Hagámonos preguntas acertadas en momentos inciertos

Hagámonos preguntas acertadas en momentos inciertos

Núria Romay. «Si no tuvieras miedo, ¿qué harías?». No recuerdo bien en qué fase pandémica, de entre todas las fases que vamos transitando ya hace más de medio año, me crucé con esta pregunta. Me la lanzó de forma directa, pero con delicadeza, un amigo. De esos que saben cómo y cuándo conviene activar el material sensible. Al otro lado del metro y medio, me encontraba sentada y sin saber qué hacer con aquel interrogante que parecía como si estuviera envuelto en papel de regalo. Papel reciclado de la última Navidad, claro, de cuando nos habíamos habituado al privilegio de dar y recibir un abrazo y de cuando la organización para asistir a la Cabalgata era de lo más sencillo que teníamos.

Con la llegada de la enfermedad, la muerte y la soledad en el pan de cada día de numerosas conversaciones de terrazas europeas, el miedo se me vuelve a presentar. Se presenta, pero no sería necesario: ya lo conozco. Me vuelve estática. Lleva una membrana pegajosa y opaca bajo el brazo, que no me deja ver claro. Es como si pesara toneladas y más toneladas y me impidiera mover ficha cuando se trata de tomar según qué decisiones (como: decidir decidir). El miedo hace que, si lo pongo sobre una balanza, prevalezca la comodidad sobre la valentía. Y con esta inmovilidad miedosa instalada bajo la piel, lo sé, no hay quien se renueve, no hay quien ventile las estancias que han quedado cerradas y me huelen a podrido, a pasado, a ya-no. Algo me dice que el miedo y la creatividad, si se encontraran de frente, no serían íntimos. Porque el primero podría llegar a ser un comodín fácil, una autojustificación, la excusa de la excusa perfecta, un argumento (demasiado) bien elaborado que me sale cuando se trata de soltar espacios de confort y de ofrecerme al día sin reservas.

Y ahora que la vida hace un tiempo que nos pone al límite, puede que no sea momento para medias tintas.

«Si no tuvieras miedo, di, ¿qué harías?». Era este, el epicentro de un movimiento soterrado dentro de mí. Las amistades-templo ya tienen eso de hacernos tambalear de vez en cuando. Nos incomodan, pero a la larga, tal vez, se lo agradecemos. La respuesta salió en forma de impulso y, al instante, me arraigaba. «¿Qué haría, dices? Crecer en coraje y amar».

Esta lucha contra el virus se está llevando muchas historias humanas: de hogares que antes tenían economías bastante estables, de celebraciones familiares, de enfermedades minoritarias en proceso de ser investigadas y de normalidades deseadas. Y está pasando como con la marcha atrás de la ola de un tsunami, que después de un silencio: vuelve. Y vuelve con más potencia, con más destrozos, con más pobreza, con más precariedad, con más ansia de propiedad. No me adentraré hoy en temas que analizarán mejor las personas expertas en economía, política, salud pública (pública…), ecología y crisis de todo tipo. Solo compartiré de forma fraterna (¡que esto todavía es posible!) y sencilla, como si ahora fuera yo misma aquella amistad que supo moverme y modelar. Y envolveré, también con papel de regalo sobrante de alguna fiesta pasada, tres interrogantes que ya hace unos añitos que me dan vueltas, que van y vienen, que entran y salen y aparecen de lugares que ni lo diríais. Y es que cada vez que estos vuelven, en lugar de destruir, construyen. Construyen afirmaciones que no dejan indiferente. Construyen, especialmente, en etapas de pérdida de norte, de incertidumbre, cuando conviene formular preguntas acertadas que enfoquen al blanco de la diana. Construyen porque pueden ser enemigas del miedo. Construyen cuando el propio sistema me dice que necesita hacer un reset y, al dejar el tiempo y el espacio para resetearlo, cuestionan: «¿Quién eres? ¿Tienes ganas de vivir? ¿Amas?».

Imagen de Anemone123 en Pixabay