De la pandemia no saldremos igual: saldremos peor o mejor, de nosotros depende (y III)

De la pandemia no saldremos igual: saldremos peor o mejor, de nosotros depende (y III)

J. I. González FausNuestro futuro está marcado por dos amenazas contrapuestas: una repetición de la pandemia que nos obligue a retroceder otra vez y que es sólidamente probable mientras no existan vacunas generalizadas y una crisis económica que pronostican como terrible y que, además, no será una de esas clásicas crisis del capitalismo que brotan por descenso de la oferta o de la demanda, sino una crisis nueva que nace de una parálisis de la producción. En cualquier caso habría que procurar que no se resuelva como la pasada crisis del 2008, con esa fórmula criminal de austeridad para los más pobres y beneficios para los más ricos. En España, la crisis del 2008 ha supuesto que los ciudadanos más ricos pasen de controlar el 44% de la riqueza, a controlar el 53%, mientras que el salario real de la décima parte más pobre de la población, cayó un 30% (y no son datos de ningún Pablo Iglesias sino del Banco de España). Además de la cantidad de personal sanitario que tuvo que emigrar y tanta falta nos han hecho luego.

Ante este panorama, la reflexión del artículo anterior, nos impone un principio que concretaría aquel “sapere audeamus” (atrevámonos a pensar todos juntos) con el que corregíamos a Kant y que puede concretarse en un principio acuñado en los comienzos de la globalización: pensar globalmente y actuar localmente. Y eso es lo que nos parece hoy tan necesario como imposible. Veamos algunos ejemplos:

1.- Servicio universal ante beneficio particular. La COVID-19 nos ha sorprendido en una hora de pensamiento local, obsesivo y exclusivo. Buen ejemplo de ello es la repetida denuncia de Noam Chomsky: las industrias farmacéuticas estaban suficientemente advertidas de la gran probabilidad de esta pandemia. Pero pensaron que tratar de frenar la epidemia no les reportaba ningún beneficio, mientras que el estallido de una pandemia siempre es una fuente de ganancias en vacunas y medicamentos.

Ese individualismo generó este aviso irónico que no sé de quién es: “mucho más peligroso que el coronavirus es el virus del miedo”. Y ese pánico ha hecho que la crisis económica se dé como segura y terrible ya desde mucho antes de que haya aparecido. De hecho, en las grandes crisis anteriores (la peste negra de mediados del XIX, y gripe española de 1918) murieron millones de personas, muchas más que ahora, pero no hubo crisis económica. Alguien argüirá que fueron todos esos tantísimos muertos, en una población mundial mucho más reducida, los que evitaron la crisis económica. Quizás, no sé. Pero lo innegable es que nuestros poderes económicos atraviesan ya una ola de pánico, antes de que haya llegado la crisis. Y el pánico, además de fomentar el egoísmo y la crueldad (“¡sálvese quien pueda!”), es un factor económicamente desastroso: “el capital es muy asustadizo” dicen eufemísticamente los cobardes capitalistas.

En cualquier caso, puede ser que, aún peor que el coronavirus, resulte ser el “mercado-virus”. Sería necesario evitarlo, pero yo no veo cómo.

2.- Autoridad ante armamento y paraísos fiscales. Tan necesaria como imposible es también la existencia de una ONU con verdadera autoridad mundial para problemas globales (y, por supuesto, sin ningún derecho de veto) y con un tribunal mundial de justicia que obligue a todos los países. Una autoridad que tuviese reservada una buena parte del uso y producción de armas, liberando así una gran cantidad de riqueza para invertirla en salud pública para todos y no en destrucción de unos por otros. Tal autoridad sería la única capaz de acabar con esa otra afirmación de la libertad propia contra la vida de los demás que son los paraísos fiscales. Es imposible acabar con ellos a niveles meramente locales porque muchos países pequeños de los considerados “respetables” (Luxemburgo, Holanda…) funcionan como tales.

Total: otra fuente de ingresos desaprovechada.

3.- Energía versus contaminación. Pensando globalmente comprenderemos también la necesidad de acabar con todas las industrias contaminantes y de invertir en energías renovables que pueden crear muchos empleos aunque, a corto plazo, no produzcan más beneficio que el de un planeta más sano. Pero un planeta más sano nos daría después una vida más sana.

