo”, permanecer con Jesús también al pie de la cruz.

c) Esto es una gracia y por tanto hay que pedirla. Porque allá donde está ahora Jesús

– uno espontáneamente no se pone sino que pide humildemente –porque lo desea– ser puesto;

– uno espontáneamente no “va” sino que pide humildemente “ser llevado” –porque lo desea–

–  uno espontáneamente no lo elige, sino que pide humildemente ser elegido para estar ahí porque lo desea.

d) En definitiva: la comunión que andamos buscando acontece en un despojo compartido!. Si realmente la andamos buscando, no es el momento de marcharse, de decir “hasta aquí hemos llegado” y no más, sino el momento de confirmar, concretar y visibilizar la comunión a la que hemos sido llamados:

“Confirmar” o volver a oír esa “Voz” que tal vez desde hace ya tiempo se me viene diciendo personalmente. Indagar el  sentido último de lo que dicha Voz me ha estado insinuando. Es el momento de “ponerle nombre concreto”, de presentársela al Señor en cruz para intentar intuir si también Él la confirma. Es el momento de irse respondiendo suavemente a la pregunta: “Señor, ¿a dónde me quieres llevar?”

“Concretar”. Es decir, asumir sin amarguras la dimensión crucificante que pueda derivarse nuestro seguimiento y de nuestro deseo de una comunión siempre mayor con el Señor.

“Visibilizar”. Es decir, expresar la  identificación con Jesús en la comunión con la suerte de tantas personas de nuestro mundo de hoy. Se trata de disponerse como Jesús a perdonar y a amar –de una manera siempre más pura y desinteresada- en medio de las limitaciones y conflictos propios de las realidades humanas en las que vivimos.

También esto lo pedimos al desear “dolor con Cristo doloroso”:  poder seguir siendo sensibles y compasivos con el dolor de tantos crucificados de hoy, querer que nos siga afectando y que nos siga movilizando; anhelar poder pertenecer a la comunidad de Jesús, “la comunidad compasiva del llanto”. No es ésta una petición de una emotividad facilona sino de ser realmente configurado con el Compasivo.

La pasión como fondo de la vida toda de Jesús

a) Esta comunión que andamos buscando naturalmente, no se improvisa. De hecho, en nosotros no empieza ahora sino que es fruto de un proceso de acompañamiento del Señor Jesús, que con mayor o menor inteligencia y lucidez, con mayor o menor grado de apasionamiento hemos venido realizando.

b) Del mismo modo, Jesús tampoco improvisa su plena comunión con el Padre en la pasión. Ahí la concreta de manera sublime, pero la ha ido elaborando a lo largo de toda su vida. Por eso convendría acercarse al misterio de Jesús en su pasión, no simplemente como algo que acontece al final de su vida, sino como el fondo desde el cual vivió toda su vida.

c) En otras palabras: Jesús vivió “con pasión” toda su vida. Esta es su paradójica realidad: todo lo vivió apasionadamente y dolorosamente. “Entre y en medio de” el gozo del sueño de Dios, a veces comprendido por los “pequeños” y el sufrimiento al verse incomprendido por los “sabios de este mundo”. Sería bueno dejar que ésta su “pasión” (en el doble sentido) penetrara por todos los poros de nuestra piel y fuera siendo también “nuestra” pasión vivida en comunión con la suya: pasión de Reino dolorosamente sostenida

Apasionamiento y sufrimiento “al final de su vida”

Algunas escenas del relato del misterio de Jesús en la pasión ponen en evidencia esa paradójica vivencia interna hecha de apasionamiento y sufrimiento:

a) La soledad vivida por Aquél que toda su vida procuró la comunión (Mc 14,66-72)

Toda la vida de Jesús fue un constante trabajo por significar el Reino del Padre como un ámbito de comunión donde nadie quedaba excluido por ninguna razón. Y ahora es Él mismo quién se verá excluido, incomprendido y abandonado incluso por los más íntimos: lo congregado se dispersa!. Desde lo hondo de su perplejidad (“que pase este cáliz”) seguirá creyendo en la verdad de ese deseo inclusivo (“hágase su voluntad”).

