Aún recuerdo cuando le conocí. Tendría unos diez años. Ya entonces destacaba por esa pícara sonrisa. Una sonrisa que aún hoy le acompaña.
Fran Beúnza es un amigo con quien he tenido la suerte de compartir años e historias. Fui su profesor, después su monitor en los grupos del colegio y hoy continuamos en contacto. A lo largo de estos años ha podido aprender, desarrollarse, crecer, formarse, casarse, tener hijos… y escribir. Hace un tiempo ya hablé de su primer libro, Contra todo pronóstico. Y hace unos días recibí un mensaje suyo en el que me enviaba otro que acaba de sacar, para ver si podía escribir algo. Pues esto es lo que me sale, Fran.
Fran, que se dedica a acompañar pastoralmente a jóvenes, nos regala Encontrar la lux perdida. Con un estilo similar al libro anterior, a través de una escritura ágil y dinámica, transita a lo largo de experiencias personales, búsquedas inquietantes, propuestas pastorales y reflexiones cargadas de mucha fe. Se trata de un buen texto para aquellos que acompañan a jóvenes; les puede servir para encontrar nuevas ideas, para reflexionar sobre su labor, para situarse ante el momento actual y para continuar de manera animada en ese noble ministerio.
Encontrar la lux perdida nos habla de esos resquicios que encontramos en nuestro mundo para ver la luz de Dios, de un Dios presente de numerosas maneras y al que Fran tiene la facilidad de saber encontrar en medio de nuestro mundo. Así, el lector podrá sorprenderse al descubrir presencias solo dispuestas a ser vistas por quien tiene una mirada abierta en medio de elementos sociales y culturales actuales. Releer a Pantomima Full, unos youtubers que nos hablan de la realidad de manera sarcástica, y encontrar la salvación enmascarada en Strangers Things o la sencillez del amor divino en Jo, Jo, Rabbit son algunas de las sorpresas que podemos encontrar en el libro.
Después de leerlo, con la sonrisa pícara de Fran acompañándome, fui a pasear. Pasear me gusta, sobre todo por según qué lugares. Uno de mis sitios preferidos, tal vez porque fue lo primero que conocí en un viaje adolescente a Barcelona, es el barrio del Raval. Paseando, mirando, pensando, rezando, me detenía y me surgían preguntas.
Pensaba que hablamos de la dificultad de encontrar a Dios en nuestro mundo. Del descenso de practicantes en las Iglesias. Al mismo tiempo, de un cierto resurgir del tema —ya no espiritual sino cristiano—, desde otros espacios. Ahí está todo lo escrito sobre Rosalía —Fran dice que reza con sus canciones— o la película Los domingos —a la que el amigo Imanol Zubero dedicó un precioso comentario—. También de ambos ha escrito Xabier Gómez, obispo de Sant Feliu de Llobregat.
Sin embargo, hay una duda que me corroe y quiero compartir. ¿No tenéis la sensación de que Dios está tremendamente presente en nuestro presente? Y, sin embargo, ante la dificultad de verle la cara (Ex 33,20: «Nadie puede ver mi rostro y vivir»), lo negamos, huimos de él, decidimos matar a Dios —postura necesaria y coherente en Nietzsche, filósofo que, como dijo Heidegger, se tomó en serio a Dios, pero que no pudo dar otra respuesta—. Y tal vez por eso, ante la imposibilidad de mirar directamente a Dios, buscamos encontrarlo en otros espacios, donde no nos ofusque su luz y nos ciegue, donde podamos intuir sus destellos.
Fran sitúa muy bien en su libro el tema de creer en qué o creer en quién. A esto me refiero con lo mencionado. Los cristianos decimos que nuestra fe se sustenta en Jesús de Nazaret. Y si leemos Mt 25, 31-45, tenemos o deberíamos tener muy claro dónde encontrar a Dios. Recordad también el maravilloso libro de González Faus, Vicarios de Cristo, los pobres.
Paseando por nuestras calles, la presencia de los vicarios de Cristo es tan evidente o más que en cualquier otra época. Personas sin hogar, jóvenes y adultos viajando en busca de un presente… Todo esto son gritos constantes de Dios. Pero encontrarse cara a cara con Él es difícil. Exige mucho. Afecta todo. Y no lo podemos soportar. Necesitamos cerrar los ojos, acallar a ese Dios que nos mira directamente. Ante eso, solo nos queda negarlo, buscar a otros dioses o buscarlo en espacios donde su presencia no sea tan fuerte o tan directa. ¿No puede ser que haya algo de eso en nuestro mundo?
Hablamos de encontrarlo en la interioridad, en el silencio… Buscarlo en estos espacios es menos doloroso. Los gritos de Dios a través de las personas que nos encontramos cuando paseamos, cuando abrimos las noticias o cuando escuchamos un podcast son tan evidentes que nos duelen y nos golpean de una manera insoportable. Y necesitamos encontrar esa lux en otros espacios porque, si no, nos quedaríamos ciegos.
No sé, Fran, qué piensas de esto. Si te parece, podemos hablarlo un día con calma. Tú sigues con jóvenes, yo ya no tanto. Me dedico más a los adultos. Pero de tanto en cuanto hago alguna incursión para escuchar, aprender, entender… Y a veces vuelvo a las batallitas que ya te contaba a ti para explicar mi fe. Hace poco volví a explicar la historia de Margarita, ¿te acuerdas? Aquella historia del padre Chinchachoma, que acabó de rodillas ante una niña de diez años que se prostituía en la calle para pedirle la bendición, porque ella era Dios. Pocos son capaces de enfrentarse a Dios y salir victoriosos. Y quien lo hace queda tocado para toda su vida (cf. Gen 32). La mayoría no puede, o no podemos, y necesitamos encontrar a Dios a través de otras rendijas de nuestro mundo. Gracias por darnos pistas para encontrar esas rendijas y hacer presente su presencia. Gracias por ser un maestro en miradas, que guía a otros no tan duchos para poder ver el camino. Y gracias por esa pícara sonrisa, que tiene también algo de divino.