Confinados del mundo entero, uníos

Confinados del mundo entero, uníos

J. I. González Faus“Veo, patria, tu follón –y siento el gran desconcierto– que causan, tocando a muerto la pandemia y el Borbón”.

Bueno, lo del Borbón era solo para que rime en una sonrisa consonante. Que me perdone el aludido, pero he querido comenzar evocando esa famosa “Oda al dos de mayo”: porque vamos a necesitar más valor que el que hizo falta para resistir a Napoleón Bonaparte. Quisiera comentar una serie de propuestas para ello, pero antes las ambientaré con unas reflexiones que el lector puede saltar, pero que me parecen útiles.

1.- Prólogo. En casos de calamidad, nuestra tendencia es buscar un culpable de fuera. Y, aunque eso puede ayudar a descargar un poco nuestra agresividad, quizá sería mejor que pensáramos en nuestra propia culpa, no como persona particular pero sí como sociedad.

Por la razón que sea, cuando nos invaden estos “napoleones víricos”, nos pillan siempre desprevenidos, sin tener a mano ni los más elementales primeros recursos, como ya se vio allá por marzo. Así pasa que reaccionamos tarde, cuando ya estamos invadidos. Y así hemos visto a todos los gobiernos sin saber bien qué hacer, dando palos de ciego, con aciertos y errores y sin que se les pueda culpar de eso porque la raíz del mal era muy anterior a ellos. Apelaban, para justificarse, a unos supuestos “expertos, sin verdadera experiencia” de lo nuevo, que acababan como aquel coro de doctores de El rey que rabió, los cuales, después de citar lo que “afirma el gran Hipócrates” y a “doctores sapientísimos que yo he estudiado bien”, llegaban a la conclusión de que así se irá este virus, “o no se irá”.

En cambio, contra los napoleones militares nos prevenimos mucho más. Porque las armas que fabricamos con la excusa de defendernos, se convierten luego en un buen negocio, exportándolas a otros países: con lo cual no hacemos más que aumentar los peligros de una guerra. Esto no tendrá remedio mientras no exista una única autoridad mundial que impida armarse a los estados, como en cada país la existencia de una autoridad estatal impide hoy que cada comunidad o región o ciudad se provea de armas. Pero calculen ustedes lo que falta para que lleguemos a esa situación: por mucho que presumamos de “globalización”, ahí está la “Asociación Nacional del Rifle” para desmentirnos…

Así estamos: llegó el virus y nos pilló como a aquella del cuento: “¡Y yo con estos pelos!”. El problema actual de la vuelta al colegio no tiene solución: entre el pánico y la necesidad, habremos de elegir los males menores y procurar que sean efectivamente menores, mediante nuestra responsabilidad y nuestra colaboración. Pero me parece insensato negar no solo que estamos mal, sino que, hoy por hoy, vamos empeorando.

La consecuencia parece ser que esto va para largo. Y hay que buscar cómo prepararse para un confinamiento prolongado: porque los meses pasados también han puesto de relieve lo duro que eso resulta: del aburrimiento y la soledad vamos pasando a la depresión y a la cólera. Las afectividades dan vueltas como hormigas perdidas buscando el hormiguero. Hasta crece el deseo sexual aunque (como tantas veces), sea más un deseo sustitutivo que propiamente sexual. De modo que, como suele decirse: “jodidos estamos”.

Estas situaciones, de pánico por la derecha y miedo por la izquierda, generan dos tipos de exageraciones: los hipocondríacos por un lado y los irresponsables por el otro. Muchos de estos últimos, organizadores de grandes fiestas o de corridas de toros sin ningún tipo de protección y cosas semejantes, más que ser irresponsables lo que buscan es ocultarse su propio pánico. Otros no se creen irresponsables porque siempre tienen a mano ese argumento tan aparentemente lógico y que tantas desgracias origina: “por una vez”… Y nos ocultamos que ahora no se trata de un caso aislado, sino que puede pasar lo que dice el refrán: “Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe”. Y esta vez no se rompe solo mi cántaro sino el de muchos otros. Ahí está el meollo de la responsabilidad.

Esta es la “composición de lugar”, que diría Ignacio de Loyola. Y que me sugiere dos reflexiones más.

