¡Viva la pereza!

¡Viva la pereza!

Albert FlorensaA pesar de su brevedad, La pereza es un libro profundo y erudito, pero no es ni difícil ni recargado. Como en otras obras de Oriol Quintana, el texto está perfumado con la justa ironía, que permite conectar con la realidad de los hombres y mujeres que conforman lo que el autor llama la condición media.

Con respecto al tema del libro, la pereza, puede afirmarse que es del todo adecuado, tanto por su actualidad como por su relevancia. Pero hay que hacer una advertencia: si el lector es de los que piensa que nuestra sociedad está amenazada por la pereza, especialmente la gente joven, y que el ser humano está llamado a perfeccionarse continuamente, se llevará una decepción, porque Quintana dedica el texto, fundamentalmente, a enumerar las propiedades beneficiosas que acompañan a la vilipendiada pereza.

Tratándose de uno de los libros de la serie Pecados Capitales, de la editorial Fragmenta, sus páginas, como era de esperar, contienen algunas reflexiones teológicas. Ben elegidas y contextualizadas, estas reflexiones ayudan al lector a entender por qué la pereza se convirtió en un vicio, así, por ejemplo, Quintana afirma:

“Fue el cristianismo tradicional el primer encargado de perseguir a la pereza. Uno no podía estar dormido y tener la casa desordenada, no fuera que el dueño volviera de manera inesperada, no fuera que la muerte se presentara de repente y uno abandonara el mundo con las cosas a medias”.

El autor señala al humanismo renacentista como un momento clave en la génesis de la creencia en un ser humano perfectible, el cual está llamado, precisamente, a perfeccionarse. Dedicarse a esta tarea se convertirá en una virtud. El hombre tendrá que luchar contra la pereza, uno de los principales obstáculos en el camino de la perfección. Esta creencia llegará corregida y aumentada a la modernidad, y ahora, ya en la modernidad tardía, alcanzará los niveles del delirio transhumanista.

Quintana nos recuerda, citando al pensador contemporáneo Byung-Chul Han, que en nuestras sociedades los hombres no sólo se explotan entre ellos, sino que se autoexplotan. Al sujeto de rendimiento ya no es necesario que le recuerden que debe rendir al máximo ni hay que constreñirlo para que se convierta en un individuo centrado exclusivamente en incrementar su propio rendimiento. El sujeto de rendimiento no puede perder el tiempo ni las oportunidades, ni mucho menos practicar el altruismo; todo depende exclusivamente de sí mismo, porque le han convencido de que lo puede todo. Así, en este contexto que acabamos de describir, quien sea perezoso se convertirá en un inadaptado y, obviamente, aquellos que no puedan seguir el ritmo también serán rechazados, y probablemente desarrollen alguna enfermedad nerviosa.

Para mostrarnos algunas relaciones de los seres humanos con la pereza, Quintana recurre a la literatura de altos vuelos. El Quijote y Sancho Panza, así como el propio Hamlet, son ejemplos de ello. Buena utilización de la literatura que nos hace desear volver a acompañar a estos personajes fijándonos en los detalles que nos señala Quintana.

El autor nos recuerda el papel beneficioso que puede representar la pereza a la hora de tomar decisiones porque, según Quintana, el nivel de pereza que nos provoca tener que realizar cierta acción puede ser un indicador de la conveniencia o no de llevarla a cabo: cuando el peso de la pereza es muy elevado, hay que sospechar de la bondad y de la conveniencia de la acción a realizar.

Finalmente, cuando pensamos que Quintana ha rescatado la pereza del pozo de los vicios para situarla en el paraíso de las virtudes, nos cae encima un jarro de agua fría, porque nos advierte que no debemos tener pereza de hacer lo que hay que hacer: fundamentalmente de cuidar de los demás, de amar. Y yo añadiría: también de amarnos a nosotros mismos, de cuidar el planeta y, desde la perspectiva trascendente, de amar a Dios, de amar el Absoluto.

Después de todo, para mí, las virtudes de este libro radican, por una parte, en haber recuperado lo bueno que nos regala la humana pereza, especialmente en una sociedad que sólo valora la eficacia y la eficiencia tecnocientífica y económica, y que nos quiere convertir en sujetos de rendimiento: ¡viva la pereza! Y, por otra parte, en querer quitarnos la pereza de encima para ponernos a discernir sobre lo que realmente no podemos dejar de hacer: amar más y mejor, especialmente cuando eso de amar nos exija acciones cotidianas nada espectaculares.

Pereza

Imagen de Fragmenta