De la pandemia no saldremos igual: saldremos peor o mejor, de nosotros depende (II)

De la pandemia no saldremos igual: saldremos peor o mejor, de nosotros depende (II)

J. I. González Faus¿No es este un mundo tan cruel e inhumano, merecedor de uno de esos llamados “castigos bíblicos”? Pero no necesitamos ningún Dios “castigador” porque nuestra misma conducta es la que nos coloca ahora ante una doble amenaza que nos obligará a optar: seguir como estábamos a costa de la vida de media humanidad y destrozando nuestra casa (que no me atrevo a llamar “común”), o buscar eso que la Biblia suele llamar conversión, traduciendo una palabra hebrea que significa cambio de rumbo.

Porque, a pesar de todo lo dicho en la primera parte de esta tríada de artículos, si leemos esos maravillosos poemas bíblicos llamados Lamentaciones falsamente atribuidos a Jeremías descubriremos algo importante: que Jerusalén fuera tomada y arrasada era algo tan increíble para un judío (y parecía tan ratificado por experiencias previas), que el dolor y la desesperación que allí brotaron, convierten nuestro pavor ante la COVID-19 en meras lágrimas de cocodrilo. No sé si se han escrito lamentos más serios en toda la historia humana.

Y sin embargo, en medio de aquella desesperación rebrota y resuena la voz del poeta: aquel hombre que dice “haber probado el dolor”, y que “le han arrancado la paz y no recuerda la dicha”, se atreve a gritar en seguida que “la misericordia del Señor no termina y su compasión no se acaba”, que “el Señor no goza afligiendo sino que se compadece siempre”. Y ello “le da esperanza”. (Ver el capítulo 3 de esas Lamentaciones).

No hace falta que hagamos una lectura religiosa de todo eso. Basta con lo que podríamos llamar una “fe terrena”, pero que sea verdaderamente fe y no falsa ilusión fácil y cómoda. Recordemos el célebre verso de Hölderlin: “donde hay peligro crece lo que nos salva”. Pero no crece por sí mismo: necesita ser cultivado por nosotros.

Como pequeñas estrellas en la noche de hoy, los medios comentan maravillados cómo han descendido las emisiones de CO2 y cómo se ha purificado nuestra atmósfera. O cómo han disminuido los accidentes de tráfico. Cómo hemos descubierto la capacidad de sacrificio, de solidaridad y ternura en nuestro personal sanitario… Son cosas pequeñas pero pueden ser gérmenes. Y el que lo sean, va a depender de nosotros y nos exige un estudio serio y un esfuerzo constante.

El repetido eslogan de la metodología científica: “prueba y error” (trial and error), debemos aplicarlo ahora no a un problema particular, sino a toda nuestra actitud ante el cosmos y la vida de la humanidad. Y eso, tanto en nuestra forma original de mirar y de abrirnos al mundo, como en las mil cuestiones prácticas que pueden derivar de ella. Por lo que toca al primer campo, tenemos ya constataciones suficientes de que había algún error en nuestro modo de estar en este mundo.

Si en este planeta tierra viven miles de millones de personas, y cada una de ellas tiene una dignidad inalienable y unos derechos sagrados, parece que la primera meta de toda vida humana en la tierra ha de ser construir convivencia. “Nada hay más agradable ni más delicioso que la convivencia de hermanos unidos” cantaba el salmista. No más progreso técnico, ni más bienestar superfluo, ni más armas invencibles, ni más guetos intocables, sino mejor convivencia en la mayor paz y armonía posibles. Si la cultura y las humanidades son tan importantes es porque en ellas es fundamental la cuestión de la convivencia y las relaciones entre las personas. Y porque, en una convivencia sana y establecida, es donde mayores niveles de felicidad pueden caber para todo el género humano.

