¿Por qué las mujeres no? Conversación sobre el futuro del diaconado femenino

¿Por qué las mujeres no? Conversación sobre el futuro del diaconado femenino

Xavier AlonsoEn Bruselas hemos conversado con el jesuita belga Bernard Pottier. Nuestra conversación giró en torno al diaconado femenino. ¿Va la Iglesia católica a restaurar el diaconado de las mujeres? ¿Qué impide a la Iglesia incluir a las mujeres entre los diáconos permanentes, precisamente como sucedía en la Iglesia primitiva? [i] El 2 de agosto de 2016 el papa Francisco creó la Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino.

Bernard Pottier, sj, ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional de 2014 a 2019 y de la Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino de 2016 a 2018. Actualmente es director del Forum Saint-Michel en Bruselas.[ii]

– La ordenación es el sacramento reservado al clero (obispos, presbíteros y diáconos) para conferir un poder conectado a la administración de los sacramentos… El debate está ahí: lo mismo que se ordenan hombres diáconos, ¿se podrían volver a ordenar mujeres diaconisas?

– Sí… Pero hablar en primer lugar de poder y en relación a los sacramentos hace un poco estrecha la definición del diaconado. Para mí, tanto el diácono, el sacerdote y el obispo no son en primer lugar un poder; son primero un servicio, son primero un ministerio, un trabajo de animación de la comunidad, y profético, litúrgico, y es también una organización.

Se dice que hay tres munera, tres cargos o servicios públicos, para todos los cristianos, desde el bautismo. El cristiano es sacerdote, es profeta y es rey. Ser rey quiere decir organizar la iglesia. El profeta es alguien que habla en nombre de Dios para sacudir un poco a la gente y avanzar en una mejor dirección. Y sacerdote…, todos somos sacerdotes, es consagrar el mundo, consagrar el nacimiento, la comunidad, hacer sagrado todo. Para mí, un diácono es un profeta que habla a partir de la Biblia; y es también un rey, porque organiza. La paradoja de la Iglesia es que el rey es al mismo tiempo un servidor.

La vida cristiana es más que los sacramentos. Hay que ubicarla en un horizonte más amplio. A menudo nos preguntan, “¿qué puede hacer un diácono?, ¿cuál es su poder?” Pero esta es una perspectiva negativa: el obispo lo puede hacer todo, el sacerdote puede hacer menos, y el diácono aún menos. Para mí es una visión un poco restrictiva. Es verdad que la ordenación da el poder de administrar los sacramentos, y el diácono no puede presidir la eucaristía y sí, en cambio, puede bautizar; pero, estrictamente, todos los cristianos pueden bautizar. En caso de urgencia, cualquier cristiano puede. Y puede oficiar matrimonios.

– ¿El diácono también puede casar?

– Sí… Pero casar es asistir al casamiento de la pareja que se casa, en la teología católica los cónyuges son los que hacen el sacramento.

– ¿Tiene que ver el debate, hoy tan fuerte, de la igualdad de género y del feminismo, con el del aumento de la presencia de la mujer en la Iglesia? ¿Tiene algo que ver en la conciencia de la mujer, al querer igualdad con el hombre, también en la Iglesia?

– Sí, es un movimiento general de la humanidad, aunque no un movimiento secular únicamente, porque la igualdad de las personas viene también del Evangelio. San Pablo dice “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ya que todos vosotros sois uno en Cristo” (Ga 3, 28). Pero la Iglesia ha pasado, a lo largo de los siglos, un poco en contra de esa igualdad… Actualmente hay una presión del feminismo secular, y la Iglesia siempre va un poco atrasada, siempre más tradicional, y debe reflexionar sobre ello. Me parece urgente. La sociedad se organiza siempre de manera mixta. Antes las mujeres valían menos porque la fuerza física era necesaria en todas partes. Ahora son las máquinas las que tienen la fuerza física. Tú, hoy, como hombre apenas necesitas tu fuerza física. Ahora, ya con las máquinas, para siempre hombres y mujeres son iguales, y así se revelan mejor las cualidades diferentes. Ya no hay razones para excluir a las mujeres.

– Hay evidencias de que en los primeros siglos del cristianismo existieron diaconisas. Pero después la Iglesia católica ha estado en contra.