Y lo sostendrá a pesar de las burlas excluyentes de los grandes sacerdotes (Mc 15,29-32) confirmando y concretando su fe en el Padre del Reino en sus palabras dirigidas a Juan (“incluye a María en la comunidad” (Jn 19,25-27) o al buen ladrón (“Hoy estarás conmigo en el paraíso” Lc 23,39-43)

b) La envidia soportada por Aquél que vivió toda su vida ofreciéndose (Mc 14,53-65)

Jesús acaba siendo víctima de la ceguera humana. Los humanos no somos capaces de soportar tanta luz expresada en medio de nuestras oscuridades. Nos acaba molestando y la desdeñamos. Nos empeñamos en permanecer en nuestras oscuridades aparentemente “provechosas”: seguridades, puestos importantes, privilegios, fama, éxito… Todo eso que Jesús deja de lado, suelta, ofrece para poder ofrecer algo mucho mayor.

Ahora en la cruz, lo que le queda por ofrecer antes de morir es el perdón: “no saben lo que hacen”; en su aparente claridad están ciegos, y la ceguera del prepotente genera muerte a su alrededor.

c) El despojo culminado justo ante quién sólo pretende retener (Jn 18,28-40)

La vida es vida cuando se ofrece. El seguimiento es seguimiento cuando se renuncia a controlar. Quién da vive con mayor plenitud que quien retiene… Todo esto Jesús lo había comunicado apasionadamente, como intuyendo por ahí caminos de comunión. Ahora se encuentra frente a un egoísta que tiene el poder de decidir sobre su vida y que no tiene la más mínima intención de salvársela si eso le acarrea conflictos, amenazas, pérdida de poder. Curiosamente es Jesús quién hace ver a Pilato la fragilidad que hay en su aparente fortaleza de estar en condiciones de decidir. Porque de hecho quién ya ha decidido es Jesús: el gozo verdadero –aunque comporte sufrimiento– está en el ejercicio de una libertad que ha vivido entregada y se entrega hasta el final. Así lo confirma en la cruz: “todo se ha cumplido”

d) La frivolidad que acucia sobre Aquél que se ha tomado su vida en serio (Lc 23,8-12)

Jesús se ha tomado toda su vida muy en serio. La ha tomado del Padre en sus manos. Eso lo ha expresado de modo sublime en la Última Cena: “tomó el pan en sus manos, lo bendijo, dio gracias”. Su vida es una bendición de Dios para los demás. Debe doler mucho cuando uno vive así la vida (desde el agradecimiento y la entrega) toparse ante una persona frívola como Herodes. Se tiene la sensación que quieren jugar con uno, que quieren divertirse a costa de uno, que a uno no se lo toman en serio, que todo parece haber caído en terreno pedregoso. Que su vida ha sido apasionadamente acción de gracias y apasionadamente entrega servicial, es causa que aquí sólo se puede defender callando. La frivolidad es demasiado superficial para entenderlo!

La misma frivolidad que Jesús tendrá que soportar al pie de la cruz cuando exhausto percibe que los soldados se dedican a jugar a los dados para quedarse con su túnica. Nuevamente no queda más que callar y esperar. Tan sólo pide agua. Ante tanta frivolidad la sed de Dios se hace más acuciante, como si se dijese a sí mismo: “me he vaciado del todo para ser colmado del todo por Él”

e) El rechazo de la ingratitud golpea a Aquél que se entregó en sobreabundancia (Jn 19,12-16)

Jesús padeció esa experiencia –a menudo también muy nuestra– de ser olvidado, de dejar de interesar a nadie. La masa popular, indiferente y olvidadiza, ahora que no puede sacar ningún provecho de Jesús, ahora que no les puede ayudar en nada pues le intuyen fracasado, pasa de largo ante Él como si nada. Atrás queda, en el olvido, aquella vida apasionada que se había dejado la piel atendiendo, abrazando, sanando, levantando tantas y tantas vidas del polvo. La ingratitud es muy cruel y más cuando uno anda necesitado de algún gesto amigo de cercanía. Una vez más su apasionamiento ha dado con la otra cara de la moneda: el sufrimiento. Dio en sobreabundancia y recibe mezquindad.