4.- Límite ingresos y beneficios. Pensar globalmente nos obligaría a acabar con el imperativo económico de buscar en toda inversión y operación “el máximo beneficio”, con lo que desaparecerían las deslocalizaciones que últimamente han hecho tanto daño a muchos como gran beneficio a pocos. Ello podría acabar llevando a unos límites legales universales en salarios y ganancias: ¡clama al cielo que exista legalmente un salario mínimo y no un salario máximo!

5.- Impuestos y propiedad. En esa misma línea son absolutamente necesarios (¿e imposibles?) unos impuestos altísimos para todos los milmillonarios y muy altos para todos los cien-millonarios. Esta propuesta tan necesaria, que será rechazada con furor, nos obliga a recordar que el derecho más primario de propiedad es que los bienes de la tierra han de ser accesibles a todos, no a unos pocos; que, por tanto, el derecho de propiedad privada es un derecho secundario que debe ceder ante el otro derecho primario. Y, por ende, que toda propiedad privada que obstaculice ese derecho primario es simplemente un robo que debe ser devuelto.

Todos esos datos hacen ver que es falso el argumento de que muchas medidas que serían útiles para dotarnos de más protección o impedir la gran probabilidad de un rebrote de la pandemia, son medidas imposibles porque no hay dinero para ellas. Lo que no hay es voluntad de recabar esa financiación allí donde debería hacerse.

6.- Renta mínima o trabajo básico. En cualquier caso, el dato antes citado sobre el empobrecimiento de buena parte de España y el aumento de las desigualdades (dato cuidadosamente olvidado), ha llevado al gobierno actual a esa llamado Ingreso Mínimo Vital que acaba de aprobarse. Gracias.

Esa propuesta había sido criticada por una voz episcopal (en contra de otras) que temía que así se volvieran perezosos algunos trabajadores. Aunque este peligro sea real, no es suficiente para privar a otros de algo tan necesario como mínimo (yo vería más peligro en que esa renta llegue a algunos que no la necesitan). Pero creo que existe una solución aún mejor y es que el estado se convierta en garante no de una simple renta sino de un trabajo. Como escribe Le Monde Diplomatique: “El Estado debe garantizar un trabajo. El nuevo acuerdo de Sanders y Ocasio-Cortez incluye esta medida simple pero esencial: el Estado se compromete a ofrecer o financiar un empleo a cualquier persona que desee trabajar con el salario base del sector público, o más. Del mismo modo que los bancos centrales son los prestamistas ‘de último recurso’ en las crisis financieras, con la garantía de empleo el Estado se convierte en financiador de empleo ‘de último recurso’… Con el empleo garantizado, el trabajo deja de ser una mercancía ya que su existencia y utilidad no están determinadas por el mercado” (mayo 2020, p. 15).

Así desaparecería ese eufemismo nefasto de “mercado de trabajo” que (como ya criticó Polanyi hace años), es en realidad mercado de trabajadores, de personas. Y por tanto mercado de esclavos, en nuestra “civilizada” sociedad del s. XXI.

7.- Consumismo. De aquí podría derivarse otra corrección fundamental, tan necesaria como imposible, en nuestra sociedad de la riqueza: acabar con la exacerbación del consumo producida mediante la creación de falsas necesidades. La llamada “sociedad de consumo” ha puesto en él todo el sentido de la vida y su catecismo comienza así: “el hombre fue criado para consumir”. El filósofo coreano Byung-Chul Han escribe que hemos convertido el mundo en unos grandes almacenes y todas las relaciones humanas en relaciones comerciales; así hemos ido a dar en lo que él llama “la sociedad del cansancio”.

Porque, a la larga, hemos ido viendo que el consumismo ni da la felicidad que promete, ni da un sentido para el que vivir; lo cual ha llevado a la reaparición de mil extremos fundamentalistas (sobre todo de carácter nacionalista y xenófobo) que ofrecen una causa para la que vivir y a la que apuntarse. Y que, desde esa necesidad de sentido, son aceptadas de manera fundamentalista y acrítica. El personal sanitario, al que tanto hemos aplaudido en estos días, ha encontrado un sentido mucho mayor en su dedicación a la salud que el que otros buscan en el consumismo desenfrenado e insolidario. Y ello a pesar de que su dedicación ha sido excesiva, agotadora y muy arriesgada porque nuestra tendencia social a creer más en nuestro poder que en nuestra fragilidad, les sorprendió impreparados y sin recursos.