– Hasta el Concilio Vaticano II no se podía consagrar a un diácono sin la certeza de que después sería ordenado sacerdote. El diácono era el futuro sacerdote. En cambio, ahora hay tres posibilidades: el que va ser sacerdote, el casado y el soltero. El soltero puede ser diácono a partir de los 25 años y no se podrá casar, o puede ser un casado pero acceder al diaconado después de unos años de matrimonio y con un mínimo de 35 años de edad. Los tradicionalistas, que no conocen la Tradición, piensan que ésta empieza con la Reforma gregoriana del siglo XI. No conocen la Tradición anterior, donde había diáconos casados. El Vaticano II instituye el diaconado de los casados, pero no era una novedad. De hecho, recuperó una tradición muy antigua.

Pero después se pensó: si esa novedad era retomar una cosa muy antigua, ¿por qué no retomar también otra cosa muy antigua, las mujeres diaconisas? Las diaconisas existieron realmente, en Oriente y en Occidente. Tenían que ser vírgenes y solteras, o viudas después de un matrimonio, no de dos.

– El papa es un hombre abierto que ha aportado muchas novedades. Aparte del talante, novedades en el lenguaje, el atreverse a hablar de una forma muy directa de la homosexualidad, la inmigración, la naturaleza, etc. En cuanto a las mujeres, yo entiendo que busca “mover” las cosas hacia adelante, aunque de momento no tome grandes decisiones. Es como su método de trabajo. En la exhortación Evangelii Gaudium afirma que “el tiempo es superior al espacio”, un principio que “permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos” (cap. IV, III, 223). Pero, por mucho que mueva las cosas hacia adelante, en algunos casos tendrá que decidir. No todo es abrir procesos, porque también de vez en cuando hay que tomar decisiones de cambio. ¿Qué hay de la Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino que creó hace casi cuatro años?

– A partir del nuevo diaconado masculino, los obispos alemanes, en los años 70, y un poco más tarde los americanos se preguntaron por qué no se abría la posibilidad a las mujeres. Algunos grandes teólogos dijeron, “dogmáticamente no hay problema, porque ya ha existido; es un problema de disciplina, de organización de la Iglesia”. Al querer responder a esta pregunta, el papa Juan Pablo II respondió a otra: “No, no se pueden ordenar mujeres sacerdotisas”.

– ¿Los obispos planteaban diaconado o sacerdocio?

– Planteaban el diaconado, pero la respuesta fue diferente, es curioso. Era como decir que la otra pregunta quedaba abierta. Los obispos alemanes y americanos le plantearon la pregunta del diaconado femenino dos veces, y las dos veces Juan Pablo II contestó sin contestar. Su respuesta negativa al sacerdocio femenino no era un no al diaconado femenino. Años más tarde, el papa Francisco dijo, ¿por qué no abrir de nuevo la cuestión de las diaconisas? No hizo más que retomar una cuestión de hacía 30 o 40 años. Es verdad que al papa le gusta poner en marcha procesos y sin la intención de llegar rápido a una decisión, porque piensa que primero las mentalidades tienen que cambiar, evolucionar un poco, y decidir ahora que haya mujeres diáconas quizás provocaría un cisma, una catástrofe en la Iglesia, porque hay demasiada gente en contra.

Pero las mentalidades van cambiando. En la Comisión Pontificia no hemos hecho descubrimientos extraordinarios, los eruditos ya sabían mucho del tema. Pero es la primera vez en la historia de la Iglesia que el Vaticano crea una comisión con paridad perfecta, fifty-fifty hombres-mujeres, varias de ellas además laicas. Hemos trabajado dos años… y veo que incluso las personas en un principio opuestas han evolucionado. Como en el Sínodo de la Amazonía, al principio se decía “la mayoría de los obispos se opondrán”, pero acabó siendo una mayoría más pequeña.

La Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino funcionó de 2016 a 2018 y estuvo formada por doce miembros: la religiosa Núria Calduch Benages, de la Pontificia Comisión Bíblica; Francesca Cocchini, profesora de la Universidad La Sapienza de Roma y del Instituto Patrístico Augustinianum ; el sacerdote y teólogo Piero Coda, de la Comisión Teológica Internacional; el sacerdote agustino y profesor Robert J. Dodaro, presidente del Instituto Patrístico Augustinianum; el jesuita Santiago Madrigal, profesor de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid; la religiosa Mary Melone, ex rectora de la Pontificia Universidad Antonianum de Roma; el profesor emérito de la Universidad de Bonn, Karl-Heinz Menke; el profesor de la Pontificia Universidad Salesiana de Roma, Aimable Musoni; el jesuita Bernard Pottier; la profesora Marianne Schlosser, de la Universidad de Viena; la teóloga Michelina Tenace, de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma; y la escritora y profesora de investigación Phyllis Zagano en la Universidad Hofstra de Nueva York. El calendario de sus reuniones en el Vaticano fue:

  • 25 y 26 de noviembre de 2016
  • 10 y 11 de marzo de 2017
  • 15 y 16 de septiembre de 2017
  • 22 y 23 de junio de 2018

 

– ¿Cuál era el objetivo de la Comisión?

– El papa quería conocer el fundamento, la historia de la existencia del diaconado de las mujeres durante los primeros siglos de cristianismo, las funciones que tenían, cómo se las consagraba. Con la evidencia de que en el pasado no se había estado en contra, pues durante siglos las hubo, aunque no en todo tiempo y lugar, y no siempre numerosas. Para muchos, y para mí también, la Tradición es importante, no podemos innovar completamente, a partir de la nada. Podemos innovar, como con los diáconos masculinos, a partir de una tradición, transformándola un poco, adaptándola a la situación de hoy; pero no podemos hacer una cosa que Cristo y los apóstoles no quisieron hacer, eso no lo podemos hacer.

En san Pablo, y concretamente en 1 Tm 3,11 y en Rm 16, 1-2 encontramos las referencias más antiguas sobre la presencia de las mujeres en la formación de las estructuras de los ministerios de las primeres comunidades. En Rm 16, 1-2 aparece Febes, una mujer específicamente mencionada como diaconisa. Diversas fuentes históricas acreditan la existencia de diaconisas entre los siglos I y VII. En la Iglesia Católica, el debate contemporáneo sobre la recuperación del diaconado femenino arrancaría durante el Concilio Vaticano II (Simonelli y Scimmi, 2019, 27 y ss., 61 y ss.).

 

– ¿Qué ha pasado con la Comisión?

– No puedo explicar lo que hicimos, pero sí puedo decir que trabajamos para dejar establecidos unos hechos y un informe, que fue entregado al Santo Padre en junio de 2018. Desde entonces el papa no nos ha dicho nada más, aunque sí nos envió una carta de agradecimiento. Después el papa dijo públicamente que estaba un poco decepcionado de la Comisión, porque los que la formábamos no estábamos de acuerdo entre nosotros, cada uno con su pequeña teoría… Y es verdad que fue así, porque la Comisión estaba compuesta de doce personas muy diferentes y de opiniones un poco opuestas, pero pienso que era la voluntad del Santo Padre no tener a personas todas en una misma dirección; había de todo, de derecha, de izquierda, progresistas, tradicionalistas, una mezcla difícil de gestionar; y finalmente la relatoría resultó un poco pobre.

– ¿Y ahora qué va a pasar?

– No lo sabemos, yo no he recibido ninguna noticia. En diciembre de 2018 la revista Vida Nueva publicó que nuestro texto estaba en manos del papa.

Si la Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino concluyó sus trabajos en junio de 2018, el documento final del Sínodo de la Amazonía, publicado el 26 de octubre de 2019, se refirió al diaconado femenino en su párrafo 103. En la posterior Exhortación apostólica postsinodal, Querida Amazonía, el papa Francisco menciona el diaconado, sin referirlo a hombres ni mujeres (párrafo 92). Después de cerrada esta entrevista supimos que el papa ha decidido la creación de una segunda Comisión Pontificia sobre el Diaconado Femenino (abril de 2020).