2.- Participio de presente. Para afrontar el confinamiento hay una serie de remedios que cada cual va poniendo en práctica como puede. No serán una solución pero sí un alivio. Y vale la pena recordarlos. No valdrán igual para todos puesto que algunos tienen salidas de casa obligadas: laborales, de servicios… Pero se va viendo que tampoco estos últimos soportan el no poder luego salir de copas o cosas semejantes. Y encima con la presión de todos aquellos que buscan, interesada y desesperadamente, salvar su negocio.

Los pequeños analgésicos que voy a enumerar se le habrán ocurrido ya a todo el mundo. Ahora se trata de mirarlos todos juntos para que podamos ver que tenemos, si no puertas abiertas, al menos algunas ventanitas.

– El ejercicio físico es indispensable. Por algo fue de las primeras cosas que abrieron nuestro estado de alarma hace pocos meses.  Recuerdo que, un secuestrado por los bárbaros de ETA (¿pudo ser el padre de Julio Iglesias?) confesó cuando su liberación que, aunque estaba confinado en un cuartucho de unos 9 m2, se había propuesto caminar cada día una hora dando vueltas a aquella minúscula habitación. Hoy podemos hacer mucho más que eso: quizás una bicicleta estática (a unos 20 kms. por día según personas y edades), pesas u otras formas de ejercicio, comer un poco menos y, cuando haga falta, proponerse perder algunos kilos durante el confinamiento.

– Hay que procurar leer mucho más. Para distraerse, por supuesto, pero sobre todo no para llenar nuestro tiempo, sino para llenar nuestro interior. Pues una de las cosas que revela nuestra dificultad para aguantar el confinamiento es que estamos vacíos por dentro y necesitamos llenarnos con cosas de fuera.

Si el confinamiento nos sirviera para aprender a meditar (digo solo meditar, pero si el lector es creyente puede leer “aprender a orar”), tendríamos algo que agradecer después. Uno de los textos famosos de la India (el Katha Upanishad) enseña: “El Espíritu (Atman) está escondido en el corazón de todos los seres: más pequeño que un átomo y más grande que los espacios inmensos. Quien le entrega su voluntad, supera las aflicciones y contempla la gloria del Espíritu por la gracia del Creador”.

Efectivamente: en todo ser humano existe esa riqueza, escondida casi siempre y cubierta por montones de hojarasca. Si recuperáramos algo de ella, seríamos más fuertes para afrontar el encierro y comprenderíamos que lo contrario del ser contemplativo no es el ser activo, sino el estar vacío. Ojalá al menos unos cuantos descubrieran la experiencia de eso que, parodiando a Juan de la Cruz, podríamos calificar de “silencio sonoro”. Y además largo y frecuente.

– Pero, como ya he dicho, la lectura no tiene por qué ser solo meditativa. Hay novelas apasionantes. Si alguien que no la conocía, descubriera en este encierro la belleza de la poesía, acabaría agradeciéndolo. A lo mejor recuperamos así aquella máxima tan sabia y tan olvidada: “Un buen libro es el mejor amigo”.

– Yo recomendaría a muchos que se animen a escribir un pequeño diario: no precisamente para publicarlo luego, pero si para encontrarse más y mejor consigo mismos.

– Además está el juego. Con el ordenador se puede jugar gratis a las cartas, al ajedrez y a mil cosas más que yo desconozco. Y sin necesidad de apostar: porque la apuesta destroza el encanto de lo lúdico.

– Está además el cine. Con Filmin o Netflix y alguna otra compañía de esas, puede verse mucho cine aunque aquí habrá que buscar la calidad. Yo recomendaría buscar sobre todo películas de humor y de tema social. Las primeras porque la buena sonrisa es algo muy terapéutico. Las segundas para ver si nos enteramos de la cantidad de dolor e injusticia que infecta a nuestro planeta. Eso puede volvernos un poco más solidarios o, al menos, hacernos ver que, por confinados que estemos, no tenemos mucho derecho a quejarnos. Y aunque la suscripción no es cara, ojalá esas compañías aprovecharan el aumento de la demanda para bajar el precio, contradiciendo así esa presunta ley del mercado, tan elemental, de que si aumenta la demanda aumentan los precios. Pues ahora al revés.

