Yo solo, ¿qué puedo ser?

978-84-9730-474-0

El título del presente cuaderno —«Yo solo, ¿qué puedo ser?»— es una expresión clave que aparece en el número 58 del texto de los Ejercicios. El «yo solo» no alude a una soledad física («estoy solo») o psicológica («me siento solo»), sino a una opción vital: «Por mis propias fuerzas y con ellas», «sin necesidad de Dios para nada». Una pretensión marcada por la codicia y la soberbia que acaba convirtiéndose en la raíz del pecado (personal y estructural) y de los propios desórdenes. Precisamente a través de los ejercicios de esta primera semana, se intenta ayudar al ejercitante a percibir la mentira escondida en esa arrogancia: solo, sin Dios, nada puede y nada es, porque el ser humano ha sido creado/amado precisamente para vivir la relación con Dios en todo.

Autor: Carles Marcet

Fecha: Diciembre de 2020

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El nuevo cuaderno de la colección EIDES de Cristianisme i Justícia, «Yo solo, ¿qué puedo ser?», nos pone ante una temática relevante para cualquier persona que se sienta invitada al encuentro honesto con Dios: su autor, el jesuita Carles Marcet, nos adentra con destreza pedagógica en la primera semana de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Gracias al uso de un estilo cercano y a las imágenes que el autor comunica, la experiencia de este periodo de purificación espiritual nos llega con mucha sencillez y fácilmente conecta con la biografía de cualquier persona atenta y sensible a lo que sucede, tanto en su interior como en los acontecimientos de la vida.

Marcet habla del binomio opacidad/transparencia para explicar que el objetivo fundamental de los ejercicios que propone san Ignacio en esta primera semana es adentrarnos en una corriente que lleva al desasimiento. El ejercitante es invitado a ganar indiferencia, es decir, a poner en el horizonte conseguir alcanzar una mayor libertad interior. Plenitud, por tanto, que solamente emerge con fuerza cuando la persona entra en la dinámica del abajamiento; abundancia, que llega mientras se va recorriendo el camino del encuentro progresivo con Dios. Divinización/deificación, dos conceptos más que ayudan a clarificar lo que supone dejarse impregnar por la vida verdadera –divinización–; o bien, contrariamente, a descubrir hacia dónde lleva el aferrarse al propio querer e interés –deificación-.

El itinerario marcado por san Ignacio es descrito por el autor con finura espiritual. El ejercitante se encuentra ante cinco ejercicios, cada uno con un objetivo concreto que, no obstante, construyen, poco a poco, el esqueleto de esta semana. De esta manera, la persona es invitada a entrar con todas sus capacidades –memoria, inteligencia y voluntad– en la aventura que san Ignacio ofrece. Se tratará, en primer lugar, de meditar sobre el pecado y el mal en el mundo. Marcet recuerda que, para conseguir este objetivo, san Ignacio propone detenerse en diferentes ámbitos –con imágenes propias de la teología del momento y que tocan diferentes niveles: cósmico, histórico, particular–, allá donde se manifiesta no solamente el misterio y la realidad del mal que envuelve al ser humano, sino también su implicación. Este ejercicio se cierra con un diálogo con Cristo puesto en cruz: es una experiencia que quiere conducir a la persona al reconocimiento de Aquel que lo ha reconocido primero con la abundancia de su amor.

Con esta disposición se llega al segundo de los ejercicios, que, como el autor subraya, abre un momento personal y de gran sutileza, pues de lo que se trata ahora es de meditar sobre el propio pecado. Habrá entonces que pedir a Dios hacerse sensible a esta realidad, dejarse afectar por ella, sacarse las máscaras de la autojustificación y de la proyección. Marcet nos vuelve a regalar algunas imágenes y binomios clarificadores de lo que supone entrar a fondo en este proceso. Por ejemplo, el contraste entre la insignificancia del pecado y la misericordia de Dios, siempre sobreabundante; o bien, la oposición entre la fealdad y la malicia del pecado y la belleza y la bondad de Dios. Tal y como nos recuerda el autor, con este ejercicio san Ignacio quiere que lleguemos al fondo, a la raíz de una manera de posicionarnos en el mundo y de relacionarnos con él, que genera dolor. El ser humano es creado para vivir harmónicamente consigo mismo, con los otros y con el entorno. Por esta razón, el mismo san Ignacio abre la pregunta que Marcet utiliza como título de su escrito: Yo solo, ¿qué puedo ser? Un ofrecimiento, sin duda, a caminar hacia la humildad, es decir, hacia el reconocimiento de la condición frágil y limitada de la existencia que, sin embargo, encuentra un horizonte en Dios, en su misericordia que se convierte en mirada amorosa y confiada sobre la creación.

Y es así como san Ignacio llega al tercer y cuarto ejercicios, que presenta como momentos de repetición –la consigna es saborear aquello que se ha vivido- y resumen –la clave está en profundizar en lo esencial-. Marcet subraya que con el ejercicio de repetición Ignacio ha querido comunicar la necesidad de profundizar en todo lo que se ha movido interiormente, para así llegar a gozar de una sensibilidad cada vez más fina, que ayude a desvelar lo que hay de mal en el interior de la persona y en sus relaciones con el exterior. Por otro lado, el resumen quiere construir una perspectiva, una panorámica global de lo que ha pasado a lo largo de los ejercicios para poder unificar pausadamente la experiencia.

San Ignacio no acaba aquí su propuesta de meditación entorno al mal y el pecado. Tal y como detalla, el Peregrino invita a realizar un quinto y último ejercicio, que llevará a la persona a sumergirse en el infierno. Un ejercicio que, tal y como advierte Marcet, hoy en día puede resultar hasta [un tanto] contracultural. En este momento, la pericia del que acompaña los Ejercicios será determinante. Puede ayudar trasladar la clásica imagen del infierno a las realidades que se aproximen a él. Entonces, el ejercitante será invitado a bajar a los infiernos del mundo, a aquellas situaciones, más o menos cercanas, más o menos participadas, que continúan provocando víctimas, crucificados, descartados, marginados… Jesús desciende a los infiernos: ahora es el ejercitante quien puede llegar a experimentar esta realidad: viéndola, escuchándola, saboreándola, oliéndola, tocándola… En definitiva, dejándose afectar -de nuevo y un poco más…- por ella.

En definitiva, nos encontramos ante una buena síntesis de la primera semana de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Una elaboración que nos comunica con sencillez aquello esencial para que la persona –que experimenta con sinceridad el tema del pecado-, pueda entrar en una dinámica que la humaniza y la diviniza al mismo tiempo. Por esta razón, Marcet intuye que el fondo de esta experiencia lleva a ganar sensibilidad en el ámbito de la relación, abre espacios de reconocimiento humilde de la propia fragilidad y regala una alegría –nacida del Amor recibido-, que es honda y movilizadora.

[Imagen de congerdesign en Pixabay]

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Doctor of Social and Cultural Anthropology (University of Barcelona), with a Diploma in Religious Studies (Barcelona Higher Institute of Religious Studies -ISCREB), currently studying for a Bachelor’s degree, specialising in Christian Identity and Dialogue (ISCREB). Teaching and research experience in different universities (University of Barcelona, Rovira i Virgili University of Tarragona and the University of Vic). Since 2015, she has been in charge of the educational project "Interreligious Space" within the Migra Studium Foundation (Barcelona).
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