Sin duda, un itinerario plasmado en un libro como este es el resultado no sólo de un camino realizado, sino también de un ejercicio de memoria, de retrospectiva, en que los momentos más impactantes de dicho camino, complementados armónicamente con los diversos datos históricos, arqueológicos, teológicos y espirituales, quedan plasmados en una narrativa que conduce al lector o lectora en una verdadera peregrinación por Tierra Santa. En diversas ocasiones el ser humano, en un acto de conciencia por su propia subjetividad histórica, plasma sus vivencias de una realidad concreta que le interpela vitalmente, para compartirlas a otros como una experiencia pensada y sentida. Este es el caso del autor del libro ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Caminando la Pascua de Jesús en Tierra Santa: la realidad misteriosa, multirreligiosa y ancestral de Tierra Santa le ha cautivado como creyente a tal punto de plasmar sus memorias de las peregrinaciones, sus búsquedas y sus descubrimientos, que ha realizado desde el 2011. Así lo dice él en sus primeras páginas: “Poner nuestros pies en ese lugar del mundo, escuchar y leer la Palabra de Dios en la tierra donde ella fue revelada a los patriarcas, profetas y comunicada de manera definitiva por Jesucristo […], sentir, tocar y saborear la cultura de esa Tierra Sagrada, es una experiencia que, pienso, hace que el peregrino se vea profundamente transformado”[1].

Ciertamente, es un desafío escribir un libro como este, es decir, un diario o itinerario como peregrino, que hace memoria y narrativa de su experiencia, en tiempos donde la conciencia histórica del sujeto humano se ha reducido cada vez más a un presentismo. No sólo el futuro ha quedado en descrédito, después del fracaso de los proyectos utópicos de los siglos XIX y XX, sino también el pasado olvida su carácter de recuerdo y queda simplemente como una ciencia encargada de datos. La historia en cuanto ciencia queda desligada de la vivencia del ser humano que recuerda, según el historiador alemán Alfred Heuss[2]. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han afirma acertadamente que:

“Hoy, la memoria se positiva como un montón de residuos y de datos, como un ‘almacén de trastos’, o un ‘depósito, que está lleno a tope […] de todas las imágenes posibles y símbolos gastados, totalmente desordenados y mal conservados’. Las cosas en el almacén de trastos se limitan a yacer unas junto a otras, no están estratificadas. Por eso le falta la historia. No puede recordar ni olvidar”[3].

¿Acaso el libro que hoy presentamos es un desafío por ir contracorriente a esta reducción del pasado que impera en la sociedad contemporánea? Efectivamente; a mi parecer, es un testimonio de resistencia frente a esta pérdida del aroma del tiempo. Es traer de nuevo aquel recuerdo de momentos, emociones y sentires significativos que, en este caso, la Tierra Santa evoca en el creyente. Tierra Santa no es un cúmulo de edificios, imágenes, objetos, palabras carentes de sentido, sino que cada una de ellas, en su fragancia misteriosa, multi-religiosa y ancestral, forman una narrativa que recuerda el paso de Dios hecho hombre. Citando al teólogo chileno Fredy Parra, la memoria ejercida aquí por el autor, en cuanto buena memoria “puede reabrir el pasado y extender la mirada hacia las raíces, hacia lo que sí se ha logrado parcialmente en cada historia, hacia las tradiciones experienciales que nos siguen regalando sentido y revelando potencialidades humanas descubiertas y acariciadas universalmente a lo largo del tiempo; tradiciones que tienen mucho que entregar al presente-futuro”[4].

Tierra Santa es el lugar en que las tradiciones se actualizan, renuevan al peregrino, hacen latir el evento pascual de Cristo y el significado previo de cada creyente sobre este evento se transforma con el caminar.