Si se acepta esta óptica, y mirando ahora a este mundo occidental que se atribuye una discutible misión de liderazgo en el planeta, quisiera señalar lo que puede ser el gran “pecado original” de Occidente: el individualismo. Una lacra que lastra toda nuestra historia y la de nuestra llamada Modernidad. Valdrá la pena que nos remontemos un poco a nuestras raíces más hondas.

Se ha señalado ya en más de tres ocasiones, que un venero de ese individualismo está en la filosofía de Descartes y en el famoso “pienso, luego existo”. En un momento de duda total y absoluta, la primera y máxima certeza y punto de partida de toda reflexión es mi yo: “pienso, luego existo”. A pesar de su recurso a las “ideas claras y distintas” para seguir avanzando, Descartes no encontró la manera de reformar ese atisbo inicial para llegar a la verdadera certeza-punto-de-partida: “existimos, luego existo”. Y como todos los genios se adelantan a su época quizá habremos de decir que Descartes fue el primero que se hizo un “selfie” aun sin tener teléfono inteligente… Esa es nuestra forma más originaria de estar en el mundo.

Y ese pecado original sigue infectando la historia posterior: el imperativo absoluto de nuestra Modernidad fue proclamado así por uno de los padres de la llamada Ilustración: “sapere aude”: atrévete a conocer y situarte por tu cuenta, porque solo así saldrás de “una minoría de edad culpable”. Algo muy importante y decisivo intuyó Kant al hablar así. Pero esa intuición venía lastrada por el individualismo cartesiano: es un imperativo que se dirige a mí como individuo aislado. El bueno de Kant no encontró manera de decirnos: sapere audeamus: atrevámonos a decidir entre todos. El resultado es que, si millones de personas deciden pensar y actuar por su cuenta (y prescindiendo ahora del dato fundamental de que eso no hubiera sido posible sin el previo influjo positivo de otros muchos en su desarrollo), se producirá un choque de actitudes y de decisiones que habrá de llevar a la confrontación y acabará reduciendo la convivencia humana a supresión de enemigos por un lado y meras alianzas tácticas por el otro.

Así estamos. Decir que te atrevas a decidir es algo moderno y estimulante, pero cuando se dice de manera individualista puede acabar en esa colección de irresponsables que estos días pasados paseaban ya por las calles sin mascarilla y sin guardar distancias, seguros de sí mismos y sin pensar en los demás. ¡Qué distinto hubiera sido un consejo de que nos atrevamos a ser conscientes todos a la vez!

Alguien que entrevió todo ese error original y no supo solucionarlo fue el temido y denostado Karl Marx: este será su valor perenne para nosotros y por eso nos molesta tanto. Su provocadora crítica: que los derechos del hombre que Occidente proclama son los “derechos del hombre alienado” no es cierta del todo: precisamente todas las declaraciones están hechas en plural como derechos de todos los hombres. Pero acierta en la forma individualista como hemos tomado nosotros aquellas declaraciones: como derechos míos (o, a lo más, de mi grupo) y nada más. Con lo cual, hemos acabado llamando derechos a muchos deseos: así es como el capitalismo pervierte la libertad en un derecho a oprimir. Porque los derechos humanos o son de todos o no son derechos (en todo caso serán “derechas” si se me permite la ironía). Y, por grande que sea la libertad, nadie tiene libertad para hacer daño o poner en peligro a los demás.

Aceptada parte de esta crítica como una reivindicación de los demás, Marx no encuentra luego la síntesis cuando, ante el tema de la muerte, no sabe decir sino que “es una dura victoria del género sobre el individuo”. El “ser genérico” (que podría ser una buena formulación de la aportación de Marx) se deforma como un ser “solo genérico” donde el individuo desaparece ante el género. Y eso da lugar a aquella innegable sandez (o superstición, impropia de un ateo) de que no hace falta ningún mandamiento del amor: que con solo que cambiemos las relaciones de producción, el egoísmo quedará vencido y se producirá “la identificación entre ser individual y ser genérico”, sin ninguna necesidad de apelar al amor. Y es que todos los hombres necesitamos creer “en algo”.