Y se cuestiona: “qué ha pasado Padre?, me habré equivocado?, he hecho mal las cosas?”. Fuera no hay respuesta a estas preguntas; dentro, la apuesta confiada es la manera vital y concreta de afrontar la paradoja: “me siento abandonado pero pongo en tus manos mi vida”… ahora ya del todo y definitivamente.

Para rezar

a) Una primera manera sería volver a releer este texto, quedándose en aquellas expresiones que uno intuye que “le hablan a él”, o bien yendo a las escenas evangélicas referidas y quedarse en alguna de ellas calladamente, expectantemente, “como si presente me hallare”.

b) Una segunda manera sería repetir, a modo de mantra, alguna de las pocas palabras que Jesús pronuncia desde la cruz. Se trataría de escucharlas, acogerlas e incorporarlas a la propia vida en cuanto que la queremos vivir en comunión con Él.

  • «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)
  • «Mujer, aquí tienes a tu hijo. Hijo ahí tienes a tu madre» (Jo 19,26-27)
  • «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)
  • «Tengo sed» (Jo 19,28)
  • «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46)
  • «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lc 23,46)
  • «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30)

[Imagen de Jeff Jacobs en Pixabay]

Reflexiones para Jueves santo

En el inicio del receso de la Semana Santa nos encontramos ante un relato evangélico precioso y único: es el pasaje de la comunidad joánica (Jn 13, 1-20) donde se relata una cena de despedida en que Jesús transmite un mandamiento e instituye un gesto que se convierte en nuclear para la fe cristiana e impulso de vida para las comunidades eclesiales.

Una cena de amigos, discípulos, compañeros de camino: la comunidad plural

Falta poco para la Pascua. Jesús y sus amigos están en Jerusalén y se encuentran para celebrar una cena. Jesús sabe que llega la hora de la despedida, lo percibe en la tensión y los acontecimientos de los últimos días, pero la cena es un momento de recogimiento, un espacio de complicidad y de amor entre los que han compartido camino, reto, cuestionamiento de normas y exclusivismos… Son quienes han seguido Jesús en ruta y con voluntad de apertura de espíritu.

Normalmente, nos imaginamos esta cena en el interior de una casa, pero algunos expertos comentan que bien podría ser que, como muchos de los forasteros llegados a Jerusalén para las fiestas pascuales, se ubicaran en algún lugar de los cerros próximos a la ciudad. Nos podemos imaginar esta cena, pues, en un espacio simple -quizás de alguien que les hubiera dejado un rincón de casa-, o incluso, como una cena al aire libre, en que los personajes conversan, están sentados o se levantan y andan, alrededor de un fuego que han encendido para calentarse. Me gusta pensar en esta idea porque me resuena la provisionalidad del camino de todo el pueblo de Israel hacia la tierra prometida y la tienda del tabernáculo, nómada, dinámica, acompañando el pueblo.

Los discípulos son invitados a una cena donde escuchan que Jesús vuelve a Dios y lo ven hacer el gesto del lavatorio de pies. Cada cual reaccionará de una manera: Pedro, lleno de arrogancia y obtuso de entendimiento; el discípulo amado, con confianza e intimidad con Jesús; Judas con desconfianza y mezquindad… ¿Con qué actitud nos reconocemos ante esta invitación que nos hace Jesús en medio de nuestra cotidianeidad?

Este pasaje evangélico nos dice, ya de entrada: “Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Jesús no rechaza a ninguno de los discípulos, por muy obtusos, inseguros, débiles o solícitos que sean. Vemos, pues, una comunidad plural, de discípulos diferentes, que no piensan ni sienten lo mismo, pero en cambio, todos son acogidos y bienvenidos al fuego y a comer el pan sin levadura. Incluso Judas, de quién Jesús comprende la traición y le pide más adelante que aquello que tenga que hacer lo haga rápido (Jn, 13, 27). Mientras en los evangelios sinópticos, este gesto de donación de amor total queda instituido por la fracción del pan, en este relato se instituye a través del gesto de lavarse los pies los unos a los otros, es decir, a estar dispuestos y dispuestas a amar al prójimo. Aún así, hay que recordar que en el Evangelio de la comunidad joánica, se habla de la multiplicación de los panes y se hace un discurso sobre el Pan de vida comido por la fe (Jn, 6, 35; 6, 51): “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo.”