 

– ¿Cree que puede haber, como en otros asuntos complejos, un problema de bloqueo político de algún sector de la Iglesia? Más allá de divergencias técnicas, teológicas, de cómo entendemos el Evangelio, la Tradición… ¿no será que lo que más condiciona la recuperación del diaconado femenino es una cultura patriarcal en la Iglesia católica? ¿Una cuestión de predominio de los hombres? ¿El poder en la Iglesia es de los hombres?

– Claro, claro. Se trata de tensiones ideológicas, pero muy enraizadas en la mentalidad de la gente, que piensa que “es así”. La gente que no quiere cambiar una cosa no piensa que es porque “yo estoy fosilizado” sino que piensa que “porque es así”, que “nadie puede afirmar lo contrario”, que “esto es así porque sí”, y no porque yo no quiero abrirme a otra cosa…

En la Iglesia, el poder sacerdotal, jerárquico, es enorme en estas cuestiones. El diácono es parte del clero, y no tiene mucha importancia dentro de éste; pero solamente el clero decide en la Iglesia, organiza la Iglesia. El pueblo de Dios puede hacer cosas, tener iniciativas, etc., pero en la Iglesia católica el poder es el poder del clero. Es así también en las otras confesiones. Dejar entrar a las mujeres en el clero quiere decir abrir la posibilidad de un poder no solamente sobre los sacramentos sino en general, en la mentalidad, la moral; y hay muchos que piensan que es imposible, pero para mí es un prejuicio.

– ¿Cree que el papa también lo ve así?

– Creo que sí, pero él tiene que respetar a todos porque es el jefe, y el jefe no puede trabajar contra una parte del pueblo de Dios, tiene que trabajar para todos.

– Pero tiene que tomar decisiones también, aunque quizás le causen una lucha interna.

– Sí, pero no puede quebrar la Iglesia; es un hombre muy inteligente que está avanzando, pero no puede hacerlo muy rápido, avanza despacio, esperando que las mentalidades cambien.

– En estos siete años de papado, ¿ha habido algún asunto crucial en el que además de haber abierto procesos, ya se hayan tomado decisiones concretas de cambio?

– Yo no haría una oposición tan tajante entre lanzar procesos y tomar decisiones. Para mí, lanzar un cierto proceso, como el papa hace, ya es tomar una decisión, ya es un desafío a la gente, es decirles “yo hago una comisión sobre esto”; incluso antes de la decisión eso ya cambia la imagen de la Iglesia. Y sí que se han tomado decisiones, por ejemplo en los requisitos para reconocer la nulidad de los matrimonios, pero la mayoría no lo sabe porque es una cuestión un poco técnica. Y ha tomado algunas decisiones sobre la curia.

Hay decisiones importantes que son simbólicas, como quedarse a vivir en la Casa de Santa Marta en lugar de en el Palacio Apostólico. Cuando voy a Roma estoy en el mismo comedor que el papa, lo veo a diez metros, y no es que vayamos todos a hablar con él sino que él pasa y dice “buenos días”. Son decisiones simbólicas pero que cambian la imagen de la Iglesia.

Tomar decisiones en siete años es difícil, pero pienso que ha cambiado la imagen de la Iglesia de mucha gente, ha abierto temas sobre la moral sexual, la familia, el énfasis sobre la Iglesia de los pobres, etc. Todas son grandes decisiones, pero no parecen decisiones de autoridad, del tipo “¡ahora la regla es diferente!”, sino que introduce flexibilidad en muchos procesos de la Iglesia. Y ha introducido una contestación a sus mecanismos machistas y clericalistas. Para mí son grandes decisiones. Una cosa que es difícil para el papa es la presencia del papa anterior, es muy difícil para él.

– La presencia de las mujeres en las estructuras de gobierno vaticano aumenta, es algo quizás sociológico, un incremento normal en paralelo a lo que pasa en el resto de la sociedad. Que haya más mujeres en la Iglesia, ¿significaría una aportación distinta, más allá de la igualdad de roles?

– Sí, sí, claro. De nuevo, en el pasado las diaconisas no hacían lo mismo que los diáconos, había alguna diferencia, era una cosa buena porque significaba que se tomaba en cuenta la diferencia mujer-hombre. La igualdad es una base, después tenemos que ir más allá.

