Encrucijadas

Encrucijadas

Alícia GuidonetLos seres humanos somos animales simbólicos. Los símbolos nos permiten expresar alguna cosa que nos está sucediendo y que para nosotros resulta significativa. El símbolo, por lo tanto, comunica: las imágenes se abren para compartir una experiencia que excede el ámbito de la inmanencia y también para relacionar, de este modo, este «excedente» con aquello que es pura cotidianidad. Si nos acercamos al símbolo de la cruz y a sus representaciones, rápidamente advertiremos la polisemia que contienen. La cruz comunica significados diversos que nos ayudan a comprender mejor el mensaje de Jesús: su relación con Dios, con los demás, su alcance y novedad, que puede proyectarse e impactar en nuestra vida. Vamos a concretar uno de estos significados, deteniéndonos en las dos direcciones hacia las que, en un sentido figurado, apunta la cruz: vertical y horizontal. Podemos convenir que la horizontalidad nos habla de la inmanencia, mientras que la verticalidad de la cruz nos acerca a la transcendencia. Efectivamente, el madero horizontal puede convertirse en un símbolo de la vida cotidiana, material, impregnada, claro está, por la presencia de Jesús y el mensaje de su vida. Mientras que el madero vertical sugiere la relación entre esta realidad y el espacio de transcendencia que, a primera vista, aparece oculto, pero que está ahí y que, en cierto modo, comunica una tendencia hacia «arriba».

Otro detalle -experiencia- asociada a la cruz tiene que ver con el punto en el que se encuentran estos dos maderos: un lugar que acaba siendo central, que invita a dirigir la mirada hacia él. Es un espacio que, cuando la cruz se representa con el cuerpo de Jesús, nos acerca con frecuencia al lugar en el que se encuentra su corazón, o su costado abierto… Hablamos, por lo tanto, de un cruce de caminos, que es lugar vulnerado, abierto y que es también centro, encuentro que permite desvelar la primera realidad.

Preguntémonos ahora qué significados puede contener un lugar que acoge el cruce de los dos maderos, inmanencia y transcendencia, y que, además, aparece vulnerado, abierto. La experiencia me habla, por ejemplo, de la vida vivida en clave de deseo: deseo de Presencia. O lo que es lo mismo: la vida vivida ubicada, dispuesta a ser encontrada por Él. Formulemos la pregunta más prosaicamente: ¿cómo responde Jesús ante las situaciones que le presenta la vida cotidiana?, ¿cómo las vive tendiendo siempre hacia Dios?, ¿qué nos explica desde la experiencia que le otorga este cruce de caminos? Veamos algunas intuiciones.

Dios irrumpe en la vida. Irrumpe en la vida de Jesús. Esa irrupción es un primer punto en el que inmanencia y transcendencia se encuentran. Fijémonos a partir de tres escenas. El bautismo y la transfiguración son dos momentos en los que Jesús es reconocido por Dios y que, al tiempo, le empujan a ir más allá. Suponen dos tiempos en los que la vida -la escena- se detiene por un instante. La escena se detiene porque de este modo nos comunica la posibilidad de, en la vida, abrirnos a la acción de Dios, al dejarnos vulnerar por Él, «Tu eres mi Hijo amado, a quien he elegido» (Lc 3, 22). Un espacio abierto recibe, y, en este caso, la recepción está estrechamente ligada con la propuesta de continuar caminando. La propia experiencia acogida como don es la que permite que Jesús asuma otras irrupciones en su vida, esta vez a través de las personas que aparecen en escena, rostros que le sacuden de un modo u otro y que le mueven a actuar. Irrumpe, por ejemplo, y de un modo muy gráfico, el paralítico que es bajado por una obertura hecha en el techo de la casa donde se encuentra Jesús, «por la obertura bajaron en una camilla al enfermo» (Mc 2,3). La irrupción de Dios en la vida nos llama a detenernos y recibir su acción para poder actuar en y desde Él.

