Hannah Arendt

Biografía de la filósofa judío-alemana Hannah Arendt, discípula de Heidegger, que trabajó como periodista en el juicio a Adolf Eichmann, el nazi que organizó el genocidio del pueblo judío durante la II Guerra Mundial, conocida por "la solución final". (FILMAFFINITY)

Director: Margarethe von Trotta

Fecha: 2012

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La película Hanna Arendt, de Margarethe von Trotta ha sido ya muy comentada y no quisiera hacer un nuevo comentario. Pero sí me gustaría reflexionar sobre el pensamiento de Arendt de quien tomo el título de este artículo.

Hablar de “banalidad del mal” no es rebajar su gravedad, sino aumentarla. Lo terrible del mal moral es que auténticas perversiones se presentan y son vividas muchas veces como actos triviales, indiferentes, casi buenos… Si llego a creer que una maldad es un derecho mío (o un deber) o que una inmoralidad es una simple “reforma”, resulta más fácil cometerla.

La teología de la liberación, al hablar del “pecado estructural”, ayuda a comprender cómo el mal se banaliza: porque no anida sólo en el interior de las personas sino en las redes de la convivencia: usos, normas, leyes, valores ambientales… Ahí ya no se lo percibe como maldad, sino como “algo normal”, quizá necesario.

Eichmann no era un asesino monstruoso sino un funcionario vulgar, responsable de que unos señores subieran en unos trenes y llegasen a un determinado lugar. Una pieza de engranaje ya no es moral ni inmoral: es simplemente pieza. El mes pasado comenté que el que una mujer africana mutile genitalmente a su propia niña no significa que sea un monstruo; sólo muestra cómo grandes atrocidades se nos  convierten en evidencias cuando tienen el soporte de una convicción social. Lo mismo sucede con la monstruosidad anónima del llamado mercado. Llamamos “economía de mercado” a una economía “de la manipulación y el engaño”. Al cambiarle el nombre ya no vemos más: pues ¿qué cosa más banal que un mercado?

Sin embargo, cuando Adam Smith escribió su famosa página sobre “la mano invisible” del mercado, se estaba refiriendo a una relación que se asienta sobre el conocimiento personal y el diálogo: el tendero me conoce, no me quiere perder como cliente y, precisamente por eso, puedo dejarle actuar egoístamente porque me sé incluido en ese egoísmo. Ese contacto personal, los rostros visibles, son la “mano invisible” del mercado. En cambio, lo que hoy llamamos mercado se asienta sobre el desconocimiento de los actores y sobre la publicidad (la cual, si piensa en mí, sólo busca halagar mis instintos más bajos como modo de engañarme). Decisiones que me afectan no las toma una persona cercana a quien conozco, sino una entidad anónima, que no sé bien dónde está y se ampara en palabras abstractas: “dirección, accionistas, consejos de administración”, etc. De este modo, conductas canallescas e inmorales llegan a ser vividas  como meros fenómenos naturales. No se cometen crueldades, sólo “se hacen inversiones”. Como Eichmann que sólo “organizaba transportes”.

Arendt explica: no es que Eichmann fuese un malvado, como querían los judíos para poder descargar su odio (perverso también, pero ahora coloreado como justicia). Simplemente había renunciado a llegar a ser hombre, lo cual es una de las mayores tentaciones humanas. Por eso la reacción del Dios bíblico al pecado de Adán es la pregunta: “hombre ¿dónde estás?”.

El contenido de esa humanidad lo brinda una espléndida y mínima frase de Kant: “atrévete a pensar por tu cuenta” (sapere aude). Pensar no designa actividades abstractas sino el encararse y paladear (¡“sapere”!) las consecuencias de los propios actos, aunque sean obediencias y “cumplimientos del deber”, degustando sus implicaciones globales y ese contexto denunciado hace poco por el papa Francisco de “los que, en el anonimato, toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas…”. ¡Atrévete a pensar! Arendt repite a lo largo de la película que ella “sólo busca comprender”.  Así aprende que el mal es mayor de lo que parece, precisamente porque puede “banalizarse”.

Otro ejemplo del hombre que ha cerrado sus ojos a esa interpelación es, para mí, el presidente del gobierno. Le oímos decir mil veces que está haciendo “lo que tiene que hacer”; incluso asegura que gracias a eso estamos saliendo de la crisis. Pero, aunque esto último fuese cierto, nunca se atrevió a pensar si el camino para esa salida tenía que ser un 25% de niños desnutridos, familias modestas abocadas a dormir en la calle cuando no pueden acogerlas los padres en sus casas, enfermos condenados a muerte por un retraso imperdonable en una intervención urgente y cientos de miles de seres humanos llevados no a una cámara de gas pero sí a una cámara de asfixia personal y social. En lugar de que las empresas se deslocalicen para irse a trabajar a Birmania o a Túnez, lo que hace nuestro gobierno es deslocalizar a España, con unas condiciones laborales dignas del tercer mundo. Luego llamamos sacrificios del pueblo a la inmolación de esas víctimas, y colorín colorado.

