Viernes Santo en Livermore

Viernes Santo en Livermore

Pau Vidal. 22 de Abril 2011.  Lawrence Livermore National (Nuclear) Laboratory, Califòrnia. Llegamos a las 6:15 de la mañana. Helena, siempre atenta, me hace notar la belleza de la salida del sol. Este va poco a poco ganando intensidad, pero la valla metálica que rodea el centro de investigación nuclear de Livermore, dónde nos han convocado, nos recuerda que todavía hay muchas noches por iluminar. Hoy es un día de tristeza, oscura y de pena.

¿Pero cómo? ¿Noches, oscuras y tristes en medio del sueño americano, el país “más adelantado” del mundo, el país de la prosperidad y el progreso? Sí, hermano/hermana, sí. Estados Unidos, donde 40 millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza, dónde más de medio millón de personas viven a la calle, dónde hay más de 2 millones de personas encarceladas, dónde todavía se practica la pena de muerte, dónde más del 60% de los impuestos de los ciudadanos se dedica al gasto militar,… Noches oscuras como la garganta del lobo que alargan su sombra hasta bien lejos.

Viernes Santo. Noche oscura, dolor, y gritos de angustia. A Jesús se lo han llevado, le han arrestado y torturado y bien pronto lo colgarán en la cruz. Estados Unidos, el primer productor y exportador mundial de armas. El primer país en utilizar la bomba atómica sobre población civil (Hiroshima y Nagasaki). El primero… tantos primeros en esta fúnebre lista de muerte y destrucción que produce espanto, hasta vómito. Y mientras tanto, en Miami Beach la gente se está tomando unas caipiriñas en la playa. ¿Cómo puede ser?

Hoy un pequeño rebaño, un pequeño grupo nos encontramos en las puertas del centro de investigación nuclear de Livermore y nos lamentamos, imploramos, rogamos, denunciamos, luchamos, resistimos.

Un centenar largo de personas que intentan vivir seriamente el testimonio de Gandhi, Martin Luther King Jr., y otros tantos que nos han precedido. No callamos porque no podemos. El deseo de paz y justicia nos quema por dentro. ¡Ya basta!

Un grupo plural, abierto, ecuménico e interreligioso. Ante el laboratorio de investigación nuclear nos hemos reunido gente de todas las tradiciones para celebrar este Vía Crucis. La mayoría somos cristianos, de denominaciones bien diversas. Hay aquí y allá mujeres vestidas de pastoras en medio de la protesta. Es un privilegio estar en un entorno realmente ecuménico. La oración inicial en árabe, el sermón de la pastora evangélica, la danza contemplativa participada, las palabras del rabino,… pequeño rebaño, tú eres la levadura de un nuevo amanecer.

Viernes Santo. Hoy, sin embargo, las estaciones del Vía Crucis no narran directamente la pasión de Jesús de hace dos mil años. Las estaciones de hoy, aquí en Livermore, nos traen el clamor de los crucificados de nuestro mundo, las víctimas inocentes producidas por un sistema injusto y por nuestra complicidad. Y a pesar de todo, hoy el recuerdo de las víctimas trae esperanza. ¿Esperanza en Viernes Santo? ¡Qué paradoja! Pues sí, esperanza porque este grupo de gente de buena voluntad no se dedica sólo a llorar las muertes de millones, a contemplar con impotencia el dolor de tantos. No. Delante del grito de la injusticia y la locura de la carrera armamentística nuclear, el pequeño rebaño, este Viernes Santo, recuerda a los inocentes a partir de múltiples iniciativas: desea acompañar su padecimiento y así evitarlo. El Observatorio de la Escuela de las Américas, el centro de acogida para inmigrantes y refugiados, las mujeres de negro de Berkeley, el comité que informa los jóvenes sobre lo que de verdad implica alistar‐se en el ejército, el grupo de comunidades locales en contra de un entorno radiactivo,… Pequeño rebaño, en ti tengo puesta mi esperanza.

Livermore, es un complejo de investigación nuclear dónde trabajan 6.500 personas. Las nubes empiezan a enturbiar la mañana soleada. 6.500 personas cada día poniendo sus talentos, su inteligencia, sus capacidades al servicio de una maquinaria de muerte y destrucción. La web del centro habla de muchos proyectos de investigación en energías renovables, pero el hecho cierto es que el año pasado el 85% del presupuesto fue destinado a la investigación en armamento nuclear. Aquí en Livermore, y en muchos otros lugares, miles de personas trabajan para encontrar maneras de matar más y mejor.

El miedo a un ataque exterior, el miedo a lo desconocido, la obsesión por la seguridad es explotado por unos pocos para amasar grandes fortunas. Las corporaciones armamentísticas son uno de los negocios más lucrativos aquí en los EEUU. Producir armas da trabajo a tanta gente que el gobierno baja la cabeza y dice que sí a todo. Las empresas dicen “hacen falta más guerras para poder producir más armas y así poder aumentar los beneficios,”… y entre bastidores el gobierno dice… “pues ya buscaremos alguna excusa.” Afganistán, Irak, Libia… Difícil imaginar el inmenso dolor desperdigado en cualquier rincón del mundo. Sangre, destrucción, muerte, guerra no son palabras vacías, no. Contienen nombres, rostros, historias de gente normal y corriente como tú y como yo.

Viernes Santo. El Vía Crucis acaba a la puerta de entrada del complejo de investigación nuclear. Nubes en el cielo. Los hijos de la luz se topan con los esclavos de la oscuridad. El pequeño rebaño canta canciones, protestamos con pancartas, cruces y medias lunas en las manos, bailamos, sonreímos y lloramos. Los militares y la policía con rostros impenetrables y perfectamente uniformados llevan porras, pistolas, armaduras antidisturbios… El contraste no puede ser más evidente. Luz y oscuridad; sencillez y prepotencia; vida y muerte. En Livermore, hoy se vive la pasión de Jesús. Él y su grupo de gente sencilla, de pescadores, se encuentran frente a frente con el destacamento de soldados romanos.

No hay tensión, ni nervios, sólo una gran tristeza.  Todo sucede con una lentitud parsimoniosa, como una procesión de Semana Santa. Ya hace años que miles de ciudadanos americanos protestan este día delante de los diferentes centros de muerte como este de Livermore. Los hijos e hijas de la luz y los esclavos de la oscuridad se saben el papel al pie de la letra. Los soldados saben que el pequeño rebaño no opone resistencia violenta. El rebaño sabe que no tiene nada a hacer ante el poder del sistema. La veintena de ovejas del rebaño que hoy han decidido traer su protesta hasta el final se paran en la puerta y, sin oponer resistencia, se dejan detener por los soldados. Pasarán unas horas o unos días detenidos, quizás algunos con menos suerte, semanas, meses o años. Sus nombres quedarán por siempre jamás  grabados en la lista de los malditos, los que han violado una ley federal.

Se han llevado a Jesús para juzgarlo. Hoy, un inocente será condenado a muerte. Hoy, cientos de inocentes morirán a manos de armas diseñadas en este centro de investigación.

Helena, la nueva Verónica, llora al ver como se llevan detenidos nuestros compañeros y compañeras de protesta Cuando los soldados y los policías ya son a punto de replegar‐se, hace un gesto inesperado: se acerca al policía que tiene en frente, le extiende la mano y le sonríe. Él no le estrecha la mano, la porra que firmemente sostiene se lo impide, pero su rostro parece esbozar una tímida sonrisa.

Entre las nubes, el sol vuelve a salir. Sí, a pesar de todo, quizás todavía hay esperanza. Quizás todavía hay un amanecer tras el Viernes Santo.

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