Poner el dolor sobre la mesa

Poner el dolor sobre la mesa

Tere Iribarren. Hoy vuelvo los ojos a los evangelios y me llama la atención la continua presencia en ellos de elementos dolorosos o sufrientes.

Allí al dolor se le declarará vencido y, por eso, vencible, pero no se le declara inexistente: circula por sus páginas, sin quedar escondido «fuera de la ciudad» y fuera del alcance de la conciencia humana.

Allí circulan pobres, prostitutas, enfermos y leprosos, y los unos recobrarán la salud y los otros oirán la buena noticia, pero, de entrada, todos circulan con pasaporte válido.

A lo mejor puede que esto nos enseñe algo sobre el verdadero camino hacia la solidaridad: para hacer un mundo algo más humano deberíamos tener el valor de poner sobre la mesa el dolor que hay en él. Que el dolor esté más a la vista, que nos moleste menos, que se muera más en familia, que el hambre o el paro estén presentes en la misma zona residencial (no en los barrios periféricos a los que nunca se accede), que los terceros mundos estén dentro de los primeros y no a miles de kilómetros de distancia, que no haya distancia entre la educación de niños con posibilidades y niños con falta de todo.

Por supuesto que, si lográramos poner en un platillo sobre la mesa de la familia humana estas situaciones, entonces tendrían que pasar muchas cosas: quizás no habría viajes a la luna, o quizás no habría apartamentos en la costa, o quizás no habría multinacionales o no habría bancos en paraísos fiscales, ni hoteles de más de cinco estrellas, ni cruceros de lujo, ni un deporte despiadado con tantos millones, ni tantos bancos que hacen negocios, ni tantos pisos vacíos.

Nos espera en el otro platillo de la balanza la posibilidad de que hubiera un poco más de solidaridad que va siendo el único valor que nos queda, por el que valga la pena vivir, tal como sostiene José Ignacio González Faus en su libro Acceso a Jesús.

¿Es el Cristo de la solidaridad a quien quiero acompañar?

 

¿De qué quiere Usted la imagen? preguntó el imaginero.
Tenemos santos de pino, hay imágenes de yeso.
Mire este Cristo yacente, madera de puro cedro.
Depende de quien la encargue: una familia o un templo,
o si el único objetivo es ponerla en un museo.

Déjeme pues que le explique lo que de verdad deseo:
yo necesito una imagen de Jesús el Galileo,
que refleje su fracaso intentando un mundo nuevo,
que conmueva las conciencias y cambie los pensamientos;
yo no la quiero encerrada en iglesias ni en conventos,
ni en casa de una familia para presidir sus rezos…
Yo quiero una imagen viva de un Jesús hombre sufriendo
que ilumine a quien la mire el corazón y el cerebro;
que den ganas de bajarlo de su cruz y del tormento
y quien contemple esa imagen no quede mirando un muerto…

Perdóneme si le digo, respondió el imaginero,
que aquí no hallará esa imagen de Jesús el Nazareno.
Vaya a buscarla en las calles, donde haya gente sin techo,
en hospicios y hospitales donde haya gente muriendo,
en los centros de acogida donde abandonan a viejos…
en mujeres maltratadas, en personas sin empleo…
Mejor: ¡busque entre los pobres su imagen de carne y hueso!

Francisco Vaquerizo

 

Imagen de Pexels en Pixabay