Rebelde

En plena guerra civil, en algún lugar del África subsahariana, Komana una niña de 14 años, le cuenta al hijo que lleva en su vientre la historia de su triste existencia. Su relato comienza cuando tras perder a su familia, asesinada por el ejército rebelde, es secuestrada cuando tan solo tiene doce años. Obligada a unirse a una brutal y sangrienta guerra civil, el ejército rebelde le fuerza a vivir en la selva y a trabajar como un soldado más. Su cruel comandante cometerá con ella auténticas aberraciones. No solo es presionada para usar armas de fuego, sino que también le obliga a acostarse con él. En medio de toda la desgracia en la que vive, Kamona se enamora de un chico albino al que llama "El mago". Ambos consiguen escapar de esta horrible prisión y regresar a su poblado para poder enterrar a los padres de la joven con honor y dignidad. Este drama de nacionalidad canadiense cuenta con un elenco de actores entre los que se encuentran Rachel Mwanza, Alain Lino Mic Eli Bastien o Mizinga Mwinga. Dirigida y escrita por Kim Nguyen, Rebelle ya es el tercer largometraje del director canadiense. (Sensacine)

Director: Kim Nguyen

Fecha: 2013

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“La infancia de mis días no es el desamparo, sino querer ser consolada de lo que no se puede por quien no sabe”.

Hilda Rais

En esta segunda reseña cinematográfica, nos adentraremos en la última película del director canadiense Kim Nguyen. Rebelle (War Witch) (2012) narra la historia de Komana (magníficamente interpretada por Rachel Mwanza), una niña de catorce años subsahariana que le cuenta al hijo/a que está esperando cómo fue secuestrada por el ejército rebelde y cómo se convirtió en soldado.

El film que fue nominado al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y que fue galardonado como Mejor Película en el Festival de Cine de TriBeCa, nos sitúa en algún lugar indeterminado del África subsahariana, un lugar que bien podría ser la República Democrática del Congo, Sierra Leona, Rwanda, Liberia, Mali, Chad, Somalia, la República Centroafricana… Pero también podría ser Bosnia y Herzegovina en los años 90, Guatemala durante la dictadura de Ríos Montt, Alemania o China durante la II Guerra Mundial, India durante el proceso de independencia, la Argentina de Videla, España durante la guerra civil, Afganistán, Colombia, Egipto o Siria hoy mismo.

Porque Rebelle es una historia de violencia narrada con extrema sensibilidad, pero una historia a fin de cuentas que pone el acento en dos crueles dramas de los conflictos bélicos: el reclutamiento de niños y niñas soldados y el uso de la violación como arma de guerra. Si bien lo primero se ha convertido en un cruel rasgo definitorio de los conflictos africanos de las últimas dos décadas, lo segundo, la violencia sexual, es el denominador común de todas las guerras y viene utilizándose desde hace demasiado tiempo, pero su visibilización y su condena pública todavía son muy recientes.

Decía Jon Sistiaga que ninguna guerra se parece a otra y no sé si estoy de acuerdo del todo con esa afirmación ya que para las mujeres el conflicto armado siempre e invariablemente convierte sus cuerpos en campo de batalla[1]. El control del cuerpo femenino ha sido una característica intrínseca del patriarcado y éste siempre ha ido de la mano de la militarización. Tal como explica Fernando Hernández Holgado, violencia contra la mujer, dominación masculina y guerra están íntimamente enlazadas.

Probablemente la manifestación más cruenta de esta alianza es la violación como ejercicio de posesión y objetualización de la mujer. La violencia sexual es un crimen de guerra[2] que alcanza cotas endémicas en diversas regiones del planeta:

“La violencia contra las mujeres es un aspecto integral y endémico de los conflictos a lo largo de la historia. Pero eso no significa que sea inevitable o insoluble. Los patrones de la violencia contra las mujeres en situaciones de conflicto no surgen de forma «natural», sino que son ordenados, aprobados o tolerados como resultado del cálculo político. Más aún, estos crímenes son obra de individuos que saben que no serán castigados por agredir a mujeres y niñas. Estas fuerzas –militares, políticas, sociales o económicas– exacerban o manipulan conscientemente actitudes estereotipadas o violentas hacia la mujer ya extendidas en la sociedad, al considerar que esta estrategia de guerra les será beneficiosa”. (Informe de Amnistía Internacional Vidas Rotas)

“Para entender el uso de la violencia sexual como arma de guerra es importante tener en cuenta el marco social patriarcal que legitima y da lugar a esta violencia. La violencia sexual contra las mujeres es una realidad presente en cualquier contexto social, no únicamente en aquellos afectados por la violencia política organizada, y por tanto es importante entender el continuum que lleva de la violencia sexual en contextos de “paz” a su uso en contextos de “guerra””. (María Villellas Ariño. “La violencia sexual como arma de guerra”.  Quaderns de Construcció de Pau).

