Como mencioné en otro artículo,[1] el lenguaje moderno influye y determina las prácticas y discursos espirituales contemporáneos. En esta ocasión, intentaré esbozar algunas líneas reflexivas en torno a un fenómeno al cuál llamo medicalización de la espiritualidad. Basta revisar con atención las narrativas espirituales actuales para comprobar que estas han ido adquiriendo un lenguaje médico. Incluso, y este es siempre un buen termómetro para darnos cuenta de cómo los lenguajes se van imponiendo, se han organizado congresos que abordan esta problemática, como el titulado Espiritualidad, ¿la nueva medicina?.[2] Considero que, si estudiamos la relación entre la medicina y la espiritualidad, encontraremos una importante clave para comprender la espiritualidad contemporánea. Pero antes de hablar de la medicalización de la espiritualidad, habría que entender el proceso de la medicalización de la vida en las sociedades modernas.

Si nos aproximamos a la historia de la medicina desde un horizonte crítico (algunos ejemplos en los que me baso para esta columna son Michel Foucault y, principalmente, Iván Illich), percibiremos que la medicina moderna fue atravesando distintos umbrales. En un primer momento, la relación entre la efectividad de los tratamientos y la inversión para los mismos (inversión no únicamente económica sino también de investigación, capital humano, etc.) era desigual, es decir, la efectividad era mucho menor que la inversión. Rápidamente, en un segundo umbral, la situación dio un giro de 180 grados y los tratamientos comenzaron a dar resultados sorprendentes. Sin embargo, en lo que podemos considerar un tercer umbral, la efectividad de estos tratamientos comenzó a producir lo que se conoce como iatrogénesis: los males causados por la propia medicina. En poco tiempo, la cantidad de males producidos por el sistema de salud sobrepasaba por mucho sus beneficios. Estos males pueden incluir desde las enfermedades causadas directamente por el sistema de salud, la dependencia de los ciudadanos modernos para con dicho sistema y, finalmente, la pérdida de creatividad y saberes propios de los pueblos y las gentes para hacerse cargo de su propia sanación.

Se vuelve pertinente trasladarnos al nacimiento del Estado-nación moderno. Paradójicamente, la ciudadanía moderna y su supuesta libertad individual, lejos de enfatizar la particularidad de cada persona y sus relaciones, abre la puerta a la otra cara del individuo: la masa, o dicho en términos menos peyorativos, la “población”. Caracterizar a una población como sana únicamente es posible dentro del marco del Estado, puesto que solo el Estado está compuesto de algo tan abstracto y manipulable como la población. Como muchos inventos del mundo moderno, el adjetivo “sano” provino del ejército. Los cuerpos militares eran los que se catalogaban como sanos, es decir aptos o no aptos para enlistarse en sus filas. Durante la era industrial, principalmente a partir del fordismo, los cuerpos de los trabajadores se vieron igualmente examinados bajo dichos criterios para considerarlos aptos o no para el empleo. Las madres fueron el siguiente grupo social examinado como sano o no sano, un proceso paralelo a la sobremedicalización del cuerpo de la mujer que proviene de siglos anteriores. La salud no tardó en perfilar en la Constitución de los Estados Unidos como un derecho individual fuente de felicidad, y como todos los derechos, terminó por convertirse en una necesidad.

Les invito a que echen un vistazo a la publicidad contemporánea. En los años 80, Iván Illich escribió que la mitad de la publicidad evocaba, de un modo u otro, a la salud. Hoy, sobre todo en épocas postpandémicas, me atrevería a decir que la inmensa mayoría de la publicidad hace eco de la salud, ya sea abordándola directamente en términos médicos, o escondida bajo el disfraz de la belleza, el éxito o la tranquilidad. No existe actualmente ámbito de nuestra vida que no esté atravesado por la narrativa de la salud. Un buen ejemplo es el de nuestras relaciones interpersonales. Hoy se habla de relaciones “sanas” frente a las “tóxicas”. También se habla de salud mental y de salud emocional, incluso, como veremos, de salud espiritual.

