¿Cambio de rumbo en Europa?

¿Cambio de rumbo en Europa?

Luis SolsHace quince años un 55% de los franceses votaban “no” a la Constitución Europea dejando encallada la construcción europea. El arreglo final del tratado de Lisboa de 2007 salvó lo imprescindible, a costa de convertir el funcionamiento y las instituciones de la Unión en algo abstruso, totalmente incomprensible para los ciudadanos. Desde entonces, una Unión desorientada y a la defensiva ha visto crecer una marea antieuropea que ha culminado en el Brexit. Su pésima respuesta a la crisis financiera y económica alimentó la desafección y el proyecto europeo quedó varado indefinidamente.

El acuerdo de este verano sobre ayuda financiera a los países afectados por la pandemia parece apuntar a un cambio de rumbo. Parece haberse recuperado, aunque sea de modo muy contenido, el espíritu de solidaridad europea que puso en marcha el proyecto y lo convirtió en un éxito rotundo. Resulta inevitable preguntarse qué ha cambiado para que ahora Europa parezca volver a estar en marcha. El coronavirus es sin duda el motivo principal, pero quizás no el único. Se había dicho siempre que Europa aprovecha las crisis para avanzar en su integración, pero hacía tiempo que eso no pasaba, como se evidenció durante la reciente crisis de deuda soberana de los países del sur de Europa. ¿Qué ha pasado esta vez?

En primer lugar, el Reino Unido ya no está. Cuando la Unión Europea era tan solo un proyecto los británicos impulsaron una unión exclusivamente aduanera, carente de objetivos políticos. Cuando por fin se integraron en la Unión, intentaron reconducirla a su propio modelo, oponiéndose al denominado “federalismo europeo”, la construcción de una entidad política supraestatal. Esta tarea se vio reforzada desde el 2005 cuando ingresaron de golpe numerosos países procedentes del bloque soviético. La mayor parte de estos países habían sufrido el dominio de los imperios austríaco y ruso y más tarde de nazis y soviéticos, de modo que su población muestra poco entusiasmo por la idea de una supranacionalidad europea, percibida por algunos como un nuevo imperio. Con estos aliados, el Reino Unido pudo bloquear cualquier avance del proyecto europeo. Su creciente antieuropeísmo acabó calando en la población de otros países, alejando la idea de solidaridad.

Ahora, ausente el Reino Unido y por motivos diferentes, ha sido Holanda quien ha liderado la oposición a los acuerdos. Pero Holanda no es Reino Unido. Su peso político es mucho menor y su dependencia de la UE, mucho mayor. Lo mismo les pasa a los otros pequeños países que han intentado también frenar los acuerdos. Libres del veto británico, el motor franco-alemán vuelve a funcionar.

En segundo lugar, vuelve a haber en Europa un liderazgo fuerte. Angela Merkel parece haber llegado justo a tiempo para encontrar su lugar en la historia, rectificando su desafortunada gestión de la anterior crisis financiera, cuando bloqueó las necesarias políticas expansivas y la solidaridad europea pareció haber desaparecido por completo. Sin embargo, en los últimos años, en materia ecológica y migratoria, Merkel ha venido mostrando una sensibilidad que la alejan del conservadurismo más derechista y hacía presagiar que daría un giro europeísta, si tenía la oportunidad. Y esa oportunidad llegó con el acceso del liberal Macron a la presidencia francesa. Las tres principales familias ideológicas europeas se alineaban de nuevo, haciendo viable un nuevo avance en la construcción europea. Los socialistas, que ya venían siendo los más europeístas, gobiernan con Merkel en Alemania. Con Merkel liderando a los populares y Macron a los liberales, los sectores menos europeístas de estas familias ideológicas han perdido fuerza. El problema era el veto británico, pero desde enero pasado el Reino Unido ya no está y los demás países no tienen su capacidad de presión. El motor franco-alemán vuelve a liderar Europa y lo hace con un plan de reformas, propuesto hace ya un par de años y que se ha venido aplazando por el Brexit. El coronavirus y la presidencia de turno de la Unión, que corresponde este semestre a Alemania, han creado las condiciones adecuadas para dar un salto cualitativo importante en la integración europea. Merkel se ha empleado a fondo, con más decisión que nunca y una tras otra ha logrado vencer las resistencias, solo con leves concesiones. Debía hacerlo, porque la reciente sentencia del Tribunal Constitucional alemán, situándose por encima del Tribunal Europeo de Luxemburgo, había hecho tambalear todo el proyecto europeo. Con esta nueva Merkel, Europa parece haber recuperado un liderazgo fuerte, algo que solo es posible por el respaldo que recibe del liberal Macron y de los socialistas que forman parte de los gobiernos de Alemania, Italia y España.

En tercer lugar, la creciente debilidad de Europa. Europa cada vez pesa menos en el mundo y encuentra más dificultades para ver protegidos sus intereses. En este cambio de rumbo ha pesado mucho el pánico a la descomposición de la UE, dejando a sus miembros inermes frente a los grandes agentes globales como EEUU, China o Rusia. En un mundo global, todos son débiles. Y los pequeños, mucho más. Se ha perdido al Reino Unido, con su inmenso poder cultural, su derecho de veto en el Consejo de Seguridad, su considerable ejército y su gran influencia sobre su antiguo imperio. El renovado imperialismo de Rusia inspira muchos temores y el aliado americano resulta cada vez menos fiable. La dependencia energética del gas ruso acentúa esta debilidad europea y estimula la reconversión energética hacia las renovables. Son argumentos del llamado “realismo” internacional, que lamentablemente sigue protagonizando las relaciones internacionales y las decisiones de los gobernantes. Bastantes de ellos rechazan la solidaridad europea, pero no hasta el punto de arriesgarse a perder una Unión que les protege económica y políticamente. Y después del Brexit, con la hostilidad de Trump y Putin y la debacle económica del coronavirus, estaba seriamente en peligro. Solo una respuesta enérgica podía moderar el desastre económico y renovar la confianza en la Unión. Por eso Merkel sabía que ahora tocaba jugar fuerte y lo ha hecho. Ahora falta ver si el proceso de ratificación no recorta excesivamente los acuerdos y si este nuevo impulso europeísta se concreta en un avance institucional, aunque sea modesto, en la línea propuesta por Macron, con respaldo de Merkel. Europa volvería a estar en marcha.

Imagen de Wynn Pointaux en Pixabay