Para luchar contra la violencia sexual y la impunidad que la acompaña se debe…

– Visibilizar el problema y reconocer la violencia sexual como estrategia de guerra y consecuencia directa de los conflictos armados.
– Procesar a los violadores y ofrecer justicia a las víctimas.
-Empoderar a las mujeres y niñas, principales víctimas de estos crímenes.
– Movilizar a los/as dirigentes políticos/as y a la población civil sobre esta cuestión.
– Garantizar y asegurar respuestas más eficaces por parte de Naciones Unidas.

El film de Nguyen resulta, sin duda, desgarrador, pero sin llegar a ser lastimoso. Es impresionante la fuerza dramática que despliega mezclando espléndidamente la irracionalidad de la guerra y los actos más atroces con emocionantes escenas repletas de lirismo, como en una suerte de realismo mágico africano no demasiado alejado de los relatos alucinatorios de Elena Garro, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo, Carlos Fuentes o Laura Esquivel y que causa tanto impacto o más que las propias escenas de violencia directa.

Porque Komana, además de quedar embarazada fruto de una violación, se ve obligada a empuñar un fusil, a matar –paradójicamente– para sobrevivir y a recurrir a todo tipo de drogas para soportar el dolor de lo vivido sin pararse a pensar demasiado. Ese también es el caso de decenas de miles de niños y niñas que son reclutados cada año por grupos armados que los obligan a participar activamente en la guerra.

Myanmar (Birmania), Chad, Somalia, la República Democrática del Congo, Malí, Sudán, Uganda, Afganistán, Yemen… Según informa Amnistía Internacional, por lo menos en 18 países niños y niñas siguen siendo reclutados por grupos armados y partes de diferentes conflictos, exponiéndolos a sufrir lesiones y traumas psicológicos o incluso a morir.

En 1998 se formó la Coalición para Acabar con la Utilización de Niños Soldados integrada por organizaciones de derechos humanos de diferentes regiones del planeta. El objetivo de dicha coalición era (y es) poner fin al reclutamiento de niños y niñas soldados, conseguir su liberación y promover su reincorporación a la vida civil. Pero este proceso no es un camino sencillo…

Los programas de desarme, desmovilización y reintegración (DDR) no suelen disponer de una financiación estable para apoyar a largo plazo a los niños y niñas ex combatientes. Por ejemplo, según recoge Amnistía Internacional, en la República Democrática del Congo “una financiación con retrasos, imprevisible y a corto plazo, combinada con la mala planificación y mala gestión del programa de DDR, se ha traducido en que unos 14.000 ex niños y niñas soldados hayan quedado excluidos del apoyo a la reintegración”.

“Algunos ex niños y ex niñas soldados a los que se había desmovilizado dijeron a Amnistía Internacional que temían volver a sus comunidades porque sus vecinos habían presenciado su participación en los crímenes. El coste personal que deben pagar los niños y las niñas soldados es muy elevado: insensibilizados y profundamente traumatizados por la experiencia vivida, a muchos les siguen  asediando los recuerdos de los abusos que presenciaron o que les obligaron a cometer”.

A los horrores del conflicto, las niñas soldado deben añadir, como se comentaba anteriormente, la sistematicidad de la violencia sexual. Ellas, además de servir como señuelos, espías, guardaespaldas de los mandos o porteadoras, acostumbran a ser víctimas de esclavitud sexual y son sometidas a violaciones constantes. Lo peor de todo, es que a día de hoy ese es un horror impune e invisibilizado ya que la mayor parte de las ex niñas soldado no son identificadas y no forman parte de los programas oficiales de DDR, quedando así absolutamente desatendidas por las instituciones.

Al igual que en el caso de Komana relatado en Rebelle, además de soportar la barbarie y el trauma en sus propios cuerpos, las agresiones sexuales provocan en muchas de esas niñas “lesiones físicas graves y embarazos forzados, así como contagio de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual”.

Intereses económicos y geoestratégicos de grandes multinacionales, conflictos étnicos, corrupción y estados fallidos, guerras territoriales… Las causas de un conflicto bélico pueden ser múltiples, pero al final, a miles de niños/as como la protagonista de la película que nos ocupa se les roba la infancia y el futuro. Más aún cuando se ven obligados/as a combatir en una guerra generada por ambiciones de un mundo al que por desgracia llegan prematuramente y de la peor forma posible: el de los adultos.

Dice un proverbio ugandés que cuando dos elefantes luchan es la hierba la que sufre. Y así lo muestra Rebelle. En el caso de los conflictos armados, la hierba siempre es la población civil y, dentro de esta, las mujeres y las niñas suelen llevarse la peor parte porque sus cuerpos se convierten también en botín de guerra y escenario del conflicto…

***

A propósito de la violencia sexual contra las mujeres en los conflictos armados, recomiendo que veáis si tenéis oportunidad el recién estrenado documental de Hernán Zin, La guerra contra las mujeres.

