Filosofía para una vida peor.

9788415930273

Es esta una obra de divulgación de la filosofía de algunos autores del siglo XX que ofrecen una visión pesimista de la existencia humana: Cioran, Orwell, Primo Levi, Jean Améry, Viktor Frankl, Heidegger, Sartre, Abraham Maslow, Julian Barnes y Simone Weil. Tal visión es presentada por el autor como opuesta al optimismo fácil e injustificado del género literario de la autoayuda: obras que, en general, "dan por sentado que estamos destinados a la felicidad". El libro ofrece, asimismo, sorprendentes y numerosas referencias a la cultura popular como refuerzo y ejemplificación de sus argumentaciones. En su debut editorial, Oriol Quintana ofrece un curioso y a ratos fascinante ensayo de divulgación filosófica que, como todo buen libro de esta disciplina, admite diversos niveles de lectura. Por un lado, se trata de un ameno repaso a los que pueden ser considerados los filósofos más influyentes del siglo pasado; por otro, ofrece el autor una divertida refutación de los libros de autoayuda que, con su optimismo fácil y su exagerada confianza en las posibilidades y recursos del ser humano, terminan por presentar una visión distorsionada de la existencia; visión que choca casi frontalmente con los que esos mismos autores expusieron -de ahí el título Filosofía para una vida peor. Por ende, hallará el lector en este libro justamente lo que el autor jugaba a esconder: unas orientaciones vitales verdaderamente útiles, porque, tal como se dice en el primer capítulo "la filosofía bien hecha siempre es un consuelo para el alma y una ayuda para vivir", especialmente si pretende distanciarse de aquellos libros "que dan por sentado que estamos destinados a la felicidad". (Casa del Libro)

Autor: Oriol Quintana

Fecha: 2016

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[La modificación] De entrada una confesión: he disfrutado, y mucho, con la lectura de este libro. No se trata de un elogio gratuito. A los que llevamos unas cuantas lecturas sobre la espalda, nos da mucha pereza ponernos a leer “novedades”. Como si todo ya hubiera sido escrito. Sin embargo, el libro de Oriol tiene un innegable interés. Por el tema y por cómo esta contado. El tema interesa de por sí. Se trata del viejo tema acerca de cómo hemos de vivir, de encarar la vida que nos ha tocado en suerte. Y está contado —escrito— tal y como es Oriol: con un cierto desenfado. Y con unas buenas dosis de ironía también. Es, en definitiva, un libro inteligente.

El libro nace con voluntad polémica. El libro pretende ser, por tanto, provocador (y su carácter provocador ya está presente en el mismo título): filosofía para una vida peor.

Se trata de un título desconcertante. ¿Acaso la filosofía no apunta al saber vivir y, por consiguiente, a la felicidad? ¿Acaso la filosofía no promete una vida mejor, más elevada? ¿No escribió Platón aquello de que una vida reflexionada posee más valor? En cualquier caso, su intención es claramente desmitificadora, tal y como tiene que ser conforme a la tradición del pensamiento occidental. Toda palabra significativa, de hecho, siempre se dirige contra alguien. Y ese alguien, en este caso, es el escritor de libros de autoayuda, aquel que tiene una solución, una receta al problema de la existencia. El presupuesto de quien escribe un libro de autoayuda es, como sabemos, el «no hay límites». Pienso en el clásico libro de Josef Ajram… Un límite, para el hombre de éxito se encuentra ahí para ser superado. Pero lo cierto, y lo subrayo, es que límites, haberlos haylos. Y muchas veces se imponen con dolor, mucho dolor. Vivir sin aceptar que al final nos iremos con las manos vacías es, en definitiva, no vivir o, mejor dicho, vivir como un idiota (y un idiota, literalmente, significa ser incapaz de salir de uno mismo). El viaje que nos propone Oriol es una viaje hacia una mayor lucidez. Al menos no nos trata de idiotas, cosa que agradecemos.

A mí me parece que todo esto está en la línea de, por ejemplo, un Epicuro (aunque no tengo claro si Oriol estaría de acuerdo conmigo). ¿Qué decía Epicuro? Pues que los dioses no quieren saber nada de nosotros y que al final todo termina con la muerte. Se trata, en definitiva, de tomarse en serio la vida, de encara la vida sin ilusiones, en el doble sentido de la expresión (una ilusión es también un espejismo). ¿Y en qué consiste tomarse en serio la vida? Pues en encarar, por decirlo rápidamente, nuestra situación de animales inermes, indefensos, en definitiva, la muerte. De hecho, todos sabemos que nos vamos a morir. Pero vivimos como si fuéramos eternos hasta que el médico nos dice que nos quedan pocos meses de vida. Podríamos decir que es entonces cuando la vida comienza en verdad. Ahora bien, solo quien acepta que vivimos dentro de un plazo posee un sentido del presente. Para quien sabe que quizá mañana está muerto, un día más es un milagro. Carpe diem. Así pues, diría que el libro de Oriol no es tanto un alegato contra la superficialidad de la mentalidad happy —que también— como un alegato contra la vanidad de la mayoría de nuestras pretensiones. En este sentido se trata de un libro espiritual. Como el Eclesiastés, salvando las distancias.