Y ya no sé si es estirar demasiado el decir que de ahí pasamos a un existencialismo que descubre al hombre con una finitud limitada y una libertad ilimitada, para concluir que “el infierno son los otros”: su autor debió matizar que el infierno son los otros cuando no puedo explotarlos y aprovecharme de ellos; pero nosotros deberíamos recordar que esa frase está escrita en una situación como de “confinamiento” (Puerta cerrada se titula la obra de Sartre). Así, hasta llegar al “transhumanismo” actual, que reconoce que el ser humano debe ser profundamente cambiado, pero aspira a conseguir eso mediante la tecnología y la genética.

Curiosamente, cristianismo y budismo, como ejemplo de las dos cosmovisiones que, más han insistido en la superación del ego, se caracterizan por ser cosmovisiones comunitarias: la shanga en el budismo y la iglesia en el cristianismo como esenciales. Y eso pese a (o precisamente por) que pretenden llegar hasta lo más hondo del individuo. Los cristianos no hemos recapacitado bastante hasta qué punto todas las oraciones oficiales cristianas son oraciones comunitarias: el Padre nuestro siempre habla en plural, las oraciones al Espíritu Santo (que luego de la anterior, son las más centrales para la vida cristiana), piden siempre en plural: “llena los corazones de los tuyos”, “visita las mentalidades de los tuyos, “luz felicitante, llena lo más íntimo del corazón de tus fieles”. En todos esos plurales se refleja esa mentalidad que antes echábamos de menos: soy porque somos.

Si este análisis es válido, podemos abrirnos a un futuro que estaría marcado por la opción entre dos imperativos, que podemos llamar así: el imperativo tecnológico o el imperativo humano. El primero significa que cuando algo es posible, técnicamente hablando, hay que hacerlo sin más, sin ninguna consideración de los efectos que eso puede aportar al conjunto de la humanidad: si es posible construir una bomba atómica, se construye sin atender a los daños que podría causar. Si es posible ir a la luna, hay que ir en seguida, sin considerar si eso es lo que más necesita hoy el género humano. Si es posible destruir al planeta en provecho propio, lo destruimos confiando en que luego la ciencia ya nos encontrará una solución… Podríamos seguir con alusiones a la genética, pero será más útil destacar hasta qué punto nos justificamos: unas veces arguyendo que “si no lo hago yo, lo harán otros” (según aquel principio de “competitividad como primera regla de la convivencia” que enunciamos al final de la parte anterior). Otras veces arguyendo, con una superstición parecida a la de Marx, que todo aquello que es técnicamente posible, será humanamente bueno.

El otro imperativo, podemos visualizarlo en el ya célebre título que dio Leonardo Boff a su primer libro sobre el drama ecológico: Grito de la tierra, grito de los pobres. Que la tierra está gritando, es algo que ya comenzamos a aceptar. Se nos dice también que la COVID-19 puede acabar siendo nefasta para los más pobres, que ni pueden confinarse ni puede dejar de ir a trabajar un solo día, porque aquello constituye su escaso sustento cotidiano. Y si hasta ahora parece que la pandemia les ha respetado más porque son países más cerrados sin tanto flujo de gente como nosotros (o a lo mejor porque tenemos menos información sobre ellos), ya comienzan a aparecer situaciones desesperadas en países como Ecuador (en Guayaquil, por ejemplo), Brasil o Perú.

Pero como, además, este virus nos ha afectado primero a nosotros los ricos, poniendo de relieve nuestra fragilidad (como dijimos en la primera parte) que es también una forma de pobreza, resulta que el título de Boff puede extenderse de la siguiente manera: “Grito de la tierra, grito de los pobres, grito de los hombres”. Y este parece ser el verdadero horizonte que tenemos ante nosotros.

Lo que queda pues, es si, entre todos, nos atrevemos a mirar un poco cómo habrían de ser las cosas si logramos abrirnos comunitariamente a ese horizonte.

Imagen de Free-Photos en Pixabay