Reflejo

Agradecer. Perdonar. Decir te quiero. Decir adiós.

Núria Romay[Este escrito surge como reflexión al finalizar la sesión de Los Lunes de los Derechos Humanos, Derecho a una muerte digna. ¿De qué hablamos?]. ¿Qué esconde el final de vida? ¿Qué hay detrás de este límite, cubierto de desnudez y fragilidad, que me refuerza el deseo de vivir en plenitud? Me pregunto, ya que me pongo en ello, qué es lo que empuja a alguien de veintiocho años a asistir a un debate sobre el “morir dignamente”, donde todo apunta a oír la palabra muerte más veces durante una hora que en los meses anteriores. Sin respuestas, me acerco movida por este misterio.

Referirnos al Derecho a morir dignamente, aclara Montse Esquerda, pediatra y directora general del Instituto Borja de Bioética (URL), no es caer en conversaciones cargadas de argot legislativo ni en argumentos a favor o en contra de la eutanasia. El derecho a una muerte digna va más allá. En principio, conviene revisar en nuestras vidas cómo nos interpela la finitud (la tuya, la mía). Pasa por preguntarnos: “¿Qué lugar le damos hoy a la muerte?”. Un interrogante donde hay implícitos dos “previos”. Primero, que hay que dejar espacio a la muerte. Y segundo, para cederle un lugar hemos de dedicarle tiempo: hemos de abrazarla con delicadeza hasta instalarla lejos de aquella estancia donde, posiblemente, tenemos abandonados uno sobre otro temas tabú que hemos ido acumulando. Volver a establecer contacto con la muerte supone que nos desengañemos de aparentar que, a medida que aumenta el abanico de tratamientos y la esperanza de vida (al menos, en una parte del mundo), también crece esta “especie de inmortalidad” (más propia de la ciencia ficción que de la humanidad).

Sea cual sea el lugar donde situemos la etapa final de vida, pide que desenterremos la muerte (disculpad la paradoja) y que hablemos de ella. Poner palabras no sólo cuando parece que “llega el momento” sino ahora que vivo, hoy que soy joven e igualmente vulnerable, igualmente limitada. Y hacerlo con un lenguaje comprensible, que nos permita diferenciar conceptos como sedación o suicidio asistido. Todo ello, para no perpetuar que resulte “más sencillo pedir una resonancia que tener la conversación más difícil de la vida”. En este sentido, Montse Esquerda pone sobre la mesa dos de los conflictos éticos actuales: la obstinación terapéutica y la conspiración del silencio de hoy. Tenemos el peligro de continuar formando parte de una sociedad que, nutrida de un mutismo selectivo en torno a la muerte, esconde el dolor y fuerza procesos de duelo exprés. Este aislamiento del sufrimiento acaba generando que “cada vez más personas afronten solas el final de sus vidas”.

La esperanza, en el otro lado de esta realidad, llega de manos de voluntarios como Ernest Botargues (miembro de la Associació Temps). Voluntarios que entran en los hogares dispuestos a ser presencia cerca de las historias tejidas en últimos momentos de vida. Allí dentro, tras las paredes que rodean enfermos y familias, se va forjando el vínculo con el acompañante. Un vínculo construido a base de respeto, de silencio, de tacto, de ser reverencia ante el otro.

El relato de Ernest, y la manera como me revela lo que supone para él hacerse cercano a la fragilidad, sólo podía nacer de esta reconocida pasión por acompañar a personas y por el enlace indisoluble entre vida-muerte.

“Al principio todas las personas tienen un gran nudo de inquietudes y de miedos. Poco a poco, estos miedos se van desgranando, la persona enferma se va descubriendo hasta encontrarse con ella misma. Este momento es como una desnudez existencial. Son días llenos de esperanza a pesar de encontrarse igualmente cerca de la muerte, es una nueva etapa que llena de sentido todas las demás”. El núcleo de la persona queda tocado, transformado, nos deja entrever el spoiler del final: somos seres necesitados de amor, necesitados unos de otros.

Como si fuese recorriendo un camino en paralelo a la vivencia de Ernest, revivo escenas cercanas. Son flashes de los últimos momentos de la abuela, de las conversaciones en las que Lucia compartía que había salido a pasear con el abuelo, la apuesta por la vida que me evocan las recaídas de Carol, el testimonio de amigos que amo y que han encarado pérdidas recientes. Imágenes y nombres que circulan sin ningún tipo de filtro. Hasta llegar a aquella mañana cuando, desnuda bajo una sábana blanca y con un goteo constante de fondo, me encontré haciendo equilibrios entre una línea que separaba el ahora-vives del ahora-no, asumiendo que la certeza de la finitud había entrado para quedarse.

Cuatro palabras cerraban el debate del lunes. Resonaban como si de una melodía conocida se tratara. Agradecer. Perdonar. Decir te amo. Decir adiós. Quizás, sin embargo, no es necesario que esperemos el último momento. Agradezcamos, hoy. Perdonémonos. Digamos a quienes amamos que los amamos. Y démosle calidad en cada adiós.

Reflejo

Imagen de malubeng extraída de Pixabay