Realidad

La realidad que no se ve

Miriam Feu. Hay una realidad que ves y otra que es“. Nos lo dice el VIII Informe sobre exclusión y desarrollo social que elabora la Fundación FOESSA cada cinco años a nivel estatal y autonómico, y que por primera vez se ha presentado con un informe específico de la Diócesis de Barcelona.

El informe nos anima a quitarnos las gafas que no nos permiten ver la realidad tal y como es: caminando por una calle podemos ver personas desahuciadas o con dificultades para acceder a una vivienda digna, personas que tienen un trabajo precario que no les permite llegar a fin de mes, mujeres de origen migrante que deben trabajar dos horas más al día para cobrar lo mismo que un hombre, o personas que no votan porque piensan que la política les da la espalda. Y es que hay una parte de nuestra sociedad que se está quedando atrás y que no puede participar con normalidad. La exclusión social se produce cuando las personas están separadas, se quedan al margen o son expulsadas de la sociedad por una falta de derechos, de recursos o de capacidades básicas. Casi una de cada cuatro personas de la Diócesis de Barcelona (646.000 personas) se encuentran en situación de exclusión social, un proceso que se genera por la acumulación de dificultades en varias dimensiones. Es decir, el concepto de exclusión pretende ir más allá de la dimensión puramente económica de la pobreza, e incluye también dimensiones de ciudadanía (vivienda, salud, educación, participación política) y de relaciones sociales. Por ello, con el fin de iniciar procesos de inclusión de las personas, no es suficiente proporcionar una ayuda económica, sino que hay que trabajar en todas las dimensiones afectadas por el proceso de exclusión.

En cuanto a las principales problemáticas sociales, la exclusión residencial y la precariedad laboral son los dos motores principales de la exclusión en nuestra diócesis que afectan a prácticamente la mitad de las personas en esta situación. Cabe destacar también la importancia del eje relacional, y cómo las problemáticas del aislamiento social o del conflicto social afectan al 15% de la población. Una problemática que hay que mencionar también es la exclusión política, que afecta al 19% de la población. Aquí se considera, por un lado, la exclusión política extrema, es decir, de las personas que no tienen derecho a voto (en torno a 408.000 en la Diócesis de Barcelona), y por otro, las personas que no participan en las elecciones por falta de interés o que no participan en ninguna entidad ciudadana (127.000). Hay que poner el foco en este último grupo de personas. De hecho, nos alerta de que las personas en situación de mayor vulnerabilidad son las que menos están participando en los procesos de toma de decisiones, lo que nos debería hacer cuestionar la calidad de nuestra democracia (porque se establece un círculo vicioso entre las personas con más vulnerabilidad y con unas necesidades claras que no se están poniendo en las agendas políticas y que, por tanto, no obtendrán respuesta…). Desde otro punto de vista, la crisis de nuestro modelo de participación (sólo el 17% de las personas de nuestra sociedad tiene una participación cívico-política activa) nos alerta del valor del individualismo que impera en nuestra sociedad ante la defensa del interés colectivo. Cada vez nos encontramos más desvinculados unos de otros, por lo que el sentido de comunidad va perdiendo valor.

En palabras de Teresa Montagut, las incertezas que generan la situación actual de precariedad y de falta de futuro hacen perder las seguridades. Porque las certezas que teníamos hasta ahora que si uno trabajaba tenía ingresos suficientes para sostener a la familia, que si uno estudiaba tenía garantizado el ascensor social, que la familia era una red de seguridad…, se han perdido: hoy las familias, los diferentes modelos familiares que tenemos son modelos familiares más libres, sí, pero más inseguros, más inestables, más frágiles, que tampoco pueden hacer la función para la que la institución familiar había estado funcionando durante muchos años.

Y la transición social hacia ese futuro, que no sabemos cuál es, está llevando una trayectoria que es muy preocupante. Tenemos todavía unas políticas, viejas políticas, para tratar viejos problemas que no son los problemas que hoy han aparecido. Y aquí nos encontramos ante un desfase importante.

Ante esto hay que recuperar un estado del bienestar que se adapte a la sociedad actual. Hay que apostar por un sistema redistributivo fuerte. Hay que recuperar también la revinculación y el papel fundamental de todo lo comunitario. Y tenemos que hacerlo con la dosis justa de indignación que no nos deje pasar las injusticias, unida a la esperanza que nos haga actuar y responsabilizarnos.

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Imagen del vídeo de presentación del Informe