La salud se ha convertido en uno de los grandes mythos (horizontes de sentido) de nuestro tiempo. En la salud somos, nos movemos y existimos o, sin ella, ni somos, ni nos movemos y no existimos, ya que, si no cumplimos los estándares de salud que, por cierto, son totalmente arbitrarios y responden a distintos intereses, difícilmente puede llevarse una vida social, no por imposibilidad de la persona juzgada como “no sana”, sino porque el sistema solo acepta a quienes considera sanos. Curiosamente, la inmensa mayoría de estos “sanos” individuos modernos funcionan gracias a que buena parte de sus vidas se la pasan sedados, como muestra James Davis en su libro Sedados. Cómo el capitalismo moderno creó la crisis de salud mental.

La medicalización de la vida ha creado una sociedad patógena que, según Jea-Pierre Dupuy, nos instala en la idea de que cuando algo anda mal es que tenemos algo descompuesto o enfermo, jamás debido al hecho de que el ambiente sea intolerable. En otras palabras, nuestra “capacidad de rechazo se ha desgastado, y facilitado su dimisión de la lucha social.”[3] De nuevo recomiendo el antes citado libro de James Davis, donde el renombrado investigador ofrece una gran cantidad de ejemplos, testimonios y datos que, aunque se centran en Inglaterra, perfectamente podemos encontrarlos en nuestros países. La mayoría de los programas que dicen trabajar con algún tipo de malestar de índole mental o fisiológico, tratan, en el fondo, de reintegrarte lo antes posible al mismo empleo que seguramente es el causante de tu situación. Cada vez se vuelve más imperante el discurso del “si quieres puedes”, “piensa positivo” o “atrae la abundancia”. Todo este espectro de pensamiento, como lo mostraban ya Edgar Cabanas y Eva Illouz en su libro Happycracia, lo que hace es trasladar la responsabilidad social hacia un ámbito meramente individual, de manera que si algo anda mal es pura y exclusivamente culpa tuya.

La sociedad patógena repercute directamente en la propia aprehensión del cuerpo y de nuestro “yo”. Dejando de lado la problemática de hablar de “mí” cuerpo o de un “yo”, lo que quiero subrayar es que aquello con lo que el individuo moderno se identifica como su cuerpo o su yo no es más que un constructo proveniente de las concepciones médicas y de sus cuidados. Retomando el objetivo principal de la serie de columnas que he dedicado para pensar una ascética contemporánea, no puedo dejar de reconocer en este punto un elemento fundamental. Si bien las distintas tradiciones espirituales nos advierten del engaño que implica la autoidentificación con nuestra condición ilusoria de ego, todavía no ha surgido una espiritualidad que suficientemente nos advierta de nuestra condición ilusoria de individuos, siendo uno de sus pilares el cuerpo y el yo producto de los tratamientos médicos.

Cuando acudimos a un laboratorio para que nos realicen exámenes, al final de la evaluación nos ofrecen unos resultados en una hoja de papel, resultados abstractos que supuestamente representan lo que sucede en mí cuerpo. Repentinamente dejamos de confiar en nuestros sentidos y en nuestra propia experiencia para dejarnos guiar por unos datos desencarnados provenientes de una máquina y de la jerga, muchas veces inentendible, de un profesional.

No hay que pensar, sin embargo, que esto sucede exclusivamente con la llamada “medicina moderna”. Los conocidos tratamientos alternativos de la supuesta medicina integral o cualquier otra rama actual, no hacen sino repetir el mismo gesto, aunque de manera azucarada. En una sociedad profundamente patógena y medicalizada, la única alternativa es la alternativa a la salud, no las medicinas alternativas que, por más creativas que estas sean, continúan dentro del esquema médico.

Dentro de la amplia gama de la oferta de la salud alternativa, encontramos una serie de narrativas espirituales en las que la salud juega un rol protagonista. La salud se ha convertido en uno de los más importantes valores de los nuevos movimientos religiosos. La espiritualidad se va confundiendo cada vez más con la salud, como puede comprobarse en los cada vez más multiplicados centros de espiritualidad donde se ofrecen sanaciones holísticas o terapias alternativas.