Dios interrumpe. Irrumpir es un modo de interrumpir, ciertamente… aunque me parece interesante detenernos en alguna de las interrupciones de Dios, puesto que permiten ver con mayor claridad matices importantes, por ejemplo, que su lógica y la nuestra no son siempre coincidentes. Dios nos llama a abrirnos a Él, pero también nos conmina a obedecer la lógica que nos propone -en el sentido etimológico del término: «ob» y «audire», esto es, escuchar algo que es contrario-. Esta contraposición de pareceres la encontramos en la parábola del hijo pródigo. El hijo pródigo decide volver movido por su propio sentir, que le da vueltas a la necesidad material, acuciante. Cuando empieza a pasar hambre piensa en volver a la casa de su padre y en lo que le va a decir: «trátame como a uno de tus trabajadores» (Lc 15, 19). Pero el padre, interrumpiéndolo, le prepara una fiesta. Detengámonos ahora en la narración que cuenta cómo Jesús es suplicado por la mujer extranjera: «rogó a Jesús que expulsara a su hija del demonio» (Mc 7,26). Su petición interrumpe el paso del Señor y el diálogo que se establece entre ambos provoca el cambio de Jesús: deja que el rostro de la mujer le conmueva. La propuesta de Dios es facilitar que su interrupción transforme la propia lógica en actitud obediente.

Dios propone saborear la realidad. Cuando hablo de saborear los acontecimientos me acerco a la intuición de que la vida y lo que en ella ocurre contienen diferentes registros: es posible gustar lugares poblados por la realidad de Dios. Un mismo suceso no solo acoge lo que está pasando a primera vista, sino aquello que no es visible pero que también actúa. Así, en las bodas de Caná, los sirvientes, en obediencia a Jesús, están actuando la transformación del agua en vino. El dato que es realmente importante aquí es que este servicio les permite «conocer» lo que está pasando, «el encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde había salido», pero «sólo lo sabían los sirvientes» (Jn 2,9). Al que sirve le es dada, por decirlo así, la capacidad para percibir la realidad más sutil, la hondura de la presencia divina. Los servidores cubren una necesidad desde el propio don y esta tarea les permite alcanzar los diferentes registros que contienen los sucesos, recorrerlos gustando la esencia de Dios en ellos. Saborear la vida conduce a lo esencial y permite captar la huella de Dios en todo lo que acontece. Reconocerlo es una manera de vivir desde Él, saboreándolo.

Lo más pequeño. En una ocasión me explicaron una breve historia: trataba de alguien que recibía una gran caja envuelta con un bonito papel. Al desenvolverlo, la persona encontraba una segunda caja con un precioso envoltorio. Y así, cada paquete contenía otro cada vez más pequeño, hasta que en el último… ¡no había nada! Quien me contó el relato concluía con el siguiente aprendizaje: «muchas veces la vida es así…». Ciertamente, este tipo de «regalos» contrastan enormemente con la experiencia de Jesús. El reino de Dios no aparece en una gran caja, no llega «envuelto» en un llamativo paquete, sino como una pequeña y fina perla que cuesta encontrar e invita a dejarlo todo diligentemente. La perla es valiosa, sí, pero su pequeñez llama la atención. No es ni aparente ni fácil, ya que convida al proceso lento y dialogado con Dios. Paradójicamente, las finas perlas se encuentran en los márgenes, en los que pierden cada día, en los que actúan limpiamente. Son los felices de Dios, los que acceden a tocar su gloria pasando por su cruz.

Dios irrumpe, interrumpe, y se encuentra siempre abajo, en los lugares más escondidos e insignificantes de los acontecimientos. Dios nos propone dejarnos vulnerar por Él, disponernos en salida, pero siempre hacia abajo (que también es «arriba» y «centro»). Esa es la justa medida del encuentro entre la realidad y Dios, el cruce de caminos que sacude y provoca. Y todo ello nos lo da la cruz, una realidad que, mediante el símbolo, nos permite ir más allá, donde los significados son experimentados, elaborados y compartidos. Cuando esto sucede, sentimos que la vida va a más.

Imagen de Ely Penner en Pixabay