Dopesick

"Miniserie que transporta a los espectadores al epicentro de la lucha contra la adicción a los opioides que se libra en Estados Unidos, desde la sala de juntas de Purdue Pharma a una castigada comunidad minera de Virginia, pasando por los despachos de la DEA" (Filmaffinity).

Director: Danny Strong

Fecha: 2021

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[Atención: este artículo puede contener spoilers]

«Dopesick» significa algo así como “síndrome de abstinencia”, es decir, el calvario que deben pasar los adictos a sustancias tóxicas cuando quieren despegarse. Relatan que es algo parecido a tener la sensación de estar muriendo. Éste es también el título de una serie de ocho capítulos protagonizada y producida por Michael Keaton (el Batman de los que nacimos en los años 80, ni forzudo ni extremadamente guapo) que relata la epidemia de consumo de opiáceos que tiene lugar en los Estados Unidos a finales de los 90. La serie quiere ser una denuncia de las prácticas de una empresa farmacéutica que con puro afán de lucro introduce un opioide para el tratamiento del dolor, la oxicodona, eliminando de su publicidad su carácter adictivo, engañando literalmente sobre las capacidades del medicamento a través de una legión de comerciales entrenados para convencer a cualquiera de que se tire por el balcón, y abriendo una espiral de dependencia que les permite ir vendiendo cada vez dosis más altas a la vez que se inventan dolencias inexistentes.

La serie está basada en hechos reales. Como sabemos, cada dos por tres nos llegan noticias de epidemias de adicción a medicamentos en Estados Unidos, un drama nacional, con imágenes de barrios donde la gente vaga como zombies en busca de la próxima dosis. Estados Unidos es un “outlier” de los gráficos que muestran cómo aumenta la esperanza de vida cuando aumenta la inversión per cápita en salud. Nadie gasta (habría que decir “malgasta”) en sanidad como Estados Unidos -tiene el gasto per cápita más alto del mundo-, sin embargo, su esperanza de vida es similar a la de Chile, por ejemplo, que gasta cinco veces menos.

La serie nos narra la historia a través de su protagonista, un médico de familia que ha apostado por el arraigo y el servicio a una pequeña comunidad minera de los Apalaches, y que ingenuamente comienza a recetar el opioide a sus pacientes; a la vez, nos muestra la batalla de dos ayudantes de los fiscales y una policía para demostrar que la familia Sackler, fundadora de la farmacéutica, ha actuado conociendo los peligros del medicamento que sacaba al mercado.

Uno de los personajes clave de la serie, aunque no tenga apenas protagonismo y sea realmente secundario, es una monja: la hermana Beth Davies. Dedicada al trabajo comunitario, ayuda a los adictos a través del acompañamiento y la terapia y, al mismo, tiempo aglutina un pequeño grupo que se moviliza para señalar y denunciar las atrocidades del abuso farmacéutico. La monja juega un papel clave en dos momentos de la serie: cuando ayuda al médico protagonista a salir de la dinámica de espiral destructiva en la que se encontraba a través del reconocimiento de la maravilla de la vida y del profundo agradecimiento; y cuando abre los ojos al grupo de damnificados porque la farmacéutica les está intentando comprar con dinero, y les dice que o llegan con la denuncia hasta el final o ella se baja del carro. La primera actitud podría ser reproducida por cualquier educador social bien preparado y claramente vocacional, aunque hay que reconocer que es la primera persona, en toda la serie, que no ofrece otro químico, sino tan sólo la palabra para tratar de curar a alguien. La segunda actitud, la de no transigir bajo ningún concepto al soborno de la farmacéutica, incluso cuando el dinero sería una ayuda para las familias destrozadas y para tratar a los toxicómanos con menos recursos, habla de una libertad de espíritu que yo, tal y como la serie nos quiere mostrar, sólo he sido capaz de reconocer en la vida religiosa. La radicalidad de su gesto -«Solo me vale llegar hasta el final»- va en paralelo a la radicalidad de su opción de vida. Yo esto lo he visto: la vigilia de oración frente al CIE que se celebraba por 8º año consecutivo este enero fue promovida en su primera edición por una monja que ahora mismo acompaña a migrantes que están cruzando la frontera entre Argelia y Marruecos. No era suficiente con atender a los que estaban aquí, había que llegar hasta el final. No son seres sobrenaturales, son tan sólo religiosos. Pero lo que hacen no lo hace casi nadie más.