En este sentido, podríamos decir que el recorrido que nos propone Oriol constituye una especie de fenomenología del espíritu, una travesía hacia una vida que es consciente de sus limitaciones y que, por eso mismo, sabe tomarse en serio. El saber vivir no consiste, por tanto, en suprimir las limitaciones de la existencia, en alcanzar algo así como las mieles de una vida prometeica, sino en aceptar no solo las rugosidades de la cotidianidad, sino también su dureza. En encararlas con valor. Está en juego no solo nuestra madurez, sino también la posibilidad de una cierta dicha. Solo por estímulo que supone su lectura —el estímulo que nos incita a leer los autores que comenta—, el libro ya vale la pena.

Con todo, me atrevería a añadir una nota al pie. Y es que tomarse en serio la vida no pasa solo por encarar la muerte, la limitación, nuestro carácter inerme, sino también, y cristianamente quizá deberíamos decir sobre todo, la muerte injusta de tantos hombres y mujeres, el sacrificio de las víctimas de la Historia. No responder a su clamor es morir en el interior de nuestra posición de confort, como suele decirse ahora. Nadie dijo que la felicidad del hombre satisfecho fuera el último horizonte de la existencia. Pero un libro, ni siquiera un buen libro como el que comentamos, no puede tocar todos los palos. Valgan estas pocas palabras como introducción. Mejor dicho, como una introducción entusiasta, si es que Oriol me permite un cierto entusiasmo.

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Imagen extraída de: Punto de Vista Editores

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Es licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Desarrolla su carrera docente en el Colegio de San Ignacio-Sarrià, donde imparte clases de historia de la filosofía. Su trabajo intelectual se centra en la necesidad de recuperar la dignidad epistemológica de la tradición cristiana sin caer en el antiguo fideísmo y en constante diálogo con, por un lado, la crítica moderna de lo trascendente, en particular la que encontramos en los escritos de Nietzsche, y, por otro, con las tendencias transconfesionales vigentes hoy en día. Escribe diariamente en el blog La modificación. Es miembro de Cristianismo y Justicia, donde, desde hace varios años, imparte cursos sobre la significación y vigencia de la fe cristiana. Es autor de Dios sin Dios (con Xavier Melloni), Fragmenta, 2015 coeditado por Cristianismo y Justicia.
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1 COMENTARIO

  1. En torno a la «entusiasta» reflexión, planteo las siguientes conclusiones sacadas a partir
    de dicha introducción o conclusiones presentadas en un seguido de normas o leyes grotescas que,
    ejemplifican de forma soez lo que más o menos he podido comprender de éstas línias.
    Después de ésta mala disculpa de antemano que pretende lidiar con el estrepitoso
    desastre que pueda cometer:
    Entender la limitación, a nivel de un tiempo concreto en el que seremos al menos de forma consciente
    un ser vivo e independiente, para después aceptar o entender la muerte como tal, no sólo reside en la negación de éste hecho, al menos, a mi parecer. Es decir, visto a nivel del hombre o joven moderno que
    fracasa, no ya en la resolución del acto que en cuestión querría realizar, pues intentarlo en sí contribuye
    a poder solucionar dicho problema (Edison sabía una manera de hacer una bombilla y 900 maneras de como no hacerla), sino a que el fracaso absoluto empieza en la rendición de la voluntad, de la motivación
    o intencionalidad de realizar algo, inclusive si no se refiere a un esfuerzo estoico.
    Probablemente y des de mi punto de vista creo que cada vez los límites se han ido alejando tanto del horizonte que ni tan siquiera lo conforman, es decir, en el horizonte no se encuentra el límite. Que no es lo mismo que decir que no hay límite, sino que podríamos «cruzar unos cuantos horizontes» antes de llegar a éste límite. Me explico, la intensidad con la que está presente la muerte (si pudiéramos saber a ciencia cierta cuando morimos) no es la misma si supieramos que ésta nos encontraría mañana, pasado o dentro de 10 años. La prisa con la que entenderíamos nuestro presente a través de la muerte sería variable.
    Entonces, podemos conceber un presente sin condiciones?
    Un presente más allá de necesitar la muerte para concebirlo o bién,
    un presente consciente de si mismo sin que los límites deban ser visibles, es decir, esten cruzados el horizonte?

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