Más allá de la izquierda burguesa

Más allá de la izquierda burguesa

J. I. González FausUno de los libros más conocidos de J. B. Metz se titula Más allá de la religión burguesa. En la medida en que la izquierda de nuestra modernidad ha hecho suyas las reivindicaciones más típicamente evangélicas (la justicia social, la libertad y fraternidad de los hijos de Dios, la igualdad entre todos los hombres y el respeto a todo lo distinto…), debemos hablar hoy también de un “más allá de la izquierda burguesa”. Sobre todo porque el mismo Metz escribía en el libro citado: “el carrusel de la política se movería más hacia la izquierda si girase según la melodía del evangelio”.

1. Paralelos

En nuestra querida modernidad ha ocurrido (según Metz) que “el ciudadano burgués se ha convertido en paradigma de lo que se llama tiempo de la modernidad”. En paralelo con eso, “la cristiandad ha identificado la existencia cristiana con la existencia natural del burgués y la praxis cristiana del seguimiento con la praxis burguesa”.

La burguesía es radicalmente individualista: la verdadera religiosidad es intrínsecamente comunitaria. A lo largo del libro van apareciendo varios trazos críticos de esa deformación burguesa. Veamos algunos ejemplos:

a. “¿Amamos? ¿O nos limitamos a creer en el amor?”. Alabamos la fe, pero ¿creemos de verdad? Es decir: el burgués se profesa cristiano; otra cosa es que practique en serio el cristianismo. Y la prueba es que el término “católico practicante” lo hemos dejado para aquellas prácticas que, por necesarias que sean, no son lo más específico del cristianismo.

b. Añádase una deformación de la Cena del Señor. Metz concibe “la Cena como una revolución antropológica”. Por eso advierte que “si los cristianos no queremos convertirnos en cómplices de la estrategia de supervivencia de los pueblos que ya son ricos y poderosos (una estrategia que se realizará a costa de los pobres y siempre explotados) tenemos que atrevernos a esa revolución antropológica”.

c. Otro rasgo también muy burgués: “la ilustración europea ha sido hasta el presente excesivamente dualista: todavía trasmite la oposición entre élite cultural y pueblo”. La distinción entre Iglesia y pueblo ha sido también censurable en un cristianismo que hoy va superándola gracias a fenómenos diversos: como las llamadas “comunidades de base”, la recuperación de la Iglesia como “pueblo de Dios” y la busca de una iglesia sinodal.

d. Finalmente, es típico de ambas burguesías (la religiosa y la izquierdosa) lo que Metz llama “rigorismo en vez de radicalismo”. Y lo ejemplifica así: “las grandes obras asistenciales de la Iglesia no son problemáticas por el hecho de existir (también los cristianos de hoy tienen conciencia de la necesidad de la caridad) sino porque sacan esa caridad fuera de su contexto mesiánico”.

El balance del teólogo alemán es que “el cristianismo como religión burguesa no consuela” (tranquiliza más bien). La izquierda burguesa tampoco convence (aunque pueda tranquilizar algunas conciencias izquierdosas)…

2. Excusas

Además de esos rasgos citados, hay en la mentalidad burguesa dos mecanismos típicos de defensa para cuando el Evangelio le saca los colores a la cara. El primero es pedir a la Iglesia que “no se meta en política”. Y, por supuesto, la Iglesia no debe meterse en las luchas por el poder político. Pero Metz advierte además que “la separación clara y limpia de religión y política es una manera de hacer política, no la mejor a mi juicio, y hoy sobre todo desde la derecha, aun cuando se presenta con ropajes liberales”.

El otro mecanismo es el insulto en vez del argumento. Lo percibiremos mejor si examinamos ese mecanismo en la derecha burguesa. El insulto suele ser siempre el mismo: algún término que la burguesía tenga como muy malsonante y que hoy es la palabra “comunista” (recordemos que ya se tildado de eso al papa Francisco…). Más que insulto, ese tipo de lenguajes son una forma inconsciente de defensa propia.

Pues bien: ojalá comprendieran hoy nuestros burgueses que, cuando ellos tachan agresivamente de comunista cualquier propuesta mínima de justicia social, más que desautorizar al otro como les gustaría, lo que hacen es intentar esconder su propia mala conciencia.

3. ¿Y hoy?

Dejando ya a Metz, me parece importante recordar que esas críticas a la izquierda se hacen hoy no solo desde ambientes de un cristianismo radicalmente evangélico sino también desde ambientes laicos. Thomas Piketty habla con frecuencia de la distancia entre la mitad más baja de la población y los partidos teóricamente de izquierdas que son los que antes la votaban. Y ha acuñado la expresión no de izquierda burguesa sino “izquierda brahmánica” (como aludiendo a una especie de casta separada del pueblo y que, además, se siente inatacable).

Si hemos de ir “más allá de la izquierda burguesa”, muchas presuntas izquierdas de hoy deberían examinar seriamente sus posturas ante determinadas reivindicaciones. Por válidas que puedan ser, la cuestión a discernir es si son las reivindicaciones más primarias y más urgentes, si son meramente simbólicas más que reales (como el derribar estatuas), si más que por la justicia están movidas por el propio protagonismo y egoísmo y, finalmente, si los medios de comunicación del capital tenderán a explotarlas o a silenciarlas.

D. Bonhoeffer no habló de religión burguesa, pero sí que avisó contra la “gracia barata”. Ambos lenguajes apuntan en la misma dirección, por lo que también cabría avisar contra “la izquierda barata”. Y, por supuesto, la tarea es difícil y oscura. Pero la COVID-19 puede enseñarnos algo muy importante: que no tengamos aún la solución, no significa que no exista el desastre. Porque, negando este (como tiende a hacer hoy la izquierda ante las demandas más sociales), podemos acabar como Bolsonaros contagiados.

Imagen de Arinye en Pixabay