Nuestra “dolarización”

Nuestra “dolarización”

Luis Sols. Sería más correcto titular “nuestra marquización”, porque hace doce años que estamos adheridos al marco alemán, aunque ahora le llamemos “euro”.

La dolarización consiste en prescindir de la moneda nacional, adoptando el dólar para los intercambios o adhiriéndola por ley al dólar. En los años 90 varios países latinoamericanos dolarizaron su moneda, con resultados tan desastrosos como el “corralito” argentino. De este desastre tan solo se han librado parcialmente algunos países pequeños con ingresos en dólares bastante estables –petróleo, remesas de emigrantes- y aún en ellos la dolarización resulta ampliamente discutida.

La dolarización es el sueño de todo neoliberal. El Estado renuncia a tener una política monetaria propia y, en buena medida, también a la política fiscal, que queda limitada por la necesidad de mantener a toda costa, permanentemente y de modo inmediato, la competitividad con el país de referencia. No hacerlo conduce inmediatamente al desastre económico, cosa que saben de sobra gobiernos y votantes.  O sea, el poco Estado que queda es extranjero e inmune a los votos de nuestros ciudadanos.

El euro no ha existido nunca como una moneda normal. No tiene detrás un Estado -o entidad con papel similar- que regule el mercado y garantice la integración. El único Estado que ha habido es el alemán y la política monetaria del euro se ha orientado en todo momento a atender las necesidades de Alemania, superpotencia exportadora de la eurozona. En realidad, lo que hemos tenido y tenemos es el “marco” con un nuevo nombre –euro- y un conjunto de países “marquizados”.

El resultado ha sido tan desastroso como en las anteriores experiencias de América Latina.  O más, porque aquí ha habido un terrible factor distorsionador, que ha sido la confusión en las expectativas. Los argentinos sabían que EEUU nunca haría nada por ellos, pero aquí todos creímos que el euro era nuestra moneda y que, llegado el caso, funcionarían en la eurozona los mecanismos automáticos de solidaridad interna que hay en cualquier moneda. Así fue durante décadas en el Sistema Monetario Europeo, cuando la integración económica era mucho menor.

Sobre esta base, algunos países –sus bancos y empresas- recibieron préstamos en proporciones siderales. Fue una gravísima irresponsabilidad de los bancos que prestaban, de los bancos que recibían y de los gobiernos de los países respectivos que no hicieron nada por atajar el gigantesco desequilibrio –deuda exterior privada- que se estaba creando. También hubo una grave irresponsabilidad de la mayor parte de los economistas que individual y colectivamente debían haber denunciado lo que estaba pasando y no lo hicieron. Pero un mercado sin Estado parecía la quintaesencia de la eficiencia económica. Y así estamos.