Los niños perdidos

ISBN: 978-607-9436-38-4

«¿Por qué viniste a los Estados Unidos? Ésa es la primera pregunta del cuestionario de admisión para los niños indocumentados que cruzan solos la frontera». A partir de su trabajo como traductora para la defensa de niños migrantes en la corte migratoria de Nueva York, Valeria Luiselli pudo conocer de primera mano el enredado proceso legal del que, literalmente, depende el futuro de los miles de niños centroamericanos que arriesgan la vida para cruzar las fronteras de México y Estados Unidos con tal de escapar del infierno cotidiano en sus respectivos países de origen. <i>Los niños perdidos. (Un ensayo en cuarenta preguntas)</i> es un testimonio brutal, íntimo, escrito con una prosa franca, brillante y lúcida, que observa la realidad de los niños migrantes desde una distancia situada entre el deseo de remediar el desamparo existencial en el que se encuentran sumidos y la impotencia que desata la incapacidad para hacerlo. Y es que, como cuestiona con honestidad la propia Luiselli: «¿Cómo se explica que nunca es la inspiración lo que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad?». Utilizando como hilo conductor el cuestionario de cuarenta preguntas que sirve de base para el proceso legal que determinará su situación, Luiselli se ha adentrado en la realidad de los niños migrantes para mostrarnos una radiografía tanto de sus vidas pasadas, presentes y futuras, como del laberíntico y despiadado sistema migratorio de Estados Unidos. (Fuente: Sexto Piso)

Autor: Valeria Luiselli

Fecha: 2016

Montserrat Roig, en su último libro, Dime que me quieres aunque sea mentira (1991), reflexionaba sobre el hecho de escribir y el lugar de las palabras y, en uno de los capítulos, afirmaba que “solo el nombre de las cosas es inocente”. En el capítulo, que se titula “Un telón de terciopelo negro”, Roig, tirando de esa supuesta inocencia de las palabras —a través de las cuales nos nombramos y nombramos las cosas— afirmaba que eso corrompido o alterado era el significado que damos a esas cosas, porqué cada uno las vestía a través de la su propia vivencia. Así, pues, nos dice la autora que, para ella, la palabra soldado representaba un juguete prohibido, “la abuela el amor y la noche el miedo”. Y un poco de eso hablábamos en el último encuentro del grupo de lectura de Cristianisme i Justícia, cuando Anna Barba, que conducía la sesión, nos ofrecía una mirada lingüística y literaria sobre el libro Los niños perdidos (2016) de Valeria Luiselli.

Luiselli que estructura el ensayo a partir de les preguntas del cuestionario de admisión (a los Estados Unidos) pera menores no acompañados —que cruzan la frontera que separa Centroamérica de América del Norte y que, ella misma, haciendo de puente entre institución y persona ayudaba a traducir del inglés al castellano y del castellano al inglés—, se encontraba con enormes dificultades para conjugar el discurso espontáneo de unos niños y adolescentes atravesados por la desconfianza y el miedo. Tanto era así que, casi, le suponía una segunda traducción hacia el lenguaje de la institución, de las respuestas impremeditadas e inmediatas de los menores.

Un poco, pues, hablábamos del lugar de las palabras y de vestirlas y de desvestirlas porque, como Anna Barba señalaba durante su intervención, según la utilización que del lenguaje se hace, este determina una reducción del espacio moral. Y eso quiere decir que, a menudo, el lenguaje se nos presenta como garante de la realidad. Una realidad construida socialmente y apuntalada por el lenguaje institucional, que nos despoja de las vivencias propias y disfraza las palabras y, así, nos hace pasar migrante como criminal, como constatamos en el debate posterior sobre Los niños perdidos.

Y asimilándolo a fronteras más próximas hablábamos de la necesidad de desmantelar las cifras que representan personas y hablar de vidas y no de números. Recordando los quince del Tarajal, que fueron más de quince, y de quien aún hoy no sabemos todos los nombres. Y si Montserrat Roig decía que “solo el nombre de las cosas es inocente”, el filósofo Josep Maria Esquirol dice que en el nombre de alguien se alberga tota la humanidad de ese alguien, que deja de ser un pronombre cuando puede responder al “cómo te llamas?”: Idrissa Diallo.

O Samba Martine, que pidió hasta diez veces asistencia médica mientras estaba retenida en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche. Este 19 de diciembre hará diez años de su muerte por negligencia institucional. Los funcionarios del CIE la identificaban con el número 3106.

Luisseli nombra y narra, a lo largo del ensayo, muchos nombres y vivencias que, por ser valoradas, han de pasar por la criba de un cuestionario administrativo y para ser reconocidas han de mostrar evidencias de peligro de muerte, de trabajo forzoso, de explotación sexual o de captación de bandas armadas. A la administración no le vale el sencillo derecho a la madre, al cuidado ni al vinculo seguro. Para la administración representada —en el caso de Los niños perdidos— por la Corte Federal de Inmigración un niño que migra es —y hasta que no se pueda demostrar lo contrario— un «alien»; y, quizás, por eso está tan normalizado que un niño que migra, solo, tenga que hacer cosas tan paranormales como cruzar desiertos a pie, subir a un tren de mercancías y que su asiento sea el descubierto de los vagones, a la intemperie de las vías, y así terminen siendo ellos mismos las mercancías de un negocio de mafias, desposeídos del significado de la palabra niño.

[Imagen de WikiImages en Pixabay]

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Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra, posgrado en Ideas y experiencias políticas transformadoras por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente, estudia el grado de Educación Social por la Universitat Oberta de Catalunya y es educadora social en la Fundación Migra Studium.
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