Ser servidores los unos de los otros: sororidad y fraternidad a causa del amor recibido

En Jn 13, 6-11 se establece el diálogo con Pedro, que no entiende el gesto de Jesús. ¿Qué hace el Maestro, el rabino, ciñéndose la toalla y arrodillándose como los esclavos a los pies de sus amigos, sus iguales? ¿Por qué lo hace? ¿Qué nos quiere transmitir? A todos debía de extrañar aquel gesto transgresor, estrafalario. También hoy nos rebela. Pedro quiere seguir a Jesús, pero recela; las maneras lo sobrepasan. Jesús le pide a Pedro que deje de juzgar; el juicio y el ego obstaculizan el amor. Le dice, por eso, que entenderá después el gesto. Grieta de esperanza.

Siempre pienso que comparar el gesto de amor con convertirse en “esclavo” es una metáfora que nos repugna a quienes ya hemos pasado la era de la modernidad y la posmodernidad. La relación amo-esclavo nos evoca una relación jerárquica, alejada, de poder. Pero, conviene entender la metáfora en el contexto en que está escrita, es decir, que resalta aquella relación de confianza, de atención y dedicación que el esclavo o el sirviente tiene hacia su señor, que es quien le ha dado cobijo, abrigo, resguardo, confianza para que le mantenga la casa y la manutención a cambio de su esfuerzo y su trabajo. Es un sostenimiento mutuo de la vida. Evidentemente, no se trata de sublimar ni el trabajo asalariado ni la carencia de libertad, ni el abuso de poder, pero sí de hacer un ejercicio de ampliar nuestra visión para entender que, en la relación amo-esclavo en la antigüedad, hay una intimidad y servidumbre de amor que no es poder ni abuso, sino complicidad y reciprocidad.

Con el gesto de lavar los pies a los discípulos, Jesús transgrede de nuevo los códigos de honor, privilegio y clase, de la época. Establece el sacramento del servicio recíproco; el sacramento de la responsabilidad mutua, de ser diligente, solícito, amable, respetuoso y servidor del otro; de ser corresponsable de la construcción de la polis y de la ekklesia de iguales; de ser corresponsables del cuidado de la Creación. El reto será encontrar las formas de hacerlo para que el amor no sea egoísta, interesado, obtuso, dependiente o paternalista… Esto nos restaría libertad y restaríamos libertad también al otro.

Con el gesto del lavatorio de pies, Jesús no solo pone el énfasis en la fe, sino en una fe práctica. No lo hace como gesto purificador (“El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio”) le contesta a Pedro, seguramente refiriéndose al bautismo, o a renacer del agua y del espíritu para que creamos, sino que Jesús da testimonio: “Os he dado un ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho ” (Jn, 13, 15). El cristianismo es, pues, ética pràxica del amor, y debe percibirse, debe verse, debe hacerse oír; no solo en nuestras comunidades creyentes, también con otros, para los otros y para nuestro mundo.

La conversión, la confianza y el saber esperar

“Si no te los lavo, no podrás ser de los míos” (13,8), le responde Jesús a Pedro, escandalizado éste del gesto turbador. Jesús habla de compartir su herencia. Nos anticipa, pues, su muerte en cruz, que es a su vez gloria de Dios entre nosotros. Jesús afirma que “ningún sirviente es más que su señor y ningún enviado es más que el que lo envía” (Jn 13, 16)… para que creáis que “Yo soy” (Jn 13, 19, en clara alusión a Isaías 43,10). Creo que resuena el regalo de la posibilidad de encuentro íntimo con Dios que nos ofrecerá el Cristo. Jesús nos confía de nuevo que procede de Dios-Amor a quien está unido íntimamente; desea que seamos “uno” con Él como Él lo es de Abba: “Os aseguro que quien recibe al que yo envío me recibe a mí, y quien me recibe a mí recibe al que me ha enviado” (13,20).