Además, en el siguiente vídeo encontraréis el testimonio de Emmanuel Jal, un joven cantante de Hip Hop, que fue niño soldado en Sudán y que ahora lucha para que ningún otro niño o niña tenga que revivir su experiencia:


[1] Se calcula que entre 100.000 y 250.000 mujeres fueron violadas durante los tres meses que duró el genocidio de 1994 en Rwanda; que las milicias armadas violaron a más de 60.000 mujeres en la guerra civil de Sierra Leona y a más de 40.000 en el conflicto de Liberia y que unas 60.000 mujeres fueron violadas en la ex Yugoslavia durante el conflicto de los Balcanes.

[2] “(…) la violencia sexual se perpetra a menudo no sólo para causar heridas físicas y humillación, sino también para contribuir a la destrucción de la cultura contraria. El daño a la vida cultural y comunitaria originado por el empleo de la violencia sexual en la guerra puede perdurar durante generaciones. El daño psicológico a largo plazo y el sufrimiento continuo significan que este tipo de violencia afecta no sólo a la sobreviviente inmediata, sino también a sus hijos, nietos, familia directa, familia lejana y vida comunitaria” (Katie Thomas. “Violencia sexual: arma de guerra”. ACNUR).

En el Estatuto de Toma del Tribunal Penal Internacional (ICC) se incluye la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, la esterilización forzada o “cualquier otra forma de violencia sexual de gravedad comparable” como crimen de lesa humanidad cuando se cometa de forma generalizada o sistemática.

 

 

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Investigadora, docente y crítica audiovisual. Doctora en Comunicación Audiovisual y Publicidad. Responsable del Área Social y editora del blog de Cristianisme i Justícia. Está especializada en educomunicación, periodismo de paz y estudios feministas y es miembro de varias organizaciones y asociaciones defensoras de Derechos Humanos vinculadas al feminismo, los medios de comunicación y la cultura de paz. Colaboradora en diversos medios de comuncación. En (de)construcción permanente. Madre.
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6 Comentarios

  1. Adelante a todas la personas capaces de llevar a cabo esta misión. recemos para que surjan voluntariós i voluntarias rehabilitadores de estas vidas infantiles i jòvenes destrozadas.
    Además, que surjan abogados, abogadas, jueces persones preparadAs para promulgar leyes a favor de la infància y joventut, sean liberados de estas mentes tortuoses, que hacen tanto mal a la infància i joventut.

  2. El cortometraje «Aquel no era yo», escrito y dirigido por Esteban Crespo y que ha sido nominado a los Premios Oscar 2014 en la categoría de mejor cortometraje de ficción, aborda también la horrible realidad de las niñas y niños soldados en África. Aquí tenéis más información: http://www.canalsolidario.org/noticia/la-realidad-de-los-menores-soldados-en-los-oscar/33897?utm_medium=email&utm_campaign=boletin&utm_source=semanalCSO
    Y aquí podéis ver el corto: https://www.filmin.es/pelicula/aquel-no-era-yo

  3. […] Oscar Mateos. [El Ciervo] La guerra es una continuidad histórica. Numerosos autores han insistido en la idea de que, en nuestra historia moderna, no ha existido ni un solo día en el que el planeta no haya estado sufriendo el impacto de un conflicto armado. No obstante, la naturaleza de las guerras, la forma en que estas se llevan a cabo, el número de conflictos, las causas de fondo que las explican, e incluso las tácticas de guerra han ido cambiado substancialmente en los últimos tiempos. Todos estos cambios, sin embargo, no deben llevar a equívocos: la guerra sigue siendo un fenómeno altamente complejo y altamente político que a menudo es peligrosamente simplificado por el análisis que hacen los medios de comunicación. Aunque por desgracia sigue siendo un fenómeno subanalizado, las últimas décadas han visto proliferar numerosos centros de investigación a nivel internacional que se han centrado precisamente en el estudio de la naturaleza y de las características de los conflictos armados contemporáneos. Existen al menos tres aspectos que cabe destacar a la hora de entender las guerras en la actualidad.Un primer aspecto puede resultar sorprendente: desde finales de la década de los noventa se ha registrado un descenso leve pero constante del número de conflictos armados (los dos últimos años, sin embargo, son la excepción a dicha tendencia). Si bien el fin de la guerra fría conllevó un incremento extraordinario del número de conflictos a nivel internacional, siendo Somalia, Ruanda o la guerra de los Balcanes el momento álgido de esa escalada histórica, centros de investigación como el PRIO (Peace Research Institute Oslo) han puesto de relieve una tendencia a la baja en cuanto al número de guerras se refiere. No sólo eso, las guerras de la actualidad, al menos en el continente africano, duran menos: dos de cada tres conflictos duraron una media de cinco años o menos, en comparación a la mayor duración de los conflictos en épocas anteriores. Son buenas noticias que, sin embargo, no deben eclipsar la esencia del problema: siguen existiendo muchas guerras -unas 50, según el SIPRI (Stockholm International Peace Research Institute)– y siguen generando unos niveles de violencia insoportables para millones de personas en el mundo, especialmente para las mujeres y para los menores. […]

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