Hay un segundo momento interesante en el que el hecho diferencial que puede aportar la opción religiosa se pone de nuevo en juego. Si la farmacéutica ha llegado tan lejos es porque por el camino ha sobornado, comprado y chantajeado a trabajadores, policías, fiscales, jueces y políticos. Pero resulta que ambos investigadores del fiscal no se dejan comprar por nada. El abogado de la familia Sackler le dice al jefe del imperio que “uno de los investigadores es árbitro voluntario en ligas infantiles de baseball; el otro se convirtió al cristianismo a los 40 años. Tienen un sentido auténtico de lo que es justo, son claramente incorruptibles”. En un caso es el deber moral cívico, en el otro el deber religioso, ambos llevados hasta el extremo son el refugio de la verdad en un mundo lleno de podredumbre. Bravo por los guionistas.

Todo esto ocurre en el último capítulo de la serie, donde se da también la redención del protagonista, en una clave mistagógica muy notable. No es una conversión religiosa, ni mucho menos, sino el descubrimiento paulatino de cómo rehacer de nuevo la vida cuando todo se había hundido. Y el camino no es fácil pero no puede ser otro que mirar de frente a la herida abierta. Ni darle la espalda al dolor sufrido y generado, ni huir de éste a través de subterfugios o patadas adelante, ni iluminarse con soluciones mágicas integradoras o falsamente conciliadoras, sino tomar la herida que uno ha abierto y buscar cuál es el lugar exacto a ocupar, de nuevo, en el infierno que uno mismo ha creado. La única actitud posible para un verdadero renacimiento es bajarse y ponerse al servicio de todos aquellos a los que uno ha fallado. No hay otro. Y esto es lo que hace el protagonista.

Estoy bastante convencido de que el creador de la serie, Danny Strong, o el propio Michael Keaton, deben tener una relación interesante con el hecho religioso. No imagino que la monja de Dopesick, ni las referencias religiosas, tengan intención moralizante: “mirad que buenas personas son los cristianos”. Ni mucho menos. Tampoco es esto lo que yo he querido decir. Sería una lectura demasiado burda y pobre. Se trata de reconocer que en la opción religiosa hay algo valioso, genuino y quizá incluso inequiparable a nada presente en el mundo secular. Y que la riqueza social que aporta contar con la constancia, terquedad, beatería e ingenuidad de aquellos que a pesar de tampoco ver, han creído, no nos la podemos perder. No deja de ser curioso que en cierto momento el protagonista revise todos sus “errores”. Pero ésta es la palabra que se usa en el subtítulo de traducción española, el protagonista en inglés dice “sins”, pecados. A los dobladores españoles les debió de sonar demasiado confesional, y lo dejaron en “errores”, perdiendo toda la carga antropológica de la palabra “pecado” que, aunque tenga connotaciones muy negativas en nuestro imaginario, habrá que recuperar algún día si queremos entender mejor nuestra condición humana. Y así, con tantas otras maravillas del mundo religioso a las que, poco a poco, habrá que ir quitando el polvo y poniendo de nuevo sobre la mesa.

[Fotograma de la serie en el que aparece el personaje de la hermana Beth Davies, interpretada por Meagen Fay]

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Licenciado en matemáticas y master en filosofía. Profesor adjunto en la Cátedra de Ética y Pensamiento Cristiano del IQS-Universitat Ramon Llull. Ha sido director del centro de estudios Cristianisme i Justícia y es autor del cuaderno CJ Fiscalidad justa, una lucha global.
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