Ojalá aprendamos pues que un cierto proteccionismo moderado, puede ser necesario para que no volvamos a vernos un día con total carencia de mascarillas y respiradores, obligados a buscarlos a miles de kilómetros de distancia y a toda velocidad, y exponiéndonos a los clásicos timos y engaños que suelen provocar estas situaciones de angustia. Pero nosotros, orgullosos de nuestro poder y olvidados de nuestra fragilidad, habíamos creído que no los íbamos a necesitar nunca, y que era mucho más rentable producir armas, y coches, y aviones, y productos de lujo, que esas minucias innecesarias y poco rentables…

8.- Turismo moderado. Reconociendo que no se trata de supresión sino de moderación o sobriedad en el consumo, vale la misma norma para otra estructura de nuestra vida “normal”, fuente de tantos ingresos como males: el turismo. Es malo que la economía de un país gire más en torno a turismo y servicios que a producción, como pasa en España. Es vergonzoso que Alemania, con mucho menos sol que nosotros, nos adelante en la instalación de energías renovables. Y es muy lamentable que buena parte de nuestro Mediterráneo, por la obsesión del beneficio inmediato, haya renegado del cultivo de la tierra, y (parodiando a J. M. Serrat) “han vertido allí mil bloques de Marbella a sant Feliu”, que ya no podrán “pintar de azul las blancas noches” del cantante.

Y, saliendo de España, recordemos el tsunami del océano Índico del 2004, tan atroz que costó la vida a casi 300.000 personas y que ya no nos sirvió la palabra maremoto para designarlo y hubimos de recurrir al vocablo japonés (de composición muy similar al castellano). Pues bien: muchos ecologistas sostuvieron entonces que la causa que agrandó sus dimensiones fue el haber talado, para beneficio del turismo, toda una cadena de manglares que hacían de freno a la fuerza del agua. Sin llegar a tanto, resulta vergonzoso que países pobres creen -solo para atraer turistas- unas instalaciones de lujo que distan años luz del nivel de vida de los habitantes de aquel lugar.

Tampoco parece necesario ese tipo del turismo borreguil de tantas gentes que parecen viajar no para aprender algo sino solo para hacer fotos y enseñarlas a los vecinos a la vuelta. El turismo es bueno y encantador. Y puede enseñar mucho. Pero debe, otra vez, mantener unos límites de sobriedad si queremos que sea turismo humano y no turismo del dinero.

9.- ¿Vida o libertad?.- Como se ve, la COVID-19 nos ha ido poniendo delante la imposibilidad (y la necesidad) de juntar vida y libertad. Ello me ha recordado una frase de Margaret Thatcher cuando envió unos cuantos ingleses a morir en las Malvinas: “Hay cosas que valen más que la vida, por ejemplo: la libertad”. Con ello estaba queriendo decir que la libertad propia, la suya, valía más no que la vida propia, sino que la vida de los otros. Esa es exactamente la manera como algunos están intentando hoy resolver ese dilema. Ya deberíamos saber que es un camino errado.

Pero, ¿cómo armonizar cuidado de la vida y respeto a la libertad?

10.- Considerar todos los factores que intervienen. Todos los puntos abordados tienen un rasgo común, que ha sido fundamental también para enfocar bien la actual pandemia y que es el primero que quise destacar en un pliego que me pidió la revista Vida Nueva al comienzo de esta COVID: para tomar una decisión correctamente es preciso considerar todos o, al menos, el mayor número posible de factores que entran en juego en aquella cuestión. Nosotros somos propensos a mirar solo unos pocos de esos factores, que son los que más nos favorecen a nosotros. El proceder de muchos políticos pone esto muy de relieve.

Así estamos: rodeados de tareas tan necesarias como “imposibles”. Es esto lo que permite temer (como han expresado pensadores bien serios como Adela Cortina o Ignacio Ramonet), que de esta pandemia no vamos a salir demasiado bien. Lo que citaba el segundo de ellos es: no se trata de “volver a la normalidad”, porque nuestra normalidad ha sido la causa y no la solución del problema: ha sido una consecuencia del autismo cartesiano que vimos en la parte anterior (pienso yo, luego existo yo) en lugar de ser la puesta en práctica de una verdad más completa: “existimos, luego existo”.

Con otras palabras, para terminar: el mártir Ignacio Ellacuría dejó como legado suyo que nuestra humanidad no tiene salida más que en una “civilización de la sobriedad compartida”. Se puede objetar que eso es imposible. Pero la otra alternativa es una civilización de la autodestrucción compartida.

Imagen de Free-Photos en Pixabay