En septiembre del año 1975 se publicó el primer número de la revista No podemos callar. Su nombre tomado del capítulo 4 del libro de los Hechos de los Apóstoles, fue un mandato para los textos que se publicarían en esta revista clandestina: denunciar las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura en Chile. Detrás de esta publicación hubo un equipo de personas encabezadas por el jesuita José Aldunate. El centro de esta revista fue la denuncia de hechos silenciados por la dictadura como detenciones o la desaparición de presos políticos, así como la defensa de los derechos humanos de parte de las instituciones Vicaría de la Solidaridad y el Comité Pro Paz, como la lucha de los familiares de las víctimas por la justicia.

Este boletín reflexionó sobre los hechos que observaban en las realidades donde estaban inmersos los sacerdotes y religiosas colaboradores de la revista. Muchos de sus miembros vivían en poblaciones, eran parte de comunidades populares y, por ello, eran testigos muy directos de la represión. La revista se repartía de mano en mano en comunidades cristianas de todo el país y un número solía ser enviado a los exiliados quienes lo fotocopiaban y repartían. Ni en el primer número de la revista ni en ninguno de los cincuenta y seis posteriores, se identificó a los autores de los artículos. Sus apariciones mensuales contenían un editorial y artículos que daban cuenta y analizaban violaciones a los derechos humanos, las decisiones políticas en materias económicas, sociales y legales, sobre la situación de los pobladores y reflexiones pastorales sobre la realidad de la iglesia chilena y latinoamericana. Ante el silencio de la prensa oficialista, No podemos callar contuvo no sólo un relato de los hechos, sino una reflexión temprana sobre los cambios políticos, económicos y sociales en Chile.

Entre sus artículos destacan la denuncia de la represión de la dictadura, la situación de los desaparecidos y los intentos infructuosos de sus familiares de exigir justicia en tribunales. Se presentó la realidad de lo que se denominó el “gasto popular” en consumo, donde se denunciaba cómo los alimentos básicos subían los precios. Se denunció la realidad de los obreros, la ausencia de líderes sindicales y la represión de aquellos que se organizaban. La revista fue el medio de comunicación que usaron las comunidades católicas de base, agrupaciones de laicos que reunidos en retiros religiosos, vigilias, encuentros reflexionaban sobre la realidad social y política del país. En reportajes, declaraciones dieron a conocer el pensamiento de los miembros de estas comunidades que, desde la lectura de la Biblia, el testimonio de sus pastores, emitían su opinión sobre lo que estaba sucediendo en sus poblaciones y comunidades en los años de la dictadura. Se muestra una iglesia cercana a los pobladores, mujeres y hombres que junto a curas pobladores, religiosas pobladoras, eran testigos de una iglesia reflejo del mandato del Concilio Vaticano II, como de las encíclicas del episcopado Latinoamericano, como Medellín. Estas comunidades dieron sentido a un Vía Crucis nuevo, en que el crucificado en cada estación se encontraba con los crucificados de las calles de las poblaciones de Santiago, los cesantes, las mujeres solas, las víctimas de la prisión política, los detenidos desaparecidos. Este Vía Crucis que lo iniciaron los curas pobladores en dictadura, se siguió realizando como una tradición que ha perdurado a lo largo de los años siguiendo el ejemplo de estos curas comprometidos tanto con el sufrimiento del pueblo como con sus esperanzas. En tiempos de dictadura la esperanza era la democracia, la ausencia de pobreza, el fin de la represión, el regreso de la actividad política. En democracia este Vía Crucis de las comunidades populares denunció la situación de los migrantes, la marginación de los pueblos originarios y la pobreza que todavía está presente en los suburbios de Santiago de Chile.

En julio de 1981, por razones de seguridad la publicación cambió de nombre a Policarpo. Ambas son el testimonio de dos revistas clandestinas durante la dictadura. En sus páginas se pueden recorrer veinte años de la historia de Chile, contados y analizados desde la experiencia y reflexión de cristianos de base comprometidos con la democracia, los derechos humanos y la justicia social. El jesuita José Aldunate, fue el editor de ambas revistas, desde el primer hasta el último ejemplar. Descendiente de una familia ligada a la aristocracia chilena. Creció y estudio en Inglaterra y a su regreso a Chile ingresó a la Compañía de Jesús. Estudió teología moral en la Universidad Gregoriana y luego en la Universidad de Lovaina donde obtuvo el grado de Doctor en Teología. Así como San Pablo tuvo su encuentro vital en el camino a Damasco, José Aldunate lo tuvo en el desierto de Atacama. En 1973 aceptó la invitación de un cura holandés, Juan Caminada, para participar junto a otros religiosos en la experiencia de ser curas obreros. Era necesario que un sacerdote conociera la realidad diaria de los obreros pues solo trabajando con ellos y viviendo en sus poblaciones se podría conocer la realidad social. Luego se trasladó a Santiago donde continuó como cura obrero en distintas poblaciones. En paralelo ejercía la docencia en la Faculta de de Teología de la Universidad Católica como profesor de moral. José Aldunate, como activista por los derechos humanos, acompañó a los familiares de los detenidos desaparecidos en sus intentos por conocer el paradero de sus seres queridos. En la década de los 80, junto a un grupo de laicos, formó el Movimiento contra la tortura Sebastián Acevedo. El objetivo del grupo fue manifestarse pública y pacíficamente en las calles contra la tortura que ejercían los agentes de la dictadura.

El cura obrero se consideró un seguidor de la Teología de la Liberación, dado que según él este movimiento interpretaba el llamado de la Iglesia a través del Concilio Vaticano II a involucrarse con los temas sociales y políticos en Latinoamérica. El jesuita Aldunate fue a vivir a la población para compartir la vida, los sufrimientos, las esperanzas con los pobladores, aquellos que sufren la esclavitud de la pobreza, la marginación, violaciones a los derechos humanos. El ser cura obrero lo compromete con esta liberación de los más pobres de sus ataduras, de sus situaciones de marginación y con el activismo por la dignidad de las personas.

Luego del regreso de la democracia, el Padre Aldunate continuó escribiendo columnas de opinión en la prensa y acompañando a agrupaciones de derechos humanos. En reconocimiento de sus acciones, en el año 2016 fue reconocido con el Premio Nacional de Derechos Humanos, entregado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile. El 28 de septiembre del 2019 falleció los 102 años.

Como un homenaje a este jesuita, la Universidad Alberto Hurtado convocó a un equipo de académicos que seleccionaron una serie de textos de la revista clandestina No podemos callar para ser publicados en un libro. En una segunda etapa de este proyecto se pondrá a disposición del público la digitalización de todos los números de la revista No podemos callar como Policarpo.

(El libro No podemos callar. Catolicismo, espacio público y oposición política, Chile 1975-1981 fue publicado por la Ediciones Universidad Alberto Hurtado, libro que reúne una selección de artículos de No podemos callar fue presentado el 28 de mayo de 2021).

[Imagen cedida por el sitio web josealdunate.cl]

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Advocat, Màster en Drets Humans i Governança de la Universidad Autónoma de Madrid. Professor del curs Drets Humans de la Universitat jesuïta Alberto Hurtado de Xile (UAH) i investigador de l'Observatori de Justícia Transicional UDP.
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