Si la espiritualidad se medicaliza, la salud se espiritualiza. Un buen ejemplo nos lo da Mariana Caplan cuando irónicamente habla de las Enfermedades de Transmisión Espiritual o Spiritual Transmission Diseases (STD), cuyas siglas son idénticas a las Sexual Transmission Diseases. Otro ejemplo es el del bypass espiritual de Jhon Welwood, la evasión espiritual de Robert Augustus Masters o el de narcicismo espiritual de Jorge Ferrer y Maribel Rodríguez, entre otros. Si bien es cierto que las distintas tradiciones históricamente se han referido a algunos desvíos espirituales como “enfermedades” (ejemplos pueden ser la enfermedad zen o la asedia en el cristianismo), confundir ambas cosas peca de anacronismo y de falta de visión intercultural. La asedia de los monjes medievales se daba en condiciones no patologizadas, es decir, en una sociedad no medicalizada en donde no existía la salud moderna tal y como la conocemos y nos conforma hoy en día.

Algo similar puede decirse respecto a las prácticas y espiritualidades de los pueblos originarios, particularmente en América Latina. La espiritualidad indígena gira en torno a la Madre Tierra y al cuidado de la vida, en donde la sanación juega un proceso fundamental como fácilmente se percibe en las y los curanderos, médicos tradicionales y los así llamados chamanes. Sin embargo, el error aquí consistiría en confundir la “sanación” con la “salud”, correspondiendo cada uno a un horizonte cultural y de sentido radicalmente diferentes. Esta diferencia ameritaría un análisis más profundo, mismo que no me es posible desarrollar en este espacio. Con esto busco simplemente plantear la problemática que se abre con el llamado neochamanismo que, si bien hace mucho énfasis en la curación, considero que se encuentra más cerca de la salud moderna que lo atraviesa que de la sanación indígena que busca imitar.

¿Qué elementos podemos recuperar para continuar con nuestro esfuerzo de pensar una ascética contemporánea? En primer lugar, me parece importante, como lo he señalado en otras columnas, enfatizar en análisis de la situación contemporánea, en este caso, el de la medicalización de la espiritualidad. Este fenómeno responde, según mi parecer, al influjo moderno que ha permeado en las narrativas contemporáneas, convirtiendo a la espiritualidad en un proceso de subjetivación de individuos, cosa sin parangón en la historia de la espiritualidad. En otras palabras, el individuo es un invento moderno y la modernidad se vale de distintos procesos de individuación como el empleo, la medicina y la ciudadanía para crearlo. Recientemente, con la medicalización de la espiritualidad, esta última se ha convertido también en un proceso de individuación. En ese sentido, una ascética contemporánea reconocerá la importancia de desmedicalizarse, es decir, de constituirse realmente como una alternativa a la salud y no como mera salud alternativa.

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[1] https://blog.cristianismeijusticia.net/2022/07/21/desconectandonos-de-la-conexion-espiritual

[2] Ver https://www.youtube.com/watch?v=8Iw7F_lo4t0 (consultado el 25 de noviembre del 2021).

[3] Jean-Pierre Dupuy y Jean Robert, La traición de la opulencia (Barcelona: Gedisa, 1979) 42.

[Imagen de Argo Images en Pixabay]

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Filòsof, professor, mistagog i escriptor. El seu camp dinterès és la relació entre la mística i les lluites socials. Col·labora en diferents col·lectius socials, de diàleg interreligiós, espiritualitat i universitats. És autor dels llibres Encuentro, Religación y Diálogo. Reflexiones hacia un diálogo Inter-Re-ligioso (Samsara, 2020) i Impotente Ternura (PalabrasPalibros, 2021), Descubrirte en lo pequeño (Buena Prensa, 2021) i Convivencialidad y resistencia política desde abajo. La herencia de Iván Illich en México (CuLagos, 2021). Forma part del Grup de Religions i Pau de Cristianisme i Justícia i del Centre d'Estudis de Religió i Societat (CERyS) de la Universidad de Guadalajara, així com de l'Acadèmia de Transcendència i Societat de l'ITESO.
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