A partir de una igualdad de dignidad hay grandes diferencias, y tenemos que cultivarlas hacia una complementariedad, pero una complementariedad que no sea “lo que hago yo tú no lo puedes hacer, y lo que haces tú yo no lo puedo hacer, y entonces tenemos que trabajar juntos porque cada uno hace lo que es capaz de hacer mejor”, etc.”; no, para mí hay muchas cosas que mujeres y hombres pueden hacer por igual tan bien las unas como los otros. Es una dialéctica que consiste en que cuando los hombres trabajan juntos lo hacen de una manera, y cuando las mujeres trabajan juntas lo hacen de otra, pero cuando se hace un equipo mixto la dinámica cambia completamente, cada uno aprovecha las ideas y las maneras de trabajar del otro; y no para apagar mi identidad sino para favorecer el despertar de mi profunda masculinidad frente a una mujer cuando trabajo con mujeres. Soy más hombre, y doy ocasión a la mujer de ser más mujer. Juntos. Una dialéctica totalmente nueva que no es mía ni de ella, sino que es de nosotros. Es así en la vida de una pareja, pero no todavía en el trabajo de la Iglesia. Cuando se trabaja juntos se desencadena un dinamismo enorme que hace maravillas.

– ¿Algún ejemplo?

– En la sociedad aún no estamos en este estado de dialéctica de promoción mutua; el feminismo ha cambiado muchas cosas, de acuerdo, pero ha desequilibrado el papel del hombre. Antes sabíamos quiénes éramos, los hombres. ¿Sabemos ahora cuál es nuestra singularidad? Para mí, por ejemplo, la homosexualidad ha explotado precisamente por esta búsqueda de nuestra singularidad. Hay muchas cosas que aún están en proceso, que la sociedad debe descubrir. Por ejemplo, en la literatura de hace 50 años el 95% de los libros estaban escritos por hombres, y ahora es más o menos el 50%. Nosotros organizamos seminarios, y cuando damos a los alumnos un texto escrito por una mujer, después de diez líneas ya saben cuándo es un texto de un hombre o de una mujer.

En la psicología se puede hace un trabajo en común maravilloso. Yo soy psicólogo también. Junto con Dominique Struyf, que es una psicoterapeuta y psiquiatra infantil, escribimos un libro [iii] que creo que es un ejemplo de dinámica de trabajo en común. Cada uno escribía, el otro leía, corregía, comentaba, hacía preguntas, etc., después teníamos que rehacer cada uno su propio texto, y así. Es un libro donde ha habido un gran diálogo detrás. Muchos lectores nos han dicho que se percibe perfectamente. Que no son “dos”, porque hay muchos libros escritos por un hombre y una mujer que son dos líneas paralelas.

En la sociedad, y más aún en la Iglesia, falta todavía este aprendizaje de la dialéctica del trabajo en común. Creo que la pastoral, los sacramentos, la moral, el signo de la teología, la espiritualidad, todo puede cambiar mucho, no porque las mujeres vengan con otras ideas, sino porque vamos a poner nuestras ideas juntos. Creo también que la explosión de casos de abusos sexuales y psicológicos, etc., hubiera sido muy diferente si hubiera habido clero femenino dentro, hubiera sido muy difícil de aceptar con mujeres metidas en la sacristía. Solo la presencia de la mujer puede evitar esas cosas, desactivar gestos, reflejos. Por el hecho de ser mujer no va a aceptar que otras mujeres, o los niños, sean víctimas, pienso.

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[i] Estos interrogantes, incluido el que da título a la entrevista, pertenecen a ¿Mujeres diácono? El futuro en juego, Cristina Simonelli y Moira Scimmi (2019), Madrid: San Pablo. Se ha utilizado también información de La Vanguardia del 25 de noviembre de 2016 y del artículo “Experiences as a Member of the Pontifical Commission. The Work executed by the Commission”, de Bernard Pottier, sj, en Unlocking the future. Women and the Diaconate, Hildegard Warnink (ed.) (2020), Leuven: Peeters.

[ii] Agradezco a Marta Isabel González Álvarez la revisión de esta entrevista y sus comentarios y aportaciones.

[iii] Psychologie et spiritualité. Enjeux pastoraux (2012), Namur: Lessius.

Fotografía de Bernard Pottier tomada por Xavier Alonso