La señora voluntaria del silencio

La señora voluntaria del silencio

Xavier AlonsoAyer por la tarde entré en la iglesia de Sainte Marie-Madeleine donde, algunos días, me solía encontrar con Marta en la misa de siete, cuando ella vivía aquí. Marta aparcaba su bici dentro, con el caballete, y nos buscábamos para sentarnos juntos.

En Bélgica, al principio del confinamiento, se seguían haciendo misas, pero poco después los obispos decidieron suspenderlas en todo el país. Ahora, algunas iglesias están siempre cerradas, como la Catedral de Bruselas, y otras están abiertas, pero sin misas. De camino a casa, volviendo del trabajo, paso por al menos tres que están abiertas. Ayer entré en Sainte Marie-Madeleine a rezar, a estar en silencio, pero al ver que la pequeña tienda de dentro estaba abierta me fui allí directamente. La tienda está al fondo de la nave lateral de la izquierda. Al principio de la nave hay una capilla dedicada a santa Rita, llena de velas encendidas. Mi hija pequeña se llama Rita. Detrás del mostrador de la tienda atendía una señora de unos cincuenta años. Le compré una vela por un euro y medio.

Charlamos un rato. Ella estaba espantada de la sorpresa de este caos global de la pandemia, inesperada para todos, de qué haría la gente pobre, los parados, el mundo con tanto consumo y tanta aparente inconsciencia. Encima del mostrador tenía una máquina de coser Singer y, cuando no atendía, fabricaba mascarillas de tela gris. Yo era el único cliente y, en toda la iglesia, estábamos solo tres personas. Le di las gracias por tener la iglesia abierta y me dijo que era voluntaria. Voluntaria de eso, de mantener una iglesia abierta. Cuando me iba me dijo: Une bonne prière! En francés se dice mucho, lo de “bon” esto o “bonne” aquello. Te lo desean por muchas cosas: bonne prière!, bon apetit!, bonne réunion! Me deseó “una buena oración”.

¡Agradezco tanto encontrar iglesias abiertas! Me permite entrar gratis en un espacio de nadie, sentarme, quizás descansar, buscar calor en invierno o, al contrario, el fresco en estos meses que ahora comienzan. Hablar con Dios y tratar de escucharlo… Estar en silencio. Entrar en un lugar donde nadie te pregunta nada. No se acercará nadie en plan “¿Qué quiere tomar?” o “¿Usted es católico?”. Las iglesias abiertas son un territorio libre, como en la Edad Media, que eran territorio de refugio y si alguno que huía entraba, el perseguidor ya no lo podía continuar persiguiendo. Ahora las iglesias son refugios también, pero refugios de la gente que quiere estar callada un rato. También son refugios de gente pobre. La segunda persona que ayer me encontré en Sainte Marie-Madeleine, un hombre de edad indefinida y cara muy femenina, es un feligrés que había visto cada vez que iba a la misa. Siempre con su maleta encima y una sonrisa. Sainte Marie-Madeleine está rodeada de un cinturón de jardín, y por la parte del ábside hay tres tiendas de campaña plantadas permanentemente donde viven tres hombres. Esta función de la Iglesia, la de acoger a los pobres, como sea, sin preguntar demasiado, me parece imprescindible. Los pobres y los que buscamos silencio nos encontramos allí, acogidos dentro de iglesias que alguien mantiene abiertas. Mantenerlas abiertas no es fácil: hay gastos de luz y limpieza, por ejemplo, o de vigilancia, porque también resulta más fácil ensuciarlas o entrar a robar. Por eso algunas iglesias cierran durante algunas horas del día, o durante unas horas cobran por dejar entrar a los turistas. Habría que convertir el silencio en un servicio público. Debería haber iglesias civiles para rezar a Dios cuando todavía no sabemos que existe.

Salí del silencio de Sainte Marie-Madeleine y entré en el de la Bruselas confinada, las calles medio vacías, el aire limpio. Por primera vez el silencio de dentro continuaba en el nuevo silencio exterior.

Imagen extraída de: Pixabay