Historias mínimas

978-84-293-3003-8

Autor: Rosa Ramos Correa

Fecha: 2020

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Las cámaras fotográficas o filmadoras registran objetos y sucesos que en manos de verdaderos artistas dejan entrever otra realidad en aquello que se ve. Una buena foto habla de realidades ocultas o interiores en aquello que se ofrece a la vista, así como también, y como por un efecto reflejo, desvela al propio observador realidades espirituales de su propia interioridad. En efecto, hay objetos –en el sentido etimológico de la palabra como algo que está lanzado delante de uno: ob-jectum– que no son físicos ni materiales, sino que son dinamismos humanos ya sea de tipo psicológico o espiritual. No son objetos materiales, pero están allí en el fondo de las personas y de nuestras relaciones. Son objetos inmateriales, son objetos espirituales que están ocultos a las miradas apuradas y vertiginosas, pero están allí, en las profundidades de todas las personas, aunque en algunas se hacen más visibles que en otras.

Obviamente, además de la cámara y del buen fotógrafo o camarógrafo, es imprescindible haber intentado ver más allá de los puros fenómenos que perciben nuestros sentidos. Hemos de descubrir la dimensión simbólica de la vida; ver nuestras vidas como signos, como representaciones, como objetos que hablan de otras cosas o que pretenden hacerlo.

Si asumimos que uno termina, en buena medida, configurado por el tipo de vida que lleva y por lo que consume en su diario vivir, bien podemos pensar que algo semejante le ocurre a nuestro mirar. Así como la mirada expresa el mundo interior de las personas, también es cierto que aquello hacia lo que dirigimos nuestra mirada puede alimentar y, ¿por qué no?, purificar nuestro interior. ¡Cada vez es más urgente dirigir nuestra mirada a lo que importa y atender aquello que alimenta y refresca! Es necesario adentrarnos en la pedagogía del buen mirar como una metáfora para significar la importancia de abocarnos a aquello que puede alimentar nuestro espíritu y, por ende, nuestra vida.

Así como el artista nos habla de la belleza cuando logra trascender lo evidente o insinuar otra realidad en la plasmación de su obra, Rosa, a través de los relatos de las historias mínimas, nos ayuda a asomarnos a lo que podríamos llamar el misterio del ser humano que nos conmueve y cuestiona. En efecto, ella nos anima a aguzar la mirada para asomarnos a ese misterio que late en toda persona y se hace más visible en algunas.

Quién se detenga a leer sin prisas y sin prejuicios estas historias mínimas ha de saber que estará posando su mirada interior en lo que radicalmente nos distingue del resto de los mamíferos superiores. De la mano de esa mirada podrá, también, descubrir que existen cualidades, grandezas y virtudes que difícilmente puedan explicarse por causalidades inmanentes o procesos verificables por las ciencias empíricas. Muy por el contrario, el lector podrá apreciar que hay dinamismos entrañablemente humanos que nos sobrepasan, que no tienen su explicación científica o que puedan ser reducidos a causalidades verificables. Más bien experimentará que se aviva la admiración y la pregunta por el misterio que somos.

Bien acunadas por el relato y la poesía, las «historias mínimas» nos llevan a pensar en lo gratuito, en lo que no tiene ventaja y cuyo origen no se encuentra en cada uno de los protagonistas de las mismas, sino en algo que los trasciende. La mirada interior que se asombra ante el desborde con notas heroicas o la pregunta llevada a su extremo, puede intuir o vislumbrar un sustento que no tiene su origen último en cada uno de los protagonistas de las historias. Más aun, habrá de pensar que esa sobreabundancia de humanidad solo puede explicarse como un don recibido a través de otros, quienes, a su vez, tampoco esconden en sí mismos la fuente de los anhelos que los mueven o movieron a ir más allá de lo esperado o a buscar vida cuando todo parecía perdido.

Todas las «historias», con sus rasgos positivos y negativos, parecen sustentarse en un impulso a trascender lo dado y esperado; ir más allá, como atendiendo al llamado de un anhelo que se pierde en el fondo de la historia y que busca trascender la finitud que nos caracteriza. Las «historias mínimas» nos invitan a contemplar esas vidas que, de forma más o menos consciente, buscaron ser un canto agradecido a las aguas que abrevaron sus sedes en forma oculta y misteriosa. En efecto, en la mayoría de ellas late como una gratitud, como una fuerza que no proviene de la búsqueda de algún beneficio sospechado, sino que brota como exceso de amor al mismo tiempo que anida algo así como un anhelo de lo definitivo que se atisba en los propios «excesos» de humanidad que, en muchas de las historias, son notables.

Podríamos decir que Rosa nos ofrece en este entrañable libro los mejores estímulos para dirigir nuestra «mirada interior» hacia las raíces mismas de lo que nos caracterizaría como seres humanos. Estas historias pueden presentarse como algo semejante a lo que Platón propuso para asomarse a la realidad verdadera, a lo que él llamó «el mundo de las ideas». Estas historias mínimas nos invitan a mirar algo que nos habla de lo más auténtico de nuestras vidas; nos invitan a recordar –volver a pasar por el corazón– quiénes somos y qué es necesario cuidar en nuestro inacabado peregrinar para vivir con sentido.

¡Sin lugar a dudas, seremos mejores después de leer estas historias! Seremos mejores porque nuestro mirar tendrá un alcance mayor y nuestro espíritu estará más poblado que nunca por preguntas que, en el fondo, nos impulsarán a ser más humanos.

¡Gracias Rosa por tu mirada penetrante! ¡Gracias por tu mirar contemplativo! ¡Gracias por tus silencios y gracias por tus denodados esfuerzos por llevarnos a la edad espiritual en que, como dijera Unamuno, «vivir es soñar»!

Portada del libro Historias mínimas: Rendijas al misterio humano, de Rosa Ramos.

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