Rajoy no ha sido un malvado: estoy absolutamente seguro. Creerá incluso (como Eichmann) que ha cumplido su deber. Pero el pecado estructural se encarga de que ese supuesto “deber” sea una maldad, disimulada y banalizada. Atreverse a pensar eso, podría ser el fin de una carrera política. Por tanto, mejor “lavarse las manos” como Pilatos, para quien lo importante era su propia carrera y cuidar las relaciones entre el imperio romano y un pueblo difícil. Que eso costara la vida a un inocente desarrapado…, era otra banalidad.

Imagen extraída de: Globedia

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Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
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6 Comentarios

  1. Tengo la sensación de que interpretas el mensaje de Arendt desde tu perspectiva. Desde lo que ya he podido leer, me da a mí que ella no buscaba ‘aumentar su gravedad’ mediante la banalización del mal.
    Sí me harí sentirme más cercano con tu definición, que entiende que banalizar el mal es hacerlo aún más grave. Pero, a lo mejor no he entendido bien, parece que se lo asignas también a Arendt y sus legado nunca llevó a que la sociedad pudiera tener esa sensación. Al contrario. Se le da menor importancia. Menor relevancia. Menor necesidad de combatirlo, de transformarlo (si se prefiere). Al mal se le comprende para hacerlo menos presente, más irrelevante. Pero no se le comprende para que se vaya de rositas, ¿no? 🙂

    Me encanta todo lo que argumentas, pero tú. A mí me da que Hanna Arendt lo haría diferente. A ella sí me gustaría preguntarle, por ejemplo, qué la llevó a enamorarse de un nazi como Heidegger… Y de qué manera ese ‘amor’ la lleva, o no, a sentir la necesidad de tener que ‘banalizar el mal’ Por ejemplo. ¿Qué pensaría Alfred Delp de Hanna Arendt y su ‘banalización del mal’? 🙂

  2. ¿Qué, Eichmann sólo organzaba transportes? Estás tan equivocado con eso como lo estaba H. Arendt. Para hacer lo que hizo Eichmann hay que ser cien por ciento fanático malvado. Su odio hacia los judío era horripilante. Hay mucha evidencia descubierta después de su juicio y ejecución que apuntan a lo que te estoy diciendo. Tu argumento quizás sea válido para el ciudadano común. Dedícale unas cuantas horas a la película Shoa y verás. Admiro mucho la capacidad intelectual y gran conocimiento de los escritores clásicos de H. Arendt, el Amor Según San Agustín y la Condición Humana; pero debes saber que hacía argumentos harto anti Teología de la Liberación. En sus escritos muchas veces delata que su concepción de la historia y de la filosofía política era muy elitista. Hubiera sido una fiel esposa de gente como Winston Churchill o H. Kissinger.

    Te aseguro que Rajoy sabe muy bien lo que está haciendo y lo hace con un gustazo que no tienes idea. Lo mismo su vicepresidenta de gobierno. Defienden los capitals corporativos como si éstos fueran la sangre y vida de España. Claro que ha cumplido con su deber. Para eso lo pusieron donde está. Eso no tiene nada que ver con la banalización del mal.

  3. Excelente reflexión. Clara, breve y precisa. Mi pregunta entonces es: que actitud debe tomar un cristiano u hombre de buena voluntad ante ciertos imperativos tan banales como solapadamente malvados?. Teniendo en cuenta que en países como el mío y tantos, objetar unas conductas negarse a la banalidad es una postura socialmente reprochable y laboralmente fatal (en el ámbito de la administración estatal).

  4. Lo interesante de esta reflexión es su actualización. Hoy sabemos mejor que hace 10 años, las pésimas lecturas que hicieron de su pensamiento, esto por la incapacidad para leer como ella misma sugiriera en 1957. Buscar la «verdad» del caso Aichman es tan absurdo como inútil. Por eso este articulo me parece interesante, no se queda en la entrada sino que entra a reflexionar sobre un mal bien aceptado como «normalidad». Un ejemplo: los niveles de violencia que se han aceptado siempre frente a los más débiles en la cadena : la venta de armas, donde los muertos no son ni los empresarios ni los gobiernos que las compran.

  5. Si acceptem que tot hom esta fet a imatge i semblança de Déu, òbviament hem d’entendre que tot hom esta impregnat de consciencia, ara be, que és consciencia? de ven segur que Aichman tenia consciencia, i per a ell la consciencia consistia en fer un servei pera la seva pàtria,,, sacrificant-se.,,, al màxim i dant la seva vida si calgués per el seu ideal,, en servir al seu partit, àdhuc al seu poble, i ja sabem d’aquella frase – que dona la seva vida per les seves idees és digne de ser admirat-

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