Este libro permite ingresar al lector o lectora en una peregrinación espiritual. A través del relato del profesor Juan Pablo Espinosa sobre los lugares, las diferentes fotografías de su propia autoría y sus propias reflexiones, pude pregustar aquella posibilidad de ser un peregrino de Tierra Santa. Conocer la tierra en que Dios se reveló al pueblo de Israel, haciéndose hombre verdadero, ha de ser una experiencia religiosa que te recuerda aquellas raíces de la fe y donde se resguarda la memoria judeocristiana por siglos y por muchas personas. Las estructuras arquitectónicas, las culturas, los íconos e imágenes piadosas, los colores, olores y sabores de la cotidianidad, la gente del lugar, el ecosistema, el guía de la peregrinación, entre otros, se vuelven sacramentos del evento pascual de Cristo. Es acertada, en este sentido, la afirmación de Leonardo Boff: “Esos objetos, personas o hechos históricos se vuelven sacramentos para todos los que hayan hecho una experiencia de Dios en contacto con ellos”[5]. La imaginación de ser peregrino en Tierra Santa es estimulada por el relato del autor, en que se entrecruzan momentos de reflexión y oraciones que permiten ir celebrando este caminar, pese a la distancia del lugar y del tiempo litúrgico. Por la imaginación, “la memoria de la Tierra Santa se celebra, se canta, se alaba y se camina”[6].

El libro está dividido por los días más célebres de Semana Santa: Domingo de Ramos, Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección. Cada día tiene su descripción del lugar, sus datos históricos y arqueológicos, su reflexión teológica, sus orientaciones para vivir una espiritualidad pascual y sus fotografías que concretan aquellos lugares que la narración va señalando. Cada día es un ejercicio de memoria del autor, pero también su narrativa invita a recordar la experiencia creyente del lector o lectora con preguntas y con escenas del evangelio. Es más, su propia narrativa está acompañada por otra testigo de esta peregrinación Santa: la Virgen Egeria. El prof. Juan Pablo va indicando, mediante avanza la peregrinación espiritual que nos ofrece, algunos pasajes del itinerario de Egeria por Tierra Santa, en que se entrecruzan dos memorias de un mismo lugar. Cada día santo, en la peregrinación, hace emerger una memoria sentida: el Domingo de Ramos con esta dialéctica entre el fracaso de la cruz y el triunfo de la resurrección; el Jueves santo con los sentimientos de temor y angustia; el Viernes santo, con la tristeza de la muerte y los aromas de la sepultura; el Sábado santo, como un momento de recogimiento y meditación frente a un Dios sin tumba propia, y el Domingo de Resurrección, con alegría y gozo por la vida nueva.

Quisiera detenerme en las reflexiones en torno al recorrido por el Lago de Galilea. El profesor Juan Pablo finaliza su libro con este recorrido, el cual no es un apéndice de toda la peregrinación. Tiene su significancia teológica; es un detalle fundamental para el seguimiento de Jesús. Volver a Galilea, tal como lo indican los evangelios de Mc y Mt, es un acto que sólo pueden realizar aquellos que iniciaron el proceso discipular. En el evangelio de Mc, por ejemplo, el final es narrativamente muy parecido al inicio, en que los destinatarios de ambos relatos son testigos privilegiados de una importante revelación acerca de Jesús. Ellos son los que pueden volver a Galilea, porque son los únicos conocedores de toda la historia[7]. El biblista Santiago Guijarro, en un seminario de postgrado sobre el Evangelio de Marcos, nos explicaba que el retorno a Galilea tiene como finalidad ver a Jesús resucitado (Mc 16,8). En sus palabras, “para quienes escuchan o leen, volver a Galilea significa volver a escuchar o leer el relato de la buena noticia sobre Jesús, Mesías, con una nueva mirada. Esta vuelta a Galilea les permitirá adentrarse en el misterio de su persona y profundizar en lo que significa ir detrás de él”[8]. Volver a Galilea, escuchando los sonidos de las olas del Lago, el susurro de las hojas de los árboles y palpar la playa del Lago, es volver a recordar lo vivido con Jesús y caminar con un nuevo horizonte, abierto escatológicamente por la resurrección del Crucificado, en esperanza por el porvenir de la Nueva Jerusalén. Al terminar de leer el libro del prof. Juan Pablo, el imaginario de la peregrinación que evoca su narrativa permite mirar hacia atrás, recordar aquellos momentos en que me he encontrado con Jesús, en los diferentes rostros y lugares de la peregrinación, y reconocerse como un interpelado por su Palabra. En palabras del autor de este bello libro: “Poder caminar la Pascua con Jesús a través de la Tierra Santa constituye un tiempo de profunda revitalización y de una opción de confirmación de nuestra fe ante su palabra”[9].