La sororidad y la fraternidad entre nosotros son fruto del amor recibido. La experiencia de acoger al Enviado nos coloca en el espacio de bondad, de belleza y de libertad de Quien Envía. Es un convite de encuentro personal con Jesús, como en el relato de la mujer samaritana, que entiende que Jesús mismo es el agua viva, inagotable, que renueva y energiza de nuevo. Ya no lo es el pozo de Jacob, la tradición; ya no lo es un lugar concreto como el templo, la institución, la norma externa…, no; el ofrecimiento nuevo es un cambio en el interior de uno mismo, de una misma, cuando acontece esta acogida.

Hildegarda de Bingen -monja benedictina del siglo XII- hace referencia a la viriditas como fuerza de vida comunicada por Dios y que subyace en todo aquello que vive. La viriditas es un estallido. Es una fuerza dinámica que nos lleva al movimiento de abundancia, de sorpresa continua, de posibilidad de cambio. De esta palabra derivan nuestros “verde”, “verdor”. El verde primaveral es viriditas, símbolo de renacimiento de aquello que durante el invierno ha quedado yermo, frío y escondido bajo la tierra. La mujer samaritana experimenta la viriditas después del diálogo con Jesús y se siente “enviada”.

Este versículo del evangelio de Juan es también una anticipación de la acción misionera de los discípulos y de cómo entender la hospitalidad cristiana. La traición de Judas es ejemplo para advertirnos de no abusar de la hospitalidad y la acogida ofrecida, sino de responder con humildad y espíritu de servicio responsable. Nos encontramos, como el discípulo amado –inevitable vínculo y complicidad con los lectores y oyentes de la Palabra para que continuemos haciendo el ejercicio de ensanchar el corazón, los oídos, afinar el olfato y la visión para que podamos oler el bálsamo, percibir el aire suave que sintió Elías, para querer ascender por la escalera de Jacob hacia un Amor mayor-, en el regazo de Dios, reclinados en su pecho, en su vientre, en el útero materno, para renacer del agua y del Espíritu. El jueves santo es un canto al amor materno de Dios que nos mece en su interior, y es desde allí, que podemos ser, podemos andar, podemos crecer en amor y libertad, podemos ser y construir ekklesia.

En palabras de Hildegarda, “comer y beber la sangre del Hijo borra la culpa y así podremos ser restituidos a la justa herencia”. Herencia que es este Amor que nos hace libres y nos permite amar a los demás, a pesar de nuestros desencuentros, fallos, desazones y penas. La salvación de Cristo no opera solo en la Iglesia, pero la Iglesia es heredera, también -cuando actúa en línea de este anuncio de diakonia que es respetuoso, caritativo y humilde con todas las personas- de esta “fuerza de la Pasión del Hijo de Dios que se esparce con ardor y se eleva a los misterios celestes”.

A Jacob (Gn 28, 11-15), -que tampoco era un ejemplo de honestidad y rectitud, porque había engañado a su padre pasando por delante de su hermano mayor Esaú-, Dios le promete en el sueño: “A ti y a tus descendientes os daré la tierra donde estás acostado […]. Yo estoy contigo: te cuidaré por dondequiera que vayas y te haré volver a esta tierra. No te abandonaré sin cumplir lo que te he prometido.”

El retorno es perdón, es curación, es renovación de la alianza y la tierra prometida. Jesús es hoy, jueves santo, el Betel, la casa ungida de Dios, la puerta por donde accedemos al Amor (Dan 7, 13; Mt 26, 64; Jn 1, 14; Jn 10, 1-7). Jesús es la escalera que une cielo y tierra, es la presencia de Dios en nuestro aquí y ahora, en nuestro contexto. Ojalá el Espíritu de sabiduría nos guíe para poder decidir qué tengo que hacer, cómo lo debo hacer y con qué ánimo lo puedo vivir, inspirados por quien nos es Luz y completud.

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Lecturas e imágenes para complementar la reflexión o ayudar en la meditación

Lecturas:

– Antoni Pou i Muntaner, El discípulo amado. Identidad y credibilidad del testimonio cristiano desde una hermenèutica psicológico-simbólica; Pub. Abadia de Montserrat, 2011.

