Si el lector o lectora de este texto han visto el primer capítulo de la serie sobre Kayne West producida por Netflix  –Jeen-Yuhs: A Kanye Trilogy (Jeen-Yuhs: Una trilogía de Kanye West)– quizá hayan llegado, al final, a la misma conclusión que yo: lo que ahí se nos cuenta no es, ni más ni menos, que la esforzada historia de cómo se supera un prejuicio. Pongámonos en antecedentes. 

Kayne West es un afroamericano nacido en Chicago. Como todo el mundo sabe, Chicago no está ni en la Costa Este ni en la Costa Oeste de los Estados Unidos de América. En aquellos años finales de los 90, un rapero no podía salir de un lugar que no fuera aquellas dos costas (¿de Chicago puede salir un rapero?). Pero lo gracioso es que Kayne West –al que hoy conocemos casi tanto por su música como por ser el ex de Kim Kardashian y por amagar con la piedra de presentarse a las elecciones de USA– no era ni siquiera un rapero. No hablo de cantar en la ducha, sino del raperismo profesional. Kayne era un jovencito con muchísimo talento para crear samples de canciones que funcionaban a las mil maravillas, de esas “enganchosas” que se quedan pegadas a los labios todo el día hasta que los demás nos aborrecen por la cancioncita, y que acababan llenando de billetes los bolsillos de los raperos que sí eran raperos profesionales. 

Así es como, de sample en sample, el joven productor de canciones Kayne West entra en el círculo de Roc-A-Fella Records, la todopoderosísima casa discográfica en el que la punta de lanza, el mascarón de proa y todo lo que podamos imaginar que va delante de otra cosa, era Jay-Z, hoy ya más conocido –me da a mí– por ser el marido de Beyoncé Knowles que por su música. Entonces empieza la larga marcha: Kayne está convencido de que tiene algo importante que decir con su música y empieza a trabajar en sus propias canciones, alquilando los estudios de grabación en los espacios que dejaban los capos, mendigando las migas. Ahí lo vemos: rapeando delante de unos y otros, componiendo rimas para colarse en los hooks de las canciones de los que cortan el bacalao. En general, la gente flipa, pero lo siguen viendo como un productor. Y es que hay pocas cosas tan difíciles de cambiar como un prejuicio. Pocas que pidan tanto tiempo, a veces. Porque no hablamos de eliminar un prejuicio, sino de superarlo. Porque un prejuicio es parte de nuestra historia, y no queremos eliminar nuestra historia, sino permitir que esta permanezca abierta, porque quizá la continuidad de la historia de otra persona depende de que nosotros seamos capaces de dejar una rendija abierta para que nuestro prejuicio –al que en el fondo queremos, porque nos ofrece un lugar para comprender las cosas– respire y mute. Los prejuicios, a veces, piden a gritos la intervención de la gracia, así de difícil es abrirlos y cambiarlos por otros nuevos y más fecundos.  

Entonces llega el momento de la sonrisa, en medio de lo que pudo ser un drama definitivo. Cuando Kayne ha firmado ya el contrato para grabar su primer disco sufre un accidente que, literalmente, le parte la cara. Durante aquellos meses de su recuperación, con la mandíbula estabilizándose y la boca llena de hierros, compone una canción que es ya uno de esos clásicos bestiales del hip-hop: Through the wire. Es de esas paradojas que, por un momento, erizan la piel: una canción compuesta con la boca a medio recomponer después de un accidente que pudo costarle la vida, logra introducir, finalmente, novedad, abrir el prejuicio y convertir a Kayne de productor genial en rapero genial. Todo se resume en una imagen, una de esas en las que se da toda la exageración del mundillo, pero que hacen soltar una carcajada de alegría: la de Pharrell Williams saliendo enloquecido del estudio mientras suena la canción (tiene que irse porque no se cree lo que oye, pero luego vuelve). Supongo que para West sería como cuando te pica una araña radioactiva y te conviertes en Spiderman, pero habiéndotelo currado. 

Señor, mira con misericordia nuestros prejuicios y ayúdanos a superarlos, cuando eso ayude a traer más vida.

[Fotograma de la miniserie]

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Jesuïta en formació. Estudia la Llicència en Teologia Fonamental a la Pontificia Facoltà Teologica dell'Italia Meridionale de Nàpols. Col·labora amb l'associació Figli in famiglia al barri de San Giovanni a Teduccio.
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