Un científico enojado

Un científico enojado

Tere IribarrenDesmurget, director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia, basándose en un corpus de investigaciones fuera de toda sospecha nos advierte: “Cuanto más invierten los países en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) aplicadas a la educación, más baja el rendimiento de los estudiantes. Cuanto más tiempo pasan los alumnos con estas tecnologías, más empeoran sus calificaciones”.

Y creo que quedan en el baúl de los recuerdos objetivos tan concretos como mejorar la capacidad de leer, comprender, y sintetizar la información. En mi larga vida de educadora era difícil que  en un texto de filosofía sintetizasen qué es lo que decía el texto… Recuerdo una fórmula mágica que muchos alumnos aplicaban: L2 SER (Lectura rápida, Lectura lenta, Subrayar lo importante, Esquematizar y Recordar).

Leo del autor, en el  libro La fábrica de cretinos digitales, que dice:

“Todo lo que hacemos cambia la estructura y función de nuestro cerebro. En respuesta al uso de pantallas, ciertas regiones relacionadas con el procesamiento de señales visuales se espesan; a la inversa, las redes lingüísticas experimentan retrasos en la maduración.

El tiempo de recreación frente a la pantalla (fuera de la escuela y las tareas) para las nuevas generaciones es extravagante. Son casi 3 horas diarias para los niños de 2 años, casi 5 horas para los escolares de 8 años y más de 7 horas para los adolescentes. Esto significa que entre los 2 y los 18 años, que es el período más crucial de desarrollo, dedican a estas prácticas el equivalente a 30 años escolares”.

Y por esto me siento llamada con este escrito a aumentar  el enojo de un gran científico, porque creo que la relación entre maestros y alumnos es indispensable. Estos últimos -y cuanto más pequeños, más- necesitan palabras, sonrisas, abrazos. Necesitan soñar, jugar, imaginar, correr, tocar, manipular, cansarse y hasta aburrirse. Y los mayores recibir ánimo, acoger, afianzar y valorar el esfuerzo. Todos estos valores no los da la pantalla. La pantalla como único medio de aprendizaje es una corriente de hielo que congela el desarrollo.

Hemos pasado un tiempo de pandemia y es emocionante el precio que han pagado los educadores, la infinita creatividad y abnegación que han desarrollado.

Es claro que la tecnología digital es un instrumento muy importante, pero no ha habido tiempo necesario para hacer buen uso y sería deseable que se dijera con claridad dónde estamos y a dónde vamos, y no vender esta nueva técnica muy necesaria e importante como el progreso educativo.

Imagen de StockSnap en Pixabay