– Josep Maria Rovira Belloso, Qui és Jesús de Natzaret; Barcelona: Ed.62, 2005

– Sjef Van Tilborg,  Comentario al Evangelio de Juan; Navarra: Verbo divino, 2005.

– Hildegarda de Bingen a Scivias: Conoce los caminos; Madrid: Trotta, 1999.

Pinturas:

– L’escala de Jacob, de Marc Chagall

– L’escala de l’enteniment, de Ramon Llull

L’escala de Ramon Llull, per Josep Maria Subirachs

Imatge de la trinitat, Hildegarda de Bingen

El Crist groc, de Gauguin

El Cristo “radice” o de la Vucciria, de Miquel Barceló

 

[No. 29 Scenes from the Life of Christ – 13. Last Supper, de Giotto di Bondone. Extraída de Wikimedia Commons]

Lo que la memoria oculta: las otras víctimas del franquismo

Hablar de memoria democrática en España, es poner sobre la mesa uno de los asuntos más polémicos y no resueltos de la actualidad. No estamos hablando de hechos pasados, sino de víctimas, cuya dignidad no ha sido restituida. Desde este enfoque, es imposible buscar argumentos ideológicos que intenten soterrar el problema de la desmemoria en España. Es una cuestión de justicia que viene reclamando parte de la ciudadanía y las Naciones Unidas a través de sus mecanismos de derechos humanos.

En los últimos meses, tenemos algunas noticias positivas en este sentido como un nuevo anteproyecto de Ley de Memoria Histórica y Democrática; la fiscal general del Estado, Dolores Delgado, ha dejado sin efecto una orden del Ministerio Público del año 2016 para que, en el marco de la querella argentina por crímenes del franquismo se dejase de investigar bajo el principio de justicia universal; o las declaraciones del Secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez sobre el juzgamiento de los crímenes franquistas siguiendo las recomendaciones de la ONU y admitiendo que la Ley de Amnistía de 1977 (artículo 1c) no incluía delitos como la tortura.

Hasta este momento los argumentos políticos y jurídicos apuntaban justamente lo contrario: la impunidad, lo que demuestra que es una cuestión de voluntad por parte del Estado a la hora de aplicar la justicia en base al principio pro personae, es decir las personas primero y en el centro, para reparar la dignidad dañada.

El nuevo anteproyecto de ley avanza sobre las exhumaciones, la lucha contra la apología y asociacionismo franquista, la investigación fiscal y científica, la nulidad de sentencias franquistas y el reconocimiento específico de algunas víctimas, como aquellas perseguidas por su orientación sexual e identidad de género. También privilegia la investigación sobre la memoria democrática de las mujeres, como acción concreta de género, aunque se reconoce el carácter transversal en toda la ley en forma de reconocimiento y reparación. Esto es un gran logro y supone un avance respecto a la anterior Ley 52/2007 de “Memoria Histórica”. Lo que parece omitir de nuevo la ley es a las víctimas del franquismo por su orientación sexual e identidad de género, que se queda en un mero reconocimiento.

El feminismo jurídico y las movilizaciones internacionales por los derechos de las mujeres y la diversidad afectivo-sexual han producido aportes que han ido generando cambios. De no mencionar a estas víctimas, a reconocerlas ya es algo. Estas nuevas visiones critican la invisibilización de las mujeres y de las personas que no participan de la sexualidad normativa en el proyecto de derechos humanos y de ciudadanía.

Se puede decir que se obvia la especial violencia sufrida por la diversidad afectivo-sexual durante el franquismo. El régimen se cebó en la discriminación y criminalización de las sexualidades no normativas, desplegando un sistema jurídico represor y una serie de violencias para disciplinar e imponer un modelo de sociedad basado en el terror. Hubo nada menos que dos leyes persecutorias contra las personas LGTBIQ+ junto con el delito de escándalo público y todo un aparato carcelario, campos de concentración y sanatorios.

Superados el régimen y durante procesos de memoria democrática y justicia transicional, la LGTBIQfobia sigue con distinta intensidad, quedando las sexualidades no normativas deficientemente reparadas y en impunidad. Si ha habido una violencia diferencial por razones de diversidad afectivo-sexual, se espera una reparación proporcional. Pero nos encontramos un tratamiento incompleto o nulo en el plano jurídico y político que confinan a estas víctimas a seguir siendo consideradas como ciudadanía de segundo nivel, desde el punto de vista memorialístico.

Para abordar correctamente esta problemática, hay que reconocer a estas víctimas y supervivientes y apostar por una redistribución y una representación reflejadas en un presupuesto y en medidas concretas y transversales que se deberían contemplar en la ley y en su reglamentación, siguiendo estos cuatro derechos:

Derecho a la verdad: obligación de revelar a las víctimas y la sociedad todo lo que pueda saberse con certeza sobre las circunstancias del crimen, incluyendo la identidad de los perpetradores e instigadores y el paradero de víctimas desaparecidas. Implica el reconocimiento de las víctimas y unos hechos y representación equitativa de los colectivos implicados. Crear una Comisión de Verdad paritaria, con diversidad cultural, intergeneracional, participada por personas LGTBIQ+, con una metodología feminista y con la participación de organizaciones LGTBIQ+ que aporten testimonios. En este sentido es necesario habilitar un habeas data que genere un acceso un universal a los archivos y la inclusión y creación de un archivo de la diversidad afectivo-sexual, en el marco del archivo estatal de memoria histórica.

Derecho a la justicia: en relación con el deber del Estado de investigar, perseguir y castigar. Creación de una línea de investigación específica dentro de la fiscalía sobre los crímenes y la represión hacia la diversidad afectivo-sexual. También, el desarrollo de una querella específica sobre la represión de las personas LGTBIQ+ durante el franquismo, en el marco de la querella argentina.

Derecho a la reparación: el Estado está obligado a ofrecer a las víctimas o sus familiares algún tipo de compensación económica, restitución de propiedades, memoriales públicos, arte y memoria, conmemoraciones o material educativo con carácter inmediato. Esta dimensión pasa por la restitución económica, indemnización y pensiones vitalicias o complementos a las pensiones de personas ex-presas por su orientación sexual e identidad de género y sus familiares, que no sólo no pudieron cotizar durante su periodo presidiario sino que tuvieron una difícil reinserción social y laboral. Ya hubo un paquete de compensaciones económicas, como única compensación que ha habido hacia el colectivo LGTBIQ+, pero muy limitado en el tiempo y con escasa publicidad. También la instauración de una cultura artística y audiovisual de la memoria diversa que, frente a la desaparición de cuerpo apueste por un habeas imago: memoriales y lugares de memoria específicos o contemplar este tipo de represión en las subvenciones públicas que emanen de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. También incentivando investigaciones académicas sobre los crímenes y la represión hacia la diversidad afectivo-sexual.

Garantías de no repetición: el Estado debe prevenir ante las víctimas y la sociedad la reaparición de los crímenes del pasado. Quizá la cuestión más avanzada en España, aunque sin conexión con la memoria criminalizada de las personas LGTBIQ+. Integrar en la organización del Estado institutos públicos con planes y presupuesto específicos que, alineados con un plan estatal en derechos humanos, luchen contra las violencias y discriminación hacia las personas LGTBIQ+ en base a la memoria. Incluir programas de educación específicos que eliminen la “virilización”, misoginia, homofobia y transfobia internas. Reformas legales que eliminen leyes y condenas relativas a la diversidad afectivo-sexual, así como la promoción de nuevas leyes que penen la homofobia y transfobia. Formación a las fuerzas de seguridad y defensa. Finalmente hay que mencionar el entorno educativo y cultural, fundamental para que, en el medio y largo plazo, mediante currículos académicos adecuados y el fomento cultural, las personas LGTBIQ+ se integren plenamente en una sociedad. El Estado que un día les consideró prescindibles ahora debe incluirles como valor democrático.

Ahora más que nunca, el cuestionamiento, simplificación y merma democráticos demuestran que es necesaria la memoria democrática, no como algo anacrónico que vive en el pasado, sino como una inyección de vitalidad para el presente. Y en todo ello se debe visibilizar a las personas LGTBIQ+.

[Fotografía del archivo de la FELGTB extraída de The Objective]