Primero fue Galletas Río; luego se la quedó el Grupo Siro, hasta que la cerraron en 2003. Y seguro había tenido otros nombres, otros propietarios, antes de que la conociéramos. Aunque para nosotros era, sencillamente, la fábrica de las galletas, un nombre común que apuntaba mejor hacia el mito y el cuento. A eso de las siete de la tarde –imagino que al abrirse los hornos de la fábrica– el olor a galleta que salía de ella invadía todo el pueblo. El recuerdo de ese olor –hoy más idea que fragancia, imposible de reproducir–, me trae a la memoria a mi familia, algún rato pasado a la fresca, delante de la puerta del garaje donde dormía el camión del iaio

Es extraño que un sentido como el olfato, tan asociado a la memoria y, por lo tanto, al corazón y, por lo tanto, al amor, no haya sido objeto de las curaciones de Jesús en los Evangelios. No nos consta que el Señor pusiera sus manos sobre la nariz de nadie, ni que introdujera algo de barro recreador en ningún orificio nasal. O quizá sí lo hizo, y a los evangelistas no les pareció importante dejarlo por escrito: ya se sabe que la fe está asociada en Israel al oído, y los que vinimos después, entre Jerusalén y Atenas, a veces parece que solo hayamos añadido la vista. Hoy, gracias a las redes, vista y oído siguen siendo los reyes. 

Sin embargo, en la tradición espiritual de la Iglesia todos los sentidos han tenido su importancia. Desde que Orígenes empezara a hablar de los sentidos espirituales, otros Padres, teólog@s, y personas religios@s de toda condición han seguido explorando esta asombrosa posibilidad: la de llegar a captar algo de Dios en el rumor de la brisa, en una comida, en el cielo y el mar abiertos ante nosotros, en un abrazo, en el recuerdo del olor a galleta, capaz de hacernos remontar hasta el Padrenuestro rezado por nuestra abuela.

San Ignacio, por ejemplo, habla también de sentidos en los Ejercicios Espirituales: de aplicarlos y de rezar con ellos. Propone –con el imaginario disponible– imaginar cómo hiede a sentina y azufre el infierno. Pero no se queda en la pars destruens, en lo que nos enseña a decir “por aquí huele mal”. También cree que es posible imitar en el uso de los sentidos a Cristo y a nuestra Señora, si dedicamos un rato a considerar cada uno de ellos y rezamos un Padrenuestro o un Avemaría, según queramos semejarnos a uno o a otro. Puede sonar a magia, pero la lógica es muy humana: cuántas veces hemos dicho en la vida: “me gustaría verlo como tú”. Se trata, entonces, de pedirlo.    

O sea: que podemos tener también una nariz cristiana, un olfato transfigurado. De hecho, esta es la condición de posibilidad del sensus fidelium, ese consenso de narices capaz de ponerse de acuerdo en que algo huele a Pascua. Hoy, cuando no se oye tanto hablar de Pascua, una nariz transfigurada nos tendría que ayudar a descubrirla presente, aunque el otro no hable de ella explícitamente, o pertenezca a otro credo, o no tenga ninguno. Aunque nos resulte más difícil. Algo de lo que dice o hace el otro pueden traer el olor del kerigma, aunque el otro no sepa ni lo que es el kerigma. No se trata solo, en mi opinión, de un cristianismo anónimo, como proponía Rahner: hay personas que ni son cristianas ni quieren serlo, y no creo que su verdad puede ser reducida solo a un implícito. Sin embargo, cuando husmeamos en lo que hacen o en lo que dicen, a nosotros, cristianos, nos huele a Evangelio, incluso nos puede hacer comprender mejor lo que queremos vivir y decir. 

Hace unos días me topé con unos versos de Luis García Montero. Pertenecen al poema “Los cuidados”, incluido en “Un año y tres meses”, el poemario escrito a raíz de la enfermedad y la muerte de su mujer, Almudena Grandes. Dicen así: 

“La ropa sucia deja de oler mal
porque ya se ha mezclado
con todo lo que somos y sentimos.”

García Montero no es cristiano, pero sus versos hablan de un olfato transfigurado, capaz de trascender por el amor, por la consistencia frágil de una relación, el mal olor que deja en las ropas la enfermedad. Gracias a estos versos no cristianos podemos entender mejor lo que pedimos al rezar considerando nuestro olfato. A algunos, ese trabajo del Señor sobre su nariz los ha llevado a pasar por encima del mal olor de la pobreza, a dar su vida en lugares donde a veces apesta, y hacerlo con alegría. 

Decir que nuestra cultura es postcristiana no tiene por qué ser solo una afirmación melancólica, provocada por la ausencia de lo que antes estaba más presente. Si nuestra cultura es postcristiana es, sobre todo, porque no se puede entender sin la presencia secular del cristianismo y del Espíritu en ella. Si los cristianos de los primeros siglos supieron descubrir “semillas del Verbo” en las filosofías y religiones paganas, qué no tendríamos que poder olfatear nosotros en un mundo que no se entiende sin el paso del cristianismo por él, y en el que el Espíritu sigue cocinando. 

La felicidad del poeta que ya no percibe el mal olor en las ropas de su mujer enferma o el recuerdo del amor que pone en marcha el olor a galletas nos conducen a aquel que recrea todas las narices, al que percibía el aliento de vida de Dios en todo.

[Imagen de Freepik]

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Jesuïta en formació. Estudia la Llicència en Teologia Fonamental a la Pontificia Facoltà Teologica dell'Italia Meridionale de Nàpols. Col·labora amb l'associació Figli in famiglia al barri de San Giovanni a Teduccio.
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