– La tecnología nos da hoy una serie de oportunidades que no podemos desaprovechar, para mantener relaciones sociales a distancia. Unas posibilidades de relación que cabría calificar de “más espiritual”: sin la presencia, ni el abrazo, ni el beso, ni la palmada en la espalda, ni todos esos contactos tan sanos… Pero sin que por eso deje de ser verdadero el contacto sino al revés: haciendo que crezca en hondura lo que pierde en expresión. Así nos prepararemos para luego convivir mejor.

– ¿Y si además, el confinamiento nos ayudara a (re)descubrir la música? Cuando la música deja de ser un mero acompañamiento en el trabajo o un asperges para ponernos en movimiento; cuando se convierte en una especie de lluvia mansa pero constante y que nos va empapando, o en una inmersión que nos revive y nos refresca, es como una de esas dietas sabias que te ponen en tu mejor forma (en este caso forma espiritual, no meramente corporal). Y acaba siendo una compañía que nos asegura de que no estamos solos por más que lo parezca. Hasta puedes poner la sinfonía pastoral de Beethoven y escuchar la primera parte como si fuera nuestra situación de ayer, y la tormenta nuestra pandemia de hoy. Y aquel comienzo suave: “mi, fa, la sol, fa, mi, re” se nos deforma (dicho en mal catalán) en que “ni fa ja sol ni fa res”…

– Hay formas de combatir el aburrimiento, mucho más jugosas y fructíferas que sentarse ante el televisor y acabar contagiados de nicotina publicitaria. Por tanto, si nos sentamos ante el televisor que sea con fines concretos y no “a lo que salga”. De mi época larga internado en el hospital de Barcelona recuerdo que entonces la tele era gratis y que los concursos me ayudaron a soportar muchas horas.

No pretendo enumerar todas las posibilidades. Pero precisamente porque existen, me pregunto si alguna ONG o conjunto de ellas, no podría dedicarse a organizar y facilitar todo ese universo de contactos y caminos que (repito otra vez) sé que no son una solución sino solo un alivio: pues cuando mejor funcionan es precisamente cuando está la otra parte que ahora nos falta. También una pierna anda ella mejor cuando existe la otra. Pero al menos procuremos que, por estar cojos, no nos quedemos paralíticos del todo…

3.- Futuro imperfecto. Y hay que temer que la crisis económica que se viene encima se convierta en una calamidad social aún mayor, porque nuestro sistema resuelve todas las crisis enriqueciendo un poco más a los más ricos y empobreciendo un poco más a los más pobres. ¡Qué bonita es la frase de ese obispo de San Isidro: “que los pobres sean incluidos en la reconstrucción”. Pero ya sabemos que, si se incluye a los pobres, no hay reconstrucción posible y que ese es el pecado de nuestro sistema.

No será extraño, pues, que las calles se llenen pronto de manifestantes que protestan y que, de paso, contribuirán a propagar el virus; o se aprovechará la emergencia sanitaria para prohibirles protestar. Habrá que buscar entonces otras formas de protesta clamorosa.

Y, sobre todo, habrá que reflexionar a ver si comprendemos que la enseñanza sobre la propiedad es la mayor injusticia de nuestro mundo: porque la propiedad privada es legítima pero, como dijo Casaldàliga, nosotros llamamos propiedad privada la propiedad privadora, apelando para ello a una supuesta meritocracia que nunca es tal, sino que deriva de que no hay verdadera igualdad de oportunidades…

Cuando alguien tiene suficientemente satisfechas todas sus necesidades, el derecho de propiedad desaparece, porque el derecho más primario es que todas las personas tengan acceso a los bienes de la tierra: la propiedad privada es legítima mientras sirve para satisfacer ese fin primario y se convierte en robo cuando impide ese derecho primario. Por eso, el mayor fruto que podríamos sacar de esta maldita pandemia sería que desaparezcan los ricos. Porque, repitiéndolo una vez más, nuestro planeta solo tiene solución en una civilización de la sobriedad compartida.

En fin, al menos, tal vez nos sea útil recordar esta gráfica enseñanza del budismo: el ser humano no solo se caracteriza por una gran sed, sino también por una clara tendencia a satisfacer esa sed bebiendo agua salada…

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay