¿Quién tiene derecho a la belleza?

¿Quién tiene derecho a la belleza?

Pino Trejo. ¿Quién tiene derecho a la belleza? Es una pregunta que nos hacemos bien poco y que, si nos detenemos a pensar, resulta algo confusa y de difícil respuesta. El problema no radica en que esté mal formulada, sino que no casa derecho con belleza. Y aquí es cuando empiezan los problemas.

El acceso a la belleza no está reconocido como derecho, ni tan siquiera como recomendación de algún organismo internacional, ni resulta ser condición sine qua non para ejercer la ciudadanía universal. No está sujeta a leyes, ni normas, pero sí a cánones culturales y percepción de la realidad.

Podríamos decir, por lo tanto, que “lo bello” parece tremendamente subjetivo, bien sujeto a la percepción personal de cada individuo, que a través de sus sentidos, califica como “belleza” aquello que considera perfecto en sus formas.Pero esa manera de apreciar la realidad hay que contextualizarla, es decir, situarla en un momento concreto de la historia, en una época y una sociedad determinada. Así se puede entender que para Rubens, las tres gracias representara el culmen de la belleza femenina y, hoy en día, sean las top models el ejemplo a seguir.

Nuestro sentir, pensar y actuar lo va modelando la cultura en la que nacemos y vamos sobreviviendo. Nos configura la mirada y el pensamiento y, acorde a ello, actuamos. Así, lo normal es que relacionemos la belleza con el lujo, con tener una cara y un cuerpo 10, con mirarnos al espejo y contemplar que cumplimos con todos los requisitos para obtener el éxito.

Nos afanamos en subir cada vez más alto para conseguir “El Dorado”, la promesa de que al final valdrá la pena el sacrificio pues se nos reconocerá como triunfadores.

A ojos de esta sociedad solo hay dos categorías de personas: quien gana y quien pierde. Ganar significa que me he esforzado en acatar todas las normas que la cultura me dictaba y que por ese motivo he triunfado en la vida, que traducido al lenguaje neoliberal implica que el individualismo, el egoísmo y el hedonismo me han llevado por el camino correcto y por eso estoy donde estoy. Perder, se lee como la falta de esfuerzo, de motivación personal. Si no he conseguido lo que me ofrecía esta sociedad, será porque algo mal habré hecho.

El fracaso, se nos dice, debemos asumirlo individualmente, nadie tiene la culpa de tu mala gestión vivencial, de tu falta de empeño…, así que no te quejes y acepta que no encuentres empleo porque no hechas demasiados currículos, no te has formado para ser empleable, no te mueves lo suficiente…; acepta que pierdes tu casa por tu falta de previsión, por vivir por encima de tus posibilidades…; así que vivir en la pobreza y la exclusión son consecuencias directas de mi falta de organización y mala voluntad. Por supuesto que en todo esto nada tiene que ver la injusta distribución de los bienes, la avaricia y la usura de unos pocos, la falta de solidaridad y el amor al prójimo. ¡Qué va!

Pero no contenta esta sociedad con culparnos de nuestra mala suerte, quitarnos dignidad y derechos, encima se nos niega la belleza. Se nos considera no merecedores de todo lo bueno, bonito, agradable…, de lo que nos pueda aportar seguridad, tranquilidad y bienestar. Eso es solo para quienes puedan pagárselo. Desde esta lógica se compran islas, accesos privados a playas, se quema la Amazonía, se privatiza la sanidad, se racanea en la educación pública, se sube el IVA cultural, se venden viviendas en zonas sin prestaciones ni servicios públicos, se paga por ver el deporte y buenas series… Todo tan normalizado que no cabe ninguna reivindicación posible.

¿Entonces qué? ¿Exigimos la belleza para disfrutar nosotros también del lujo y el éxito? No. Lo que verdaderamente necesitamos es recuperar el verdadero sentido de esta hermosa palabra e invertir los valores vigentes en nuestra sociedad.

Debemos generar otras dinámicas y hábitos de vida que partan de una ética auténtica donde volvamos a la esencia, donde nos despojemos del peso de la apariencia, las prisas, la búsqueda del beneficio, el poder del dinero. Que nos fijemos en los detalles, en las pequeñas cosas y en las personas “pequeñas”.

La belleza está en el amor: la Creación, donación de Dios a la humanidad; las relaciones entre las personas, los grupos, los pueblos que construyen fraternidad; el cuidado a la naturaleza y los demás que desarrolla nuestra humanidad y nos conforma como comunidad.

Disfrutar de la vida no está reñido con la lucha por la justicia; pero sí lo está con que lo hagamos a costa de despojarnos, o quitársela a otros, de lo más sagrado: nuestra dignidad.

La libertad es para amar, no para destruir; es para vivir y hacer que los demás también puedan vivir; para descubrir cada día el regalo que nos trae: una perla, una moneda, un vino nuevo, una lámpara encendida…; para buscar a quien se pierde; para esperar a quien falta por llegar…¡tanto en lo que posar nuestra mirada!

Seamos “misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante”[1].

No permitamos que nos arrebaten nuestra humanidad ni las palabras que la expresan. No erremos el camino. Sabemos a quién seguimos.

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[1] Papa Francisco, Gaudete et exsultate 138.

Imagen de Daniel Hannah en Pixabay