Por qué miramos hacia el cielo

Por qué miramos hacia el cielo

Lucía Montobbio. Ahora que empieza el buen tiempo vamos a la playa. Es lo que hice yo este domingo con unos amigos que conservo de la universidad. Una de nosotros trabaja en un chiringo que está entre Ocata y Masnou. La mayoría de mis amigos no cree en Dios, no sigue ninguna religión.

Ellos lo saben, que soy católica. Al principio era más como algo gracioso, o extraño. Después se convirtió en un hecho entre exótico y bohemio. Ahora no sé lo que parezco, pero sí que me hacen cada vez más preguntas, que también son más difíciles.

 “Por qué crees en Dios”

“¿Si alguien viniera y te demostrara que Dios no existe, científicamente, seguirías creyendo?”

“¿Dónde está Dios en medio de las guerras?”

“¿Si Dios existe por qué existe el mal?”

“¿Crees que la jerarquía eclesiástica es coherente con el mensaje que promulga?”

“¿Por qué algunos creyentes se creen mejores personas que los no creyentes?”

“¿De qué sirve creer?”

“A Dios nos lo hemos inventado nosotros porque lo necesitábamos, ¿no crees?”

 

Todas estas preguntas han ocupado tiempo en la cabeza. Pero al final creo que todo va más allá de lo que puedo entender. Es más experiencia que necesidad.

Nuestra razón quiere entenderlo todo, pero no puede. Os introduzco citas, que ya sabéis que me encanta hablar de escritores en mis posts. Fijaros en esta fábula de Nietzche:

«En algún apartado rincón del universo centellante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal, pero a fin de cuentas, sólo un minuto.
»

Nos quedamos en bañador, hace calor pero no es para tanto, de hecho después de 5 minutos se nos pone la piel de gallina. Aún así incito a mis amigos para que se tiren conmigo al agua, la locura los tienta más que mi provocación y acabamos los tres con las vísceras congeladas.

Nada en mi cabeza. Salgo recuperando el aliento, y sólo digo algo así como: “¡Aaaaaaaaaaaaaaah!, brrrrrrrrrr”.

Ni una sola palabra. He dejado de pensar y no hago más que reírme.

Kundera, me atrevería a decir que discípulo de Nietzche, no sólo por la teoría del eterno retorno, sino por esto mismo que estoy intentando describir, afirma en Inmortalidad -y esta vez aplaudo-:

«Pienso luego existo, es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa […] Pero cuando alguien me pisa el pie, el dolor sólo lo siento yo.»

Mi “aaaaaaaaaaaaaaah, brrrrrrrrrr” es más real que cualquier otra palabra. La verdad para mí se aproxima más al sentir que al pensar. Y eso que pienso, pero siento más que pienso. Por eso, me vuelvo a tirar de cabeza.

También por eso no me asustan todas esas preguntas, aunque está bien formularlas. Estoy segura de que existe, no porque lo piense, sino porque lo siento.

Uno de mis amigos, el que lleva cinco minutos preguntando, al final me dice entre tapa y tapa (ya estamos comiendo en el chiringo): “Mira, yo no sé si existe o no, pero sé que cada vez que tengo un mal momento miro al cielo. Aunque no sé por qué.”

Imagen extraida de: educayfilosofa