El libro, en el fondo, es una narración impregnada de ritualidad dinámica. El ritual que el autor vivió en sus peregrinaciones y ha ofrecido aquí en una narrativa, se vuelve para nosotros los lectores en una puerta a la experiencia de una ritualidad desde nuestros hogares, lugares de trabajo, viajes y desde cualquier lugar donde es posible gustar de una lectura. El prof. Juan Pablo, en ese sentido, concretiza en su obra lo que dice Byung-Chul Han: “Los rituales y ceremonias son sucesos narrativos, que se sustraen a la aceleración. […] Los rituales y ceremonias tienen su propio tiempo, su propio ritmo y tacto”[10]. Este libro es una invitación a entrar en los rituales y ceremonias que el autor va relatando, por medio de su narrativa sinfónica basada en la memoria, posibilitando que el lector o lectora imagine, sienta, piense, viva esta experiencia espiritual de la peregrinación a la Tierra Santa.

Termino este breve comentario invitando a conseguir el libro, a dejarse llevar por la imaginación de esta peregrinación espiritual y a cultivar aquella esperanza de ir a Jerusalén y celebrar la Pascua del Señor, al modo en que los judíos, al finalizar el Pésaj, cantan desde los distintos lugares del mundo: Desde Egipto hemos viajado en esta noche de noches celebradas en el tiempo. Fuimos testigos, recordamos nuestro pacto contigo. Por lo tanto, te rogamos que nos redimas tal como prometiste. Nos sea concedido poder celebrar el próximo Séder en el futuro. ¡El próximo año en Jerusalén!

***

[1] Juan Pablo Espinosa Arce, ¡No está aquí! ¡Ha resucitado! Caminando la Pascua de Jesús en Tierra Santa (Ediciones del Pueblo, 2022), 7. [Archivo PDF Borrador].

[2] Cf. Jürgen Moltmann, «La predicación como problema de exégesis», en Esperanza y planificación del futuro. Perspectivas teológicas (Salamanca: Sígueme, 1968), 204-205.

[3] Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, trad. por Raúl Gabás (Barcelona: Herder, 2013), 64.

[4] Fredy Parra Carrasco, Esperanza en la historia. Idea cristiana del tiempo, Colección Teología de los Tiempos 6 (Santiago de Chile: Universidad Alberto Hurtado, 2011), 275.

[5] Leonardo Boff, Sacramentos de la vida, trad. por Juan Carlos Rodríguez Herranz, 14ª ed. (Santander: Sal Terrae, 1991), 106.

[6] Espinosa Arce, ¡No está aquí! ¡Ha resucitado!…, 22. [Archivo PDF Borrador].

[7] Cf. Santiago Guijarro, El camino del discipulado (Salamanca: Sígueme, 2015), 109.

[8] Guijarro, El camino del discipulado…, 110.

[9] Espinosa Arce, ¡No está aquí! ¡Ha resucitado!…, 105. [Archivo PDF Borrador].

[10] Han, La sociedad de la transparencia, 60.

[Imagen de dozemode en Pixabay]

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Licenciado en Teología por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Recientemente egresado de Magister en Teología, con mención Sistemática, por la misma casa de estudios. Asistente del Centro Teológico Manuel Larraín y director de comunicaciones del Centro UC de Estudios Interdisciplinarios en Edith Stein.
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